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¿Han llegado el budismo y la neurociencia a la misma conclusión: el yo no existe?

Una tendencia científica reciente postula la noción de que la conciencia es una ilusión --lo que ha sido llamado una "ilusión del usuario". El aparato neurocognitivo, en la riqueza de su procesamiento de información, genera la ilusión de que hay alguien detrás de la máquina, un ser fijo y duradero que integra las percepciones. Este "ser" es sólo un fantasma en el hardware, una imagen o un simulacro permanentemente producido como efecto secundario de procesar innumerables estímulos. Una especie de permanencia retinal en el ojo de la mente. Una falsa noción producida por un paradigma cognitivo dualista: ¿realmente debe haber alguien que conoce, un sujeto y un objeto? 

Un reciente estudio, publicado en Trends of Cognitive Sciences, teoriza en esta misma dirección, señalando que la conciencia es la reificación de la cognición. Es decir, sólo hay cognición, pero objetificamos lo que es puro proceso y, sin poder asumir el vértigo inasible de la cognición, invocamos la meta-realidad de la conciencia, deus ex machina. Claro que entramos aquí en una zona aporética, lingüísticamente problemática, puesto que entonces no habría quien invoca o quien asume o quien objetifica, sólo disolución (y re-emergencia) perenne en el cambio. (Esto es algo que había sido anticipado por la filosofía de Hume).

El filósofo Evan Thompson, entrevistado por la revista Quartz para comentar este estudio, explica:

Los budistas argumentan que nada es constante, todo cambia con el tiempo, tienes un flujo de conciencia cambiando constantemente. Y desde una perspectiva neurocientífica, el cuerpo y el cerebro están en flujo constante. No hay nada que corresponda con la noción de que existe un ser inmutable. 

El artículo en cuestión concluye que "el procesamiento del yo en el cerebro no es iniciado en ninguna región o red, sino que se extiende a una amplia gama de procesos neurales fluctuantes que no parecen tener una especificidad [self-specific]". Así que al menos sabemos que el yo (o la conciencia de sí) no está en ningún lugar en específico, que no podemos ubicarlo materialmente. Desde el materialismo científico esto nos lleva a concluir que el ser es la alucinación colectiva de los componentes del proceso cognitivo en todas sus instancias. Una visión espiritualista nos diría que el verdadero yo (el ser) no se encuentra en el cuerpo, o que está realmente en todas partes y por eso no puede fijarse en ninguna. ¿Es posible concebir que la experiencia (la conciencia) ocurra pero que que no tenga lugar (locus) o foco, sino que esté diseminada no sólo por todo el cuerpo sino por todo el mundo?

Sabemos que el budismo sostiene que el yo es una ilusión. Pero a diferencia de lo que algunos divulgadores científicos creen no postula que la conciencia no exista, lo que no existe en el budismo es la conciencia individual, el yo fijo. Para nosotros incrustados en un paradigma tan individualista esto es fácil de confundir, puesto que, pensamos, ¿para que sirve la conciencia, si no es algo que podemos tener? Y es que en el budismo y en buena parte del misticismo ocurre lo contrario, la conciencia es algo que nos tiene a nosotros (somos apenas la superficie de un proceso universal). Es justamente la conciencia del no-yo (selfless) la que nos identifica con la totalidad indivisa de la existencia. ("La conciencia es una propiedad fundamental del universo. Donde hay información integrada, hay experiencia", dice el neurocientífico Christof Koch, o lo que es lo mismo, donde hay experiencia hay conciencia. Si llevamos esta interpretación al budismo, entonces nos inclinaríamos a decir que la existencia del universo en su totalidad, en tanto que es un perpetuo experimentar, es también una conciencia perpetua). 

