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Lecciones de la vida de Buda Sakiamuni o lo que aprendió de ver la vejez, la enfermedad y la muerte

 

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La vida de Buda Sakiamuni (también conocido como Gautama) está envuelta en leyendas, por lo que es prácticamente imposible trazar con claridad una "biografía" definitiva del maestro espiritual que vivió alrededor del siglo VI a. C., sin embargo, los diferentes textos y cánones que registran las enseñanzas y los eventos de su vida se ven unificados por una cierta nobleza y un cierto entendimiento de la naturaleza de la mente y de los fundamentos del problema existencial. Es por esto que las historias de Buda transmiten una sabiduría perenne, más allá de que sean o no precisas históricamente. En otras palabras, lo que importa es la filosofía detrás de los sucesos y el poder que tienen las historias para producir devoción e inspirar al discípulo a tomar la decisión de seguir el camino del maestro y renunciar a seguir alimentando la ilusión del mundo.

Edward Conze, en su obra Escrituras budistas, hace una formidable labor de contarnos la historia del despertar de Buda, siguiendo la reputada biografía que hizo de Buda Shakiamuni el poeta del siglo I, Ashvaghosha, titulada Budacarita.

El momento crucial en el proceso de despertar de Buda Sakiamuni en su última vida puede fijarse como el momento en el que conoció la existencia de la enfermedad, la vejez y la muerte. (Hay que precisar sin embargo que la determinación de la iluminación es un proceso de miles de vidas y eones de tiempo; en una vida, por ejemplo, Buda sacrificó su cuerpo para alimentar a una tigresa hambrienta). Estos tres aspectos sombríos de la existencia --la enfermedad, la vejez y la muerte-- en la trayectoria de Buda son poderosos impulsos y nos permiten repensar cómo concebimos lo que comúnmente se considera como las cosas malas de la vida --cosas que, sin embargo, pueden ser los más grandes motores para la transformación de la conciencia.

Buda Sakiamuni era un príncipe de la tribu de los Sakia y vivía en el máximo recogimiento palaciego; su padre lo había separado del mundo, evitándole todo contacto con la decadencia connatural a la existencia. En el palacio de su padre se le limitaba a los aposentos superiores, los cuales estaban aclimatados especialmente para cada estación; no cesaban ahí la música, los perfumes y las atenciones de ninfas celestiales que llenaban al bodhisattva de constantes besos, caricias y mimos. Esta vida áulica era, sin embargo, solamente samsara, si bien la más dulce de las ilusiones.

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El bodhisattva que sería Buda escuchó hablar a las mujeres del palacio que le atendían sobre la belleza de los bosques y las delicias del aire del campo de los alrededores. Entonces su padre le organizó una excursión por los jardines exteriores y las zonas aledañas a su palacio, pero procurando seguir una ruta en la que previamente se había preparado que no hubiera ninguna muestra de sufrimiento. Así el príncipe observó la belleza de la naturaleza y de los ciudadanos que lo aclamaban con júbilo; sin embargo, era el destino (o por la intercesión divina, según narra la historia) que se encontrara con un anciano decrépito. Buda Sakiamuni entonces pidió al auriga de su carro que le revelara el significado de lo que había visto y conoció así el estrago del tiempo: la vejez. Esto le perturbó de tal forma que se cuestionó cómo, pese a que "la edad destruye indiscriminadamente la belleza, la memoria y la fuerza" el mundo "sigue adelante sin inmutarse". ¿Cuál es la realidad del placer y el deleite si están condenados a evaporarse?

En un segundo paseo, el bodhisattva se encontró con un hombre enfermo en el camino. Esto le hizo decir: "El mundo observa la calamidad que es la enfermedad y no pierde su confianza", y regresó al palacio incapaz de continuar observando este siniestro espectáculo.

En la tercera excursión, Buda Sakiamuni fue enfrentado con el cadáver de un hombre. Al enterarse de la muerte dijo: "Este es el final que está fijado para todos, y, sin embargo, el mundo olvida sus miedos y no aprende de la advertencia. Los corazones de los hombres ciertamente están endurecidos por los miedos, puesto que no se inquietan al ir viajando por el camino hacia la siguiente vida". 

