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El psicoanálisis es una disciplina extraña, heterodoxa y marginal que quizá por eso mismo puede ayudar a operar cambios ahí donde más creíamos que todo debía mantenerse igual

10712707_775063775884542_330729782854646592_nEn los próximos meses cumpliré 2 años de ir regularmente a psicoanálisis. Salvo por un puñado de ocasiones en que ciertos incidentes me impidieron asistir, han sido casi 2 años de desplazarme regularmente al consultorio de mi analista un par de veces por semana. Esto, por supuesto, no me da ningún tipo de “autorización” para escribir sobre el tema, pero sí me otorga un cierto nivel de experiencia para hablar al respecto. Si lo hago es un poco por un gusto personal pero quizá también como una especie de gesto gratuito de solidaridad: aun con las críticas que puedan hacerse al psicoanálisis, pienso sinceramente que esta es una terapia efectiva para ciertas personas y para ciertos “problemas”, un método entrañable para conocerse, reconocerse e incluso desconocerse, mientras en el ínterin, en el proceso, suceden cosas. Lo hago, en suma, para mostrar qué ha sido hasta ahora el psicoanálisis para mí ―lo cual quizá también puede ser, en parte, para otra persona.

 

La autonomía de las cualidades propias

Una de las anécdotas más conocidas que se cuentan sobre Diógenes el Cínico es aquella de su encuentro con Alejandro, hijo de Filipo de Macedonia y para entonces todavía sin el mote de “el Magno”. Se dice que al saber de su fama y en especial de su pensamiento, Alejandro quiso conocer al filósofo, lo cual consiguió poco después de derrotar a los atenienses e incorporar de facto la ciudad al reino de Macedonia. Diógenes Laercio, en su Vida de los filósofos más ilustres, cuenta sucintamente el encuentro:

Estando tomando el sol en el Cranión, se le acercó Alejandro y le dijo: «Pídeme lo que quieras»; a lo que respondió él: «Pues no me hagas sombra».

Alejandro era rey, potencialmente era también uno de los más grandes conquistadores de la historia, en ese momento era uno de los hombres más poderosos del mundo conocido. Diógenes, por su parte, no tenía, literalmente, más que el tonel en el que dormía y puede ser que incluso ni siquiera eso: si lo llamaron “cínico” fue porque vivía y obraba como los perros, desnudo y a la vista de todos. Sin embargo, nada pidió a Alejandro más que se quitara de donde estaba, al frente suyo, porque le estorbaba el paso del Sol, cuyos rayos quería disfrutar en ese momento. Para Alejandro, la petición debió ser la más inesperada posible. Pero eso era lo único que Diógenes quería de Alejandro y, desde la perspectiva de Diógenes, era lo único que Alejandro podía darle, a pesar de todas las otras cualidades de cada uno.

La historia sirve para mostrar la autonomía parcial de las cualidades de una persona. Con cierta frecuencia nos enfrentamos a un desencuentro entre lo que somos y podemos ofrecer y lo que el otro es y está pidiendo. A veces nunca se presenta el punto de encuentro entre una y otra subjetividad. Sin embargo, ¿eso cambia las cualidades de cada una? ¿Las hace menos o más? No, una y otra vez no. Alejandro no fue menos Alejandro porque Diógenes no le pidiera más que dejar de hacerle sombra; y Diógenes no fue más Diógenes porque ante el ofrecimiento del hombre más poderoso de su mundo pidiera una trivialidad. Cada uno de nosotros es lo que es, y para reconocerlo y ponderarlo es posible dejar de lado las expectativas y demandas de los otros.

 

La posibilidad de mirar algo desde otro ángulo

Esto, como mucho del psicoanálisis, parece una obviedad, pero para muchos es una de las operaciones más titánicas de su existencia, un trabajo herculino comparable a desviar el curso de un afluente. Es sencillo decirlo, ¿pero qué tan seguido miras un problema desde otra perspectiva? Ya no digamos la del Otro, sino una cualquiera pero distinta a la primera con la cual lo consideraste.  Si, digamos, pierdes un trabajo tras otro, ¿eres capaz de considerar que quizá la causa está en algo que haces o dejas de hacer y no en la mala fe de los demás?

