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Lecciones de la vida de Buda Sakiamuni o lo que aprendió de ver la vejez, la enfermedad y la muerte

 

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La vida de Buda Sakiamuni (también conocido como Gautama) está envuelta en leyendas, por lo que es prácticamente imposible trazar con claridad una "biografía" definitiva del maestro espiritual que vivió alrededor del siglo VI a. C., sin embargo, los diferentes textos y cánones que registran las enseñanzas y los eventos de su vida se ven unificados por una cierta nobleza y un cierto entendimiento de la naturaleza de la mente y de los fundamentos del problema existencial. Es por esto que las historias de Buda transmiten una sabiduría perenne, más allá de que sean o no precisas históricamente. En otras palabras, lo que importa es la filosofía detrás de los sucesos y el poder que tienen las historias para producir devoción e inspirar al discípulo a tomar la decisión de seguir el camino del maestro y renunciar a seguir alimentando la ilusión del mundo.

Edward Conze, en su obra Escrituras budistas, hace una formidable labor de contarnos la historia del despertar de Buda, siguiendo la reputada biografía que hizo de Buda Shakiamuni el poeta del siglo I, Ashvaghosha, titulada Budacarita.

El momento crucial en el proceso de despertar de Buda Sakiamuni en su última vida puede fijarse como el momento en el que conoció la existencia de la enfermedad, la vejez y la muerte. (Hay que precisar sin embargo que la determinación de la iluminación es un proceso de miles de vidas y eones de tiempo; en una vida, por ejemplo, Buda sacrificó su cuerpo para alimentar a una tigresa hambrienta). Estos tres aspectos sombríos de la existencia --la enfermedad, la vejez y la muerte-- en la trayectoria de Buda son poderosos impulsos y nos permiten repensar cómo concebimos lo que comúnmente se considera como las cosas malas de la vida --cosas que, sin embargo, pueden ser los más grandes motores para la transformación de la conciencia.

Buda Sakiamuni era un príncipe de la tribu de los Sakia y vivía en el máximo recogimiento palaciego; su padre lo había separado del mundo, evitándole todo contacto con la decadencia connatural a la existencia. En el palacio de su padre se le limitaba a los aposentos superiores, los cuales estaban aclimatados especialmente para cada estación; no cesaban ahí la música, los perfumes y las atenciones de ninfas celestiales que llenaban al bodhisattva de constantes besos, caricias y mimos. Esta vida áulica era, sin embargo, solamente samsara, si bien la más dulce de las ilusiones.

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El bodhisattva que sería Buda escuchó hablar a las mujeres del palacio que le atendían sobre la belleza de los bosques y las delicias del aire del campo de los alrededores. Entonces su padre le organizó una excursión por los jardines exteriores y las zonas aledañas a su palacio, pero procurando seguir una ruta en la que previamente se había preparado que no hubiera ninguna muestra de sufrimiento. Así el príncipe observó la belleza de la naturaleza y de los ciudadanos que lo aclamaban con júbilo; sin embargo, era el destino (o por la intercesión divina, según narra la historia) que se encontrara con un anciano decrépito. Buda Sakiamuni entonces pidió al auriga de su carro que le revelara el significado de lo que había visto y conoció así el estrago del tiempo: la vejez. Esto le perturbó de tal forma que se cuestionó cómo, pese a que "la edad destruye indiscriminadamente la belleza, la memoria y la fuerza" el mundo "sigue adelante sin inmutarse". ¿Cuál es la realidad del placer y el deleite si están condenados a evaporarse?

En un segundo paseo, el bodhisattva se encontró con un hombre enfermo en el camino. Esto le hizo decir: "El mundo observa la calamidad que es la enfermedad y no pierde su confianza", y regresó al palacio incapaz de continuar observando este siniestro espectáculo.

En la tercera excursión, Buda Sakiamuni fue enfrentado con el cadáver de un hombre. Al enterarse de la muerte dijo: "Este es el final que está fijado para todos, y, sin embargo, el mundo olvida sus miedos y no aprende de la advertencia. Los corazones de los hombres ciertamente están endurecidos por los miedos, puesto que no se inquietan al ir viajando por el camino hacia la siguiente vida". 