Estas tres realizaciones se concentrarían en la primera de las cuatro nobles verdades: que la existencia condicionada como la conocemos está hecha de sufrimiento, es fundamentalmente insatisfactoria. Muchos podríamos pensar que hay una cierta nobleza (o al menos un admirable tesón) en el hombre que sigue su vida impávidamente ante la vejez, la enfermedad y la muerte, haciendo sus cosas no obstante, sin buscar modificar este curso que parece inevitable. Para Buda Sakiamuni esto, si bien merece compasión, no es algo admirable en sí mismo, sino una percepción errónea de la realidad, una muestra de ignorancia. Como dice más adelante, al renunciar a los placeres carnales: "No es que desprecie los objetos sensoriales que sé conforman lo que se llama 'el mundo'. Pero cuando considero la impermanencia de todas las cosas del mundo, entonces no encuentro deleite en él. Si esta tríada de vejez, enfermedad y muerte no existiera, entonces todas estas delicias seguramente me complacerían". Y es que el mundo en el que vivimos es "como si estuviera incendiado por un fuego que todo lo consume".

La gran aportación de la filosofía budista no es tanto notar que la existencia es impermanente e insustancial, es, sobre esto, afirmar que el sufrimiento y el ciclo de nacimiento y muerte puede ser extinguido y que existe un estado más allá de la muerte --el Dharma, y la misma conciencia despierta (que es lo que significa el verbo budhi, del cual viene la palabra "Buda"). Una vez que se conoce esto: que la existencia es sufrimiento, pero que el sufrimiento puede cesar, se traza el camino para conseguirlo (evidentemente teniendo en cuenta que la muerte no es el final del sufrimiento puesto que se cree en la reencarnación y en la continuidad del contenido mental, si bien no en el alma como tal).

Poco después de conocer la existencia del sufrimiento, Buda Sakiamuni se encuentra con un mendigo religioso que ha renunciado al mundo para dedicarse a la búsqueda del estado que se conocerá como nirvana, la bendita extinción. Esta será la última epifanía necesaria --el atisbo del Dharma-- para inclinarlo hacia el camino del compromiso absoluto por alcanzar la realidad, su propia naturaleza, la iluminación. Así Buda Sakiamuni decide abandonar todas sus posesiones y partir hacia la consecución del "estado inmortal". Buda Sakiamuni recibirá después el epíteto de El Vencedor o El Conquistador, por haber derrotado a la muerte.

Así tenemos una lección de una meditación sobre la muerte como herramienta de transformación. Recordemos que para Sócrates el sentido esencial de la filosofía estaba en la reflexión sobre la muerte --no tan diferente es este impulso de Buda. Esta puede ser la lección que nos llevamos de esta historia, más allá de que estemos lejos de tener la convicción y la claridad de un bodhisattva; al menos en el caso del sufrimiento y la enfermedad, observarlos en nuestra vida, en nosotros y en los seres que nos rodean, puede ser la mejor motivación para lograr la fuerza para eliminarlos lo más que podamos --y al hacer esto seguramente iremos cultivando nuestras virtudes. Tal vez algún día incluso nos pueda parecer plausible, finalmente, también terminar con la muerte. Algunas escrituras budistas sugieren que para conseguir el estado de Buda son necesarias miles de vidas de estricto apego al Dharma. Sea esto preciso o no, y aunque el tamaño de la hazaña nos abrume, seguramente no nos hará mal empezar a allanar el camino.

 

Twitter del autor: @alepholo

Imágenes vía Ars Gravis

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Magos

Un grupo de venerables sabios atraviesan a lomo de camello por las arenas del desierto. Los guía una estrella de plata clavada en los cristalinos cielos del levante. Aunque discretos y cautelosos, le confían a algún viajero nabateo o moabita el propósito de su travesía: van en busca de un niño nacido en Judea, un rey y sacerdote anunciado en las antiguas profecías del Avesta. Fascinados por la luz de aquel astro rutilante, se dirigen con presentes de oro, incienso y mirra para rendir honores a los pies del mesías.

