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El mito y el misterio fomentan el desarrollo de otro tipo de percepción, más intuitiva e imaginativa, que el paradigma cientificista no provee. En este sentido debemos recuperar a los dioses que habitan en nuestra psique

 

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Los griegos soñaron con sabiduría, los romanos con imperios, cada cual acorde a su naturaleza. Un pueblo filosófico tiene sueños filosóficos, por eso los mitos griegos son sueños filosóficos, y contienen una iniciación filosófica, un sistema de pensamiento y relación simbólica con la naturaleza, una cosmología.-Manly P. Hall

Hermes vio la totalidad. Habiendo visto, entendió. Habiendo entendido, tuvo el poder de revelar y mostrar. Y así, lo que supo, lo escribió. Lo que escribió, mayormente lo ocultó, manteniendo silencio, en lugar de hablar en voz alta, de tal manera que cada generación que viene al mundo debe de buscar estas cosas.- Kore Kosmou

El hombre moderno suele considerar los mitos como una extravagante forma de entretenimiento que poco tiene que ver con su vida o como una curiosidad del intelecto primitivo que el conocimiento científico ha vuelto obsoleta. Se asume que los datos fácticos o las evidencias son superiores y debemos basar nuestra educación en ellos. Regirnos por lo que es claro, contundente y no admite diferentes interpretaciones. Esto, sin embargo, es un tanto arrogante y al despreciar al mito como forma de conocimiento, perdemos una importante herramienta educativa y un modelo o un mapa alterno para practicar otras formas de ver y experimentar el mundo.

Que el mito sea para nosotros solamente una curiosidad antropológica --a lo mucho un pasatiempo de arqueología de la psique-- y no una continuidad epistemológica viva, tiene que ver con el actual paradigma científico y la educación positivista en la que se busca eliminar todo lo misterioso. El mito está estrechamente ligado a lo misterioso, y lo misterioso es la antítesis del modelo espistemológico actual. Esto es porque lo misterioso está asociado con la ignorancia y la superstición, algo que es sobre todo un prejuicio; la razón moderna no se siente cómoda lidiando con lo metafórico, lo ambivalente y lo paradójico, necesita definir la realidad como una cosa definitiva, tangible y siempre igual (podríamos decir que ante el misterio, el pensamiento moderno siente pánico: esa sensación que viene del dios Pan, figura que luego convertiríamos en el Diablo). Lo misterioso es lo que está oculto (de la misma raíz de lo místico), lo que en un principio yace desconocido, aquello que no se revela inmediato o en la superficie y que por lo tanto requiere de una exploración más profunda --a veces una iniciación o un cambio de conciencia. Es decir, requiere una transformación, una participación activa en el sujeto que conoce y no sólo la memorización de datos o el ejercicio de la lógica. Cotejamos aquí a la gnosis (que se basa en la idea de que quien conoce adquiere la esencia de lo que conoce) con el conocimiento propio de los sofistas o de los retóricos que construyen perfectos argumentos o acrobacias discursivas sin darle importancia a la experiencia del conocimiento. El paradigma científico basado en el modelo de la física clásica supone que no hay nada misterioso en el universo, la naturaleza entrega sus secretos con celeridad a la mente que asume el papel de "conquistador" de la materia y concibe al mundo como una máquina inerte al servicio del indetenible progreso humano. Pero, ante esta luz racionalista, opongamos al oscuro Heráclito, quien escribió famosamente: "la naturaleza ama ocultarse". Y es que tal vez la naturaleza, al ocultarse, nos pide que juguemos una especie de juego cósmico de escondidillas o de "encantados" para el cual es necesario suspender nuestros prejuicios y creencias y seguirle la corriente. Podemos obligarla a desocultarse tirando explosivos para minar el oro y la plata de sus entrañas o podemos internarnos en la oscuridad de sus cuevas y vivir su misterio.

