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Interiores que se derriten: los muebles también son fantasmas

Por: pijamasurf - 09/28/2015

"Le Cercle Fermé" nos invita a descubrir la identidad contingente que reside en los espacios interiores

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Algunas veces, la mejor manera de entender el estado de ánimo o las circunstancias de una persona es entrando a su casa. Los interiores dicen más de lo que a veces pensaríamos: los muebles guardan secretos y susurran como fantasmas, la disposición de las sillas cuenta historias y en los pasillos resuenan ecos.

Le Cercle Fermé es la instalación de un espacio que hace énfasis en lo anterior. Fue creada por Martine Feipel y Jean Bechameil como entrada al pabellón de Luxemburgo de la Bienal de Venecia de 2012. Los artistas tomaron un lugar bastante familiar (con pisos de madera, paredes blancas, sillas, cajoneras, etc.) y lo convirtieron en un surreal pasaje derretido, que gracias a esta distorsión adquirió agencia para generar emociones.

Lo interesante de esta pieza, además de su inquietante estética, es que el público que entra en las habitaciones puede interpretar las distorsiones de los muebles como mejor le parezca. No hay una explicación, sino muchos espejos y puertas deformadas para que se les interprete. Y aunque la versión oficial de los creadores habla mucho de los espacios, de su crisis —tanto climática como económica y social, los artistas están de acuerdo en que es mejor dejar que las personas entren y decidan qué significa para ellos el lugar. “Es importante para nosotros que cada quien se cuente su propia historia y que intelectual e intuitivamente lo disfruten”, apuntan. 

Los muebles se comportan de maneras extrañas, atrayendo así la atención (y la curiosidad) de quien los mira. Le Cercle Fermé puede significar cualquier cosa (he ahí su talento), desde leche, helado o plastilina hasta el mundo de los objetos visto a través del espejo. Basta interpretar. 

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En su libro “Why I am not Enligthened”, Eliezer Sobel explora la ilusión fundamental de querer iluminarse

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La proliferación de las enseñanzas espirituales y de todo tipo de disciplinas, literatura y demás parafernalia que abunda hoy en día, hace que sea muy fácil que las personas crean que se encuentran en el “camino a la iluminación”. El abuso de la terminología propia de lo “espiritual”, ha llevado a Eliezer Sobel a escribir un libro cuya máxima virtud es la honestidad, Why I am not Enligthened, en el que examina, desde su propia experiencia de 30 años buscando “la iluminación”, los requerimientos de una práctica espiritual sincera. La conclusión a la que llega es desgarradora: en realidad no quería iluminarse. No lo quería él ni la mayoría de todas las personas que sueñan o ansían este mítico despertar. Iluminarse requiere de un compromiso y una decisión total, sin medias tintas, que simplemente muy pocas personas tienen. Pero saber esto, que en realidad cuando nos iniciamos en el camino espiritual no queremos iluminarnos, es en sí mismo un conocimiento que enriquece la existencia. Además de algo que nos puede ahorrar decenas de años y problemas.

Sobel relata una serie de historias y parábolas que ilustran poderosamente por qué la iluminación está más lejos de lo que parece.

Un hombre se acerca a un maestro zen y le pide que le muestre el sendero a la iluminación. El maestro responde, “Bien, sígueme”, se levanta y  lleva al hombre a un río cercano y hacia adentro del agua. Sin previo aviso, el maestro obliga la cabeza del hombre debajo del agua y la sostiene ahí mientras lucha violentamente por su vida, hasta que hasta a punto de morir. Finalmente el maestro saca la cabeza del hombre, buscando el aliento, y dice, “Cuando quieras iluminarte tanto como querías respirar justo ahora, entonces regresa a verme".

La pregunta aquí es evidente, ¿realmente quieres iluminarte tanto como querrías respirar en una situación de vida o muerte? Y es que un logro extraordinario requiere constantemente un deseo extraordinario. Dentro del budismo zen se encuentran muchas historias similares: 

En  la Antigua China se dice que Hui-ka una vez fue a la cueva de Bodhidharma y esperó a que el monje lo aceptara como estudiante. Después de  aguardar ahí por muchos días sin señal del maestro, empezó a nevar. Cuando la nieve llegaba a la cintura de Hui, Bodhidharma finalmente salió y le preguntó, "¿qué es lo que quieres?".

"Mi mente no está tranquila", replicó Hui.

"El Camino es largo y difícil", dijo el monje, despachándolo.

Hui tomó su espada y se cortó el brazo izquierdo y se lo dio al maestro, así fue aceptado. 

O la de un monje que fue amenazado por un samurai con la punta de su espada:

"¿No sabes quién soy? Soy alguien que te puede cortar la cabeza sin pensarlo dos veces o parpadear”.

A lo que el temerario maestro respondió, sin perder la compostura “Yo soy alguien que podría ofrecerte mi cabeza para que la cortes sin pensarlo dos veces o parpadear".

El mensaje de Sobel es muy claro, la iluminación, escapar de la rueda de la vida y la muerte, no es algo casual que puede ocurrirle a cualquier turista espiritual, sólo porque toma sustancias psicodélicas, hace yoga, canta mantras o tiene pensamientos positivos. Es algo que quizás podría ocurrir, pero sólo para aquellos que están dispuestos a sacrificarlo todo, incluyendo la vida misma.

Si bien esto explica por qué no te has iluminado, también abre la posibilidad de relajarse y disfrutar la vida, el aire, la familia. Sin esa falsa presión de pretender ser o querer ser un iluminado.

 

Twitter del autor: @alepholo