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5 caníbales revelan a qué sabe la carne humana

Por: pijamasurf - 08/22/2015

Como todo lo aborrecible, el canibalismo también ejerce cierta fascinación; estos 5 testimonios pueden satisfacer tu curiosidad sobre el sabor de la carne humana
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Imagen: The muscles of the human body, fourth layer, seen from the front. Colour mezzotint by A. E. Gautier d'Agoty after himself, 1773.

El canibalismo es una realidad que sólo de imaginarla nos parece aborrecible. En cierta forma, dicha aversión es un tanto similar al incesto en al menos una cualidad: el tabú que pesa sobre su práctica. Culturalmente, y acaso por mera sobrevivencia, el hecho de comer carne de nuestros semejantes despierta en nosotros la repulsión de lo intolerable, como si se tratara de una frontera que nunca nos atreveríamos a traspasar. ¿O sí?

En esta ocasión compartimos el testimonio de cinco personas que en un momento de trastorno probaron la carne humana y describieron después de su sabor. Trastorno porque, en todos los casos, dicha experiencia pasó antes por el asesinato de la persona de quien se obtuvo la carne, lo cual suma otro hecho y otra decisión también socialmente sancionados.

Sea como fuere, ha habido personajes que, dejando de lado el tabú, han consumado la práctica. Y esto es lo que pueden decir al respecto.

 

Omaima Nelson

Omaima nació en Egipto, pero se mudó a Estados Unidos luego de casarse con William Nelson en 1991. La relación, sin embargo, no llegó a buen fin, pues luego de varios episodios de maltrato, golpes e incluso violaciones, un buen día ella llegó a su límite y lo atacó, lo mató y lo cortó en pedazos pequeños, los cuales pasó por aceite en una sartén. La cabeza, curiosamente, la reservó para hervirla. Y aún más perturbador fue lo que hizo con las costillas de su marido: apartarlas, cortarlas, bañarlas en salsa BBQ y comerlas como si se tratara de su platillo principal. De acuerdo con los testimonios de psiquiatras que la trataron, Omaima dijo de la carne de su esposo: “Estaba tan dulce, tan deliciosa… a mí me gusta tierna”.

 

Armin Meiwes 

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El caso de Armin Meiwes es célebre porque su acto de canibalismo más famoso se consumó gracias a un anuncio clasificado publicado en Internet que era demasiado claro respecto a sus intenciones: “Se busca hombre de entre 18 y 30 años, de buena complexión, para ser asesinado y consumido”. Para sorpresa de muchos, la respuesta a esta petición fue numerosa, pero sólo una persona concertó el encuentro: Bernd Juergen Brandes, un hombre de 41 años con quien Meiwes tuvo relaciones sexuales antes de comenzar a descuartizarlo. El llamado “Caníbal de Rotemburgo” comenzó por cortar el pene de su invitado para comérselo de inmediato. Al notar que, pese a su deseo, era demasiado elástico como para comerlo crudo, lo puso al fuego, pero sin habilidad, pues terminó quemándolo. Cabe mencionar que para entonces Brandes seguía vivo, y sólo 10 horas después de esa primera mutilación murió desangrado. A lo largo de los siguientes meses, Meiwes comió casi 18kg de carne de Brandes, la cual consideró en sabor similar al puerco, aunque ligeramente más ácida.

Cabe mencionar que el modus operandi de Meiwes ha inspirado álbumes musicales, películas e incluso un episodio en la serie cómica The IT Crowd, además de estudios jurídicos sobre el consentimiento en el canibalismo e incluso el asesinato.

 

Issei Sagawa

Cuando recuerdo cuán gentil era Renée, me pregunto por qué hice lo que hice, y mi sentimiento de amargura no cesa. Pero quería comerla. Eso no significa que quería matarla, pero me di cuenta de que si quería comerla, tenía que matarla.