La naturaleza como fabulación 

Para entender la función del mito o incluso la necesidad de su supervivencia como parte de un equilibrio psíquico es útil revisar la cosmogonía antigua, de la cual nace el pensamiento mítico, y compararla con el pensamiento científico moderno. Podemos pensar que nuestra mente es mucho más sofisticada que la mente de los antiguos griegos o egipcios (y quizás lo sea en el sentido meramente sofístico), pero quizás no hayamos evolucionado tanto en nuestra capacidad de pensar simbólica, intuitiva y analógicamente. Los griegos, los indios y los egipcios, por citar los ejemplos más conspicuos, tenían una profunda tradición de concebir las cosas a través de fábulas y símbolos, mientras que nosotros tenemos una tendencia al pensamiento literal, reduccionista y mecanicista, en parte debido a más de 2 mil años de la lógica aristotélica que impide que algo sea más de una cosa, esto y no lo otro. "De la misma forma que los jeroglíficos precedieron a las letras, también las parábolas fueron antes que los argumentos. E incluso ahora, si uno quiere iluminar con nueva luz un tema en la mente de los hombres, y eso sin ofensa y rigidez, debe hacerlo por la misma vía e invocar la ayuda de la similitudes", escribe Francis Bacon. El símil es lo mismo un recurso poético que un recurso del misticismo, como queda claro en el fundamento del pensamiento hermético, el símil de símiles: "como es arriba, es abajo" o lo que es lo mismo como es el cosmos, es el hombre o también el hombre es un pequeño universo. La anterior frase tiene poco valor para un argumento científico, que la consideraría imprecisa; podría servirle a un físico como inspiración para imaginar una teoría, pero nunca podría hacer referencia explícita a esta idea de poder ver en un cuerpo humano los movimientos de los planetas, por ejemplo, o de intuir que existe unidad y simpatía en todas las cosas. La misma frase, por otro lado, tiene una gran utilidad filosófica y espiritual como un principio que llama a tener una experiencia individual de esta similitud.

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Isis, el velo de la naturaleza cuyos secretos son la iluminación.

Hablando sobre el sistema mítico-filosófico de los griegos, Manly P. Hall dice: "todas las fábulas provienen de la fábula más grande de todas: la naturaleza". Hall usa "fábula" casi siempre como sinónimo de mito, y podemos apreciar aquí una idea muy distinta de la concepción de la naturaleza que tenemos actualmente. Para los antiguos la naturaleza es la capa más densa de la mente, pero sigue siendo res cogita  y está animada, por lo cual es un proceso que comunica, aunque secretamente, una historia (la etimología de "mito" es: historia, relato, habla, palabra). Hay otra idea oculta aquí también, y es que la naturaleza es el artificio del espíritu (o el símbolo del espíritu, según Emerson), ya que la materia no está separada --o lo está sólo ilusoriamente-- del espíritu: es correlato de lo divino, es el vehículo de la conciencia para aparecer en el mundo (soma es el sema del alma, dice Platón) por lo cual es una especie de sustancia fantasmagórica, volátil, manipulable, de gran (psico) plasticidad, "such stuff as dreams are made on", como dice el hechicero Próspero en La tempestad. La naturaleza es esencialmente fabulosa y fantástica; la materia es la tela caleidoscópica de Maia. El que hoy hayamos identificado el mito con la mentira y la falsedad dice mucho de nuestra cosmovisión: creemos que la naturaleza es muda y por lo tanto su mito, sus palabras e historias deben de ser falsas, puesto que no tiene inteligencia, alma o significado. Dialogar con la naturaleza es hoy en día un signo de locura, la esencia de la irracionalidad. Valdría recordar aquí, como encantamiento contrapuntístico, la mítica frase de Adorno: "El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad". O tejiendo aún más la madeja del mitologema fractal, James Hillman: "De la misma forma que las verdades son las ficciones de lo racional, las ficciones son las verdades de lo imaginal".

