*

X
¿Vivimos en la era de la ignorancia? ¿Acaso no la tecnología prometía alfabetizar al mundo y llevar a todo el orbe los frutos de la sociedad tecnológica y científicamente docta?
Screen shot 2016-01-26 at 10.26.46 AM

Laptops como si fueran "loncheras", tan básicas como el alimento. FOTO: One laptop per children

 

Nuestra era ha embanderado la tecnología como una nueva Ilustración. Hace algunos años, la ONU y el MIT lanzaron el programa "Una laptop por niño", en una especie de cruzada mundial de educación bajo el supuesto de que tener una computadora era un derecho universal --casi tan fundamental como la comida-- y el detonador de la liberación de las fuerzas opresoras de la pobreza y la dictadura. La computadora, sugiere el director del Media Lab del MIT y cabeza del proyecto, Nicholas Negroponte, es la herramienta de conocimiento más poderosa de la historia. En esto estaría de acuerdo Steve Jobs, quien en varias ocasiones habló del poder de las computadoras de revolucionar el aprendizaje, y quien, incluso más que Negroponte, se encargó de evangelizar al mundo y hacer que las computadoras fueran ya no sólo deseables sino imprescindibles (al menos para nuestra percepción). 

No hay duda de que la tecnología moderna ha "revolucionado" el conocimiento, pero quizás, a diferencia de lo que supone Negroponte, esta revolución no ha significado una verdadera Ilustración, ni un incremento de un conocimiento capaz de mejorar la vida de las personas y, por qué no, de liberarlas de la opresión política y social --que a fin de cuentas es el sentido esencial del conocimiento: usarse para vivir bien, no sólo para informarse. Quizás ha ocurrido lo opuesto, de la misma manera que la evangelización de la Iglesia Católica significó el yugo y la pérdida de tradición e identidad de los pueblos indígenas de América. Negroponte y la ONU fundamentalmente reparten computadoras en África, pero esta evangelización tecnológica ha ocurrido de manera global, casi sin que nadie se inquiete por lo sucedido. Y es que asumimos que las computadoras y la tecnología no tienen ninguna agenda y son esencialmente bienes materiales de gran valor cultural. (El filósofo anarcoprimitivista John Zerzan sugiere que existe “una intencionalidad en la tecnología… La Revolución Industrial no fue sólo sobre economía. Como dice Foucault, fue más sobre imponer una disciplina”). 

Hace algunos años con la llegada del Internet se decía que vivimos en la era de la información. Esto es indudable, todos hemos escuchado sobre cómo en nuestra época cada 5 años o algo así se duplica la cantidad total de información que generamos. El problema es que más información y más "especialistas" no nos hacen como individuos ni como sociedad más sabios. A fin de cuentas la persona que puede contestar innumerables preguntas de trivia es sólo una curiosidad, la persona verdaderamente admirable es la que puede integrar toda esa información y aplicarla no sólo para producir algo valioso según el mercado --como un nuevo gadget-- sino para aplicarla en su vida diaria y vivir sana y felizmente (independientemente de las presiones de su entorno). Esta es la forma de hacer real la información que de otra manera sólo nos lleva a estar inmersos en un torrente virtual de data, que nunca para, pero tampoco llega a ningún puerto, nunca está en paz.

Es posible que nos estemos apantallando por la cantidad de información que manejamos y confundiéndola con conocimiento cualitativo. Karl Taro Greenfeld escribe en un artículo en el New York Times:

Nunca ha sido tan fácil fingir que sabemos tanto sin verdaderamente saber nada. Elegimos temas y bits relevantes de Facebook, Twitter o alertas de email y los vomitamos después. En vez de ver Mad Men, el Superbowl, los Óscar o el debate presidencial, simplemente puedes navegar los feeds de alguien haciendo live-tweets del evento o leer los encabezados de los diferentes sitios. Nuestro canon cultural está siendo determinado por lo que sea que tenga más clics.