Cuando escuché por primera vez esta historia, nació mi inagotable obsesión con el firmamento. Ha sido un largo camino de aprendizaje, que brotó de una sencilla narración bíblica en boca de mi padre, pero que en mi alma de niño adquiría tintes numinosos que parecían arrojar una certeza metafísica, como si todo mi destino estuviese sellado en ese relato. Puede parecer exagerado, pero sólo quienes han experimentado el arrebato de tal certidumbre pueden comprender la trascendencia que reviste para quien lo ha vivido, especialmente siendo un mocoso. La historia de los Reyes Magos aparece en el segundo capítulo del Evangelio de Mateo. Por alguna razón desconocida los otros evangelistas no mencionan esta parte de la crónica, así que inevitablemente este pasaría a ser mi evangelio favorito. Con el tiempo comprendí que mi ávida predilección por la historia de las religiones y la teología comparada, surgió también de las implicaciones que podían derivarse de esta narración. De entre todas ellas, hay tres preguntas que responder al respecto: ¿Quiénes eran los Reyes Magos? ¿Cuál era la estrella que seguían? ¿A quién creían que buscaban? En este artículo procuraremos responder a estas tres preguntas fundamentales. Nos dice el relato:

Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí, unos magos del oriente llegaron a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el oriente y hemos venido a adorarle. Cuando lo oyó el rey Herodes, se turbó, y toda Jerusalén con él. Entonces, reuniendo a todos los principales sacerdotes y escribas del pueblo, indagó de ellos dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: “Y tú Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un gobernante que pastoreará a mi pueblo Israel”. Entonces Herodes llamó a los magos en secreto y se cercioró con ellos del tiempo en que había aparecido la estrella. Y enviándolos a Belén, dijo: Id y buscad con diligencia al Niño; y cuando le encontréis, avisadme para que yo también vaya y le adore. Y habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí, la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño. Cuando vieron la estrella, se regocijaron sobremanera con gran alegría. Y entrando en la casa, vieron al Niño con su madre María, y postrándose le adoraron; y abriendo sus tesoros le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra. Y habiendo sido advertidos por Dios en sueños que no volvieran a Herodes, partieron para su tierra por otro camino.

(Mateo 2:1-12)

¿Quiénes eran? El original en griego khoiné les llama μάγοι  ἀπὸ  ἀνατολῶν, literalmente traducido como “magos del oriente”. Basta consultar cualquier mapa para notar de inmediato que la región directamente oriental a Palestina es nada menos que Persia. Este es un detalle que no debemos olvidar. En el contexto histórico de la época, la palabra griega magi se aplicaba con exclusividad a los sacerdotes persas del antiguo culto mazdeísta, la primera gran religión monoteísta establecida por el profeta Zaratustra, ese genio espiritual que los griegos, acostumbrados a acomodarlo todo a la sonoridad de su propia lengua, terminarían conociendo como Zoroastro. El vocablo griego fue adoptado del persa Magusha, y éste a su vez del acadio Magushu, siendo aplicado en el marco de la religión iniciada por el que fuera profeta de los pueblos arios asentados en la zona del actual Irán, el Cáucaso y Asia Central. Se cuenta que vivió unos mil años antes de Cristo, enseñando una filosofía basada en un dualismo metafísico caracterizado por la lucha de la Luz contra la Oscuridad. Su prédica fue compilada en himnos y poemas conocidos como Gathas, en los que aboga por una vida pura basada en los buenos pensamientos, las buenas palabras y las buenas acciones como vía para servir al Dios Supremo (Ahura Mazda) y vencer al principio del Mal (Angra Mainyu) dentro del alma humana. Esta era la enseñanza que había modelado el corazón de los Reyes Magos. Venir del oriente de Palestina, era proceder de la otra gran civilización que le hacía contrapeso político y cultural a la Roma imperial: Persia.

El mosaico de los magos de la Iglesia de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, Italia, es la representación más temprana que se conoce de los Reyes Magos. Su antigüedad se remonta por lo menos al siglo VI de nuestra era. En él podemos observar a tres personajes portando sendos cofres y tocados por un curioso gorro frigio, símbolo de sabiduría oriental. La historia bíblica jamás señala a tres personajes, ni mucho menos nos entrega sus nombres. El número surgió en la tradición popular como una conjetura a partir de los tres presentes que llevaron al mesías, haciendo la suposición, medianamente razonable, de que debía haber al menos un regalo por cada rey mago. Los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar son un folclórico añadido de los primeros siglos del cristianismo. Pero lo realmente interesante de esta primitiva representación está en el uso de unos vistosos pantalones de brocado. En el siglo primero, cuando transcurre la narración, los pantalones eran una prenda extraña, utilizada únicamente por los Partos, el pueblo indoeuropeo que se había hecho con el control del imperio persa. El mosaico de Rávena tiene la sorprendente precisión de indicarnos los usos y costumbres de los persas de la época, en la misma vestimenta de los Reyes Magos.

