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El espanto como asombro en "Mar negro", de Bernardo Esquinca

Por: Rober Díaz - 07/01/2015

"Antes de que los ruidos cesaran Laurinda pudo ver una masa de gusanos arrastrándose por debajo de la puerta"

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La literatura de misterio o de terror (de espantos), tal vez se halle encriptada en un código fundacional y ya forme parte de la literatura nacional (Pedro Páramo). Inconfesamente la literatura fantástica de Rulfo ronda en su origen, más que la fantasía misma: el misterio, evocado por variopintas leyendas que de viva voz se cuentan entre pueblo y pueblo en México. Ese relato oral supersticioso pervive en el interior de la República y es insospechadamente popular; a tal grado que los escritores contemporáneos simplemente lo dan por sentado como un folclor más. Puede decirse incluso que el misterio implícito en los escritos de Juan Rulfo petrificaron las intenciones de cualquier vanguardia por emularlos, pues de cierta manera, en ese momento parecía que todo estaba dicho; la verdad es que la veta nunca se agotó, solo el monstruo (metafóricamente hablando) de Rulfo, que no ha dejado de estar presente, alejó a los nuevos exploradores o los desvió de su ruta.

Con Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) esa tradición (la de la hoy llamada weird fiction, que no es otra cosa que la “ficción de lo extraño”), nunca cerrada, pero poco explorada actualmente como estilo, regresa de una forma más que novedosa, precisa, y más que deslumbrante, convincente, por la sobriedad con la que la trama de esta serie de cuentos, Mar negro, está fraguada.

Estos relatos podrían ser perfectamente cuentos; unos que sufren por tener más cualidades dentro de lo que los cánones sostienen deberían tener, a diferencia de los relatos; pero no serían propiamente cuentos, porque conservan una rara hibridez endilgada al relato contemporáneo (supuestamente); Esquinca mantiene su narrativa dentro de un marco tradicional en el que el cuento, como estructura y como medida, se ve rebasado por algunas particularidades del relato; o sea, el limbo en el que Bernardo Esquinca se mueve tan placenteramente, no está cooptado por esas limitaciones; por eso sus historias resultan tan atrayentes; Mar negro no es el resultado de una búsqueda de misterio, sino una demostración de que el misterio, como recurso literario, tiene múltiples posibilidades.

La literatura de Bernardo Esquinca refleja el nivel de horror que impera en nuestro país, más allá de las convenciones de la narcoescritura; la violencia del crimen no resuelto, el misterio provocado por los limbos en los que sus personajes se mueven casi fantasmalmente, “por debajo del agua” o incluso caminando sobre ella. ¿Pues qué es un fantasma: acaso no es un muerto que no recibió justicia? ¿Acaso los muertos no corren por doquier clamando justicia en México, como todas las sombras huérfanas de Pedro Páramo?

Esquinca emula a Rulfo pero también lo evita, confrontando sus posibilidades, para permitirnos pensar que nada está dicho.

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Esquinca estudió en colegios agustinos. Es paranoico y le gusta la nota roja. Cita a Ernesto Sábato: “Mientras en el inicio de un periódico lo que encontramos son las mentiras de los políticos, la nota roja nos dice la verdad”; también acepta cabalmente sus miedos y escribe sobre/a partir de ellos; vive en el centro de la ciudad, escenario de varios de sus relatos. Ha declarado que las librerías de viejo se parecen al azar mismo, porque ahí hay libros fantasmas, no solo novedades, y defiende el principio del derecho al terror a lo oculto. “Hoy más que nunca la imaginación está en riesgo”–dice el escritor. También asegura ser seguidor de Stephen King y como al género negro, ha sido menospreciado. “El género de los asesinos seriales en México es casi inexistente pero por otro lado, hay una gran tradición oral en la que las almas en pena juegan un papel preponderante”.

Esquinca sabe meterse sin complicaciones en terrenos donde la ciencia ficción, el misterio, las tramas policíacas y las leyendas históricas se revuelven con mitos urbanos y personajes ya repasados, como vampiros, zombies, muñecas malditas o astronautas que hablan desde la soledad del espacio. Las nuevas tramas con sabor a viejo y también a decadencia y polución juegan en un mismo plano, sin complicarse o yuxtaponerse.