Estas tres realizaciones se concentrarían en la primera de las cuatro nobles verdades: que la existencia condicionada como la conocemos está hecha de sufrimiento, es fundamentalmente insatisfactoria. Muchos podríamos pensar que hay una cierta nobleza (o al menos un admirable tesón) en el hombre que sigue su vida impávidamente ante la vejez, la enfermedad y la muerte, haciendo sus cosas no obstante, sin buscar modificar este curso que parece inevitable. Para Buda Sakiamuni esto, si bien merece compasión, no es algo admirable en sí mismo, sino una percepción errónea de la realidad, una muestra de ignorancia. Como dice más adelante, al renunciar a los placeres carnales: "No es que desprecie los objetos sensoriales que sé conforman lo que se llama 'el mundo'. Pero cuando considero la impermanencia de todas las cosas del mundo, entonces no encuentro deleite en él. Si esta tríada de vejez, enfermedad y muerte no existiera, entonces todas estas delicias seguramente me complacerían". Y es que el mundo en el que vivimos es "como si estuviera incendiado por un fuego que todo lo consume".

La gran aportación de la filosofía budista no es tanto notar que la existencia es impermanente e insustancial, es, sobre esto, afirmar que el sufrimiento y el ciclo de nacimiento y muerte puede ser extinguido y que existe un estado más allá de la muerte --el Dharma, y la misma conciencia despierta (que es lo que significa el verbo budhi, del cual viene la palabra "Buda"). Una vez que se conoce esto: que la existencia es sufrimiento, pero que el sufrimiento puede cesar, se traza el camino para conseguirlo (evidentemente teniendo en cuenta que la muerte no es el final del sufrimiento puesto que se cree en la reencarnación y en la continuidad del contenido mental, si bien no en el alma como tal).

Poco después de conocer la existencia del sufrimiento, Buda Sakiamuni se encuentra con un mendigo religioso que ha renunciado al mundo para dedicarse a la búsqueda del estado que se conocerá como nirvana, la bendita extinción. Esta será la última epifanía necesaria --el atisbo del Dharma-- para inclinarlo hacia el camino del compromiso absoluto por alcanzar la realidad, su propia naturaleza, la iluminación. Así Buda Sakiamuni decide abandonar todas sus posesiones y partir hacia la consecución del "estado inmortal". Buda Sakiamuni recibirá después el epíteto de El Vencedor o El Conquistador, por haber derrotado a la muerte.

Así tenemos una lección de una meditación sobre la muerte como herramienta de transformación. Recordemos que para Sócrates el sentido esencial de la filosofía estaba en la reflexión sobre la muerte --no tan diferente es este impulso de Buda. Esta puede ser la lección que nos llevamos de esta historia, más allá de que estemos lejos de tener la convicción y la claridad de un bodhisattva; al menos en el caso del sufrimiento y la enfermedad, observarlos en nuestra vida, en nosotros y en los seres que nos rodean, puede ser la mejor motivación para lograr la fuerza para eliminarlos lo más que podamos --y al hacer esto seguramente iremos cultivando nuestras virtudes. Tal vez algún día incluso nos pueda parecer plausible, finalmente, también terminar con la muerte. Algunas escrituras budistas sugieren que para conseguir el estado de Buda son necesarias miles de vidas de estricto apego al Dharma. Sea esto preciso o no, y aunque el tamaño de la hazaña nos abrume, seguramente no nos hará mal empezar a allanar el camino.

 

Twitter del autor: @alepholo

Imágenes vía Ars Gravis

Sobre la función espiritual de los mandalas en las disciplinas de meditación budistas.

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La figura del mandala se ha diseminado por todo el mundo, en parte como influencia de las religiones y filosofías orientales de donde se origina; y, también, debido a esta influencia hemos descubierto que un equivalente al mandala, quizás un poco menos sofisticado, existe en la mayoría de las culturas de manera autóctona --una figura circular como interfase o herramienta para simbolizar y acercarse a lo numimoso es arquetípicamente constante. Todos hemos contemplado un mandala, y en ello suele haber una notable experiencia estética, pero el sentido esencial de los mandalas está vinculado a la práctica espiritual y un entendimiento de su función puede ser muy provechoso. 

La palabra mandala significa en sánscrito "disco o círculo" y es esta forma circular la que ha predominado en el arte religioso. Si bien los mandalas han llegado a significar ofrendas, espacios de rezo, diagramas microcósmicos, manifestaciones del inconsciente (en la psicoterapia jungiana), etc., son sobre todo herramientas para la meditación y el aprendizaje (secciones de los Vedas eran llamados mandalas y los mantras pueden considerarse mandalas de sonido y viceversa).

La figura del círculo tiene en la mayoría de las culturas una connotación sagrada, ligada a la divinidad y al origen de todas las cosas. Nos dice René Guénon que: "El centro es, ante todo, el origen, el punto de partida de todas las cosas; es el punto principal, sin forma ni dimensiones, por lo tanto indivisible, y, por consiguiente, la única imagen que pueda darse de la Unidad primordial. De él, por irradiación, son producidas todas las cosas, así como la Unidad produce todos los números, sin que por ello su esencia quede modificada o afectada en manera alguna".