Esta es la diferencia fundamental del pensamiento antiguo, que el mundo imaginal no es tenido solamente como una fabricación del pensamiento humano. El alma y la imaginación existen en la naturaleza o, quizás mejor dicho, la naturaleza existe dentro de la mente (nous): es su mito, la fábula suprema, que cuenta una misma historia una y otra vez con leves variaciones. Hillman, siguiendo el eide platónico, nos pide considerar la posibilidad de que el cuerpo sea una imagen o una sombra del alma y no al revés. Manly P. Hall señala: "La naturaleza nunca habla de manera determinada: 'haz esto o no hagas esto otro', presenta espectáculos, imágenes no literales". Los que buscan respuestas deben dejarse seducir por el misterio y penetrar el mundo de la imaginación: "Los hombres que buscaban su propio destino y significado tenían que peregrinar en la noche, en el desierto, y pedir al fuego revelación, las respuestas llegaban en los sueños, en el contacto con el subconsciente". Este es el estado de ánimo en el que nos sitúa el mito, que según Joseph Campbell "es el sueño colectivo de la humanidad", mientras que los sueños individuales son "mitos privados". Los sueños colectivos de los griegos, los mitos, son sueños esencialmente filosóficos, una filosofía que  nace también  del mundo imaginal.

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Fanes-Eros

Es probable que exista un paralelo entre la irrelevancia que nuestra cultura otorga al mito y la poca importancia que usualmente le damos a nuestros sueños. Pese a que buena parte --y probablemente la más rica-- de nuestra vida psíquica ocurre oníricamente, la gran mayoría de nosotros no considera que los sueños son una vía legitima --y mucho menos vía regia-- de conocer el mundo. Creemos a lo mucho que los sueños nos revelan cosas de nuestro pasado, traumas, represiones, deseos insatisfechos, etc., pero siempre cosas de nuestra vida despierta; no consideramos la posibilidad de que su narrativa sea una historia coherente en sí misma, dueña de una voz propia; si la comparamos con la narrativa de nuestra vigilia resulta aberrante, absurda y a fin de cuentas prescindible. Es decir, descalificamos de entrada el lenguaje y la propia forma de articularse de los sueños, no le conferimos agencia y le exigimos al sueño que se explique en términos del ego y de la vigilia, evangelizando a los monstruos (y ángeles) de la noche con la aniquiladora luz del día. Pero, como dijimos anteriormente de la naturaleza, Hillman nos sugiere la idea de que más que nosotros tengamos sueños, como pensamos siempre ya despiertos, los sueños nos tienen a nosotros: en el sueño viajamos al inframundo, nos encontramos en la mente de Hades y estamos sujetos a sus leyes imaginales. Los budistas explican que no hay un pensador detrás de los pensamientos, es una ilusión de la mente que "tengamos" pensamientos, en todo caso el pensamiento nos tiene a nosotros, es la experiencia misma la que experimenta a través de nosotros.

Todo esto para llegar a un principio de revaluación práctica del mito, no sólo ya teórico (es decir no sólo la visión mística, también la experiencia y el acto de resonancia moral que resulta del entendimiento que se practica). En su Poética, Aristóteles señala que el mito es "el principio" y "alma de la tragedia". Siguiendo el tema que hemos desarrollado, podemos extrapolar y decir que una educación que le dé importancia al "alma", y tenga conciencia trágica (y por lo tanto estética) debe considerar al mito como parte fundamental de su didáctica. Dicho de otra forma, siempre y cuando le demos importancia a las historias, a los relatos y a las narrativas (a lo que hoy llamamos "contenido") y les asignemos un valor estético y moral, el mito debe tener un papel central. Actualmente la mayoría de las personas reconoce el "poder de la historias" como elemento de contacto humano y de transferencia empática. El mito, sin embargo, conlleva algo más que una simple historia, nos habla de un misterio, de una iniciación y de una participación activa en el conocimiento. Lo mítico está ligado indisociablemente a lo mistérico. Manly P. Hall nos dice que "los mitos son el registro eterno de la vida psíquica del hombre" y también son "la historia intuitiva del Ser". El mito tiene entonces el poder no sólo de involucrarnos con una historia, sino de referirnos a las historias que tienen alma y que han superado el paso del tiempo (porque tienen alma). El mito nos acerca al origen insondable; se ha dicho que el mito es "la historia de la prehistoria" y "aquello que nunca pasó pero sigue pasando". ¿Qué es aquello que nunca pasó pero sigue pasando? Esto no es algo que podamos entender con un pensamiento lógico-racional y, sin embargo, la idea nos seduce, nos pide resolver un enigma, nos confronta de nuevo con lo mágico-maravilloso, con las centellas de la fragua del demiurgo. El mito es también lo enigmático, la existencia como seducción misteriosa, la esfinge en los huesos del hombre.