Un estudio reciente sugiere que las personas que dicen ser expertos en realidad no lo son y existe una tendencia innata a exagerar lo que sabemos. Quizás esto está pasando a escala global: una alucinación colectiva de creer o fingir que sabemos. "Nos acercamos peligrosamente a dar un performance de sapiencia que es en realidad un nuevo modelo de no-saber-nada”, agrega Taro Greenfeld. ¿Saber un poco de todo es lo mismo que no saber mucho de nada? O, ¿de toda esta panoplia de trivia, de todas las conexiones de datos superfluos, del agregado hipervinculado surge, como de una gestalt holística, la sabiduría?

En otro ensayo en el New York Times, astutamente titulado “Our (Bare) Shelves, Our Selves” (algo así como "Nuestros libreros vacíos hacen de nuestros seres ceros") , Teddy Wayne escribe:

Los medios digitales nos entrenan para ser consumidores de banda ancha más que pensadores reflexivos. Descargamos una canción, un artículo, un libro o una película instantáneamente, la vemos (si es que no nos quedamos distraídos revisando el infinito inventario que se ofrece) y avanzamos a la siguiente cosa inmaterial.

Esto parece ser lo que está ocurriendo, la simple tesis de que sabemos más datos, sobre muchas más cosas, pero en realidad conocemos menos cosas a fondo, y tenemos menos capacidad de transformar lo que conocemos en algo valioso (y no me refiero a algo con lo que podemos ganar dinero). Somos cada vez más superficiales, adictos a tener cosas, a la pura materialidad, y menos capaces de profundizar y menos interesados por las ideas y los aspectos inmateriales de la realidad. 

El lector podrá claramente argumentar en contra de la tesis de este artículo que, en "la era de la ignorancia", cómo es posible que el autor sepa que no sabemos. ¿Acaso no hay una contradicción? Ciertamente será un buen punto, pero me parece que es posible argumentar, con Sócrates, que el primer paso hacia el conocimiento es aceptar la propia ignorancia y esta humildad no es algo que uno pueda apreciar en la ciencia y en la tecnología modernas que avanzan con una supuesta seguridad inexorable a conquistar la realidad bajo un estrecho paradigma materialista, que poco se pregunta sobre las consecuencias que su "conocimiento" produce en la psique de los individuos y en su búsqueda de significado, y que impone su visión de mundo (de la misma forma que los misioneros religiosos). Por otro lado, más allá de citar estadísticas de lectura, desigualdad, destrucción ecológica o demás cifras que podrían indicar un deterioro cualitativo de nuestra experiencia en el mundo, me remito a la observación del entorno, justamente a la dimensión cualitativa de la realidad y hago una pregunta al lector: si en su entorno nota un incremento del conocimiento que hemos aquí definido como de uso práctico, ético y hasta espiritual (no necesariamente en el sentido religioso, pero que llena de significado la existencia).

En la segunda parte de este ensayo seguiremos la tesis del poeta Charles Simic, quien en 2012 describió nuestra era como "la Era de la Ignorancia", notando que cada vez los jóvenes a los que enseña literatura en la universidad llegan con menos conocimiento y que existe, como si fuere, una estupidización generalizada de la población en Estados Unidos, la cual es sumamente conveniente para la clase política y la élite empresarial. 

Lee la segunda parte

 

 

Twitter del autor: @alepholo

El piano es uno de los instrumentos para los que se han compuesto algunas de las piezas más hermosas, conmovedoras y memorables; esta es una selección personal de esas composiciones