Según el erudito del budismo tibetano, David Snellgrove, un mandala es "un círulo de formas simbólicas... un símbolo en el centro, que representa la verdad absoluta en sí misma y otros símbolos dispuestos en varios puntos del compás, que representan aspectos ya manifiestos de esta misma verdad". 

Para intentar entender la función práctica del mandala, específicamente en el budismo, donde ha sido llevado a su máxima expresión, traduzco aquí algunos pasajes del texto Western Paradise of Amitabha, de Manly P. Hall. Un pequeño y hermoso texto en el que Hall nos acerca al budismo de la Tierra Pura, en el que figura el Buda Amitabha, quien emana, según los devotos, una campo búdico que es una especie de paraíso para los bienaventurados que se unen a su conciencia y a su luz infinita.  Dice Hall, encontrando aquí un punto de reunión en el mandala entre diferentes escuelas budistas:

En ciertas disciplinas meditativas shingon, elmandala o el diagrama psíquico compuesto, primero es considerado como una imagen dibujada en una superficie. La imagen que cuelga de una pared es una puerta cerrada. A través de la contemplación se logra abrir la puerta. En la secta zen, el discípulo debe visualizar esta puerta, provocar que se abra en la pared y finalmente si su fe y su valentía son perfectas, podrá atravesar la puerta hacia el Vacío. Este Vacío no implica la nada como la entendemos, más bien se trata de un lugar vacío de engaños e ilusiones, y donde las apariencias no son confundidas con las realidades... a través de la meditación, empezamos a cultivar el desapego de la conciencia y nos alejamos de las presiones de las percepciones sensoriales...

En un primer nivel, las imágenes con los budas radiantes y los santos, los árboles de joyas, los lotos y demás elementos de la iconografía tradicional, ejecutados con armonía y simetría en los colores y los trazos, cumplen la función de colocar al practicante en un estado de apreciación de la belleza y de devoción contemplativa. "Un humor de calma desapegada", dice Hall. Esto, aunado a los logros en la disciplina meditativa de los practicantes, libera del estrés y de la fijación en el mundo material de los sentidos. La influencia de la relajación es una apertura de la mente hacia dimensiones más sutiles.

El místico budista bien puede sostener que estos mandalas dejan de ser pinturas. La naturaleza búdica en nosotros empieza a irradiar, y los mandalas resplandecen, no con su propia luz, sino con la luz de nuestros corazones. Este cobrar vida de la Ley [Dharma] es parte de la experiencia de meditación. Simbólicamente al menos, descubrimos que la imagen de Amitabha es una proyección del poder de Amitabha en el núcleo de nuestro ser. El recordar a Buda en la imagen abre la puerta para el recordar al Buda de nuestro ser. Este ser búdico se vuelve cada vez más significativo mientras contemplamos este misterio. El mandala parece desvanecerse, y con él todas las cosas externas. La semilla de Buda en nuestro ser empieza a estremecerse, y a su alrededor brilla luz de su inmortalidad. Es en este momento, según la doctrina de la Tierra Pura, que el ser psíquico se vuelve consciente del universo psíquico en el que vive realmente. Es en este momento, también, que la semilla de la eternidad cae en la alberca de Amitabha [en el Paraíso del Oeste] para convertirse en el loto de nuestra promesa de liberación. La semilla es la primera experiencia mística de un hombre, la primera conciencia de su propia existencia infinita. Una vez que está consciente de esto, aunque dure un momento, nunca podrá olvidarlo completamente. Sacudido por esta conciencia, su propia vida psíquica empieza a incrementar y a desplegarse. Alguna sectas insisten en que la fórmula Nembutsu es necesaria; otras mantienen que esta afirmación "Namu Amida Butsu" es un mantra y un mantra es un mandala compuesto de sonido y memoria de la verdad.

La anterior es una descripción, con cierta licencia poética, de la función del mandala, no es ciertamente un dogma del uso del mandala. Sin embargo, nos introduce a su más alto simbolismo místico, en el que el objeto afuera se convierte en un mapa y luego en un reflejo de una realidad interna: la interioridad se revela como eternidad. La imagen del Buda en el centro del mandala es un espejo abierto del Buda que yace en el interior y que simplemente debe de reconocerse. Desde otra tradición, Marsilio Ficino expresó lo mismo en su Teología Platónica:

Y ciertamente es necesario que las cosas creadas se recojan ante su propio centro, y ante su propia unidad, y que se acerquen a su Creador, a fin de que: por su propio centro, se acerquen al centro de todas las cosas.

Twitter del autor:@alepholo