En el budismo se cree que el yo y todos los fenómenos que experimentamos desde este nodo de percepción --desde la separación-- son ilusorios porque son impermanentes e interdependientes. La impermanencia, o anicca, es la ley de la temporalidad, todo cambia constantemente, por lo cual es un error formar cualquier tipo de apego, especialmente al yo. Sólo de aquello que no cambia, que es eterno, podría decirse que es. La interdependencia, u originación dependiente, pratītya-samutpāda, es la cadena que une a todas las cosas y por lo tanto las ata al ciclo de la ilusión, puesto que, de igual manera que con la impermanencia, de una cosa que no tiene una sustancia independiente, que no puede establecerse más que a través de algo más, no puede decirse que es. Allan Wallace, traductor de textos clásicos del budismo tibetano, introduce a la visión de la interdependencia y la ilusoriedad del mundo del maestro Padmasambhava:

Cuando Padmasambhava dice que los fenómenos son no-existentes –no están realmente ahí– quiere decir que los fenómenos no existen por su propia naturaleza, ya sea subjetiva u objetivamente. En otras palabras, los fenómenos existen interdependendientemente –su apariencia en nuestra conciencia depende de una multitud de factores y no de que ellos tengan una realidad independiente por su propia cuenta, por así decirlo.

Cuando miramos detenidamente el mundo, nos damos cuenta que cada una de las las cosas que vemos tiene su ser, su definición y su origen en otra cosa. Sólo hay una cosa que no depende de otra cosa y eso es el todo, la existencia absoluta, y esta es, entonces, la única realidad, Buda (que al entrar en el parinirvana se reconoce como el dharmakaya, el cuerpo de la ley: el universo entero como cuerpo). La existencia absoluta no puede depender de otra cosa, puesto que todo otro es ella también: la totalidad es unidad absoluta. Lo mismo: sólo hay una cosa que es permanente y ese es el devenir de todas las cosas --la cosmogénesis es siempre presencia, instantaneidad pura, caudal infinito. Lo que es permanente no son los seres, sino la existencia misma. Como dice una perspicaz frase: La conciencia no existe. Es la existencia.

Entramos en terrenos muy esotéricos y controversiales dentro de diferentes escuelas de budismo si afirmamos o negamos que la Existencia es consciente de sí misma (¿su naturaleza puede ser tal que sea conciencia, o más bien mente, pero no conciencia de sí?). Diremos, sin embargo, que las experiencias de comprensión más elevadas descritas por el budismo, las experiencia de samadhi y las intimaciones del nirvana, aunque sea por una limitación del lenguaje, asumen que el estado búdico es una experiencia cualitativa. Una subjetividad que abarca toda la realidad del universo, una integración extática de todas las experiencias en una sola. El parinirvana es descrito como un estado de absoluta felicidad. En el Mahayana Mahaparinirvana Sutra se atribuye a la liberación cuatro características: eternidad, ser, pureza y felicidad. De esto podríamos concluir --aunque existen algunas escuelas dentro del budismo que posiblemente argumentarían en contra-- que el ser que pasa hacia el nirvana no pasa a la aniquilación total de su existencia, solamente a la aniquilación de su individualidad, la cual es una ilusión, el craso error de la ignorancia. Ninguna persona podrá ser jamás Buda, pero impersonalmente todos seremos (y somos) Buda. La única identidad posible, real y duradera, es el Absoluto, la Conciencia misma. Dice Manly P. Hall:

Hay un punto sutil en el hecho de que quien logra la budeidad no es un buda sino el Buda... el académico occidental considera a alguien que rompe la ley como un criminal, mientras que el oriental considera a la persona que rompe la ley como crimen.

Por otro lado, en el budismo no se considera que la ilusión del yo esté sujeta a la materia, sino al revés, la materia está sujeta a la ilusión del yo. Este ser individual ilusorio persiste más allá de la muerte, una vez que se ha echado a  andar una acción o karma, la cual debe cumplir su consecuencia. El yo no es más que la inercia o la continuidad del karma (es decir, interdependencia, tenue concatenación de hechos). Este ser individual puede existir en diferentes niveles de samsara --el mundo ilusorio--, algunos más sutiles y virtuosos (similares al concepto occidental del cielo) y otros atormentados por un mayor nivel de ignorancia y por lo tanto más infernales. Pero incluso esta existencia en el paraíso o en el infierno también debe disolverse y por lo tanto puede decirse que son ilusorios. Es por esto que se dice también --y aquí existen versiones encontradas-- que para el budismo el alma no existe. Sin embargo, este ser que integra distintas experiencias (en múltiples vidas) y puede elevarse a mundos más sutiles y espirituales, incrementando su conciencia y aprendiendo a vivir conforme a la ley universal hasta reintegrarse con el todo, no es realmente muy distinto del alma como es concebida, por ejemplo, en la filosofía neoplatónica, donde también la existencia individual se disuelve en la unidad, la henosis de Plotino, el viaje del Solo al Solo. El filósofo y el adepto de la alquimia, al igual que el boddhisatva, descubren que no tienen más existencia que en tanto participan en la conciencia del Absoluto y todos sus actos filosóficos no son más que el medio para reconocer esto y liberarse de la separación.