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Venus simbolizaba el alma del mundo.

Una educación con alma es una educación con mythos

El valor didáctico y hasta heurístico de los mitos está en que invitan a un proceso de misterio y desvelo. A diferencia de cuando a un estudiante se le dice que memorice algo para un examen, un mito lo presenta con un reto de conocimiento, donde siempre es posible que no encuentre la respuesta. E incluso, de encontrar esa respuesta, no podrá estar seguro de tenerla de la misma forma que se tiene una evidencia científica. Sólo podrá intuir que sabe el significado del mito o que ha podido vislumbrar su esencia, es otro tipo de certeza. Dice Manly P. Hall: "los hechos provocan aprobación o rechazo, son una superficie plana... el conocimiento obvio no es controversial ni estimulante". Y "la educación moderna produce estudiantes que memorizan hechos, pero no son intrigados a explorar los misterios detrás de los hechos". El paradigma moderno considera sólo el mundo del fenómeno pero no le da cabida al mundo del noúmeno. El mito fomenta un tipo de pensamiento que se pregunta "¿qué significa esto?" o "¿de qué es símbolo este fenómeno?" y se interesa, a su vez, por la belleza, por la "luz interna" que puede transmitir una historia, porque en ello está también su verdad. Agrega Hall: "En tiempos pasados los hombres anticipaban ser excitados en su imaginación para resolver cosas extrañas y desconocidas, así desatando los poderes de la conciencia". En otras palabras, el mito está cerca de una forma de percepción que no separa el ejercicio intelectual del instinto y la intuición. Es decir, el mito es una especie de lenguaje del alma. El historiador alemán Walter Otto nos dice que el gran filólogo Christian Gottlieb Heyne comprendió que los mitos son "el lenguaje primordial de los espíritus, que sólo mediante imágenes y metáforas sabían expresar su emoción ante las grandiosas formas de la realidad universal".

Por último quiero aclarar, por si no fuera evidente, que los griegos --y algunas otras civilizaciones antiguas-- llegaron a una refinación del pensamiento, que aquí llamamos mítico pero que en su época no estaba dividido del "Logos" que en Occidente se convirtió en la razón cartesiana, que les permitió percibir a los dioses de los mitos como símbolos y arquetipos de principios y procesos cósmicos. Comprender, como queda claro en el diálogo platónico de El Banquete, por ejemplo, que Eros es un estado mental y a la vez un dios y un principio motor del mundo y puede ser todos estos sin contradicción porque es una manifestación de la unidad que se proyecta a sí misma en la multiplicidad del mundo, es una rutilante prefiguración de los arquetipos y el inconsciente colectivo de Jung. Estamos aquí ante  la cumbre del pensamiento simbólico. Platón no creía literalmente que Afrodita nació de los genitales de Urano (el cielo) lanzados al océano (esto es una alegoría del Alma increada que viene del cielo) o que Prometeo robó literalmente el fuego divino y luego fue encadenado a una piedra para que un águila devorara su hígado por la eternidad, sabía que estas fábulas describían procesos cósmicos y eran metáforas y analogías didácticas que codificaban un sistema de conocimiento (una paradosis). "Los griegos sabían que estos mitos eran los revestimientos o sombras de verdades filosóficas, en las que cosas difíciles de comunicar eran arcanamente intimadas excitando los poderes intelectuales del hombre para que contemple los misterios universales", dice Hall. Por eso los mitos estaban tan ligados a los ritos inciáticos, como es el caso de los misterios de Eleusis y el rapto de Perséfone. Esto es algo que hemos perdido hoy, la iniciación como conducto de hacer de la filosofía y el conocimiento no sólo verbosidad y techne, sino experiencia viva, transformación del individuo. La preocupación de Sócrates se ha confirmado, al parecer los sofistas llevan ganada la partida.