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Difícil es que la literatura de Esquinca llegue a cambiar tu vida, pero seguro que la visión poco optimista y menospreciante sobre la literatura de misterio, esa sí que puede modificarse al leerlo; su fuerza es la imaginación, no la fantasía. Antes que un espacio para el terror, su escritura es una oportunidad para atender las formas de contar algo que al final muchas veces resulta una de las prioridades del que escribe: contar lo mismo pero de otra manera.

 

Twitter del autor: @betistofeles

 

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Mar negro, de Bernardo Esquinca

Almadía, 2014

Mar negro en ISSUU, cortesía de Almadía

¿La pobreza puede determinar la capacidad cerebral de una persona?

Por: pijamasurf - 07/01/2015

Algunos estudios sugieren que la pobreza puede ser considerada una especie de "neuropatología", porque puede determinar factores de bajo rendimiento en el desarrollo cerebral

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El cerebro humano no aparece de una vez en el panorama fetal, sino que sus estructuras se incorporan poco a poco unas a otras en un proceso que comienza en el vientre y continúa hasta la primera parte de la adultez. Pero no fue hasta los 90 del siglo pasado que comenzaron a investigarse los efectos de ciertas drogas y comportamientos sociales (como la violencia intrafamiliar o el abuso sexual) en el desarrollo de la corteza cerebral.

Una investigación de Pat Levitt, neurólogo pediátrico del Hospital para Niños de Los Ángeles ha pasado 20 años estudiando condiciones de crecimiento fetal extremo, como uso de crack y pobreza en zonas urbanas marginadas. Fue uno de los expertos que entró en polémicas al decir que en realidad los bebés eran más fuertes de lo que se pensaba, pues podían atravesar el período de gestación sin graves consecuencias a pesar de los hábitos de la madre. 

Esta frontera donde nuestra sociedad discute la paternidad en términos morales debe ser abordada mejor en términos científicos para conocer el impacto real de los comportamientos sociales en el desarrollo de los bebés, y poder así plantearnos una escalofriante pregunta: ¿la pobreza puede ser considerada una forma de violencia prenatal y causa de bajo rendimiento académico posterior? ¿La pobreza, pues, se transmite genéticamente?

Algunos estudios parecen apuntar en esta dirección. La pobreza puede definirse, en términos de su impacto prenatal, en hacinamiento, ruido, inestabilidad inmobiliaria, separación de los padres, exposición a la violencia, problemas familiares y formas extremas de estrés, incluyendo el hambre, abuso de sustancias y alcoholismo. Estos comportamientos producen cortisona, una hormona que puede transmitirse de una mujer estresada a su bebé hasta la placenta. Al crecer, la cortisona del bebé puede continuar saboteando su desarrollo.

Un estudio realizado en más de mil niños tomó en cuenta distintas fases de su desarrollo neuronal y los correlacionó con factores como el nivel de ingreso de la familia y su preparación académica. Los niños realizaron diferentes pruebas de lectura y memoria, a la vez que se tomaron muestras de ADN para descartar la incidencia de problemas de desarrollo adquiridos genéticamente. La esperable conclusión es que los niños de familias mejor educadas y mejor alimentadas gozaban de hasta 6% más superficie cerebral y un hipocampo más voluminoso (= mejor memoria) que los niños con un pasado de violencia en un estrato económico desfavorable.

También se apuntó que el nivel de ingreso en sí no puede "comprar inteligencia", pero que la carencia de los medios básicos para asegurar un buen desarrollo en el feto a causa de la pobreza sí puede ser determinante en la capacidad cerebral futura de los niños. En otras palabras, la pobreza deja marcas en el desarrollo de los niños que no pueden revertirse, pues competen a fases muy tempranas del desarrollo, a los cimientos mismos de sus mentes. Investigaciones como esta buscarán criminalizar la violencia contra la madre durante el embarazo, pero también procurar leyes más severas contra el abuso de sustancias durante la gestación.