El conflicto entre las diferentes acepciones que se tiene del budismo estriba seguramente en las numerosas escuelas y los procesos de traducción --sin inicación-- de las enseñanzas. Puesto que, como se dice en el Sutra del Loto, el texto fundamental del budismo mahayana, las enseñanzas de Buda están ligadas al contexto y fueron transmitidas para acoplarse al entendimiento de sus diferentes discípulos, no buscando un dogma sino la generación de una experiencia de entendimiento.

 

Twitter del autor: @alepholo 

¿Somos meras proyecciones o simulacros transitorios de formas eternas trascendentes? ¿Estamos hechos de números y formas geométricas inmutables? ¿El hecho de que podamos conocer la realidad matemática significa que participamos en la mente divina?

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Todo lo que por naturaleza ha sido dispuesto en el universo con un método sistemático parece haber sido determinado y ordenado como entero y como parte por la preclaridad de la mente de aquel que creó todas las cosas; ya que ese patrón estaba fijo como un esbozo preliminar, por el dominio del número preexistente en la mente del Dios creador; número conceptual e inmaterial en toda forma, y al mismo tiempo la verdadera y eterna esencia, así que en referencia a él, como a un plan artístico, deben ser creadas todas estas cosas, el tiempo, el movimiento, el cielo, las estrellas y todas las revoluciones.

Nicómaco, Introducción a la aritmética 

 

Una de las más viejas discusiones filosóficas opone dos concepciones básicas de la realidad: aquella que ve el universo como cambio perenne (movimiento y flujo) y aquella que que piensa el universo como permanencia e inmutabilidad (el Ser que es siempre y nunca dejará de ser). Algunos filósofos, siguiendo la escuela de Parménides y en cierta medida de Platón, consideran que lo real puede inferirse de manera negativa: es sólo real aquello que no cambia, aquello que es siempre y permanece más allá de toda la procesión (el espejismo) del devenir. Por eso se puede decir, con Platón, que el tiempo es sólo una imagen en movimiento o una proyección de la eternidad; lo real es la eternidad, que está más allá de las vicisitudes temporales y de la corrupción de la materia, por siempre íntegra. Y quizás lo que más se acerca, que podemos concebir, a esa eternidad, a eso inmutable, inmóvil y trascendente, por siempre ello mismo, de lo cual mundo temporal emerge, son las matemáticas.

Algunos científicos sugieren que las matemáticas constituyen una realidad más fundemental que la carne y los huesos o incluso los átomos y los procesos cognitivos que corren en el "hardware" de la materia. Max Tegmark, por ejemplo, sugiere que sólo las matemáticas son verdaderamente reales (o primordiales). Toda la aparatosidad --el tiempo mismo y nuestros cuerpos en su devenir-- que resulta a partir de este principio matemático puede considerarse una ilusión o al menos un aspecto menor, sombra o simulacro que se desvanece ante la luz abstracta de lo real trascendente. Tegmark explica que Einstein nos enseñó que la realidad pude pensarse como un "espacio de cuatro dimensiones llamado tiempo-espacio que simplemente existe, sin cambiar, nunca creado, nunca destruido".  Esta es una de las interpretaciones de la cosmología de Einstein, donde las  fuerzas que conocemos, como la gravedad, emergen o son propiedades de la geometría del tiempo-espacio que es la realidad esencial del universo.

Tegmark se sirve, como tantos otros, de la famosa frase de Einstein: "La distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión persistente". Frase que puede ser interpretada para significar que el tiempo es una ilusión o que solamente todo el tiempo, la totalidad en su conjunto es real. En este momento están, inexorablemente todos los momentos: la relatividad del tiempo es una relación o una interdependencia entre el presente y todos los instantes pasados y futuros. "En el espacio-tiempo, el futuro es tan real como el pasado --partes del tiempo-espacio que están presentes en tu futuro, más adelante, estarán en tu pasado. Ya que el tiempo-espacio es estático e inmutable, ninguna parte puede cambiar su estado de realidad, y todas las partes deben de ser igualmente reales".

¿Cómo concebir este tiempo-espacio? Tegmark nos dice que la forma más acertada es como una estructura matemática. "El tiempo-espacio es puramente una estructura matemática en el sentido en el que no tiene propiedades que no sean propiedades matemáticas, por ejemplo el número 4, su número de dimensiones. En mi libro Our Mathematical Universe, argumento que no sólo el tiempo-espacio sino toda nuestra realidad externa física es una estructura matemática, lo que por definición es una entidad abstracta inmutable existiendo fuera del tiempo-espacio".

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Puede parecernos poco poético pensarnos sólo como representaciones o desdoblamientos transitorios de números y formas geométricas eternas. Según Tegmark: "Podemos decir lo siguiente: Eres solamente un patrón de tiempo-espacio. Un patrón matemático. Específicamente, eres una herbra en el tiempo-espacio --de hecho una de las hebras más elaboradas jamás conocidas". Platón en el Timeo otorga un valor ontológico a este mundo y sus objetos de un simulacro: "Y las figuras que entran y salen son copias de aquellas que siempre existen, siendo estampadas por éstas de una forma maravillosa y difícil de describir".

Pero hay también aquí algo grandioso, al contemplar en nosotros --si es que suscribimos a esta visión pitagórica-platónica de la realidad-- un orden eterno, una insondable armonía preestablecida que se concretiza en la formación de estrellas, en la simetría del cuerpo humano o de un copo de nieve y que, ya sea en forma de una copia menos nítida, lleva una firma divina. Como escribe Platón en el Timeo, más que átomos estamos hechos de formas geométricas e incluso el alma es una fórmula matemática. O como entendió Kepler, quien desarrolló su teoría de las órbitas elípticas de los planetas bajo la firme creencia de que existía una armonía celeste preestablecida: "La geometría es un coeterno reflejo de la mente de Dios", una frase a la que puede sumarse la famosa cita platónica: "Dios geometriza".

Esta tesis se apoya en la enorme capacidad predictiva de las matemáticas, la cual sugiere que éstas no son solamente construcciones o categorías mentales que el hombre proyecta al mundo, sino que son leyes que existen en el tejido del universo o que, en todo caso, la mente que concibe las matemáticas contiene en sí misma las leyes del universo y por lo tanto su pensamiento es un descubrimiento de la realidad. Vivimos en un universo que puede ser descrito "elegantemente por las matemáticas... El último triunfo en este sentido es el descubrimiento del bosón de Higgs, que como el planeta Neptuno y la onda de radio, primero fue predicho con un lápiz, usando ecuaciones matemáticas". Este es el misterio que también manifestó Einstein: "lo incomprensible del universo es que sea comprensible". El universo refleja una disposición a ser conocido, a revelarse ante el espejo transparente de la inteligencia. 

El hecho de que podamos conocer esta sinfonía numérica, estas ecuaciones eternas, estas Formas primordiales, que son según cierta rama de la ciencia moderna la esencia de la realidad, sugiere que participamos esencialmente en la totalidad del cosmos: no sólo las podemos conocer, las contenemos, puesto que existe una identidad entre lo que podemos conocer y lo que somos.  

Las mentes solamente científicas seguramente se contrariarán, pero me parece que podemos encontrar una relevante relación entre la visión moderna de la ciencia que concibe la realidad como una serie de patrones matemáticos --a la manera de un código fuente que programa una aplicación o un sitio web-- de los cuales emerge el mundo de los fenómenos, similar a las olas en la superficie del océano que son impulsadas por corrientes profundas, y la antigua visión religiosa del mundo como una manifestación de la Ley, el Logos, el dharma, o el Talmud. Tradiciones místicas incluso señalan que más allá de los dioses en jerarquía está la ley misma del universo, la constante eterna, el arquetipo emanacionista. Dios, así, tal vez puede comprenderse como una personificación o una representación de la voluntad y el orden que rigen absolutamente la existencia, que son la existencia misma en su sentido más puro y abstracto, la supraesencia de la cual se despliega el mundo que experimentamos.

 

Twitter del autor: @alepholo