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El debate sobre la escuela que tenemos hoy en día no parece estar atravesado ni se ve modificado por las violentas y oscilantes coyunturas políticas que tienen dominado hoy en día a nuestro querido continente. Para bien y para mal
Antigua escuela Martín Tovar, Venezuela (Imagen: Wikimedia Commons)

Antigua escuela Martín Tovar, Venezuela (Imagen: Wikimedia Commons)

Venezuela ya no parece un país como los otros; se nos dice todo el tiempo que en su territorio pasan miles de cosas que no pasan en casi ninguna parte y que aquello es una experiencia de otra índole. Visto desde fuera –y tal vez también desde dentro-- todo es raro en Venezuela y muchas de esas rarezas además parecen malas. La revolución bolivariana, en sus ya muy largos 15 años de gobierno, ha alterado todo; ha dejado su fuerte marca en todo; ha modificado la concepción y la manifestación de casi todas las cosas del país. Imagino aún en Venezuela un consenso total en la afirmación de que el país es completamente otra cosa que lo que era hace 10, 15 o 20 o 30 años. Más allá de la valoración de ese quiebre histórico, el quiebre mismo recaba unanimidad.

Sin embargo, el sistema educativo se ha modificado poquísimo o nada. Contrariamente a casi todo lo demás --que para bien o para mal se ha movido dramáticamente, en el sistema educativo venezolano no han quedado impresas las marcas de la revolución.

Yo sé que la percepción de los ciudadanos venezolanos probablemente no sea la misma. El ambiente sobresaturado de propaganda y polución política que reina en Venezuela nos hace creer que todo ha sido impactado y reimpactado permanentemente; para los revolucionarios, para mejor y para la liberación, y para los opositores, para lo contrario. Y es verdad que el chavismo habló y habla de educación y dice y amenaza y orilla a la escuela y las universidades, pero no las ha cambiado. Tal vez ha fortalecido algunas escuelas o universidades en particular que le interesan y debilitado otras que combate, pero esencialmente no las ha atravesado.

Me interesa analizar este fenómeno. No tanto por agregar un nuevo análisis al proceso político venezolano –que no creo que lo esté necesitando a estas alturas, sino por iluminar las características de la institución educativa en un contexto extremo –vamos a decirlo así. ¿Por qué la revolución, que todo lo altera, no alteró la escuela? ¿Por qué un niño en una escuela venezolana de hoy no vive esencialmente otra experiencia que la que vivió su colega hace 15 años en esa misma escuela? Me refiero a otra experiencia pedagógica e institucional; porque yo sé que el contexto social y político general venezolano entra en la escuela y enrarece también sus ambientes, pero me refiero al diseño escolar, a sus prácticas pedagógicas e institucionales; a lo que se aprende o se deja de aprender en las escuelas venezolanas de hoy; a lo que se está formando, informando o deformando allí a los niños.

Pareciera que la revolución, que tiene ideas nuevas para todo y que su núcleo y sentido revolucionario altera el orden simbólico de todo, no tiene ideas nuevas para la escuela. No sabe, no quiere, no puede, no le ha importado o, simplemente, ese es uno de sus límites –de nuevo, para bien o para mal.

Y resulta curioso, porque cuesta imaginar un discurso revolucionario que no tenga una fuerte tesis educativa; es tan unánime hoy en día la vinculación de la educación con el Estado que cuesta creer cómo la revolución, que redefine al Estado, no trabaja en la educación de manera directa y profunda. Sin embargo, no lo hace. ¿Por qué?

Porque se ha cansado de fracasar, es mi tesis. Yo recuerdo bien los ímpetus de Aristóbulo Istúriz en los años 2004-2005 y de algunos otros para contarnos –con alguna prepotencia-- el modelo de escuela bolivariana que detentaban... Sin embargo, la escuela venezolana no se modificó; aquellas ideas y maquetas y millones no hicieron mella. Para bien o para mal, cambiar la escuela es más difícil que cambiar otras instancias o instituciones sociales que a priori podrían parecernos más anquilosadas y resistentes. La escuela es experta en la resistencia. No se deja alterar.

Se le pueden modificar su dieta presupuestaria, su infraestructura, su discurso gremial, sus gramáticas de funcionamiento, algunos de sus rituales, etc., pero su corazón simbólico-pedagógico no cambia. El modelo implícito de dictado de clase y evaluación no ha sufrido ni un magullo después de 15 intensísimos años de revolución bolivariana. La maestra de matemáticas sigue dando su mismita clase de siempre; como el maestro de biología, geografía o lenguaje. No es sólo que no haya modificado sus prácticas, sino que no las ha discutido profundamente siquiera. Para bien o para mal. La escuela venezolana de hoy está recontextualizada política y socialmente por la revolución, pero no ha sido modificada por ella.

Se la pretendió y se la pretende ideologizar mediante la entrada de materiales educativos cargados de intencionalidad política, pero hasta eso también se ha ido diluyendo. Todo se diluye ante la escuela. Para bien o para mal. La escuela no se resiste con armas ni con discursos encendidos ni con programas ómnibus de TV; al contrario, parece dócil y fácil, pero no lo logramos ni los que trabajamos para una escuela nueva ni lo logra la revolución bolivariana. La escuela sabe que salvo que las convicciones nuevas sean al mismo tiempo y de manera perfecta intensas, sostenidas, eficientes, preclaras y seductoras, la inercia del modelo actual se acabará imponiendo. Es sólo cuestión de esperar y –discretamente-- no facilitar demasiado las cosas. En el modelo vigente hoy en la escuela (en la de Venezuela, así como en la de Argentina, México, Brasil, Perú y Chile), todas las piezas son absolutamente solidarias para no dar opción a otra cosa. Libro, profesor, aula, expectativa social, epistemología y currículo están cósmicamente alineados para no dejar espacio ninguno para la innovación, la invención, un desplazamiento, apenas la improvisación --a la que también podríamos llamarla libertad. La configuración simbólica de la escuela es cerrada y muy eficiente. Por eso no necesita de aspavientos para defenderse. Confía en su capacidad de desgastar a cualquier enemigo; incluso, a la plenipotenciaria revolución bolivariana.