 

Nada nunca es para siempre

tumblr_mvqj3b7PKF1rkbwqio1_500Las cosas pasan, en al menos dos acepciones del verbo pasar: suceder y agotarse. Las cosas suceden, ocurren, pero también se agotan y se consumen. Una pérdida, por ejemplo: una relación termina, una persona muere, y es doloroso, porque ocurrió, pero eventualmente también ese dolor terminará, o tendrá otro peso en nuestra existencia. Y también las cosas agradables: conseguimos algo que nos propusimos, terminamos una tesis, encontramos un trabajo, aprendimos a hacer algo que siempre quisimos, y es grato, pero no podemos quedarnos en eso, es necesario seguir. Ni el dolor ni la alegría son eternos. Son cosas que pasan.

 

La palabra cura

Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo.

Octavio Paz, El arco y la lira

Hablar es un gran asunto. Hablar es aceptar ante otro lo que a veces no podemos o no queremos aceptar ante nosotros mismos. Hablar es encontrarnos en nuestra propia dimensión: no la del alardeo ni la del murmullo, no la de la exageración ni la de la subestimación. Hablar lo que es. Hablar desde lo que somos. Dar cuerpo, con nuestra voz, a aquello que de verdad deseamos, aquello que de verdad sentimos, aquello que de verdad pensamos; aquello que a veces tememos aceptar porque nos enseñaron a considerarlo una tontería, un asunto menor. Verbalizar, por mínimo que parezca, desata grandes cambios en la subjetividad, paulatinos pero grandes. Pero sólo cuando se habla sinceramente.

 

Considerar al otro, tomarlo en cuenta, darle un lugar

Por diversos motivos estamos sumamente habituados a no pensar más que en nosotros mismos. El Yo y su hegemonía que todo lo cubre. Su comodidad, sus intereses, su forma de pensar, su manera de hacer las cosas. Dar lugar al otro es también uno de los movimientos más complicados para ciertas subjetividades. Algo tan sencillo como, por ejemplo, preguntar en vez de afirmar. El abismo que existe entre: “Yo puedo entre 5 y 8” y “¿Tú puedes entre 5 y 8?”.

También, en otras circunstancias, ocurre que algo del otro nos exaspera. Su docilidad o, por el contrario, su rebeldía; su aprehensión, su ausentismo, su melancolía, su jovialidad. Cada uno tendrá sus propias fobias con respecto al otro, pero si algo puede lograrse con el psicoanálisis es comprender que eso que tanto nos enoja de alguien más es un rasgo muy suyo, un rasgo que dice algo del otro, de su historia, de su experiencia frente a la vida, de las cosas que le tocó pasar. Y esto, en cierta forma, es el primer paso para darse cuenta que así como uno tiene que lidiar con sus issues, así también el otro tiene sus propias dificultades, lo cual de algún modo nos sitúa a todos en el mismo nivel de debilidad o, quizá mejor, de humanidad.

La comprensión de ese hecho también vuelve posible la decisión a propósito de las personas que queremos en nuestras vidas. Así como hay faltas de nosotros mismos que nos son más tolerables y que incluso llegamos a abrazar y aceptar, así también hay faltas de los otros frente a las cuales podemos elegir entre si queremos o no hacerlas parte de nuestra vida.

 

La importancia del método (y la disciplina)

Sí, sé bien que disciplina no es una palabra atractiva y más bien justo lo opuesto: despierta reticencia y hace fruncir el ceño. Sin embargo, es necesaria, en casi todas las cosas importantes de la vida. Casi cualquier cosa que vale la pena (una de las expresiones menos afortunadas del español, pero bueno), se consigue sólo con disciplina. ¿Quieres enflacar? No hay de otra más que disciplinarse. ¿Quieres aprender otro idioma? Lo mismo. ¿Quieres tener una relación que dure? ¿Quieres tener un trabajo que te satisfaga? ¿Quieres escribir un libro? Casi lo que sea que quieras, requiere ser metódico, ser disciplinado. El deseo y la constancia tienen una relación estrecha que casi siempre dejamos de tener en cuenta, en la creencia de que las cosas llegarán por sí solas, como méritos que nos corresponden per se, sin hacer nada por conseguirlos. Pero no. Aunque suene increíble, hay que trabajar por ellos.

