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Interiores que se derriten: los muebles también son fantasmas

Por: pijamasurf - 09/28/2015

"Le Cercle Fermé" nos invita a descubrir la identidad contingente que reside en los espacios interiores

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Algunas veces, la mejor manera de entender el estado de ánimo o las circunstancias de una persona es entrando a su casa. Los interiores dicen más de lo que a veces pensaríamos: los muebles guardan secretos y susurran como fantasmas, la disposición de las sillas cuenta historias y en los pasillos resuenan ecos.

Le Cercle Fermé es la instalación de un espacio que hace énfasis en lo anterior. Fue creada por Martine Feipel y Jean Bechameil como entrada al pabellón de Luxemburgo de la Bienal de Venecia de 2012. Los artistas tomaron un lugar bastante familiar (con pisos de madera, paredes blancas, sillas, cajoneras, etc.) y lo convirtieron en un surreal pasaje derretido, que gracias a esta distorsión adquirió agencia para generar emociones.

Lo interesante de esta pieza, además de su inquietante estética, es que el público que entra en las habitaciones puede interpretar las distorsiones de los muebles como mejor le parezca. No hay una explicación, sino muchos espejos y puertas deformadas para que se les interprete. Y aunque la versión oficial de los creadores habla mucho de los espacios, de su crisis —tanto climática como económica y social, los artistas están de acuerdo en que es mejor dejar que las personas entren y decidan qué significa para ellos el lugar. “Es importante para nosotros que cada quien se cuente su propia historia y que intelectual e intuitivamente lo disfruten”, apuntan. 

Los muebles se comportan de maneras extrañas, atrayendo así la atención (y la curiosidad) de quien los mira. Le Cercle Fermé puede significar cualquier cosa (he ahí su talento), desde leche, helado o plastilina hasta el mundo de los objetos visto a través del espejo. Basta interpretar. 

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Suecia adoptará jornadas laborales de 6 horas

Por: pijamasurf - 09/28/2015

Las jornadas más largas no son necesariamente más productivas. ¿Hasta cuándo nuestra cultura laboral seguirá defendiendo las "horas nalga", que a la larga producen más enfermedades que beneficios para las empresas?

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La jornada laboral de 8 horas fue en su momento un avance en cuanto a calidad de vida, tomando en cuenta que los obreros y campesinos solían trabajar de sol a sol, de 12 a 14 horas, sin ninguna prestación laboral. Sin embargo, la tecnología ha servido para facilitar la producción y hacer que el trabajo se sienta menos como una esclavitud. A pesar de eso, el oficinista promedio trabaja alrededor de 50 horas a la semana, no solamente en su oficina sino también en la casa. Un estudio publicado el mes pasado observó a 600 mil personas que trabajan más de 50 horas a la semana y determinó que tienen 33% más de riesgo de sufrir enfermedades cardíacas que aquellos que trabajan menos de 40 horas a la semana.

Es por eso que muchos países de primer mundo, como Suiza o Suecia, están cambiando los paradigmas laborales en favor de estilos de vida más relajados para sus trabajadores. Compañías como la desarrolladora de apps Filimundus, con sede en Estocolmo, se han embarcado en experimentos radicales para mantener la productividad con jornadas laborales de 6 horas al día. No son los únicos, pero sí son parte de una tendencia que comienza a ganar tracción.

Linus Feldt, CEO de Filimundus, piensa que "una jornada laboral de 8 horas no es tan efectiva como podría pensarse. Estar concentrado en una tarea específica por 8 horas es un gran reto. Para lidiar con eso, mezclamos cosas y pausas para hacer la jornada más llevadera. Al mismo tiempo, la tenemos difícil para llevar nuestra vida privada fuera del trabajo".

Desde el año pasado, Filimundus cambió su esquema laboral a una jornada de 6 horas; a decir de Feldt, "queremos pasar más tiempo con nuestras familias, queremos aprender nuevas cosas o hacer más ejercicio. Quise ver si había una forma de mezclar estas cosas".

Tal vez en nuestro contexto tercermundista no sea tan fácil pasar tanto tiempo fuera de la oficina, pero podemos empezar con mantener los distractores al mínimo, lo cual incluye las redes sociales y el cotilleo --estar en Facebook también es trabajo, aunque no necesariamente remunerado.