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Es necesario un nuevo paradigma en nuestra relación con la industria de la salud; quizás podemos empezar intentando alejarnos de esta y buscar aprender a curarnos por nuestra cuenta o a rodearnos de profesionales médicos dispuestos a ejercer sinceramente el principio del menor daño posible en un tratamiento

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¿Y, acaso, no es superior aquel que cura el alma, que es más que el cuerpo?

Paracelso.

La naturalidad es llamada el Camino.

El Secreto de la Flor de Oro (versión de Thomas Cleary).

Uno de los objetos emblemáticos --y hasta secularmente hieráticos-- de nuestra época es la pastilla, la solución más sencilla posible para nuestros problemas. No hay nada más fácil que tomarse una pastilla, un principio activo encapsulado para hacer que cualquier malestar sea neutralizado; podemos confiar pasivamente en su operación milagrosa. No tenemos que hacer nada, sólo dejar que esa blanca panacea actúe en nosotros. La situación más representativa es esta: una persona siente un dolor, ni siquiera sabe bien cuál es la causa de ese dolor, pero antes de sufrirlo o averiguar su causa y significado opta por una pastilla. Se la toma y posiblemente se va a dormir; espera que al día siguiente ya no sienta el dolor y se olvida. Otra situación, igualmente común: una persona va con un médico y le describe una serie de síntomas; el médico decide recetarle una serie de medicamentos estándar para la condición que describe, quizás sabiendo que no recetarle nada a un paciente y recomendarle cosas como dietas o ejercicios ante de iniciar un tratamiento agresivo, si bien puede ser mejor a largo plazo, no quitará el dolor inmediato que el paciente reclama sea suprimido, y consciente también de que su autoridad y el halo de sabiduría que proyecta está fundamentado en cosas concretas --el paciente se debe llevar algo, necesita materializar su consulta y creer que tiene una solución al alcance que no depende del ejercicio de su voluntad.

Es emblemático de nuestra época pero quizás, también sintomático --literalmente, nuestro abuso de confianza en las "pastillas" nos está produciendo todo tipo de síntomas. No hay duda de que sociedades como la estadounidense viven en un estado de sobremedicación y el paradigma de la salud en Estados Unidos es copiado en muchas partes del mundo. Hace algunos años se detectó que la tercera causa que más contribuía a la muerte en Estados Unidos era precisamente el tratamiento médico. Otro estudio encontró que 6.5% de las personas que son internadas lo son por los efectos secundarios de medicamentos. Evidentemente algo estamos haciendo mal cuando nuestro esfuerzo por curarnos nos está enfermando más. Esa ubicua pastilla blanca que es la solución más sencilla posible, no es del todo inofensiva, incluso cuando se trata de suplementos "naturales" que supuestamente no tienen efectos secundarios. Me atrevería a decir que incluso cuando estas pastillas son poco más que placebo --como ocurre con la mayoría de los suplementos-- es la práctica misma de depositar todo el poder de sanación en una pastilla o en otra persona --y confiar ciegamente en "la ciencia" y en "los expertos"-- la que nos está enfermando.

