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Aunque en 1968 no existiera nada ni remotamente similar a un teléfono celular como los existentes en el mercado desde hace un par de años, estoy escribiendo estas líneas desde un monolito. La estructura simbólico-geométrica es la misma; el color, ese negro profundo que paralizó a nuestros ancestros
Imagen: www.youtube.com

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En el clásico de Stanley Kubrick vemos un acto transformador, disruptivo, que se repite como un leitmotiv. Es el acto de tocar el monolito, esa misteriosa obra de ingeniería extraterrestre. A finales del año 2015 podemos continuar especulando sobre sus múltiples significaciones, pero no podemos seguir dejando de lado el elefante en la habitación; el monolito en la habitación. El monolito en la mano, en mi propia mano. Aunque en 1968 no existiera nada ni remotamente similar a un teléfono celular como los existentes en el mercado desde hace un par de años, estoy escribiendo estas líneas desde un monolito. La estructura simbólico-geométrica es la misma; el color, ese negro profundo que paralizó a nuestros ancestros.

Antes de Steve Jobs y de Sir Jonathan Ive los teléfonos, no tan inteligentes de paso, se parecían más a los comunicadores de Star Trek, unos aparatos tecnológicos con tapita que servían única y exclusivamente para poner a dos personas en contacto. Estas formas rectangulares y misteriosas que llevamos en los bolsillos, por el otro lado, nos conectan al universo de un modo que sólo William Blake o Isaac Asimov podrían haber predicho. La experiencia háptica en la que nos envuelven se acerca más al éxtasis generado por un encuentro extraterrestre que a una simple comunicación telefónica entre individuos. Si no estuviésemos tan acostumbrados y aburridos, si nos detuviésemos por algunos segundos cada vez que tocamos la pantalla para contestar un Whatsapp o para tomar una foto de un atardecer en una ciudad cualquiera, podríamos distinguir el Réquiem de Ligeti taladrándonos los corazones.

La convergencia entre carne y monolito es el epicentro de la odisea en el espacio; la intersección entre hombre y esa tecnología misteriosa representa un salto evolutivo, una aceleración en la conciencia que podría tener alguno que otro punto de contacto con las teorías de Terence McKenna y Barbelith. En el medio, siempre, la tecnología. Pero, por el otro lado, este acto transformador tiene una contracara, un aspecto negativo visible tanto en la actualidad como en la propia película de ciencia ficción y está claramente relacionada con el paso del tiempo. Con la evolución, por supuesto, pero también con la aceleración y la percepción del tiempo; las tres veces que asistimos a la unión de tacto y monolito, el tiempo desaparece.

Nos transformamos y la línea narrativa pega un salto: miles de años primero, luego 18 meses. Finalmente, durante el clímax del film, somos testigos con lujo de detalle de lo que le ocurre a Dave Newman cuando se pone en contacto con el monolito en Saturno. En los alrededores del planeta, luego en el planeta. Porque cualquier alteración en el tiempo es inevitablemente también una alteración en su primo-hermano; como dice Gurnemanz en el Parsifal de Richard Wagner: “aquí, hijo mío, el tiempo se convierte en espacio”. Y se acelera, se retuerce, se vuelve

espiral, atraviesa un túnel infinito y Dave se ve a sí mismo más y más viejo. Y sólo se sorprende la primera vez, luego se acostumbra y enfrenta la experiencia con una tranquilidad digna de cualquier estoico bajo los efectos de esteroides.

Tocar el monolito acelera el tiempo, acerca una probable evolución, puede ser. Pero también trastoca nuestra percepción del tiempo y de una manera abrumadora. Si miran el prospecto con detenimiento pueden ver, bajo la sección “Efectos adversos”, que estoy diciendo la verdad. Este cambio radical degenera de un modo la percepción temporal, sea porque no estemos acostumbrados o porque nos obsesiona el monolito. Pero al tocarlo, al ponernos en contacto no con otra persona sino con el monolito que llevamos en los bolsillos, perdemos todo el tiempo la noción del… tiempo. Mediante el monolito somos bombardeados por cantidades posindustriales de información y nos sorprendemos constantemente del abrupto y sorpresivo paso del tiempo.