Esa fue la explicación que el japonés Issei Sagawa dio sobre el asesinato y posterior consumo de Renée Hartevelt, una joven holandesa que conoció cuando ambos estudiaban en Francia. Según su testimonio, después de matar a la muchacha, Sagawa comenzó por comer sus nalgas crudas, las cuales encontró insípidas aunque con una textura similar al sashimi. Después de esto comió sus senos, pero igualmente no fueron mucho de su agrado, pues le parecieron muy grasosos. Siguió entonces por las caderas, que para su gusto estaban bien pero sin ser extraordinarias. Según dijo, la única parte que realmente disfrutó fue los muslos.

 

William Seabrook

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La historia de Seabrook es quizá la menos macabra de este repertorio, aunque no por ello menos misteriosa. Como personaje, está rodeado por un aura enigmática: aunque se le cuenta entre la llamada “generación perdida” (junto a escritores como Ernest Hemingway o Francis Scott Fitzgerald), es quizá el menos célebre de esta nómina, acaso porque él mismo se abocó a la exploración de asuntos que difícilmente alcanzan la luz de lo público y lo aceptado.

A Seabrook se le considera un gran viajero y explorador, y fue justo en una de esas expediciones que trabó conocimiento con el canibalismo. Según cuenta en Jungle Ways, un libro de 1930, en cierto momento de su travesía por África coincidió con una tribu que consumía carne humana como parte de su rutina de vida comunitaria. Seabrook no se arredró y decidió probarla.

La experiencia al parecer fue placentera, pues en otro momento, después de su viaje por África, pidió a un interno del Hospital de la Sorbonne que le consiguiera un pedazo de carne de una persona sana pero muerta en un accidente. Seabrook lo cocinó, lo comió y escribió al respecto:

Era como de buen ternero, no plenamente desarrollado, no joven pero aún no un buey. Definitivamente era como eso, y no como ninguna otra carne que haya probado. Era tan similar a un buen ternero, no plenamente desarrollado, que pienso que ninguna persona con una sensibilidad ordinaria, normal, podría distinguirla. Era carne suave, buena, sin ningún rasgo definido o característico como, por ejemplo, el de la cabra, la alta cacería o el puerco. La carne era ligeramente más dura que la del ternero de primera, un poco más fibrosa, pero no demasiado, ni dura ni fibrosa, para ser agradablemente comestible. El asado, del que corte y comí una rebanada central, era tierno, y en color, textura, aroma, así como sabor, consolidó mi certeza de que de todas las carnes habitualmente conocidas, el ternero es la única a la cual esta carne podría compararse con precisión.

 

Jeffrey Dahmer

Uno de los caníbales más siniestros de la historia, Dahmer cuenta en su historial con el asesinato de 17 jóvenes, entre los cuales hubo algunos cuya carne probó. En confesión con el FBI, Dahmer aseguró que la carne humana tuvo para él la sapidez del filete mignon.

Heteroflexibilidad masculina: ¿experimentación sin culpa, moda o estadística?

Por: pijamasurf - 08/22/2015

El deseo sexual no es fijo ni inmutable, ¿pero de qué depende que un hombre experimente o no con su sexualidad?

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A menudo escuchamos decir que las mujeres tienen mayor flexibilidad para experimentar con otras chicas sin por ello asumirse como lesbianas. Sin embargo, un número creciente de estudios y testimonios demuestra que los hombres también han buscado históricamente formas de expresar deseo hacia otros hombres sin asumir una identidad plenamente homosexual. Óscar David López ha escrito al respecto en un artículo de título "Macho calado", donde habla acerca de esos machos tan machos que se atreven a transgredir el esquema puramente heterosexual, lo que irónicamente reforzaría su posición de macho. En esta acepción, el macho es "tan hombre" que puede penetrar o dejarse penetrar por otro hombre, y asume el logro de "calado" cuando vuelve para contar su experiencia y decir que simplemente no es lo suyo.

Y es que parece que la masculinidad necesita ser evaluada periódicamente --al menos desde el imaginario popular-- para verificar que no se tambalee: un hombre soltero no sólo enfrenta la presión de tener relaciones con tantas mujeres como pueda, sino que debe reportarlas a su grupo de amigos dejando de lado todo relato sentimental. ¿Esta misma práctica del relato entre machos no tiene un componente homosexual, a saber, el de "excitar" la imaginación de los amigos con la historia de las proezas sexuales del hombre?