La revista New Scientist le dedica un número completo a este problema que es urgente ya en países como Estados Unidos y que merece que consideremos seriamente una reforma o un cambio de paradigma sustancial en la salud pública y su relación con la industria farmacéutica. Un sondeo reciente en Inglaterra mostró que 50% de las mujeres había tomado un medicamento de prescripción la semana pasada y 25% había tomado tres. "Estamos viendo un dramático incremento en la dependencia a medicamentos para resolver todos nuestros problemas", dice Clare Gerada, directora de Médicos Generales del Royal College de Inglaterra. "Hay una fuerte tendencia a buscar enfermedades antes de que ocurran, y las empezamos a tratar 'sólo por si acaso'". Las consecuencias de tomar medicinas para males que todavía no se presentan y anegar cualquier enfermedad a su primer asomo hace, según Gerada, que no sea inusual que muchas personas tomen hasta 15 medicamentos al día. "Me sorprende lo poco que las personas se quejan del número de medicamentos a los que están sometidos. Hasta hace 1 década, las personas llegaban y cuestionaban si en realidad los necesitaban en un principio". Una pregunta que quizás deberíamos hacernos frecuentemente: ¿realmente necesitas tomarte esa pastilla?, ¿realmente hace mejor tu vida? Es posible que sólo la haga más fácil por el momento, pero no por mucho tiempo. Por otro lado, aunque parezca difícil, la mayoría de las personas descubre que está mejor cuando deja de tomar medicamentos y además recobra su estado de ánimo y su autoconfianza al notar que es capaz de curarse sin agentes externos.

Klim McPherson, un epidemiólogo de la Universidad de Oxford, analiza el sistema médico global y señala que los doctores se concentran tanto en los beneficios clínicos de los medicamentos que descuidan los diferentes efectos que pueden tener en los pacientes. "Es un brazo benigno del paternalismo. No piensan en lo que significa tomar un medicamento por el resto de tu vida". Y es que tomar un medicamento suele incrementar la probabilidad de que luego tengas que tomar otro. McPherson parece detectar también el aspecto un tanto deshumanizado de la medicina moderna, en la que los médicos se convierten solamente en especialistas técnicos que tratan enfermedades y no enfermos, tratan órganos y pedazos del cuerpo y no seres humanos integrales y se remiten solamente a sus aparatos, a sus fármacos y a sus protocolos y no se involucran con los pacientes ni buscan métodos alternativos e incluso imaginativos para tratar enfermedades.

 

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La edición especial de New Scientist dedicada a la sobremedicación y los efectos secundarios de los medicamentos que consumimos, detecta inquietantes efectos secundarios del consumo de los suplementos de testosterona que toman más de 2.3 millones de hombres en Estados Unidos (y millones más en suplementos para aumentar la libido, que no son reportados). El uso excesivo de la píldora anticonceptiva también es alarmante ya que se han encontrado diversos efectos colaterales, incluyendo daño cerebral. No menor es la preocupación que genera la enorme popularidad de las estatinas usadas para bajar el colesterol, medicamentos que han sido ligados a numerosos efectos secundarios, incluyendo riesgo de diabetes. Otros ejemplos notables de serios efectos secundarios y farmacodependencias pueden ser observados en el consumo de antiácidos, laxantes (los cuales incluso pueden producir daños neuronales) y analgésicos; el abuso de antibióticos podría ser el problema más serio de salud en las siguientes décadas. Incluso la siempre pensada inocua aspirina, que toman 40 millones de personas todos los días en Estados Unidos, parece tener ciertos riesgos para la salud (si bien también tiene varios beneficios). 

Ni la pastilla roja, ni la pastilla azul

La única libertad a nuestro alcance: el autoconocimiento.