 

La diferencia entre terapia y análisis

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Mi impresión es que muchas personas llegan a psicoanálisis por una circunstancia específica, desde un rompimiento amoroso hasta la muerte de una persona muy querida. Para algunos hay un “quiebre” que los decide a acercarse al consultorio. Para el analista se trata de una petición que, en cierta forma, requiere “terapia de choque”, acciones de emergencia. Y no tanto por la gravedad del asunto, sino porque el paciente está tomado por eso, es casi lo único a lo que responde.

Sin embargo, hay otro punto en que la terapia transita hacia el análisis, específicamente, cuando comienzan a surgir más cosas, cuando el analizado advierte que el “problema” con el que llegó está ligado a otros aspectos de sí mismo pero, más importante, cuando se da cuenta que como sujeto él es más, mucho más, que el problema por el cual llegó al consultorio. De ahí, en parte, la necesidad de analizarse, de no sólo “ir a terapia” ―tener un espacio para hablar, desahogarse, llorar, enojarse, etc.― sino entrar en un proceso de autoconocimiento para el que se tienen pocas oportunidades en la vida normal y cotidiana.

 

El análisis es continuo

Hace un tiempo, más o menos a los 6 meses de haber iniciado mi proceso de análisis, escribí un texto en el que comparaba este con la meditación. Es posible que lo que dije entonces admita una o varias revisiones, pero hay al menos un punto que aun ahora me parece válido: como la meditación, el psicoanálisis es un ejercicio que no se limita al tiempo y el espacio específicos que le dedicamos dentro de nuestra rutina personal, es decir, ni la meditación termina con los 20 o 30 minutos de la práctica que hacemos todas las mañanas, ni, por otro lado, el psicoanálisis existe sólo dentro de las fronteras del consultorio y el diván. En ambos casos, para que sea un ejercicio realmente efectivo ―es decir, con efectos sobre nuestra realidad―, es necesario traspasar dichas fronteras y llevar lo aprendido a nuestros actos y decisiones cotidianas.

pink_212a22_2745524A veces también eso que sucede en el consultorio ―esa experiencia extraña de reconocimiento y autoconocimiento, ese “caer el veinte"― puede presentarse fuera de este, al menos en una versión abreviada: en una plática con un amigo, al mirar una película, al despertar de un sueño. Como la meditación, el psicoanálisis sitúa al sujeto en el camino del conocimiento de sí, del aprendizaje de ciertos recursos para saber quién es realmente y por qué no debe ignorarse a sí mismo. Y esos momentos de reconocimiento pueden ocurrir siempre, en cualquier circunstancia, porque nunca dejamos de ser quienes somos.

 

Lo importante está en el proceso

En alguno de los libros de texto gratuitos con los que se estudia en las escuelas de México se encontraba una historia en la que un viejo campesino decía a sus hijos, desde su lecho de muerte, que había enterrado un tesoro en algún lugar del campo que toda su vida había trabajado. Al morir el anciano, los hijos (tres, si no recuerdo mal), de inmediato se pusieron a cavar y remover la tierra, con la esperanza de encontrar las riquezas de las que había hablado su padre. Así estuvieron algún tiempo, días o semanas, sin dar con el tesoro anunciado. Hasta que una tarde, después de haber trabajado la jornada entera, el hijo menor se detuvo y echó una mirada al campo: a la luz del ocaso, este lucía como nunca antes lo había visto, con resplandores que semejaban piedras preciosas y metales de gran valor. Al remover de esa manera la tierra, el campo estaba listo para sembrarse. El hijo menor entendió entonces cuál era el tesoro que el padre había escondido.

La moraleja de la historia apunta hacia el valor del trabajo (algo que, como vimos, no es ajeno al psicoanálisis), sin embargo, también es posible extraer otra interpretación y hablar sobre la importancia del proceso. Como dije antes, muchos llegamos al consultorio del analista por un motivo específico y casi siempre sin saber en qué nos estamos metiendo, con todo, se trata de una experiencia sumamente enriquecedora. Puede ser que pase el tiempo y veamos que aquello por lo que acudimos sigue ahí, aparentemente sin resolverse, un eje en torno al cual seguimos dando vueltas. Y sí, eso puede ser desesperante, pero un poco menos cuando nos damos cuenta que en el entretanto ocurren cosas, que quizá aún no conseguimos eso que creíamos que iba a suceder sólo por tenderse en el diván, pero a cambio aprendemos de nosotros mismos, de nuestras experiencias, aprendemos a tomar mejores decisiones con respecto a nuestra vida, nos damos cuenta de cosas que antes nos pasaban por alto.

