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Algunas consideraciones sobre las promesas de la inmortalidad del transhumanismo

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El plan de los más radiantes tecnoentusiastas es finalmente descargar su conciencia a una máquina y vivir para siempre. Una idea ciertamente fascinate, llena de grandiosidad pero quizás un tanto engañosa.

Dentro de la nueva ola de fervientes promotores de la tecnología --ese propuesto élixir secular-- Jason Silva ha cobrado cierta notoriedad, como una voz más joven y vigorosa, si bien no especializada, parte también ya de un ecléctico grupo de "transhumanistas" en los que podemos incluir a Terence McKenna, Kevin Kelly o Ray Kurzweil.

Haciendo de un nuevo Carl Sagan, Silva llama a reencantarnos con la tecnología y a ver la maravillosa complejidad de la red que hemos tejido en ella, no distinto a como una araña hace una telaraña:

Lo increíble es que cada vez notamos que nuestros sistemas tecnológicos están espejeando algunos de los sistemas neurales más avanzados de la naturaleza. El Internet está cableado como las neuronas de nuestro cerebro, que están cableados como los modelos computacionales de la materia oscura en el universo. Todos comparten la misma estructura entrelazada filamentosa. ¿Qué nos dice esto? Que no existe distinción entre lo que nace y lo que se hace. Todo es naturaleza; todo es nosotros. Ser humanos es ser transhumanos.

Silva explica de manera excitante la idea de que la tecnología es algo completamente natural: las computadoras también son tierra transformada, todo es parte de una única matriz planetaria. Cita a Richard Dawkins, quien dice que la tecnología es un fenotipo extendido, y sugiere, como los otros transhumanistas, la siempre latente idea de que al final, en la apoteosis tecnológica, podremos hacernos inmortales a través del casi perfecto simulacro del hardware. Esta idea intrigante a la vez que controversial tiene ciertamente sus detractores entre aquellos que se oponen a la visión materialista, tanto de la conciencia como del sentido de la vida.

Una visión espiritual de la realidad nos dirá que querer encontrar la inmortalidad del yo es de hecho la más grande ilusión concebible puesto que se basa en un error crucial: la creencia en la existencia de ese yo y, a la vez, que es deseable perpetuar la existencia de ese yo, lo cual implica una especie de alucinación crónica de permanecer en un estado de separación y extravió de la fuente universal y la verdad (cuyo conocimiento es la liberación del yo). Esto es, nos dirían la mayoría de las tradiciones místicas, que el único ente real, de suyo inmortal es el Uno, el ser universal impersonal, la totalidad en su estado de experiencia integrada, la conciencia misma que experimenta el mundo a través de una miríada de seres que no existen más que como extensiones o emanaciones del sí mismo: "Aquel Que Es" es todas las cosas, el Tat Tvam Asi del pensamiento védico.

Silva dice que la tecnología puede alcanzar lo que la religión siempre ha deseado, pero lo que podría conseguir es exactamente lo opuesto. La trampa de la autoperpetuación --la autoglorificación en paraísos de placer incesante-- es un nuevo pacto faústico en este sentido. La conciencia digital que guiña en la máquina tiene una cierta cualidad mefistofélica. Lo que nos ofrece es darnos todo a nosotros sin que tengamos que dar nada a cambio: hacernos príncipes del mundo virtual, reyes del infinito dentro de un palacio de silicio de memoria (en vez de la cáscara de nuez de Hamlet). La religión, en cambio, en su aspecto esotérico, sostiene que para alcanzar el estado paradisíaco es necesario darlo todo, es decir, morir por el otro, dejar de ser individuos, entregarse al vacío para fusionarse con la corriente creativa universal, puesto que la caída o el exilio del paraíso no es más que la percepción de la separación o la desunión que es sostenida por la habituación consensual. Uno se dirige al paraíso, nos dirían los antiguos, cuando se brinda a los demás y se convierte en el sirviente de la Voluntad, es decir, de las leyes de la naturaleza. El engaño de querer reinar en el mundo --y no servir como un engrane más entre las jerarquías de la máquina celestial-- es justamente el precipicio de los ángeles. El hombre moderno, haciendo del mundo un templo al dinero y al poder terrenal, mantiene vivo el mito de Lucifer.