La investigadora Jane Ward, de la Universidad de California en Riverside, es autora de Not Gay: Sex Between Straight White Men, donde explora los comportamientos esporádicamente homosexuales de los hombres heterosexuales. "Pienso que el deseo homosexual y el contacto homosexual son parte de la experiencia humana, pero también están sujetos a increíbles cargas culturales".

En su investigación concluye que los hombres heterosexuales, especialmente blancos, tienen sexo con otros hombres justamente para afirmar su heterosexualidad, como en la hipótesis del "macho calado". Pero además encuentra que los hombres blancos y heterosexuales (la demografía privilegiada culturalmente por excelencia) son también los que se topan con menos consecuencias sociales al incurrir en estos comportamientos. Sin embargo, la mera mención de "privilegio" ya es suficientemente problemática para ellos y pasa sin cuestionamiento, no digamos la experimentación homosexual. Ward comenta:

Muchas veces la gente blanca y los hombres en particular, se enfurecen con el concepto de 'privilegio'. Pero en el contexto de mi libro, reconocer el privilegio no es tratar de negar lo que es propio de individuos blancos y heterosexuales; es tratar de reconocer que los hombres blancos y heterosexuales poseen recursos culturales únicos a los que pueden recurrir para explicar y justificar sus prácticas sexuales aparentemente discordantes.

En otras palabras, los hombres blancos y heterosexuales gozarían de una suerte de salvoconducto cultural para experimentar con su sexualidad como parte de la reproducción del esquema heteronormativo. Es por eso que en el imaginario popular, los miembros de las instituciones puramente masculinas (como el ejército, ciertos deportes, las fraternidades universitarias) pueden justificar en el machismo una práctica homosexual, pues no están expresando "sentimientos" entre ellos, sino estableciendo jerarquías al interior del grupo. 

En su famoso estudio sobre la sexualidad humana, Alfred Kinsey entrevistó a miles de hombres y mujeres estadounidenses durante los años 40, llegando a declaraciones que cimbraron la moral de su tiempo, como el hecho de que, según él, hasta 10% de la población es homosexual. Kinsey no sólo fue pionero de la investigación de las prácticas sexuales, sino que también se atrevió a proponer una escala que no asume simplemente que una persona tiene una identidad sexual fija e inmutable; en ella, los individuos son evaluados en una medida de cero (exclusivamente heterosexual) a 6 o exclusivamente homosexual. 

 En su estudio, Kinsey revela también estas estadísticas:

  • Al menos 37% de la población masculina tiene alguna experiencia homosexual entre el comienzo de la adolescencia y la vejez, que va desde el contacto físico hasta el orgasmo.
  • 13% de los varones son únicamente homosexuales durante 3 años entre los 16 y los 55 (hasta 4 en la escala),
  • 4% de los varones son exclusivamente homosexuales toda su vida (6 en la escala).

Kinsey también escribió que es normal que la gente se mueva en diferentes puntos de la escala durante toda su vida. En el caso de las mujeres, estimó que 20% tiene alguna experiencia homosexual a lo largo de su vida, 13% de ellas hasta el punto del orgasmo. 

La orientación y la identidad sexual, aunque fundamentales, son más útiles para las instituciones políticas y los mercadólogos, que pueden vigilar y controlar las interacciones económicas a partir de las tendencias sociales presentes a cada momento. No se trata solamente de repetir que ser hetero o gay no determina esencialmente lo que somos, sino que comprender cómo se asumen esas identificaciones (y también cómo cambian, se niegan o son problematizadas a lo largo de una vida humana y de la historia de la civilización) nos ayuda a entender por qué hemos sido programados para comportarnos según ciertas expectativas. Sin importar nuestra orientación, lo importante es comprender y aceptar la alteridad y la diferencia como parte del cuestionamiento radical de los mecanismos de privilegio que originan formas de desigualdad social basadas en factores raciales y de género.