Con cierto ánimo poético podríamos decir que ciertos instrumentos musicales e incluso ciertas composiciones o el estilo de determinado músico puede compararse con la voz humana en al menos un aspecto: como a veces nos pasa con la voz de ciertas personas, que podemos identificar en casi cualquier circunstancia, que puede llegar acompañada de evocaciones y recuerdos, que podemos confundir y en esa confusión sorprendernos de pronto en pensamientos inesperados, así también cierto instrumento en particular, cierta tonada, cierto estilo de composición pueden tener una identidad propia, pueden ser para nosotros, en nuestro imaginario o en ese mapa personal que trazamos azarosamente al hilo de nuestras experiencias, una especie de “cosa única”, algo que en cierto sentido nos pertenece únicamente a nosotros, con significado propio para nosotros mismos. Así como cuando a veces en la voz de alguien hay algo específico que sólo cada uno de nosotros escucha, así también en la música, una de sus dimensiones en netamente subjetiva, personal, inscrita de lleno en nuestra propia partitura. Y como tal, su sonido puede ejercer sobre nosotros un cautiverio súbito, delicioso, impensado.

 

A manera de ejercicio de memoria pero también de comunión (porque, ¿qué es el arte sino un punto de contacto con los demás?), compartimos ahora esta lista elaborada a partir de un puñado de criterios personales: la predilección por el sonido del piano, la brevedad de las composiciones y el azar de la memoria, condición esta última que vuelve a la selección finita, caprichosa e imperfecta.

 

J. S. Bach, Variaciones Goldberg, BWV 988, Variatio 3. Canone all'Unisono. A 1 Clav; Glenn Gould

 

Brahms, Intermezzo No. 1 en Si menor, Op. 119, Adagio; Glenn Gould

Nunca ha existido otro intérprete de Bach como Glenn Gould. Hay otros, algunos incluso mejores, pero nadie como él, nadie con su excentricidad ni con su perfeccionismo, nadie con ese rigor casi mecánico que tan bien hace sonar la música barroca. Nadie, tampoco, que como él, por el puro placer que encontraba en las ejecuciones, se empeñara en revivir casi exclusivamente por pura sensibilidad e intuición el espíritu de un tipo específico de música, lo cual también llevó a sus interpretaciones del repertorio del siglo XX. Su grabación de los Intermezzi de Brahms está colmada de esa melancolía e instrospección tan propias del romanticismo tardío: allegro non assai, ma molto appassionato.

 

Chopin, Preludios, Op. 28, No. 7 en La mayor. Andantino; Rafał Blechacz

Rafał Blechacz, uno de los mejores intérpretes contemporáneos de Chopin, compatriota del compositor y único pianista en la historia en haber ganado tanto el primer lugar general del Concurso Internacional de Piano Fryderyk Chopin como el primer lugar en cada una de sus categorías (polonesa, mazurka, sonata y concierto), esto en 2005.

 

J. S. Bach, Concierto para clave n.º 5 en Fa menor, BWV 1056, II: Largo; arreglo para piano e interpretación, Wilhelm Kempff

 

C. W. Gluck, "Ronde des esprits bienheureux", de la ópera Orphée et Eurydice; arreglo para piano e interpretación, Wilhelm Kempff

Un pianista de la vieja escuela, Wilhelm Kempff destacó sobre todo en sus interpretaciones del repertorio romántico. Críticos y colegas elogiaron el lirismo y espontaneidad de sus ejecuciones. En este par de grabaciones destaca además su solvencia para llevar solo al piano melodías compuestas originalmente para varios instrumentos.

 

J. S. Bach/arr. Alexander Siloti, Preludio en Si menor, BWV 855a; Alexandre Tharaud

El pianista de origen francés Alexandre Tharaud ejecuta sobriamente el arreglo que hizo su colega de instrumento Alexander Siloti a un preludio de Bach, llevándolo de Mi menor a Si menor.

 

Beethoven, 6 minuetos, WoO 10, No. 2 en Sol mayor; Antonín Kubálek

Quizá una pieza muy menor de Beethoven, pero no por ello menos memorable, perfecta en sus dimensiones, una de esas construcciones en miniatura que parecen universos propios. 

 

Schumann, Kinderszenen, Op. 15, 4. Bittendes Kind; Vladimir Horowitz

Uno de los mejores pianistas del siglo XX, Vladimir Horowitz destacó en sus interpretaciones románticas. En el caso de las Escenas de la infancia de Schumann, es palpable esa evocación nostálgica de la composición en su forma de ejecutarla.

