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Todo el esoterismo occidental y buena parte de su homólogo oriental gira en torno a la noción de una misteriosa Palabra o Verbo Secreto que al ser pronunciado da origen al proceso cosmogónico

Estrella Flamígera

 

Pablo Ianiszewski F.

La Palabra Perdida, misterio de misterios, vírgula fecundadora del maremágnum, centella primigenia y simiente de la eternidad. Por su extravío los hombres han caído en desgracia y vagan por sucesivos eones en la más completa oscuridad. Es el secreto mejor guardado de la historia sagrada, esa que no aparece en los libros de texto ni se enseña ya en las escuelas. Conocida es la apertura del Evangelio según San Juan cuando declama: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron”. En estas palabras, pronunciadas millones de veces desde hace 2 mil años, podemos vislumbrar un fragmento del enigma que nos proponemos circunvalar.

Todo el esoterismo occidental y buena parte de su homólogo oriental gira en torno a la noción de una misteriosa Palabra o Verbo Secreto que al ser pronunciado por el Creador da origen al proceso cosmogónico, a la generación de los mundos y el desenvolvimiento del drama universal, con sus infinitas diversificaciones y movimientos, en una danza cuyo arcano exige al neófito un salto de comprensión suprarracional. En nuestro nicho cultural, el misterio de la poderosa Palabra Perdida nos ha llegado de manos hebreas a través de la Torah y el Tanaj, pero sus ecos resuenan tanto en el Evangelio como en el Corán y el Ginza. Desde luego, el estudio comparativo demuestra que esta noción de un Verbo Divino y fecundador tiene su germen pretérito en toda la mitología del creciente fértil y desde luego, en el omnipresente Egipto faraónico. Como nunca es buena idea buscar en las ramas lo que sólo puede hallarse en las raíces, habrá que revisar ineludiblemente el mito de la creación de Heliópolis, que se encuentra registrado en los famosos Textos de las Pirámides, diseminados en distintas locaciones a lo largo del río Nilo, y en el papiro Bremner-Rhind, alojado en el Museo Británico de Londres.

Nos cuenta el mito cosmogónico egipcio que en el principio tan sólo existía el Nun, el confuso e indiferenciado océano primordial, en cuyas oscuras aguas se encontraba totalmente diluido Atum, el padre de todos los Dioses. Allí no existía nada, ni cielo, ni tierra, ni vida, ni muerte. Tan sólo reinaba el caos de lo perfectamente confuso. Sin embargo, de aquella disolución divina surgió una voz, la atronadora entonación de Atum al pronunciar las palabras que abren las alas del Ser. Tomando conciencia de su propia existencia gritó: “¡Ven a mí!”. Y en ese grito desgarrador que atravesó el líquido vacío de lo sin forma, el Dios primordial se dio origen a sí mismo como Atum-Ra, la primera luz. Habiéndose diferenciado del caótico océano de Nun, concibió una segunda separación al hacer brotar en medio de todo una enorme montaña, el axis mundi bajo la forma perfectamente piramidal de la sagrada colina de Benben, que constituirá la primera coagulación de la materia. Este monte será el primer lugar, un establecimiento con el que se da inicio al ordenamiento universal que hace posible la vida. De las siguientes diversificaciones creativas irán surgiendo los principios masculino y femenino en la forma de cuatro parejas de Dioses que, junto a Atum-Ra, estructuran la enéada heliopolitana por la que todas las cosas fueron hechas. Lo que destacamos de la narración es la ineludible presencia de la palabra creadora, bajo cuya articulación se inicia el primer movimiento que contiene en sí el principio del devenir.

¿Qué es este Verbo? En el libro del Génesis se da cuenta del movimiento creativo a partir del mismo océano indiferenciado del mito egipcio, cuando nos señala que al principio las tinieblas cubrían la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Entonces Elohim dijo “¡hágase la luz!”. Y la luz fue hecha. Este Fiat lux vuelve a ponernos en presencia del poder de la Palabra Divina, que vemos representada incluso en la ingenuidad de los cuentos de hadas bajo la forma velada de unas “palabras mágicas” que abren las puertas de lo milagroso y sorprendente. La Palabra es un sonido y a la vez un espíritu, o si se prefiere, es un sonido que sirve de carro al espíritu de Dios en su desenvolvimiento y división para gestar las esferas del universo. El acto del habla le confiere al ser humano la capacidad única de interactuar y transmitir la idea, siendo así el medio por el que el reino invisible del Intelecto puede ser dado a luz. En la comunión de las ideas transmitidas el espíritu humano se manifiesta en plenitud. ¿Cómo no afirmar lo propio del espíritu de Dios, el Ruach Elohim?

El Verbo es la línea generatriz de todas las posibilidades en la Mente del Gran Arquitecto, a la vez que el sonido de su enunciación constituye su vehículo transmisor. Pero las tradiciones iniciáticas del mundo entero nos aseguran que la Palabra se ha perdido. La noción de pérdida se sostiene en la estructura mítica que recurrentemente retorna a la necesidad de una búsqueda, de una recuperación de la dignidad olvidada, que en Platón y la corriente que le sigue adquiere una nostalgia que atraviesa las almas que abrazan la muerte, comprendiéndola como la salida de la oscura caverna del reino material. Retornar al origen es el verdadero poder de la Palabra Perdida. Por ella se haría efectivo el completo Tikkun Olam de los cabalistas, la rectificación del mundo tras la caída.

La Palabra que da origen a la Luz es sin embargo una restricción, una contracción de la misma Luz Divina en la teología mística del gran rabí Isaac Luria. Encontramos una noción sumamente parecida a la del tzimtzum de la cábala en la cosmogénesis de Jakob Böhme, cuyo primer acto abre con una contracción en el seno de la Divinidad. Al mismo tiempo que Dios da comienzo a la creación con la pronunciación del primer movimiento, debe restringir su propia magnificencia para dar cabida al espacio y al tiempo, que son inevitables suspensiones de lo Divino, ausencias en donde la radiación espiritual queda constreñida y por ello oculta. A medida que se desenvuelve el proceso de emanaciones a través de las 10 Sephirot, esta ocultación de la Luz se hace progresivamente mayor, añadiendo velos cada vez más densos que impiden la contemplación directa del Rostro Divino. Tenemos aquí una primera pérdida, o más propiamente un ocultamiento. En el mito cabalístico, la Palabra Perdida fue transmitida a Adán y a sus descendientes a través de la línea de Set, como un secreto que debían custodiar, porque les aseguraba el permanente contacto con el Creador. Esa Palabra no es otra cosa que Ha-Shem, el Nombre de Dios expresado gráficamente en el impronunciable Tetragrammaton. Habrá otras pérdidas, como la del Edén y la del Arca de la Alianza que contenía las Tablas de la Ley, así como el sagrado nombre.

El grado de Maestro en la masonería gira precisamente en torno a la Palabra Perdida, entendiéndose nuevamente por ello el nombre secreto de Dios, que tras el simbólico asesinato de Hiram Abif, ya no puede ser encontrado sobre la Tierra. Dicho nombre reaparece en los capítulos del Arco Real, donde se ofrece una palabra sustituta que, según la mayoría de los estudiosos, resulta de la contracción y conjunción de tres formas diferentes para nombrar al Altísimo en las tradiciones hebrea, fenicia y egipcia. Desde luego, este nombre se transmite bajo el juramento de secreto masónico y no debe ser reproducido. Empero, dicha palabra de reemplazo no es el verdadero Nombre Divino, tan sólo una llave para abrir el apetito de la búsqueda. La auténtica Palabra Perdida es de suyo intransmisible e impronunciable, como lo atestigua todo el judaísmo. El temor reverencial al Nombre se evidencia en la práctica cotidiana de aludirlo indirectamente, evitando incluso escribir en forma completa la palabra “Dios”. Pero como en toda regla hay excepciones, pensemos en lo que nos transmite la leyenda sobre el Templo de Salomón, donde una vez al año el sumo sacerdote ingresaba al Sanctasanctorum para pronunciar las cuatro consonantes y pedir perdón por los pecados del pueblo de Israel.

La tradición primordial de la que brota toda sabiduría, parece indicarnos insistentemente en sus múltiples manifestaciones que el hombre ha perdido tanto el contacto directo con Dios como su propio estado de divinidad. ¿No nos dice la misma Escritura que somos dioses? (Salmo, 82:6 y Juan, 10:34). Aquí se hace evidente el trasfondo platónico y hermético que inevitablemente tiñó la formulación de los credos monoteístas en la ribera oriental del mediterráneo. Aunque el contacto del pueblo hebreo con la cultura grecorromana y las distintas tribus semitas del sector puede explicar fácilmente el contagio, no es menos cierto que la transmisión de la doctrina esotérica tradicional se beneficia de dicha “contaminación” en la medida en que le hace posible su traspaso seguro, codificada tras el grueso manto del exoterismo religioso. Asegura la leyenda masónica que el rey Salomón mandó construir una bóveda secreta bajo el Templo de Jerusalén, cámara oculta que mantenía las mismas proporciones que el gran edificio superior. A ella se accedía por una escalera de 24 peldaños divididos en cuatro tramos de tres, cinco, siete y nueve escalones. En la bóveda, de cuya existencia sólo sabían Salomón y los maestros constructores, dispuso un pedestal triangular en el que mandó grabar los diversos sellos y sigilos de la sabiduría secreta. En ese lugar se escondió el mayor tesoro que el hombre pudiese imaginar: la Palabra que encierra el nombre del Gran Arquitecto del Universo. ¿Y no buscaron los Templarios esa misma cripta durante 9 años, excavando bajo los restos del Templo en el monte Sión?

En el misticismo islámico existe la misma cuestión alrededor del nombre esencial de Allah. El Corán desarrolla una teología en la que Dios se presenta bajo 99 nombres que reflejan sus distintos atributos, pero deja en el más absoluto misterio el último y más sagrado de todos ellos: el de su Esencia. Es este centésimo Nombre Divino el que suscita las especulaciones místicas más notables del sufismo, y su custodia es un secreto que guarda celosamente el Shaikh, que no lo comunicará más que a los derviches de mayor rango y realización. El Gran Nombre (Ism al-'Azam) puede obrar prodigios y abrir las puertas de la existencia a la presencia divina. Algo similar ocurre en las religiones dhármicas por el uso del mantra, con su potencial para liberar la mente y su concepción del sonido AUM como núcleo sonoro de la suprema realidad de Brahman. En la cosmogénesis del Corpus Hermeticum, el Verbo (Logos) vuelve a aparecer ocupando el lugar central de potencia creadora. Asimismo figura en las distintas versiones cosmogónicas de los círculos gnósticos de Alejandría, que comparten con la Hermética un mismo trasfondo cultural. Dice el Poimandres:

El Verbo santo vino a abrazar la Naturaleza, y un fuego sin mezcla se lanzó fuera de la naturaleza acuosa hacia lo alto, hacia la región sublime; era ligero y vivo, y activo al mismo tiempo; y el aire, siendo ligero [también], siguió al soplo ígneo, elevándose hacia el fuego a partir de la tierra y el agua, de manera que parecía suspendido del fuego. La tierra y el agua permanecían en su lugar, ambas íntimamente mezcladas entre sí, tanto, que no se distinguían: y eran incesantemente movidas bajo la acción del soplo del Verbo que se encontraba por encima de ellas, según el oído percibía.

Vemos aquí otra vez más el poder articulador de la Palabra de Dios, esa misma que muchas iglesias cristianas pretenden predicar sin comprender demasiado lo que insistentemente repiten a sus fieles.

Volvamos al Fiat lux del Génesis. Hay algo de inefabilidad detrás de un Dios cuya luz no puede ser vista antes de que el sonido de su voz haya sido escuchado. Esta invisibilidad se repite en la voz que escuchan todos los patriarcas y profetas, un rasgo propio de la iconoclasta religiosidad abrahámica. Pero encontramos la misma característica en buena parte de la tradición espiritual del oriente próximo. Es casi seguro que el Nombre Secreto seguirá extraviado hasta el fin de los tiempos, pues hay algo que siempre está perdido en todo camino iniciático: el Santo Grial en las sagas caballerescas, el paraíso en la espiritualidad judeocristiana, el caldero mágico entre los celtas, la Atlántida en la leyenda platónica, la Thule en los mitos hiperbóreos, las manzanas doradas del Jardín de las Hespérides o la Palabra Perdida en el rito masónico. Recuperarlo es la posibilidad de reactivar la condición divina en el hombre, volver a restituir la unidad del Adam Kadmon de los cabalistas o el Insan al-Kamil de los sufíes. Porque todos somos células dispersas de un único Hombre: el Verbo Encarnado.

 

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La organización de los arcanos del Tarot da cuenta de la evolución del alma desde su etapa de oscuridad hasta llegar a la iluminación

[caption id="attachment_102096" align="aligncenter" width="410"]Grabado chamánico de la Edad de Piedra (Imagen: http://carlosfilibertocuellar.blogspot.mx/2013_06_01_archive.html) Grabado chamánico de la Edad de Piedra (Imagen: http://carlosfilibertocuellar.blogspot.mx/2013_06_01_archive.html)[/caption]

El aspecto negativo de la estructura matriarcal consiste en que al estar atado a la naturaleza, la sangre y el suelo, el hombre se ve imposibilitado de desarrollar su razón.

Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea

 

Este niño fue muy adoctrinado, probablemente tuvo una formación religiosa rígida que acabó con su espontaneidad. Tal vez sus padres estuvieron ligados a algún movimiento político, ideológico, cultural o religioso, cuyos principios le fueron inculcados, y éste/a los incorporó hasta transformarse en un pequeño robot.

Veet Pramad, El tarot terapéutico

 

1. El Homo habilis u hombre paleolítico y la lucha de la ciencia dominante por minimizar sus conocimientos y sabiduría

Según informaciones no tan oficiales, es decir, provenientes de fuentes muy lejanas a las opiniones academicistas dominantes y ocasionalmente miopes (El retorno de los brujos, la rebelión de los brujos, Louis Pauwels y J. Berger, 1976; y Relatos de Belcebú a su nieto, Tomos I y II, G. Gurdjieff, 1989), el ser humano es muchísimo más antiguo de lo que las cronologías evolutivas nos enseñaron desde siempre en la escuela. Se habla de que hubo un tiempo en que existieron y comulgaron, no siempre en armonía, desde luego, diversos tipos de hombres que hoy nos resultarían fantásticos y quienes tampoco fueron como los imaginaríamos. La arqueología y la antropología contemporáneas los bautizaron a todos ellos en conjunto, encerrándolos y encasillándolos en una sola e indiferenciada etiqueta, ante la incapacidad de reconocer sus diversidades, matices y singularidades, bajo el nombre de Homo habilis.

Se sabe de los hombres neolíticos u Homo habilis, que labraban la roca construyendo monumentos enormes con piedras gigantes a las cuales movilizaron de forma inexplicable a lo largo de grandes distancias, organizándolas de modo increíble --unas sobre otras, venciendo en muchas ocasiones las leyes de gravedad para crear pirámides, menhires y dólmenes, los cuales miramos hoy en día con sorpresa y escepticismo, utilizaron tales poderosas construcciones no sólo para doblegar el tiempo y el espacio, sino para conectarse con un orden superior y dejar un legado de las enseñanzas extraídas de él. Sus monumentos eran libros en donde narraban diferentes versiones de la historia del universo, y sobre todo, el peregrinaje del alma en su penoso y duro ascenso hacia lo divino.

Para ellos el alma humana no era algo inamovible y estático que el cielo le otorgaba a la gente nada más porque sí, como el cristianismo moderno presupone. Había que ganarse un lugar en el Santuario de lo Divino, a partir de un arduo trabajo interior, a la búsqueda de maestros espirituales, transitando por diversos e incansables ritos de iniciación a los que había que entregarse incluso hasta en avanzadas edades, recorriendo rutas sagradas en caminatas tan extensas que podrían absorber la vida entera de cualquier buscador del espíritu.

En viejas tradiciones se consideraba que los ángeles no fueron creados por generación espontánea, mediante la voluntad impredecible de un Dios caprichoso. Un ángel había llegado a tal condición espiritual a partir de una durísima búsqueda, con las consiguientes pruebas y obstáculos superados. Se iba acercando a Dios por medio de su esfuerzo de autoperfeccionamiento, purificándose paso a paso, lentamente, con una disciplina inquebrantable, siguiendo un camino muy claro, a la vez sinuoso y prolongado, el cual no pocas veces le tomaba varias reencarnaciones.

La organización sucesiva por orden numérico de los arcanos del Tarot, desde los menores hasta el último de los mayores: el mundo o el universo, según Crowley, da cuenta precisamente de la evolución del alma desde su etapa de oscuridad, cuando la percepción se encuentra nublada por las telarañas de la ilusión, pasando por su despertar gradual hasta llegar a la anhelada iluminación que van representando los últimos arcanos: El Sol, La Estrella, La Luna y El Mundo. Empero, esta visión del desarrollo espiritual en la que había que trabajar muchísimo para avanzar, y sobre todo librar numerosos y durísimos obstáculos, se encuentra bastante olvidada, incluso está casi perdida.

Por lo general se da por sentado que no hay que hacer mucho en pos de la evolución interior sino tan sólo esperar para obtener resultados espirituales fáciles, prometidos por irresponsables jerarcas y comerciantes del alma.

Los obstáculos y las pruebas tan duras del espíritu estarían representados en arcanos muy específicos: La Muerte o el Arcano Sin Nombre, El Diablo, La Papisa, El Colgado, etc., los cuales, a pesar de poseer una naturaleza profundamente contradictoria y conflictiva por la dificultad del proceso humano que representan, también conllevan una enorme recompensa una vez que el buscador o aprendiz de mago logra superarlos y aprender de ellos.

Del hombre del paleolítico también se sabe que su inteligencia era predominantemente simbólica: utilizaba metáforas y símbolos abstractos para transmitir enseñanzas espirituales y cotidianas, legadas en litografías diversas: talladas e impresas sobre sus monumentos de roca mediante jeroglíficos, runas, pictogramas y pinturas rupestres en piedras, cavernas, muros y tablillas.

Existe la hipótesis, planteada por el psicólogo y matemático ruso Piotr Ouspensky, de que un antecesor del actual Tarot se remonta a la Edad de Piedra. Presumiblemente, el ancestro de nuestro Tarot no era un conjunto de cartas o un mazo como lo conocemos ahora, sino una ruta geográfica muy específica conocida sólo por iniciados, quienes comenzaban experimentando una fuerte inconformidad con su vida actual y los cuales, al no encontrar satisfacción en ninguna de las alternativas que les brindaba el mundo conocido, añoraban un camino nuevo y por completo distinto al que les proporcionaban por ejemplo las religiones institucionalizadas, las escuelas ordinarias y la ciencia oficial, tal como se conoció en diferentes épocas.

El joven aprendiz se embarcaba en una búsqueda muy larga, recorriendo diversos sitios sagrados. Una vez que llegaba a una meta, inmediatamente sentía la necesidad de identificar y avanzar hacia un nuevo objetivo espiritual que proseguía a su última conquista. Ouspensky sostiene que así como el Tarot contemporáneo posee un orden psicológico y numérico muy claro, las viejas rutas espirituales que surcaban antiguos caminantes tenían un orden sucesivo análogo al de los arcanos del Tarot, semejante a la antigua ruta de Santiago de Compostela en España, por ejemplo, o a la del Nilo en Egipto, la cual se presupone era una representación de la Vía Láctea, con sus diversas estaciones de paso, de descanso, de preparación y lucha.

Conforme se iba avanzando en el camino se encontrarían sitios en donde meditar, rezar, descansar y reponerse o aprender magia. También existían diversos maestros o guardianes de cada lugar. Al pasar el tiempo, dichos lugares recibieron el nombre de sus custodios, los cuales luego serían asociados con cada uno de los arcanos del Tarot moderno: El Mago, La Papisa, El Emperador, El Colgado, etcétera.

El hombre del neolítico, cuando quería formarse como mago, curandero o convertirse en iniciado de una antigua tradición espiritual, debía recorrer poco a poco cada una de las estaciones de paso de la ruta sagrada. En este sentido, el Tarot actual sería una evocación lejana de lo que algún día fue una prolongada ruta espiritual que los aprendices de magos debían recorrer a pie durante años antes de considerarse maestros, dependiendo el grado de su desarrollo y el sitio sagrado al que habían logrado llegar y ser admitidos.

De hecho, la palabra “tarot” desciende de un antiguo vocablo egipcio que quiere decir “el gran camino”, cosa bastante congruente con el argumento que venimos desarrollando.

Es bien sabido que aún existen algunos vestigios de rutas similares a las que describimos. Un monje nos contó de viva voz que en el Tíbet todavía hay que recorrer cerca de ocho templos a lo largo de más de 10 años antes de convertirse en sacerdote budista, viéndose obligado a permanecer y aprender diferentes cosas en cada uno. Los maestros o guardianes de un monasterio de ningún modo le permiten al alumno abandonar el sitio y partir hacia el templo siguiente mientras no haya pasado las pruebas y exámenes espirituales exigidos.

En la sierra huichola en el occidente de México, algunos marakames o chamanes nos narraban todavía en el año 2007 la existencia de una ruta milenaria que partía desde Alaska y culminaba en las montañas de la Patagonia en Argentina, pasando muy cerca del hogar de los wixárikas y tan vieja que sus orígenes se perdían hacia la Edad de Piedra, cuando la gente cruzaba de un continente a otro a través del Estrecho de Bering.

Entonces el Tarot actual vendría siendo una lejana evocación de un antiguo mapa, de una ruta aún más vieja por la que transitaron antiguos caminantes espirituales desde el Neolítico en busca de conocimiento espiritual.

Visto como un mapa del desarrollo espiritual humano, el Tarot se convierte en una herramienta aún más fascinante de orientación personal, guía y terapia, de lo que los adivinos corrientes, quienes lo leen para predecir el futuro, pueden imaginar.

 

2. La Templanza y La Estrella del Tarot, y una antigua teoría sobre el origen de los ángeles

[caption id="attachment_102097" align="aligncenter" width="187"]Imagen de: http://carlosfilibertocuellar.blogspot.mx/2013_06_01_archive.html Imagen de: http://carlosfilibertocuellar.blogspot.mx/2013_06_01_archive.html[/caption]

Una antigua teoría, como se señaló más arriba, postulaba que los ángeles no fueron creados de un palmo por la voluntad espontánea de Dios sino que eran almas cuyo trabajo espiritual venía evolucionando desde muchísimo tiempo atrás, librando obstáculos emocionales y espirituales diversos. El trabajo de convertirse en ángel o en Ser de Luz le llevaba a un alma mucho más de una vida. El ángel se había construido a sí mismo, buscando acercarse en cada paso a lo divino.

Esta teoría, para los interesados, es el Cuarto Camino, una forma del cristianismo esotérico: la psicología de George Gurdjieff (recomendamos consultar toda la bibliografía al respecto).

El arcano número XIV del Tarot, conocido como La Templanza, astrológicamente correspondiente con Sagitario, nos habla de los inicios del despertar conseguido tras mucho esfuerzo, habiendo superado depresiones, pérdidas, duelos, enfermedades, etc., y el Tarot es el mapa espiritual que da cuenta de los pasos y el recorrido seguido por aquellos que iniciaron el camino de convertirse en Seres de Luz. A pesar del sufrimiento, siempre con una finalidad clara que se persiguió a lo largo de décadas, incluso de vidas enteras y reencarnaciones, La Templanza salió avante y bien librada, fortificada.

A partir de La Templanza, el espíritu ha sido fortalecido, literalmente templado con diferentes pruebas y golpes resistidos y asumidos. En el famoso Tarot de Crowley, un iniciado inglés quien trabajó durante muchos años en diferentes hermandades investigando los orígenes del Tarot, a La Templanza se le nombraba El Arte. Así es cuando se ha alcanzado algo del despertar: la vida misma se convierte en arte, porque se encuentran los inicios de una congruencia sin precedentes en donde el ego y la mente corriente ya no rigen al hombre sino que el Ser interior es el soberano, aunque sea en sus inicios. Este es el estado que Jiddu Krishnamurti describiría tiempo después como la “meditación”.

El arcano XVII, conocido como La Estrella, correspondiente con Acuario, es uno de los siguientes niveles a donde debe dirigirse el Ser de Luz en potencia. Al aparecer, su brillo indica seguridad de que se avanza por buen rumbo, en pocas palabras, hacia buen destino y con buena suerte. También implica la muerte de los viejos esquemas mentales, una lenta purificación cognitiva en donde lo que se conoció y en lo que se creía ya no tienen importancia. Los conceptos viejos se desmoronan, el interior del hombre se limpia.

Cada estación de paso del antiguo mapa espiritual que representa el Tarot implica diferentes pruebas físicas, emocionales y espirituales. Cada arcano, una vez asumido, asimilado y superado, también conlleva recompensas: habilidades desarrolladas, poderes ganados, miedos dejados atrás, valores profundos acumulados, intuiciones obtenidas, etcétera.

 

3. La conexión entre un mapa del Egipto prehistórico y los Tarots europeos del Medioevo

Después de la Edad de Piedra, la geografía de las civilizaciones humanas cambió radicalmente. Continentes enteros se perdieron, se sumergieron bajo el océano o se separaron y sucumbieron en terremotos. Catástrofes climáticas sobrevinieron: congelamientos, diluvios, sequías, etc. El hombre antiguo fue extinguido en parte, su tiempo terminaba; también fue diezmado, perseguido, obligado a asimilarse y ocultarse. Un nuevo tipo de hombre, más racional pero también más violento y menos conectado con la naturaleza, comenzaba a aparecer.           

Con las eras posteriores, hombres más modernos como los romanos y cristianos, en su ignorancia y búsqueda de riqueza sin precedentes, borraron muchas de las antiguas señalizaciones de las viejas rutas espirituales. Construyeron sus propios templos y edificios con las mismas rocas o sobre los cimientos de ancestrales lugares espirituales que no eran ni romanos ni católicos. No comprendían aquello sobre lo que estaban parados y que estaban a punto de derrumbar o sepultar, mucho menos les interesaba. En Europa y América fueron enterradas y borradas muchas señales y monumentos sagrados antiguos, aunque no todos y no del todo. Miles de Papisas, Locos, Magos y Hierofantes fueron cazados y asados en la hoguera, acusados de brujería. Otros pocos lograron camuflarse y continuar sus enseñanzas, asimilándose a los nuevos tiempos e inyectando su sabiduría a las nuevas generaciones pero de manera discreta.

A finales del siglo XIX el joven mago y psicólogo George Gurdjieff encuentra en las ruinas de la antigua Anatolia, en las faldas del Monte Athos y sepultados por lava volcánica, los planos de una hermandad ancestral dedicada a unificar los aportes de todas las religiones del mundo: la Hermandad Blanca. También dará con la pista de un mapa del Egipto prehistórico, anterior a las arenas. Se planteará recorrer una de las antiguas rutas espirituales descritas ahí y dar con la Hermandad Blanca, sus viajes lo llevarán por El Cairo, Afganistán, Persia, la India. En buena medida, gracias a él y a las enseñanzas dejadas por sus discípulos, principalmente por el psicólogo Piotr Ouspensky, es que conocemos del vínculo existente entre aquellas viejas rutas sagradas, sus monumentos prehistóricos y los arcanos del Tarot. Se sabe de Gurdjieff que poseía una capacidad mental sin precedentes para localizar monumentos paleolíticos y dólmenes mediante cálculos matemáticos. Con el tiempo, el mago se convertiría en uno de los mayores conocedores de las rutas ancestrales y de este tipo de edificios prehistóricos. También se sabía de él que era un gran iniciado en los secretos del Tarot, la medicina ancestral, la cábala y la astrología.

Al mismo tiempo que Gurdjieff, Aleister Crowley, un inquieto aristócrata inglés, escritor y estudioso de las ciencias ocultas, por mero accidente, mientras indaga en una antigua biblioteca de Londres, se encuentra con un antiquísimo manuscrito que describe los pasos para formar una Hermandad Dorada. Pronto se le unirán científicos y artistas de todo género como el poeta Yeats y el novelista Bram Stoker. Crowley iniciará un importante viaje que lo llevará a vivir e investigar en los lugares más dispares, la India, el Tíbet, México y Egipto, en busca de los eslabones de unión entre aquel Tarot del Egipto prehistórico y los Tarots medievales que se conocían en Europa.

En el fondo y en esencia, las búsquedas de ambos maestros eran semejantes.

Crowley se sumerge en oscuras bibliotecas de Egipto, Persia y Constantinopla. Se entrevista con gitanos, médicos, adivinos. Da con la pista de un libro fabricado con tablillas de arcilla, muy antiguo, cuyo origen se remonta al de unos habitantes desconocidos de Egipto antes del Diluvio Universal. Los derviches y gitanos le rebelarán que se trataba del Libro de Toth, un conjunto de tablillas que fue parte de la colección de la Biblioteca de Alejandría, quemada por el capricho de emperadores romanos cristianos. Las búsquedas de Crowley lo llevarían hasta el límite de rastrear en cuevas en el desierto e indagar en mercados de libros viejos en Turquía, Afganistán, Líbano, etc., recopilando fragmentos, entrevistando magos y prestidigitadores, utilizando incluso métodos espiritistas para tratar de recabar información de personajes pertenecientes a otras dimensiones o ya trascendidos.          

Aparentemente, después de haber sido alguna vez una ruta de iniciación de antiguos caminantes espirituales que se extendía más allá de las fronteras entre continentes, el Tarot fue asimilado a un conjunto de tablillas que presumiblemente se tiraban e interpretaban de manera análoga a nuestro moderno Tarot, indicando los pasos que debía dar el buscador o el aprendiz de mago en su desarrollo. Sin embargo, para cuando Crowley pretendía rastrear el Libro de Toth, al parecer éste ya había desaparecido en las llamas del incendio de Alejandría o en las cenizas del polvo del tiempo.            

Sus esfuerzos lo llevarían a crear su famoso Tarot de Toth, fruto de investigaciones tan prolongadas y extenuantes que consumieron prácticamente su vida entera.           

Para concluir, tanto las búsquedas de Gurdjieff como de Crowley proporcionan información muy factible de la presunta conexión entre los arcanos del Tarot, el Libro de Toth, perteneciente a las culturas egipcias y caldeas de la prehistoria, y por otra parte, un vínculo muy importante con unas lejanas rutas espirituales de antiguos caminantes e iniciados desde la Edad de Piedra.

 

Twitter del autor: @adandeabajo