Como saben bien los héroes y los grandes viajeros, a veces importa menos el destino final que el recorrido que se hizo para llegar ahí. Ese es el sentido de los versos de Cavafis:

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

 

El amor es complicado

Pero esto ya todos lo sabemos sin necesidad de ir al psicoanalista. El amor es complicado hasta que no lo es, y esto puede ser o no obra del psicoanálisis.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Al igual que los curanderos tradicionales, los brujos del mundo entero han desarrollado una farmacopea amplia y eficaz, sólo que esta ha sido diseñada para matar, enfermar, o controlar el comportamiento de sus víctimas. He aquí algunos de los métodos más comunes que utilizan

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La brujería, entendida aquí como “magia negra” –es decir, con el propósito de lastimar y controlar a una víctima-- es, sin duda, algo que nos aterra en gran parte porque no la entendemos. Pero es posible que si la entendiéramos, nos aterraría aún más, y que aquel que no siente miedo por ella, es porque no la entiende.

En realidad, ciertos aspectos de la brujería son en el fondo una ciencia que consiste, en gran parte, en concebir nuevas y creativas formas de envenenar a la gente. Este tipo de venenos no requiere ser ingerido, y puede ser asimismo vaporizado, o incluso puede ser absorbido a través de la piel, o esparcido en algún lugar u objeto cercano a la víctima, como su ropa o algún objeto personal.

Para empezar: cómo crear un zombi

Tomemos el ejemplo ya trillado de la “zombificación”. En 2009 conocí a un buen amigo, que vivía medio tiempo en un hospital psiquiátrico, y aseguraba haber sido zombificado durante un viaje a Haití. En la isla de Haití esta experiencia es tan común que nadie cuestiona que sea una realidad. Sin referencias culturales para lo que le sucedió, se le tachó de loco y se le puso en un hospital psiquiátrico. Con el tiempo fui entendiendo que crear un zombie podría parecer una invención salida de la literatura fantástica, hasta que entendemos el proceso por medio del cual se puede lograr algo así.

El antropólogo canadiense Wade Davis estudio este fenómeno y publicó sus hallazgos en un libro intitulado The Serpent and the Rainbow, en el cual explica que el proceso de zombificacion consiste en el envenenamiento de una víctima con una variedad de substancias, de entre las cuales sobresalen dos compuestos principales: la tetrodotoxina, una neurotoxina presente en el hígado del pez globo, y la escopolamina, un alcaloide presente en una variedad de plantas datura, con flores en forma de campana, como lo son el toloache y el floripondio, planta a la cual se le llama “concombre zombi” (pepino zombie) en Haití.

La “pócima zombie” generalmente se pone en los zapatos de la víctima, quien la absorbe a través de la piel. La persona se ve afectada primero por la tetrodotoxina, cuyo efecto es una reducción de las funciones metabólicas que puede fácilmente llevar a la muerte si la dosis no es perfectamente controlada. La víctima se pone cianótica, entra en coma, sus músculos se paralizan y su respiración, ritmo cardíaco y tensión arterial se reducen hasta el punto en el que parece efectivamente haber muerto, y es común que sean rápidamente enterrados en este estado.

Sin embargo, al cabo de unas horas, generalmente 1 o 2 días, si la dosis fue precisa y la víctima no muere, el cuerpo metaboliza la tetrodotoxina y se recuperan gradualmente las funciones vitales. Para ese entonces el brujo y su ayudante se habrán introducido al cementerio para ayudar a desenterrar al “muerto viviente”, quien en ese momento empezará a recobrar una movilidad torpe y cadavérica, pero seguirá afectado por el envenenamiento con escopolamina, sustancia que provoca un estado de docilidad y obediencia, y que lo vuelve un esclavo del brujo, siempre y cuando este mantenga el envenenamiento por tiempo indefinido.

Burundanga: hechizando el libre albedrío

La escopolamina es, de hecho, una de las substancias más utilizadas en brujería; no es coincidencia que a las plantas de la familia de las daturas, todas ellas con flores en forma de campana, como la mandrágora, el toloache y el estramonio, se les llame con nombres como “witches’ herbs” (hierbas de bruja) o “devil’s trumpets” (trompetas del diablo). Todas estas plantas contienen escopolamina y atropina en diversas cantidades, sustancias sumamente toxicas, pero que en dosis controladas tienen efectos muy interesantes en el sistema nervioso.