 

Erik Satie, Je te veux; Jean-Yves Thibaudet

Hay artistas que sin ser geniales, su obra nos conmueve. Satie pertenece a esta categoría: sus composiciones son sencillas pero sensibles, con lo cual fácilmente nos conquistan, por el lado del corazón. Además de sus conocidas Gymnopédies, Satie también es autor de otras piezas a medio camino entre el romanticismo y la vanguardia. Jean-Yves Thibaudet, por otro lado, es un pianista especializado en compositores franceses.

 

Ravel, Pavane pour une infante défunte; Sviatoslav Richter

 

Una pieza bien conocida de profundas evocaciones sentimentales que curiosamente, a pesar de su nombre, no fue compuesta en honor de ninguna princesa ni en ocasión de duelo de ningún tipo. Pero quizá esa sea su virtud, la prueba de genio de Ravel y el sello del arte auténtico: que como pieza es capaz de llevarnos a un estado anímico especial aun cuando no lo estemos viviendo realmente. Esta interpretación corre a cargo de otro de los grandes pianistas del siglo XX, el ruso Sviatoslav Richter, probablemente uno de los músicos con más amplio repertorio y ejecución magistral en piezas de muy distintas épocas.

 

Igor Stravinsky, Trois mouvements de Pétrouchka, 1. Danse russe; Maurizio Pollini

Después de haber compuesto su ballet Pétrouchka (1911), Stravinsky tomó tres partes de éste y realizó un ejercicio de recomposición para llevar su musicalidad al piano, no a manera de transcripción, sino más bien de traslado. Anecdóticamente se cuenta que por la dificultad de estas piezas el mismo Stravinsky fue incapaz de ejecutarlas, y que uno de los pocos en conseguirlo fue el notable pianista Arthur Rubinstein, para quien Stravinsky las había compuesto. Esta grabación corre a cargo del italiano Maurizio Pollini, solvente en el repertorio clásico y romántico (Mozart y Chopin, especialmente), pero también en composiciones del siglo XX.

 

Manuel M. Ponce, 3 canciones mexicanas, 1. Estrellita; Jorge Federico Osorio

Un clásico del repertorio clásico mexicano, pero también, como composición, un puente de unión entre la música académica y la música popular, cualidad esencial en el estilo de Manuel María Ponce.

 

José Resta, Bailecillo; Daniel Barenboim

Daniel Barenboim ha contado en varias ocasiones que el compositor José Resta acudía a visitar con cierta frecuencia a sus padres, en Buenos Aires, cuando él era aún niño. En aquellas ocasiones tocaba a veces esta pieza que Barenboim reconstruyó, como se diría en francés, par cœur, o de memoria y oído, para decirlo en buen español.

 

Dos excepciones para quien tenga más tiempo

Philip Glass, Mad Rush; Bruce Brubaker

 

Arvo Pärt, Für Alina, 1. Für Alina, Alexander Malter

Dos piezas de compositores que aunque han sido clasificados, ambos, de "minimalistas", son muy distintos entre sí, a pesar de las semejanzas. Estas composiciones de Philip Glass y Arvo Pärt son ambas hipnotizantes, pero cada una a su manera: Glass nos cautiva con su repetición, pero es como si ésta nos impidiera hacer otra cosa más que seguirla en sus vaivenes; Pärt, por su parte, también atrapa nuestra escucha, pero al mismo tiempo su música provoca un viaje hacia nuestro interior, hacia nuestras emociones y quizá incluso nuestros recuerdos, como si notas y silencios tuvieran ese acomodo que a veces suscitan las palabras profundas de alguien que nos dice algo que quizá no queríamos escuchar, pero que al oírlo nos sume en la reflexión de nuestra propia existencia.

 

ACTUALIZACIÓN (11-01-2017): Hemos reunido los tracks en una playlist de Spotify, en donde ya pueden encontrar a Pijama Surf.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz