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Platón distinguió tres tipos específicos de alma que convergen al interior de la persona, como tres ríos distintos cuyos afluentes alimentan un mismo lago

Alma

El alma es, según lo expuesto por el maestro Platón, aquello que de inmortal y de divino hay en el hombre. El alma le otorga a todas las cosas su agencia y movimiento, pero por una especial disposición dentro del ser humano, le ofrece además su racionalidad, o al menos le asegura la potencialidad para desarrollarla bajo el impulso de la voluntad. El alma es lo real en el hombre. Sin embargo, una exposición tan somera no podría ser menos que insuficiente, porque bajo la desgastada palabra “alma” hay en realidad una doctrina mucho más profunda y rica en significados. Como principio metafísico que organiza todo el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida, el alma posee necesariamente una complejidad que el mismo Platón se encargó de clasificar, al distinguir tres tipos específicos de alma que convergen al interior de la persona, como tres ríos distintos cuyos afluentes alimentan un mismo lago. Así, el sabio griego discierne entre un alma concupiscible, un alma irascible y un alma racional.

El alma concupiscible es entre todas la más inferior y susceptible a la inestabilidad del mundo, por cuanto su naturaleza intrínseca es la de hallarse ligada a las pasiones y deseos del cuerpo, siendo afectada por todos los apetitos desordenados que emergen del contacto con la materia, manteniéndose esclava de la transitoriedad y de las mutaciones. La porción concupiscible se enciende con los estímulos exteriores, provocando las reacciones de apego y aversión que caracterizan al ardor pasional. Su baja condición va unida a la mortalidad, manteniéndose ligada al cuerpo tanto tiempo como éste subsista todavía tras la muerte, para luego disolverse irremediablemente. Es de hecho el reducto psíquico que permite la existencia de esa cristalización que conocemos como ego. En el esoterismo hebreo se le conoce como Nefesh, el alma instintiva que hace posible la interacción entre la parte espiritual y la parte corporal del ser. El Nefesh se relaciona semántica y etimológicamente con el árabe Nafs, que en el contexto del sufismo designa propiamente al ego, siervo de Iblis y principal enemigo del derviche, al que deberá someter y derrotar gracias a sus esfuerzos en la Yihad al-Akbar o guerra santa interior. En el simbolismo del cuerpo, el lugar del alma concupiscible es a nivel de las vísceras, y más concretamente en el hígado. Este órgano ha sido por siglos el asiento del destino en lo que concierne a los asuntos mundanos, hecho manifiesto en la extendida práctica de la hepatomancia practicada por los arúspices etruscos y romanos, costumbre que parece tener un lejano origen neolítico. En la tradición china se dice incluso que el hígado es el lugar donde el alma duerme y engendra los sueños. Vemos aquí una insinuación de la condición vegetativa del alma concupiscible.

A continuación, la doctrina platónica distingue el alma irascible, sede natural de la voluntad, el valor y la fortaleza moral. En el alma irascible se enciende el coraje y la fuerza interior que permite acometer todo esfuerzo y sacrificio, siendo así el centro de la tenacidad y del empeño. Sin embargo, cuando esta segunda ánima es secuestrada por las pasiones y apetitos de su hermana inferior, se ve apresada por la ira, la obstinación y la arrogancia, volviéndose incluso en contra de sí misma hasta el punto de consumirse. Un mal advenimiento entre alma concupiscible y alma irascible produce sed de poder y dominio, vuelve a los sujetos crueles y despiadados, ambiciosos y violentos. Por encontrarse a medio camino entre la porción inferior y la superior, el alma irascible hace de bisagra entre los mundos instintivo e intelectual. Las emociones tienen en ella su energía y vitalidad, generando la riqueza psíquica por la que se moviliza todo el ingenio y la voluntad humana. Su condición intermedia la posiciona en un espacio clave, por cuanto las decisiones del hombre dependen de su actividad, cuyo drama se desarrolla en la disyuntiva entre arrastrarse bajo los deseos del ego inferior o dinamizar las ideas e intuiciones del Intelecto en el alma superior. Su continuidad tras la muerte del cascarón físico es dependiente del vínculo con lo espiritual, siendo inmortal en virtud de su nexo con el alma racional que le supera en excelencia. Entre los cabalistas dicha alma intermedia es conocida como Ruaj, y se la identifica con el hálito que Dios insufló en la masa de barro con la que formó a Adán. En el cuerpo simbólico, encontramos su lugar en el corazón, pues es en medio del pecho donde arde la llama de la voluntad y el ímpetu de la vida.

Platón compara estas dos almas con un par de caballos de talante contrario, que arrastran el carruaje del cuerpo físico. El alma irascible es un corcel noble y dócil; el alma concupiscible es un caballo desbocado y desobediente. Ambos son conducidos por un auriga, que representa la dimensión superior del alma racional o inteligible. En ésta se instala la razón que nos permite el conocimiento, la justicia y la realización del bien. Pero evitemos caer en una trampa semántica. La inteligencia –del latín intelligere es la facultad del alma superior para “leer dentro” de la realidad, y no un puro mecanismo para la ejecución de algoritmos o la elaboración lingüística. El alma inteligible es la chispa divina que nos conecta con el Mundo de las Ideas, la región espiritual donde residen eternamente los arquetipos que, como plateadas estrellas, pueblan el fecundo manto de la Mente Divina, ese Poimandrés que habló de las esferas celestes a Hermes Trismegisto, el Nous que inspiró las intuiciones más brillantes de la escuela ecléctica alejandrina. El alma racional es el principio inmortal del hombre, al que con propiedad podemos denominar alma en su sentido trascendente e imperecedero. Lo eterno puede ser actualizado sólo en virtud de su agenciar, siendo el basamento sobre el que se erige la mónada espiritual. En la cabalá se le conoce como Neshamá, una fuerza divina que impulsa a las personas hacia la virtud, buscando elevar la conciencia temporal hacia la trascendencia intemporal. Neshamá es la negación misma del ego y sus pasiones. Como es de imaginar, el lugar del alma inteligible en la estructura física se halla en el cerebro, órgano que constituye el extremo inferior de la cadena espiritual que une al hombre con Dios.

Los cabalistas agregarán a estas tres almas otros dos principios espirituales: el Jayá y el Yehidá, pero éstos corresponden ya a lo que rebasa el límite de la individualidad humana. Son por lo tanto imponderables que intentan expresar los grados de esplendor del ánima, en la medida en que, por aproximación, es reabsorbida en la luz de la Mente Divina. Estos niveles superiores tienen un marcado carácter universal, pues la plena rectificación del mundo –Tikkún Olam–  no es posible si alguna de las chispas que constituían el alma primordial del Adam Kadmon quedan fuera de dicha reintegración. En el pensamiento gnóstico, la noción de apocatástasis expresa esa misma idea de restauración cósmica, hipótesis que tentó al mismísimo Orígenes. Como sea, la disolución del alma en Dios es una mors mystica, una aniquilación del yo que los sufíes llaman Faná. Así lo expresó el místico persa Hafiz Shirazi (1325-1389) cuando escribió:

Os digo: no cejaré hasta alcanzar mi deseo;

que se una mi alma al Alma de mi alma, o el alma deje a mi cuerpo.

Abre mi tumba y observa, cuando haya muerto,

cómo humea mi sudario por el fuego que yo albergo.

Entre los cristianos europeos encontramos un misticismo similar. En su famosa obra Imitación de Cristo, Thomas de Kempis llegará a aconsejar: “debes estar persuadido de que tu vida debe ser un continuo morir. Y cuanto más muere uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir para Dios”. ¿Qué es morir? Es liberar al alma inteligible de su grillete material, tanto como de la sujeción a las fluctuaciones erráticas del alma concupiscible. La muerte es un trampolín de ascenso que permite remontar las nueve esferas celestiales hasta la sublime región del Empíreo. En las religiones mistéricas del mundo antiguo se actuaba una muerte simbólica y una resurrección espiritual que hemos heredado en el rito de elevación al grado de Maestro Masón. Las sendas iniciáticas no son por tanto ajenas a esta necesidad de morir para resucitar espiritualmente. El arquetipo del gran dios Osiris nos ilustra perfectamente este hecho. Con el tiempo, el mito de una deidad que muere y resucita se convertirá en el molde narrativo fundamental para transmitir a los iniciados el secreto del alma y su destino final. Es así como en Egipto se distinguía entre el Ka, una especie de alma vital o doble sutil del cuerpo físico, que correspondería a nuestra alma concupiscible; el Bah, un alma trascendente y sometida al juicio post mortem, que correspondería a nuestra alma irascible; y un Akh o alma espiritual, la chispa divina que otorgaba inmortalidad y hermanaba al hombre con los dioses.

En la tradición platónica estas tres almas poseen cada una su respectiva virtud, que resultaba imprescindible para el proceso de purificación y ascenso a través de los cielos. Así, el alma concupiscible requiere de la templanza para moderar sus apetitos y someterse al imperio de la razón; el alma irascible necesita de la fortaleza para conducir su dinamismo hacia la perfecta comisión del bien; el alma inteligible exige prudencia para el ejercicio del pensamiento más elevado y la búsqueda de la verdad. La existencia de tres almas nos pone de manifiesto el juego de tensiones que explican la complejidad humana. Propio del filósofo, en el sentido platónico, es el esfuerzo por elevarlas hacia el Bien Supremo. Plotino irá un paso más allá, hacia el salto místico de la henosis, esa perfecta disolución de la identidad en la esencia indiferenciada de lo Uno.

Digamos un poco más sobre las tres almas. La porción concupiscible corresponde al mundo de las acciones, ligada como está al cuerpo físico y sus apetitos. Los actos guiados por la irracionalidad y las pasiones bestiales conducen a la deformación de la energía del Ka. El dominio de las acciones, por el contrario, eleva al alma inferior y le permite una suerte de sublimación. El alma irascible, por su parte, corresponde al reino de la palabra, cuyo poder es bien conocido en el ámbito de la magia. La maledicencia y la habladuría afectan negativamente al Bah. La palabra justa y la enunciación de la verdad generan lo opuesto. El alma inteligible pertenece al campo del pensamiento, esa actividad íntimamente sutil pero no por ello menos efectiva. Consentir en pensamientos destructivos de todo tipo ensombrece la luz que irradia el Akh. El pensamiento constructivo y benigno hace posible la extensión de su poder para devolvernos a la fuente divina, por afinidad con la Idea Suprema del Bien.

El microcosmos es un juego de espejos, un reflejo perfecto de las regiones superiores en el pequeño espacio de la organización vital que llamamos ser humano. Surge aquí la pregunta por el resto de los seres animados, recordando que esta palabra designa precisamente a los seres dotados de alma. Hay desde luego alma en el animal, desde el momento en que se trata de un ser vivo, dotado de movimiento, instinto y afecto, susceptible de alegrías y tristezas, de placer y de dolor. Es sólo la parte racional del alma la que se encuentra adormecida, aunque presta a despertar en virtud de la metempsicosis y del estrecho contacto con el género humano en la domesticación. Como sea, es evidente que una inteligencia colectiva dirige los destinos de cada especie animal. “En los animales irracionales la inteligencia es la Naturaleza”, dice Hermes Trismegisto. Por extensión, en las plantas hay un alma vegetativa de carácter colectivo, un espíritu vital que las anima y las mueve hacia la luz solar. En los metales y minerales encontramos esa misma alma primitiva, pero profunda y completamente dormida, presente sólo en un estado latente o potencial. Enseñaba Pitágoras que todo el universo es un gran animal dotado de alma e inteligencia. Plotino dirá que todo está lleno de alma, aunque no esté presente con las mismas cualidades en cada parte del todo.

A esta altura de la discusión podemos atisbar que el alma posee un destino último: tras un estrepitoso descenso va despertando de la total inconsciencia a medida que circula por los diversos grados de la extensa cadena del ser. Vemos en el microcosmos una estructura de tres almas encarnadas en un soporte físico que faculta la toma de contacto con las dimensiones espacio-temporales del existir, una experiencia condicionada que resulta fundamental tras la caída. Al respecto, el Tratado X del Corpus Hermeticum es bastante ilustrativo:

Del Alma una del Todo salieron todas las almas que ruedan desparramadas por todo el mundo. Pues bien, estas mismas almas pasan por muchas transformaciones, unas para mejor, otras para peor. Porque las de reptiles se transforman en animales acuáticos, las acuáticas en terrestres, las terrestres en aves, las aéreas en hombres, y las de los hombres finalmente gozan del principio de inmortalidad de transformarse en genios y entrar después en el coro de los dioses. Porque hay dos coros de dioses, los errantes y los fijos. ¡Tal es la gloria y el honor perfectísimo del alma!

Este conocimiento del alma sirve como un mapa; allí reside su verdadera utilidad. Entender la dinámica de sus operaciones nos permite emplear la razón y la voluntad para efectuar en vida eso que Cornelius Agrippa llama “dignificación”, esto es, el retorno del hombre a su condición divina original. De otra manera, la chispa divina se pierde en la oscuridad de la materia, llevando una existencia miserable, propia de la condición bestial. Triste es quien, viéndose arrastrado por las migajas que ofrece la ilusión de este mundo transitorio, desdeña el reclamo del trono real que por linaje sanguíneo le pertenece. Vuelve a hablar el Tres Veces Grande: “Las sensaciones de estos hombres son semejantes a las de los animales irracionales, y como su temperamento es pasión y cólera, son incapaces de admirar las cosas dignas de ver. Antes se dedican a los placeres y a los apetitos corporales, y piensan que para eso han nacido los hombres” (Corpus Hermeticum, Tratado IV).

Sirva esta breve exposición para intentar recobrar el alma, en una cultura materialista que nos seduce con toda clase de espejismos, alejándonos del Ser que nos corresponde por humana naturaleza. Esta enseñanza tradicional cree en la bondad del ser humano, en su condición luminosa esencial y en el final majestuoso que le espera a los que se esfuerzan por recordar de dónde vienen y hacia dónde van. Parafraseando a James Hillman, necesitamos un mundo con más alma, porque como decíamos al comienzo, el alma es lo real en el hombre. 

 

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Una meditación etimológico-filosófica del término "Buda" y su relación con la literatura védica

buddha

Muchos lectores seguramente estarán familiarizados con el significado del nombre "Buda", el cual se suele traducir como "el despierto" o "el iluminado". Sin embargo, profundizar un poco en la etimología y en el uso de esta palabra y su raíz en sánscrito, en la época en la que surge el Buda histórico, puede redituar en una comprensión más profunda. Para hacer esto nos apoyamos en Roberto Calasso, el escritor italiano que en su reciente libro Ardor continua su estudio de la literatura védica, de lo cual nos había dado una brillante muestra en su libro Ka, pero que en este último texto se confirma ya como un experto en el fascinante y remoto mundo de los sabios de la India. Recordemos que los hombres que legaron los Vedas no dejaron casi ningún otro registro --no construyeron grandes templos, no documentaron la vida de los reyes-- más que su especulación metafísica y su minuciosa instrucción de los cantos y sacrificios que debían hacerse para acercarse a lo divino. Los textos, se puede decir, son sus templos (los rsis, los hombres divinizados, vieron los himnos en el cielo). Calasso explica que estos misteriosos sabios, a cuya fuente se puede trazar el origen de nuestro pensamiento místico-filosófico, no buscaron el poder, solamente se interesaron por el rapto místico, lo que llama una ebbrezza, una ebriedad divina.

Calasso comprende que la compleja relación entre Buda y los Vedas puede encontrarse en el mismo nombre con el que la historia conocería a Siddartha Gautama. El verbo "budh", que significa "despertar" o "poner atención", es el origen del sustantivo "Buda", "aquel que ha despertado", pero es también un concepto central en la literatura védica, la tradición de la que se desprende el budismo. Debemos enfocarnos en esta idea de despertar más que en el término "iluminación", el cual no parece ser tan preciso. Incluso más allá de la palabra "despertar", Calasso habla de que en los Vedas se hace referencia a una cualidad superlativa del estar despierto, algo que en la versión inglesa de su texto se traduce como"wakefulness".

La primacía de despertar sobre cualquier otra actividad mental no es una innovación del Buda, quien simplemente ofreció una versión de esto que era a la vez radical y mayormente destructiva de lo que le antecedía. La preocupación sobre el despertar y su importancia siempre había estado presente en los textos védicos. Despertar estaba incrustado en el ritual, en los momentos en los que era más frágil y estaba más expuesto a desmoronarse. Atención profunda (la nuestra a lo que está pasando y la de los dioses en torno a nosotros) es el soporte que el oficiante necesita.

511LbVvPlML._SY344_BO1,204,203,200_Este estado de despertar involucra un estado de conciencia especial que no puede simplemente oponerse al estado de sueño, sino que significa una atención plena, una intensa y serena observación de lo que ocurre y del ser mismo. Se opone en todo caso al estado de automatismo, inercia y distracción que caracteriza comúnmente a la vida moderna. Esta es la gran aportación de los Vedas, que hoy en día conocemos como "mindfulness". Si bien la doctrina de Buda suele concebirse como una ruptura con la tradición, con la aparatosidad de dioses y protocolos ligados al sacrificio y a las complejidades de la liturgia tan característica del brahmanismo, esta observación de la mente, este acto de aguda vigilancia es algo que antecede al florecimiento budista. El traductor Eknath Easwaran observa que los sabios que compusieron los Upanishads fueron los primeros que “miran hacia adentro, descubriendo que los poderes de la naturaleza son sólo una expresión de los todavía más asombrosos poderes de la conciencia”. Buda es la culminación de esta tradición, y es también la ruptura: simplifica los procesos, abandona el exceso teológico y se concentra sólo en la mente, en cómo funciona y en cómo cesar su pathos, su patología y su producción de karma. Calasso continua:

"Los dioses están despiertos": acercarse a los dioses significa estar despierto. No hacer el bien, no satisfacer a los dioses con homenajes y ofrendas. Simplemente estar despierto. Eso es lo que permite que cualquiera se vuelva "más divino, más calmado, más ardiente", en otras palabras más rico en tapas. ¿Y acaso no fue el tapas lo que permitió que los dioses se convirtieran en dioses en un principio?... Todo puede ser trazado de regreso a esto. Y todo puede ser eliminado, excepto esto.

Este tapas es el calor de la conciencia, el ardor de la mente que da a luz al mundo. Algunos indiólogos lo han traducido como "penitencia, o ascetismo", pero Calasso, quien no por nada titula a su libro Ardor, lo entiende como "un ejercicio que implica el desarrollo de calor", esto es, una especie de meditación, de la que podemos imaginar que es tan intensa y poderosa que arde; mas no es una mera inflamación del deseo, sino del ser mismo que se focaliza como un rayo en su autorreflexión. Un ardor "que viene antes que el pensamiento", una función mental superior, justamente como la palabra "buddhi", que es traducida como la intuición o el intelecto. Aprendemos que es a través del tapas que Prajapati, el progenitor, crea el mundo: el  mundo como la meditación radiante o el sueño lúcido (despierto) de la divinidad. Porque "la actividad de la cual toda la creación depende tiene lugar sólo en la mente", dice Calasso.