Estamos viendo una noticia, un artículo de Wikipedia, contestamos una serie de mensajes que se apilan hasta el infinito, respondemos a una o dos notificaciones y el tiempo vuela. Voló, pasó de largo sin que nos diéramos cuenta; como cuando volamos en avión y no entendemos, físicamente, que podamos estar en lugares tan diferentes, en horarios y climas opuestos (hasta que nos acostumbramos y finalmente nos acostumbramos a acostumbrarnos). Y envejecemos y morimos y reencarnamos en un hombre nuevo o en un poema sinfónico de Strauss (Richard). Sacando el gigante feto cósmico que podría decir que es Internet, 2001 es un claro espejo negro del presente. Y si te dieran la opción de reencarnar en símbolo digital, inmortal y a todas luces un dios, o de vivir acá, en la Tierra o en la Luna o en Saturno y de luchar por tu supervivencia y la de los que te rodean o de viajar con HAL, lo harías? El prospecto del monolito, y les juro que el prospecto existe, luego de muchas secciones más tras la de “Efectos adversos”, aconseja: “tocar con moderación”.

 

Twitter del autor: @ferostabio

Si no eres un individuo, ¿qué eres? El budismo, la microbiología, la neurociencia y el misticismo ayudan a formar una idea alternativa de lo que es el ser humano en el universo

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Tú no existes --al menos no en tanto la idea que tienes de ti mismo: un individuo independiente, constante, real, separado de los demás por una propia conciencia. A muchos de nosotros esto nos puede parecer un tanto radical, pero la idea de que el ser humano es un individuo es relativamente reciente y ciertamente no está diseminada de manera uniforme en el mundo. Quizás solamente sea un meme muy exitoso que se ha convertido en un hábito difícil de sacudir. Douglas Rushkoff en su libro Life Inc escribe:

El Renacimiento es conocido por muchas grandes invenciones: la perspectiva en la pintura, la imprenta, los barcos que podían circunnavegar la Tierra, la banca moderna y hasta el soneto. Lo que se nos suele olvidar del siglo XV y XVI, sin embargo, es que durante esa época también fue cuando se inventó el individuo.

Rushkoff sugiere que el individualismo es central en la difusión global del capitalismo --es sólo a través del sentido individualista que se pueden vender tantos productos: se necesita un individuo que los posea y desee poseer para afirmar su individualidad a través de ellos.

La noción de que no somos estrictamente individuos se puede abordar desde diversas perspectivas --la neurociencia, la microbiología y el misticismo ofrecen interesantes variantes. El neurocientífico David Eagleman señaló en una reciente entrevista:

Es un error creer que somos individuos. Nuestros cerebros son como un parlamente neural: todos tenemos estos partidos políticos en competencia por el control. Si pongo unas galletas de chocolate enfrente de mí, parte de mi cerebro quiere comérselas, ya que son una rica fuente de energía, pero parte de mi cerebro quiere evitarlo, al decirme que voy a engordar. Quien eres surge de esas batallas por dominio que ocurren en todo el cerebro. Por esto disfruté la película Inside Out: entiende la forma correcta de pensar sobre el cerebro, hecho de estas diferentes motivaciones.  

Eagleman nos dice que tenemos diferentes personas en el cerebro, un coro de identidades, ninguna de las cuales puede asumirse como la real (y las demás como irreales). El budismo y otras corrientes de neurociencia coinciden en decir que el yo que emerge de los procesos de percepción es una ficción, un hábito, un ap-ego ilusorio. Según el filósofo Evan Thompson:

Los budistas argumentan que nada es constante, todo cambia con el tiempo, tienes un flujo de conciencia cambiando constantemente. Y desde una perspectiva neurocientífica, el cuerpo y el cerebro están en flujo constante. No hay nada que corresponda con la noción de que existe un ser inmutable. 