Octavio Paz

pillEvidentemente, tomar un medicamento puede salvar la vida o mejorar drásticamente la calidad de vida de muchas personas. Sin duda muchas, pero seguramente no la mayoría o un importante porcentaje de las personas que toman medicamentos a mediano y largo plazo podrían evitarlos y así mejorar también drásticamente su calidad de vida, e invertir en su propia salud y hasta en su economía. No analizaremos aquí el jugoso negocio que representa para las farmacéuticas la cronificación de las enfermedades o el estrecho vínculo que tienen estas transnacionales con los lobbys de salud pública y con los médicos (lo que hace que tengan listo el bolígrafo en todo momento para recetar los fármacos que las farmacéuticas obsequiosamente empujan para que sean promocionados). De esto hay incontable evidencia. Mi interés es sólo llamar la atención a la posibilidad, aunque parezca remota, de que consideres, si es que tomas medicamentos y recurres frecuentemente a sustancias químicas para paliar tus achaques o mejorar tu desempeño, que existen otras opciones y que casi siempre lo que puedes conseguir a través de medicamentos e incluso suplementos lo puedes conseguir comiendo y haciendo diversos ejercicios, especialmente alguno que permita controlar y dirigir tu respiración. Incluso uno no debería desestimar, si está enfermo, dedicar su vida a la salud (a curarse a uno mismo y a los demás), como el caso de Marsilio Ficino, el gran intelecto detrás del Renacimiento florentino, quien se habría ordenado como médico sacerdote después de sufrir una crisis depresiva. Claro que esto toma más tiempo y requiere que dediques buena parte de tu energía e interés a cultivar tu salud, a investigar y a poner en práctica tus conocimientos para crear una disciplina (¿pero acaso hay algo más importante?). No se trata de declarar desierta la industria médica (aunque algunas personas consideran que la realidad es que el sistema de la medicina moderna está terminalmente enfermo), o de creer que se puede obtener el conocimiento que tiene un un médico simplemente leyendo un par de libros de dietas o artículos en internet. Por eso se plantea como fundamento de este acercamiento a tomar control de tu propia salud no consumir fármacos -- siempre apelando a la prudencia y cuando no se trate de una emergencia o una condición aguda--, incluso de ser posible evitar vitaminas y suplementos (o, en caso de ser necesario, por qué no aprender a hacer tinturas, extractos y autocultivo). El primer paso es seguir la máxima del padre de la medicina occidental, Hipócrates, el juramento de "Primero no hagas daño" (Primum non nocere). El otro eje fundamental de este acercamiento es preguntarte por las causas, no darle tanta importancia a los síntomas, más que como información que puede llevarte a la causa de tu enfermedad, la cual muchas veces está en una conducta o en un hábito físico y mental que puedes aprender a evitar. Esto significa probablemente no suprimir los síntomas para que puedan comunicar la razón de su existencia. Si tus síntomas no son muy graves, puedes tomar este camino largo, tratando de introducir la menor cantidad de variables y riesgos.

Se puede tomar este principio rector incluso recurriendo a tratamiento médico, es decir, buscar siempre primero alternativas de tratamiento que no involucren el consumo de fuertes fármacos o procedimientos invasivos. Puede suceder que no atacar una enfermedad con medicamentos desde un principio pueda ser contraproducente; siempre existen riesgos, por esto se requiere cierta madurez, cierta inteligencia, cierta capacidad de discernimiento a veces difícil de tener, especialmente cuando se está enfermo, y es que la enfermedad suele afectar a una gran cantidad de sistemas y órganos-- y es difícil por eso mantener la lucidez--, aunque para la medicina occidental moderna sólo esté focalizada en una parte y por lo tanto supuestamente puede ser tratada sin afectar otros sistemas y órganos. Sin embargo, tomar medicamentos casi siempre es más riesgoso que no tomarlos, especialmente cuando se utilizan estos medicamentos solamente para tratar los síntomas y no las causas de una enfermedad; se forman fácilmente dependencias. Dicho esto, los beneficios de lograr tomar control de la propia salud son considerables, sobre todo porque esto suele producir una transformación integral en el individuo. Notar que es uno el que se cura, que su intención ha logrado materializarse y actuar sobre el cuerpo (en la alianza no dual entre la mente y el cuerpo) es altamente satisfactorio; descubrir que, inversamente a cómo la tensión y el estrés agravan nuestro malestar, existe también un efecto de autosanación y un aprender a estar sanos. El cambio se derrama holísticamente. No es menor tampoco el hecho de descubrir que nuestra salud depende de nosotros y que somos responsables de lo que nos sucede; si bien hay accidentes y sucesos incontrolables, la forma en la que los asimilamos y experimentamos depende de nosotros y eso es a fin de cuentas la verdadera salud: la propia salvedad. En este sentido, la verdadera salud no es la negación de la enfermedad, es un arte de vivir con la enfermedad y un desarrollo de la voluntad, apoyado en una piedra angular: el autoconocimiento.

Twitter del autor: @alepholo