Ahora bien, este ardor al parecer nos alejaría de la calma y la delicadeza con la que hemos imaginado al Buda. Pero podemos pensar en este ardor, en el caso del budismo, como una pasión por la compasión, como un deseo cuyo único objeto es extinguir el deseo. Según dice el Hevajra Tantra: "By passion the world is bound, by passion too it is released" ("Por la pasión el mundo está encadenado, por la pasión también se libera").

Los sabios de los Vedas entendieron que aquello propio de los dioses era el estar despiertos, el cultivar un estado de conciencia constante y con esta imitación quisieron llamarlos, ganar su favor o hacerse como ellos. Nos dice Calasso que el ritual es una imitación de los dioses en el que se decanta el deseo fundamental de los hombres: "lo que los hombres buscan sobre todas las cosas es imitar el proceso por el cual se obtiene la divinidad". Los dioses que aparecen en los Vedas lograron su divinidad sacrificando, es por eso que el sacrificio permea toda la existencia. Incluso la respiración es vista como un sacrificio, un continuo absorber el mundo exterior y un continuo expulsar hacia el mundo exterior, repitiendo el proceso de la energía primordial. El sacrificio se conoce como advhara, "lo ininterrumpido, lo ileso". Se dice que el sacrificio debe de realizarse sin interrupción alguna, porque esta interrupción haría un hueco por donde se podría filtrar una agresión, un enemigo, y esta interrupción, a su vez, sería un desvío de las formas de los dioses. Así incluso los mantras y los cantos se murmuran en voz baja "porque de articularlos con mayor claridad, [el oficiante] se arriesgaría a perder la respiración, que es la vida". Y  el último versos repite el primero para hacer un uróboros sonoro, una membrana circular que circunscribe el espacio ritual. Lo que lo hace divino, es que el sacrificio no tiene principio ni final, "siempre está ocurriendo". 

Practicando este estado de constancia y dedicación incesante, de conciencia despierta, Buda, de manera distinta, observaría el sendero hacia liberarse del mundo, incluso de la mirada de los dioses. En esto quizás existe un movimiento opuesto (Richard Gombrich controversialmente manifiesta que la filosofía del Buda es una sátira de los Vedas), pero no irreconciliable, en tanto a que la liberación o extinción que Buda predicó parece también acallar en aquello que es eterno, suprimiendo todo lo perecedero, disolviendo el yo y conquistando el estado de beatitud impersonal e identidad con la totalidad, el párinirvana. E igualmente requiere de la cultivación de un estado de presencia vigilante, relajada pero en cierto sentido implacable. Los sabios de los Vedas entendieron, a su vez, que había algo más allá de los dioses: "un silencio", "una plenitud", "una felicidad" innominada e ilimitada que se reconoce al disolver el yo; ese estado, el brahman, nos dice el Katha Upanishad, se conquista a través de la conciencia. La senda mística de Buda prescinde de los dioses, del alma individual y del discurso teológico, pero en su aniquilación converge en el mismo mar que es necesariamente la relajación del ser en la totalidad como unidad.  

Recapitulando, sugerimos aquí, a partir de esta raíz común, que la esencia del budismo es el estado de plenitud despierta, de entendimiento dinámico, de observación constante, sin fragmentación entre el proceso mental interno y la acción externa (o entre el sujeto y el objeto), como quien actúa permanentemente dentro del espacio consagrado para un sacrificio (la imagen recurrente en los Brahmanas). Este espacio y este actuar del sacrificante llevado a la vida cotidiana, a todos los actos, incluyendo al sueño, el cual se vuelve una continuidad, un estado de observación sin fractura. Una esencia que puede resultar paradójica (como una "calma ardiente"), pero que justamente nos ofrece la posibilidad de liberarnos de la dualidad y el conflicto inherente entre los términos que se oponen y las diferencias (como puede ser la diferencia entre soñar y despertar, entre samsara y nirvana). Una continuidad lúcida, una conciencia que nunca cesa; siempre, solamente, es.

 

Twitter del autor: @alepholo