Una vez más, la escuela nos demuestra que su modelo hoy en día es atemporal y ubicuo. Ella existe tal como ella es más allá de cualquier circunstancia histórica, por más radical que esta sea. No estamos asistiendo a ese momento en el que el modelo se quiebra. El debate sobre la escuela que tenemos hoy en día no parece estar atravesado ni se ve modificado por las violentas y oscilantes coyunturas políticas que tienen dominado hoy en día a nuestro querido continente. Para bien y para mal.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

8 tips para ganarle al estés y a la tensión mental que suelen ocurrir en los grandes embotellamientos urbanos

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En un mundo donde cada vez más personas viven en ciudades de gran densidad, a veces es inevitable pasar mucho tiempo en el auto atorado en el tráfico. Esto suele generar estrés y éste, nos dicen los científicos, es un asesino silencioso. No siempre vas a poder esquivar un embotellamiento, pero siempre es posible evitar el estrés. 

 

1. Piensa en los demás

No importa qué tan lejos vayas y qué tan tanto te tardes, siempre va a haber alguien que va ir más lejos y que la está pasando peor que tú. Sé compasivo y relájate, al final no pasa nada. Si tienes que disculparte por llegar tarde, hazlo sinceramente y la gente lo entenderá. En realidad lo único malo que puede pasar es que te estreses. Pero esto no sucederá si piensas de manera compasiva en los demás, porque el estrés sólo existe como conflicto entre lo que quieres y lo que estás viviendo.

 

2. Utiliza el tiempo para aprender algo

El tiempo que pasas en el tráfico no es tiempo muerto. Siempre se puede hacer algo productivo. De hecho puedes verlo como una agradable oportunidad para aprender un idioma o escuchar podcasts de filosofía, de astronomía, de jardinería o lo que sea que te guste.

 

3. Configura una playlist para el momento

Si sabes que vas a atravesar una urbe en la cual inevitablemente te vas encontrar con cuellos de botella, anticipate y crea una playlist de música para escuchar en tu auto, acondicionada para tus estados de ánimo e incluso para el tipo de lugar o paisaje que atraviesas. La música es medicina y puede modular tus estados de ánimo. Conviértete no sólo en tu propio DJ, sino también en tu propio doctor de tráfico.

 

4. Emplea tu tiempo al volante para percibir tu alrededor

En vez de empezar a entrar en un oscuro tren de suposiciones y estrés sobre llegar tarde o sobre cómo estás perdiendo tu valioso tiempo en un vehículo, en una selva de concreto, simplemente observa lo que sucede a tu alrededor. Mantén tu atención en el presente y mira lo que ocurre en tu entorno. Si empiezas a divagar, regresa a lo que tienes enfrente. El camino siempre tiene tesoros ocultos para el que sabe estar atento y esto además evita al estrés, que es siempre una creación mental.

 

5. Utiliza el pranayama

El pranayama es una técnica ancestral de respiración de la India que permite relajarse con facilidad y, en algunas de sus variantes, puede hacerse sin que sea necesario usar las manos o perder la concentración. Los beneficios son numerosos. Recordar siempre respirar profundo en momentos de posible estrés es un buen hábito. En Internet hay muchos videos y cursos para ello.

 

6. Prueba este juego de leer placas

¿Alguna vez te has sorprendido perdido, mirando las letras de la placa que tienes enfrente? Puedes utilizar esto de manera creativa. Intenta crear palabras con las letras de una placa. Por ejemplo: GRG (Georgia, garganta). Si lo tuyo son los números (y además eres genial o paranoico), intenta encontrar un patrón secreto.

 

7. Aprende a meditar

Evidentemente no sería muy prudente entrar en meditación profunda durante el tránsito automovilístico. Además de que tendrías que entrar a un estado de samadhi para poder superar los claxons (los habituales y los que recibirías luego de irte de tu cuerpo en pleno semáforo), es un tanto peligroso. Dicho eso, la disciplina de meditación que puedas aprender te permitirá soportar los trances más duros del tráfico con un colchón, un umbral más alejado del estallido neurótico. Ninguna disciplina mental es tan antigua e históricamente provechosa como la meditación.

La primera recomendación es ciertamente evitar los embotellamientos y las horas pico, pero si por cosas inevitables en tu vida habitualmente debes pasar mucho tiempo en el tráfico, prevén y tómate el tiempo para aprender a meditar. El zen es una buena escuela, pero existen numerosas corrientes y técnicas adaptadas para todo tipo de personas.

 

8. Utiliza tus poderes para abrir el mar de autos

Si prácticas mucho la relajación, aprendes a meditar, escuchas buena música, eres compasivo, encuentras el patrón secreto de las cosas y has practicado toda esta lista entonces tal vez podrás, como Moisés, abrir el mar con tu mente. Y aunque no lo hagas físicamente, siente la brisa de ese mar que creas.