Sobre la inmortalidad, nos dice la religión, no es necesario hacer nada, puesto que la naturaleza de la conciencia es la inmortalidad, aquello con lo que buscamos ser inmortales ya es inmortal. Sin embargo, el individuo que se identifica con la personalidad nunca conseguirá esa ansiada existencia incondicionada, tendrá que renunciar a sí mismo para relajarse a la realidad inmortal de su inexistencia como ente individual (como la gota de agua que arriba al mar). El ego quiere ser inmortal bajo la fijación materialista con la que identifica y constriñe su existencia a un cuerpo. Pero si no nos identificamos con el cuerpo y el yo que depende de un cuerpo para existir, y en cambio notamos que somos parte un único impulso original --la vida misma que es una en todas las vidas y los cuerpos que anima, partes de un solo "animal divino", como describió el cosmos Platón-- entonces la inmortalidad deja de ser un ansia. Si somos, entonces nunca podremos dejar de ser, puesto que es la esencia del Ser que no puede no ser. Es decir, el ser no es el no-ser. Es tan simple que nos puede parecer complicado y lleno de abstrusión metáfisica, pero por definición si somos, somos inmortales y como el ego no es inmortal, entonces, no podemos ser el ego. Es el ego el que desea ser inmortal --aferrándose a una vida única-- pero es la paradoja del ego que jamás podrá obtener el poder que desea: nunca podremos experimentar la dicha que hemos vinculado a lo divino --la omnipotencia, la inmortalidad, la alegría infinita, etc.-- más que en la muerte misma del individuo que consigue así unirse con el universo, como la gota de agua regresa al mar.

 

Twitter del autor: @alepholo

"Videofilia": teorías de la conspiración, porno satánico y el Internet como una droga de baja calidad

Arte

Por: Alejandro Martinez Gallardo - 01/17/2016

"Videofilia" es un experimento visual sobre los efectos de la era de la información en la psique de los jóvenes. La información es la droga y corren por ahí muchas dosis contaminadas

Recientemente presentada en el Festival DISTRITAL de la Ciudad de México y premiada en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam, Videofilia es una película que nos hace reflexionar sobre nuestra interacción con la información en Internet: un virus que se cuela por nuestra psique y que no solemos detectar. Pero la patología está ahí, alterando nuestra percepción.

El joven director Juan Daniel Molero nos muestra la vida de un grupo de internautas peruanos con una narrativa que rompe con la linealidad y la lógica --en constantes excursiones oníricas en las que videojuegos y formatos low-fi se superponen a la realidad como los sueños de un moderno lumpen, que desea conseguir lo que brilla en la pantalla y cuya esclavitud es el exceso de libertad de la imagen. Molero se siente cómodo en esta hibridización de formatos, cuadros invadidos por una brujería sucia de la imagen que reflejan la psiconáutica de las drogas y la información como droga, drogas de poca definición, un perpetuo low-fi que a veces sueña con una luz más clara que sólo puede llegar con el Apocalipsis o con el orgasmo de una masturbación épica.

Canalizaciones de robots de Sirio, conspiranoia, distopia, webcams y google glass, porno amateur, hiperrealidad, realidad virtual, enajenación mediática, simulación, distorsión, glitch, pixelación-felación, epilepsia fotónica, memes y sueños que se confunden en los barrios bajos de Lima. Una chica le dice a otra: "Anoche vi su pinga en mi computadora y de pronto está ahí caminando hacia mí, es raro". Un chico le dice a otro mientras ve el video porno que grabó el otro de una colegiala en POV pero que está distorsionado: "Ya no hay ni realidad ni virtualidad, todo se ha confundido. La realidad es como esta pantalla, está toda pixelada... fragmentada, nunca le vas ha encontrar un orden... Pero encuéntrale un orden a este video y hacemos un buen negocio". Un mundo en el que todos copulamos con una imagen pixelada, con una distorsión de nosotros mismos, con avatares de lo que queremos ser. Las "pajas mentales" se fusionan con las pajas reales, y después de todo qué es la realidad sino una fantasía, una alucinación consensual a la que se conectan muchas personas a la vez. 

Videofilia es algo así como Kids de Larry Clark, para la era digital en una sociedad low-fi (la nuestra, la clase media y baja latinoamericana), vista a través del oscuro cristal de una pantalla de cibercafé. Algo así como Videodromo (Cronenberg) con un toque Vice (la tendencia moderna al trash y al hardcore). Los olvidados (jóvenes y malditos) conectados a la web, enajenados por el deseo, por la invasión burroughsiana del virus que llegó del ciberespacio. Un poema en una prisión reptiliana. 

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La película no ofrece una mirada moral, intenta, como un faux documental, solamente mostrar la realidad de la irrealidad de la Interzona entre lo virtual y lo real. Sin embargo, no puedo dejar de ver una especie de posesión a través de la información, un retrato de cómo la data sin orientación, sin filtros, sin explicación lleva a los jóvenes al fanatismo, a la adicción. Internet como una droga masiva y caótica que ha sido liberada ubicuamente --la tecnología como una forma de toloache. La libertad de la información, sin límites, como libertinaje. Las teorías de la conspiración y el porno secuestran el alma (cada vez más fantasma), nos colocan en una zona de inconsciente encantamiento satánico (el usuario de un foro de porno duro en la película es Lucifer). La profecía de Marshall McLuhan, el más grande teórico de la comunicación, de que la información se convertiría en el simulacro del espíritu en una operación luciferiana:

Los ambientes de información eléctrica siendo totalmente etéreos fomentan la ilusión del mundo como una sustancia espiritual. Es ya un facsímil del cuerpo místico, una manifestación descollante del Anticristo. Después de todo el Príncipe de este mundo es un gran ingeniero eléctrico. (Carta a Jaques Maritain)

Para ser sinceros hay que mencionar que las actuaciones por momentos dejan un poco que desear, los diálogos y los samples llegan a ser forzados, bordeando en el cliché, buscando la sordidez, una esencia de lo fucked up en todo, y demasiado explícitos en su deseo de transmitir la idea central de la película: esta superimposición de lo virtual con lo real, el nuevo giro de "la vida es sueño". Sin embargo, hay que decir también que ante la fuerza que tiene la forma --el escape visual de la cinta, la experimentación con el medio híbrido, el reflejo de esta chatarra cultural de mil cabezas-- y la conciencia de alguna manera dañada y empobrecida de los personajes, lo anterior pasa a segundo término, como los momentos indefinidos y un tanto turbios en el viaje de una sustancia psicodélica, luego seguidos por apoteosis. La irrealidad y la incredulidad le dan de alguna manera realidad a la película, una cierta consistencia con su visión de un mundo insustancial. La película se trata de la fragmentación --entonces para su suerte incluso las inconsistencias de sus actores, que no son reales por definición, entran en la trama sin mayor conflicto, la trama que avanza no hacia la resolución del conflicto sino hacia a la disolución del personaje. Se acumula así también --en los constantes jumpcuts, los diálogos en off, el bombardeo de bits de transemedia-- un sentimiento de no estar del todo en el presente, nunca del todo ahí. El presente no es el presente, es un cuasipresente, no alcanza a tener la suficiente definición para ser del todo real: es el precio de descargar nuestros videos en sitios piratas. Así en el traslape, todas las cosas se ven trastocadas por una corrosiva irrealidad. Como si los personajes estuvieran en parte en la escena y en parte en su vida digital, con sus múltiples ventanas abiertas en sus navegadores, con sus avatares, y en sus fantasías y en otro lugar (pero nunca al 100%) y así la audiencia, en este mundo y en otro lugar, con balas cruzadas de sueños, en la tierra y en el infierno.

Douglas Rushkoff escribe en su libro Present Shock que hemos perdido la noción de las líneas narrativas y vivimos en un perpetuo presente, sin memoria, a la deriva de los nuevos estímulos con los que nos ataca la pantalla. Los medios actuales "sin el tiempo o el permiso para contar una historia lineal, con principio, mitad y final recurren a lo que tienen: el momento". Las historias lineales de gran arco narrativo imitan a la vida (al crecimiento) y a la muerte y resuenan con arquetipos. Las nuevas historias no lineales nos acercan más a la (i)lógica del sueño, un sueño intermitente, del cual vemos sólo fragmentos, momentos.  A veces es difícil encontrar sentido al sueño, especialmente cuando sólo tenemos algunas pistas, algunas imágenes que nos llevan sobre todo a la región astral del deseo. El colapso de la narrativa produce un estado de dislocación, de incontinuidad, sólo existe el rayo del estímulo, el presente amnésico, ciberdélico. ¿La realidad tiende al sueño porque nunca fue real? O, ¿es un virus, el virus de la información que sustituye lo verdadero por su copia?

La Web ha transformado nuestras relaciones, nuestra conciencia y quizás no para bien. Videofilia es una película que pasa su espejo a esta nueva realidad. Personalmente me hace reflexionar en cómo todos hemos contribuido a alimentar a la "bestia digital" con información a veces poco confiable, involuntaria pero ignorantemente haciendo dudosas transacciones con este vicario del espíritu (que es de alguna forma la información) y desatando una fuerza viviente que crece y se transforma en la psique de los individuos, encontrando tierra fértil para su íncubo en la mente de los jóvenes. Podemos lavarnos las manos y decir que esta es la dura realidad del caótico mundo en el que vivimos y cada quien es responsable de lo que procesa en su biocomputadora, de los programas que sube. Pero quizás sea el momento de tomar responsabilidad y darle coherencia a lo que emitimos al mundo. Hago esta digresión moral, puesto que aparecen en la película algunos screencaps de Pijama Surf, fomentando de alguna manera esta peligrosa desinformación (claro, es sólo una película, no es real). He hecho una analogía entre la Red y una bestia y seguido una veta diabólica en este artículo, pero hay que decir, como sugiere el budismo, que el mal no existe, es sólo la ignorancia.

Con todo y algunos momentos un tanto sobredramatizados, hipérboles en busca de un efecto, y momentos de onírica psicodélica gratuita (y momento también de una genial onírica psicodélica), Videofilia es una película que merece ser vista, un valioso reflejo de un estado mental compartido, un documento antropológico intencionalmente distorsionado para reflejar que la imagen nítida es imposible actualmente. 

 

Twitter del autor: @alepholo