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En Sudamérica, las preparaciones derivadas de las daturas son comunes, y se les llama por el nombre de “Burundanga”, palabra que se usa al mismo tiempo para referirse a la droga escopolamina y para referirse a la brujería en sí. “A ese tipo le hicieron burundanga” es lo mismo que decir “a ese tipo le hicieron brujería”. Esta droga se usa con muchísima frecuencia en Colombia, hasta el punto en que muchos han experimentado sus efectos, y casi todos conocen a alguien que ha sido víctima de ella. Se ha vuelto tan común que su uso ya no se limita solamente a brujos profesionales, sino que es usada por maleantes de todos tipos y sus efectos son aterradores.

La escopolamina se introduce en el trago de  la víctima o incluso puede ser soplada al rostro de un transeúnte, al cual, al cabo de unos segundos “se le van las luces”, es decir, pierde conocimiento, con la particularidad de que no se desmaya, y ni siquiera parece estar borracho o drogado. Su estado parece normal, y sin embargo, bajo el efecto de esta droga, la víctima hará todo aquello que se le diga. Es, para todo propósito practico, un supresor del libre albedrio.

Los mismos maleantes describen el estado de sus víctimas diciendo que “es como si se volvieran niños”. Si se le pide ir al banco, sacar todo su dinero y entregárselo a los ladrones, la victima obedecerá al pie de la letra, e incluso colaborará activamente y de manera entusiasta, inventando historias sobre porqué necesita sacar el dinero y entregárselo a “sus amigos”.

En este sentido, la burundanga parece concebida para la brujería, es el perfecto agente de control mental, capaz de crear químicamente a un esclavo que obedecerá todas las directivas que se le dan, y que no tendrá ningún recuerdo de sus acciones al día siguiente. Es esencialmente de esta manera que el bokor haitiano se procura a sus esclavos zombies.

Etnofarmacología de la poción mágica

La brujería se puede entender entonces como una especie de “medicina tradicional” cuyas intenciones no son sanar sino controlar, enfermar o matar, no a un “paciente” sino a una víctima. El mundo natural está lleno de sustancias que pueden alterar no sólo la fisiología sino la química neurológica de una víctima. En su libro The Cosmic Serpent, el etnofarmacólogo Jeremy Narby habla de las increíbles propiedades farmacológicas de todas las formas de vida en el Amazonas, desde los sapos hasta las hormigas y las plantas, de las cuales se conoce muy poco fuera de las sociedades nativas a la selva.

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No nos debería sorprender, entonces, que la marmita de las brujas contenga ingredientes como “verrugas de rana”, “colas de alacrán” o “sangre del ciclo de una mujer”. Las verrugas de ciertas ranas del norte de México contienen la substancia 5-Meo-DMT, un potente alucinógeno. El veneno de alacrán se usa comúnmente en la India por heroinómanos, que se infligen picaduras de este arácnido cuando están sufriendo de síndrome de abstinencia.

En China, el gu (brujería) de los “cinco venenos” se prepara atrapando a cinco animales venenosos (generalmente un sapo, una tarántula, un ciempiés, un escorpión y una serpiente) y enterrándolos en una misma caja que se recupera algún tiempo después, cuando sólo sobrevive uno de los animales, el vencedor de la batalla, que se habrá alimentado y habrá catalizado el veneno de los otros cuatro.

En ciertos rituales de brujería vudú también se recomienda enterrar al animal que va a servir para la poción junto con algún otro animal, generalmente venenoso, para que este “muera de rabia”. En términos puramente bioquímicos, es probable que esta muerte dolorosa provoque al animal a producir sustancias y secreciones biológicas que tienen una función químicamente activa en la poción, como pueden ser ciertos venenos o simplemente la inevitable adrenalina que este descarga al morir en una situación tan desagradable.

La ingeniería química del amor 

Pero los ingredientes de la brujería no se limitan a alcaloides y neurotoxinas producidas por plantas y animales, sino que puede llegar a hacer uso de todo tipo de sustancias, como lo son hormonas e incluso bacterias.