Por otra parte, la observación e interpretación oracular del movimiento de los astros es un patrimonio mágico-religioso de profundas raíces mesopotámicas. Los primeros astrólogos de la historia fueron los sacerdotes que escrutaban el cielo sobre la cúspide trunca de los zigurats. Ellos informaban  a los reyes sobre el porvenir, aconsejándoles en las difíciles decisiones del gobierno. Los persas heredaron esta antiquísima tradición al conquistar toda la zona del creciente fértil. Pese a la propaganda griega que nunca les fue favorable en los registros históricos, los persas tuvieron la grandeza de integrar el saber de los pueblos conquistados a su propio acervo cultural, evitando imponer su religión y respetando la ajena. Esto les permitió incorporar la astrología como parte inherente del quehacer de sus propios sacerdotes, los reputados magos de Persia. De entre ellos, un puñado emprendió el largo camino por el desierto hasta Belén, buscando un nacimiento. Siendo astrólogos, su aparición en la Biblia introduce cierta dosis de conciliación con las leyes del Antiguo Testamento, que desconfían de la práctica astrológica por el temor de que pueda conducir a la astrolatría, adoración que practicaban muchos pueblos del levante. Sin embargo, el mismo Tanaj señala: "Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Salmo 19:1). De allí que exista una tradición astrológica entre los cabalistas judíos, cuya justificación teológica exigiría una discusión aparte.

Con todo, la astrología se extendió más allá de Mesopotamia, llegando a ser una ciencia sagrada para egipcios, griegos, romanos, árabes y hebreos, pues entregaba una visión espiritual del cosmos que conectaba las tradiciones religiosas de toda la cuenca del Mediterráneo con sus coetáneas en el Medio Oriente. No sería razonable concebir la llegada de Jesús de Nazaret sin que los pueblos circundantes se remitieran a su propio saber astrológico para advertir un hecho históricamente tan relevante, y los magos persas, que no eran perezosos a la hora de escudriñar el firmamento, tuvieron la ocurrencia de enviar una insólita misión diplomática ante un hecho astrológico de relevancia. Entonces ¿qué era la estrella de Belén? Responder a esta pregunta requiere considerar varias hipótesis. Existe un primer grupo de ellas: las no verificables. No nos ocuparemos de éstas porque escapan a cualquier análisis relativamente serio de la cuestión, pero mencionaremos una hipótesis muy popular en nuestros días, al recordar que no faltan los entusiastas de la ufología que quieren ven en la estrella de los Magos alguna clase de nave espacial extraterrestre. Huelga decir que carece de fundamento contrastable. Otra hipótesis no constatable es la que sostienen algunos fundamentalistas cristianos, que escapando de cualquier posibilidad ligada a lo astrológico, sostienen que se trató de una aparición sobrenatural. Nuevamente, no hace falta señalar la imposibilidad de corroboración. De todos modos estas figuraciones carecen del elemento indispensable para que pudiesen suscitar el interés de un grupo de astrólogos persas: la regularidad matemática.

En el grupo de las hipótesis verificables está la presunción, bastante extendida, de que se trató de un cometa. Sin embargo nos inclinamos a descartar esta posibilidad por una sencilla razón astrológica: los cometas, por lo general, representan eventos catastróficos como guerras, hambrunas y epidemias, ya que aparecen de forma sorpresiva en el cielo y rompen con la periodicidad armónica del cosmos astrológico, debido a que en la antigüedad era imposible predecirlos. En la tradición, los cometas han sido portadores de malos augurios y eran muy temidos por la población en general. Los astrólogos los interpretaban según el sector zodiacal en que aparecían por primera vez, y de acuerdo con el color de su brillante cabellera, pero en muy raros casos podían ser entendidos como un anuncio positivo. No nos cerramos completamente a la posibilidad de un cometa, ya que personajes como Marsilio Ficino le dieron algún crédito, pero debido a estas consideraciones simbólicas nos parece una hipótesis improbable.