Existen ciertos puntos en común entre Nagarjuna, David Hume y la neurociencia moderna. La neurociencia moderna nos dice que el yo no se procesa en ningún lugar en específico, no tiene un asiento material exacto, por lo que, desde el materialismo, puede pensarse como una ilusión generada por el hardware. Asimismo, como ese yo que emerge es el resultado de un proceso cognitivo siempre fluctuante, no se puede decir que el yo que emerge en este instante es el mismo que el que emergerá en un par de segundos, es siempre generado por el estado neural del momento. El gran santo budista Nagarjuna nos diría que el yo (y todas las cosas que conocemos) se origina de manera dependiente --de las células, del tejido, de los conceptos, del karma, etc.--, que siempre es necesario recurrir a algo más para definir lo que es una cosa, lo cual nos lleva a un regressus ad infinitum y a concluir que ya que no existe por sí mismo el yo, el individuo es una ficción. Escéptico de la identidad personal, Hume nos diría que lo único que existe son impresiones, todas las ideas (incluyendo la identidad) se derivan de este flujo cambiante de impresiones. Ya que las impresiones no persisten, el ser que es resultado de ellas tampoco persiste.

Regresando a Eagleman, neurobiológicamente tampoco somos realmente individuos, ya que la construcción de nuestra individualidad ocurre siempre mediada a través de nuestra interacción con los demás:

Puedes asumir que tú acabas en el borde de tu piel, pero en cierto sentido no hay forma de demarcar el límite de tu yo y el inicio de los demás alrededor de ti. Tus neuronas y las de todos los demás en el planeta interactúan en un gigante y cambiante superorganismo. Lo que llamas "yo" es simplemente un nodo en una red más grande. 

La realidad y el yo individual igualmente surgen de la percepción consensual, un consenso que se convierte en un hábito aceptado e internalizado. Escribe Don DeLillo: “Estar aquí es una especie de abandono espiritual. Sólo vemos lo que otros ven, los miles otros quienes estuvieron aquí antes, aquellos que vendrán después. Hemos acordado ser parte una percepción colectiva".

Podríamos incluir una razón sociopolítica también de cómo no somos individuos, sino masas manipuladas para conformarse con una idea prefabricada de lo que debemos hacer y de cómo debemos ver el mundo. ¿Una manada cuya percepción entrenada por la evolución y las fuerzas de la historia es el único pegamento que mantiene sólida la realidad: un patrón vibratorio que emerge del vacío cuántico cuando lo observamos? Pero mejor evitemos este tren de pensamiento. 

Tenemos también la visión emergente de la microbiología. Con el mapeo del microbioma humano, se ha descubierto que más de 90% de nuestros genes tienen su origen en bacterias y otros microbios. Así que en la profundidad de nuestros cuerpos somos mayormente otros. "Somos híbridos humanos-microbiales”, dice el doctor Kerry D. Friesen. El doctor Bruce Birren: “No somos individuos, somos colonias de criaturas”. Diversos biólogos como Justin Sonnenburg hablan sobre la necesidad de redefinir lo que es el ser humano.

Por último consideremos la vieja idea mística de que la razón de la existencia misma es trascender la individualidad, abandonar el ego para fundirse con la totalidad. El místico que se pregunta por su propio ser, encuentra que la respuesta es que éste es una ilusión en tanto que parece erigirse como la máxima realidad y restringe la percepción de todo lo que no es él. Descubre que al indagar profundamente en su propia naturaleza emerge la identidad con todas las cosas que existen. La unidad inmanente a la vez que trascendente. Como se dice en los Upanishads: "Atman es Brahman". Como dice la versión atribuida a los pitagóricos del oráculo de Delfos: "Quien se conoce a sí mismo, conoce al universo y a los dioses". El misticismo se basa fundamentalmente en relajar o hacer olvidar la conciencia individualizada a través de la oración, la meditación y la compasión para que en este estado de receptividad el Ser Universal pueda nulificar al individuo --como el mar reabsorbe una gota solitaria en la arena. La individualidad necesariamente presenta una percepción dual del mundo, una diferencia entre lo que soy y todo lo demás que no soy. Este, nos dicen todas las tradiciones, es el más grande error, el cual deberá ser superado para eliminar el sufrimiento y disfrutar el infinito juego creativo del universo, en el que los fenómenos y el espacio en el que surgen son idénticos. Una absoluta unidad luminosa es el único ser que puede existir.

 

Twitter del autor: @alepholo