Se rumora que los “filtros de amor”, destinados a hacer que una víctima se enamore de aquel que aplicó el hechizo, contienen dos tipos de sustancias, según si el brujo es hombre o mujer. Estas sustancias son semen o sangre menstrual, ambos fluidos vitales que contienen una cantidad exorbitante de hormonas y que si no provocan, por lo menos facilitan una atracción sexual entre la víctima y el dueño de los fluidos. Al añadir a esta fórmula poderosos afrodisíacos, no es difícil ver cómo se podría conquistar a alguien con sólo ponerse frente a él. No es por nada que, en las leyendas, la persona que consume el filtro de amor se entrega “a la primera persona que ve”, sin duda un efecto de la “comezón” provocada por estos poderosos afrodisíacos.

La brujería como ataque bacteriológico

Uno de los ejemplos más contundentes de brujería como envenenamiento o incluso como ataque bacteriológico se presentó en un viaje que realicé a la sierra de Oaxaca, muchos años después de haber conocido a mi amigo zombificado, durante el cual pude entrevistar y ver el trabajo de un curandero mexicano, Macario Cimas, quien estaba tratando a una mujer por una infección digestiva que estaba a punto de matarla, y a quien los doctores no podían ayudar. Según el curandero, la mujer había sido envenenada con tierra de panteón.

La explicación del curandero era sumamente lógica: la tierra de un cementerio desarrolla una fauna bacteriológica especialmente diseñada para ingerir y corroer carne e incluso huesos humanos, y este tipo de bacterias no tiene nada que hacer en el tracto digestivo de una persona viva. Al ser ingeridas, crean una infección que cumple esencialmente la misma función: corroer y consumir a la persona, desde adentro. Eventualmente, y utilizando métodos totalmente tradicionales, el curandero fue capaz de salvar a la mujer.

CONCLUSION: la ciencia de lo inexplicable

Sin duda, esta no es una lista exhaustiva de los métodos utilizados por brujos alrededor del mundo, y la ciencia de la brujería es un tema demasiado complejo para ser tratado en un solo artículo. Pero a través de estos ejemplos es posible que podamos entender cómo, encima de las explicaciones espirituales que se dan comúnmente a los actos de brujería, en muchos casos su funcionamiento puede ser reducido a procesos puramente científicos, incluso neuroquímicos y fisiológicos. A través del envenenamiento, ya sea puntual o gradual, con diversas sustancias, podemos explicar gran parte de lo que generalmente se le atribuye a actos de brujería: el descenso a la locura, la enfermedad, la súbita pérdida del pelo o los dientes, la muerte de una persona o de todo su ganado, o incluso el enamoramiento forzado.

No descarto que gran parte de lo que se considera brujería también tenga que ver con un “efecto nocebo”, y puedan ser formas de “envenenamiento psicológico”, que afecta el cuerpo a través de la mente, y que usa las creencias culturales más profundamente ancladas en la psique de la gente para ejercer algún poder sobre una víctima. Como bien se sabe, el miedo por sí solo tiene la capacidad de paralizar, enloquecer y matar, y no hay como lo desconocido para infundir miedo. El doctor estadounidense Walter Cannon estudió este fenómeno y en 1942 estableció el término de “muerte vudú”, para referirse a los fallecimientos relacionados a la brujería y causados, según la ciencia, por razones sicosomáticas. Le llamó así por su enorme incidencia en las culturas afrocaribeñas, a pesar de que este tipo de muertes sucede en todo el mundo, desde Sudamérica hasta Nueva Zelanda.

Tampoco se puede descartar que la brujería tenga explicaciones vibracionales, espirituales y totalmente mágicas que la ciencia no está en posición de explicar. Lo cierto es que para entender la brujería mejor, siempre es útil estudiar la farmacología de aquellos que la practican. Puede que, la próxima que vez que el lector se vea asediado por una maldición inexplicable, le sea útil preguntarse: ¿qué demonios le han puesto a mi trago?

PARA SABER MÁS:

Dale Pendell, Pharmakopoeia: Plant Powers, Poisons and Herbcrafts.

Wade Davis, The Serpent and the Rainbow.

Jeremy Narby, The Cosmic Serpent.

Mircea Eliade: Occultism, Witchcraft and Cultural Fashions.