Otra elucubración, esta vez proveniente del campo científico, es que se tratase de una nova. La aparición de una nueva estrella —de allí su nombre— es un fenómeno inusual y muy llamativo que puede producirse por el estrepitoso aumento de luminosidad de una estrella variable, previamente invisible al ojo desnudo, o por el estallido de un sol lejano. Su fulgor resultaría especialmente relevante para los astrólogos de antaño, pero lamentablemente esta hipótesis no cumple con un criterio fundamental, exigible a la estrella de Belén. Las novas no se mueven ni se detienen en el cielo como describe el versículo 9 del segundo capítulo de Mateo, por lo que podemos descartar completamente esta posibilidad.

La tercera hipótesis, a nuestro juicio la más plausible, es que se tratase de una importante conjunción planetaria. En el campo de la astrología mundana —aquella dedicada al estudio y predicción de los grandes acontecimientos mundiales— la más importante es la gran conjunción de Júpiter y Saturno que ocurre aproximadamente cada 20 años. Ella determina los sucesos globales a lo largo de 2 décadas, siendo observada con mucho cuidado por los astrólogos desde hace por lo menos 3 mil años. Y sucede que en el año VII a. C. la gran conjunción de Júpiter y Saturno en Piscis fue triple, ya que los movimientos retrógrados de ambos planetas los llevaron a separarse y volverse a unir tres veces. Pero lo más destacado es que mientras esto ocurría, todos los planetas clásicos, con excepción de Saturno, más las dos luminarias del Sol y la Luna, se encontraban en sus respectivos domicilios zodiacales. En astrología cada planeta tiene uno o dos signos sobre los que regenta, y cuando entra en ellos su poder se ve realzado. Una disposición semejante de todo el cielo como conjunto, y no sólo una estrella aislada, es lo que realmente interesa al astrólogo cuando realiza su delicado trabajo de interpretación. A los principiantes les cuesta entender que la astrología es una ciencia de relaciones entre el todo y las partes, no una mera cuestión de cuerpos celestes posicionados en determinado signo y casa astral. La inmensa mayoría de los que han intentado resolver el misterio de la estrella de Belén, han caído en este mismo reduccionismo, por carecer de la adecuada formación en el pensamiento tradicional de la astrología.

La gran conjunción de Piscis configuró una carta astral sorprendente. Encontrar a los planetas en sus respectivos domicilios zodiacales es un suceso extraordinario que no volverá a repetirse sino dentro de miles y miles de años. Para un astrólogo esto equivale a encontrar la piedra filosofal. En medio del movimiento perpetuo del tiempo, un orden semejante sólo puede ser comparable al del Arquetipo desde el que fueron creadas todas las cosas. Semejante configuración astrológica posee una armonía que potencia las fortalezas y dignidades de los astros, siendo el momento propicio para el nacimiento de un alma excepcional, pues reúne las dignidades de realeza, sacerdocio y divinidad representadas por los tres presentes que portaban los Reyes Magos. Esta disposición celeste, que de paso podríamos considerar como la carta natal de Jesús de Nazaret, ocurrió un 22 de agosto del VII a. C. Es al afamado astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) a quien le debemos haber notado por primera vez, en la edad moderna, esta peculiar distribución de los astros.

A la medianoche de aquel 22 de agosto recién iniciado, la unión corporal de Júpiter y Saturno cruzó el meridiano local de Belén, alcanzando su punto de mayor elevación en el cielo. Producto de la alternancia entre movimiento directo y retrógrado de los dos planetas, la conjunción avanzó, se detuvo, retrocedió y se detuvo otra vez, cumpliendo con lo narrado en el Evangelio de Mateo. El signo de Piscis, donde se produjo este fenómeno, representa a la región de Judea dentro del esquema de correspondencias de la astrología mundana tradicional. Por lo tanto, nuestros magos persas seguirían la “estrella” hasta esa zona de Palestina. Recordemos que antes de la era de los telescopios, los planetas no eran otra cosa que estrellas errantes que se movían rebeldes contra el fondo fijo de las constelaciones. No se extrañe nadie de que los antiguos hablaran de una estrella de Belén para referirse a un par de planetas extraordinariamente juntos en el cielo. El tránsito y culminación de Júpiter, astro de la realeza, lo llevó hasta el signo de Aries un 18 de diciembre del año VI a. C., conduciendo a los magos hasta Belén, al permanecer estacionario antes de volverse directo, lenguaje astrológico con el que se expresa lo mismo que en Mateo: la “estrella” se detuvo sobre el lugar donde se encontraba el niño.

El nacimiento del mesías en el VII a. C. coincide con los errores introducidos en el cálcuo del Anno Domini para fijar su natividad, pues el emperador César Augusto gobernó 4 años antes de lo establecido por Dionisio el Exiguo, pero bajo su nombre de nacimiento: Octavio. El monje no incluyó el año 0 en su calendario, retrasando todo 1 año más. Al mismo tiempo, sabemos que el rey Herodes mandó a matar a todos los niños de Belén menores de 2 años, según lo que averiguó de los Magos sobre la fecha de nacimiento de Jesús. Esto nos da un retraso total de 7 años, que es justamente la diferencia establecida por la tercera hipótesis.

¿A quién creían que buscaban? Como sacerdotes zoroastrianos, estaban familiarizados con los mitos y profecías de sus vecinos hebreos. Siendo mazdeístas, esperaban la venida del Saoshyant, el mesías y restaurador universal profetizado tanto en el sagrado libro del Avesta como en la tradición oral persa. Por otro lado, la figura del mesías judío, que inicialmente era descrito como un futuro rey de Israel que salvaría a su pueblo de la opresión, se transformó, en el Libro de Isaías, en un salvador universal muy similar al Saoshyant mazdeo. Los Magos, educados en el saber de su propia religión y cultura, buscaban “al rey de los judíos” según señala el evangelio, pero es altamente probable que tuvieran en mente una figura salvífica como la que ellos también esperaban en sus profecías. Sabemos que los Magos hacían uso extensivo de la astrología, especialmente de las vertientes mundana y meteorológica, como herederos por contigüidad histórica y geográfica de Acadia y Babilonia, ambas culturas expertas en cuestiones astrológicas. Por lo tanto, es justo suponer que estos astrólogos habían encontrado las señales del advenimiento del restaurador espiritual, en una figura astral tan sorprendente como la que se produjo en agosto del año VII a.C.

Por cierto, la fecha de navidad establecida oficialmente por la Iglesia es en realidad la antigua festividad romana del Sol Invictus, que celebraba el aumento de la luz solar tras el solsticio boreal de invierno. Montar la navidad encima fue una astuta manera de reemplazar el popular festival pagano del Sol con el nacimiento de Cristo, una encarnación de los mitos heróico-solares en clave hebrea. El relato bíblico cuenta que los pastores de Belén acudieron al llamado nocturno de un ángel, dirigiéndose hasta el pesebre. En diciembre, la noche en Palestina es tan fría que ningún pastor saldría con sus rebaños. En agosto sí que lo hacen frecuentemente, incluso en nuestros días. La Iglesia también estableció como fecha de la epifanía —llegada de los Reyes Magos— el 6 de enero, día que en muchos países cristianos es el de entrega de regalos a los niños. Es también la fecha en que los astrólogos celebramos informalmente nuestro día del oficio.

Una mirada más amplia de la historia de la natividad y de la fecha asignada por la Iglesia nos debe llevar a comprender que el nacimiento de Cristo, lejos de ser una pura imitación de otros mitos solares anteriores, es por sobre todas las cosas la manifestación de una verdad única, de una sabiduría primordial que yace latente en todas las auténticas tradiciones religiosas del mundo. Este punto de vista, portador de la luz integradora que otorga el esoterismo, destaca muy por encima de las intenciones destructivamente críticas de algunos enemigos del paradigma religioso. La Sophia Perennis está allí para ser consultada por todo aquel que se atreva a ir más allá de los prejuicios modernos. Nosotros no dudamos de la historicidad de Cristo. Más bien apuntamos a que existen sólidos indicadores astrológicos que avalan el nacimiento de un ser extraordinario, en cuya vida se cumplieron las prefiguraciones mitológicas de incontables naciones, no sólo las profecías del pueblo hebreo.

Como los Magos, es preciso seguir las estrellas para llegar a Cristo. Realmente los astrólogos nos encontramos con el rostro de Dios cuando indagamos los astros, pues en ellos vislumbramos la voluntad del Creador manifiesta en el tejido del tiempo. Para mí ha sido un privilegio poder conocer y practicar esta augusta ciencia de la antigüedad. Fueron los Reyes Magos quienes me tomaron de la mano para llevarme hasta el santo templo cuyas columnas son las cuatro esquinas del mundo, pilares que soportan el peso de la bóveda estrellada desde la que Dios nos sonríe con el brillo de la eternidad.

 

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