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Tal vez la función de los sueños sea familiarizarnos con nuestra alma

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Existen numerosas teorías sobre por qué soñamos. Entre las más discutidas por la ciencia destacan la idea de que soñamos para consolidar ciertas memorias o para depurar otras (un procesamiento de la basura diurna, liberar espacio de RAM vía R.E.M.); para resolver problemas o ensayar escenarios futuros; o, la más materialista, como un subproducto de nuestros impulsos neurales, igual que la conciencia es sólo un accidente de la complejidad de nuestra materia cerebral. Freud creía que el sueño tenía la función de cumplir nuestros deseos inconscientes y de esta forma liberar tensión mental. Si bien algunas de estas ideas seguramente tienen algo de cierto y cubren algún aspecto de lo que ocurre cuando soñamos, ninguna parece concluyente y todas nos dejan sin una imagen satisfactoria para responder al misterio y a la fascinación de la experiencia de los sueños. Y es que soñar es algo bastante extraño: todas las noches viajamos mentalmente a un enigmático mundo hecho de imágenes en el que no sabemos del todo si lo que vemos es sólo una representación de nuestro contenido cerebral o si las imágenes que se nos presentan tienen vida propia y se originan en un inconsciente colectivo o en un mundo paralelo. Desde que tenemos noción de la historia, los sueños han conjeturado la idea de que al soñar viajamos a otro mundo. Ese otro mundo es explicado por la ciencia simplemente como la imaginación, pero me gustaría recordar que históricamente la imaginación no es sólo la función del cerebro de fantasear o entretener cosas inexistentes. En las tradiciones místicas la imaginación es el órgano de percepción de lo invisible --"el ojo del corazón"-- o aquello mismo que une en este mundo a los otros mundos. 

Sobre esta múltiple madeja de incertidumbre, consideremos otra línea de exploración sobre los sueños. Aclaro que es una visión, más el resultado de una imagen que una teoría y no debe ser analizada bajo la misma estructura lógica-racional. Es la idea antigua de que los sueños son el dominio del alma. Podemos decir también que son el dominio de la psique, pero en el viejo sentido de la palabra "psique", que es alma y no sólo mente. El mundo de la vigilia es sobre todo el dominio del ego, esa parte de la psique que nos hace creer que existe una sola realidad y un solo sujeto en el cuarto de control piloteando la máquina: él mismo. Si el mundo despierto del ego es lo real, entonces, el mundo de los sueños debe de ser ficción (y el alma misma es ficción puesto que no la podemos ver ni controlar). Pero tal vez la irrealidad y la insustancialidad que nos parece tan propia de los sueños sea en buena medida resultado de la influencia del ego, de que es al único personaje que escuchamos, la única voz en nuestra cabeza. En una lógica aristotélica y en un dualismo cartesiano pensamos que si el mundo despierto del ego es real entonces el mundo de los sueños --que es lo opuesto en nuestras categorías-- no puede ser también real. Nos cuesta admitir la posibilidad de que los dos puedan ser reales o más o menos reales, o los dos irreales (y es que si el ego no es real, entonces qué ocurre con nosotros, ¿por qué no desaparecemos?). Como dijera Robert Anton Wilson, en amor a la paradoja: "Todos los fenómenos son reales en algún sentido, irreales en algún sentido, sin sentido y reales en algún sentido, sin sentido e irreales en algún sentido y sin sentido reales e irreales en algún sentido". Tal vez esta sea parte de la fenomenología espectral y paradojal del sueño.

"Debemos de invertir nuestro procedimiento usual de traducir el sueño al lenguaje del ego y en cambio traducir el ego al lenguaje de los sueños. Esto significa aplicar al ego una labor-de-sueño, hacer de él una metáfora, viendo a través de su "realidad"", dice el psicólogo James Hillman. Hacer esto significa dejar de considerar al sueño como una metáfora del ego, una representación más o menos insignificante de su vida psíquica. Dejar de interpretar nuestros sueños con respecto a lo que nos ocurre en la vigilia y con respecto a los deseos del ego; darles autoridad y autonomía, creer en su propia naturaleza, personificarlos. Hillman agrega que más que traer nuestros sueños a este mundo y buscar entenderlos e interpretarlos bajo la lógica de la luz y la razón para así transmutar su enigma en algo que podamos usar y entender, podemos aceptar la invitación de los sueños y viajar a ese otro mundo de sombras. En su libro sobre los sueños, The Dream and the Underworld, Hillman comenta sobre la idea de Platón de que los sueños son sombras: "como toda sombra visual, estas imágenes oscurecen la vida, dándole profundidad, una luz doble, crepuscular, duplicidad, metáfora. La escena en el sueño (la raíz de la palabra escena tiene un parentesco con skia, "sombra") es una versión metafórica de esa escena y esos actores de antaño que han profundizado y entrado en mi alma".

No es insignificante que en la mitología griega el hogar del dios del sueño, Hipnos, se encontraba en Erebos, la tierra de la oscuridad eterna y su hermano era Tánatos, la muerte. Soñar no sólo es como morir, como dice Shakespeare, soñar también es ir con los muertos, con el pasado, con todo lo que está debajo de nosotros en nuestro inconsciente, en nuestra alma. Es necesario visitar esta parte, que es la profundidad misma de la psique, para tener una visión completa de la humanidad y de los fantasmas que habitan la psique. En este camino arquetípico podemos entender por qué Dante entró al infierno después de quedarse dormido y "desviarse del camino correcto". La puerta del infierno, del inframundo, es el sueño; recordemos también que para ir al cielo y cumplir la visión beatifica del amor divino es necesario antes cruzar el infierno (esto es lo que significa ser humanos). Esto en la psicología de Jung se conoce como integrar la sombra; en términos más seculares sería honrar nuestra historia y a nuestros antepasados.

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Thomas Moore, alumno de James Hillman y estudioso y traductor de textos clásicos, cuenta que en la antigua Grecia se creía que "grandes beneficios podían sobrevenir cuando el alma escapa del cuerpo y el mundo actual". Esto esboza una explicación de la función del sueño: el recreo del alma, el viaje necesario para seguir alimentando su naturaleza y comunicarla. Moore hace referencia a la anterior imagen donde se muestra una visita a un templo consagrado a Asclepio, el dios de la medicina. Vemos que la curación ocurre en dos niveles: primero el diagnóstico y la auscultación que todos conocemos y luego a través del sueño o lo que se conocía como incubación. Los pacientes eran conducidos al enkoimeterion (o pórtico de incubación) donde el dios se manifestaba en el sueño y daba la pauta del tratamiento y se curaba no sólo el cuerpo sino también el alma --algo que podía hacerse en el sueño).

¿Es posible que sea en los sueños que nos damos cuenta de que tenemos alma, de que somos un alma y no sólo un ego y que nuestra alma tiene su propia historia? James Hillman escribe: "Al familiarizarme con mis sueños también me familiarizo con mi mundo interior. ¿Quién vive en mí? ¿Qué paisajes interiores son míos? ¿Qué es recurrente y por lo tanto sigue regresando a habitar en mí? Estos son los animales, personas, lugares y preocupaciones, que quieren que les haga caso, que quieren hacerse mis amigos". Hillman sostiene que esta comunidad interna puede llamarse "la sangre del alma" y que "la conexión con el inconsciente nos lleva a un sentido de alma, a una experiencia de la vida interna, a un lugar donde el significado se siente en casa". De aquí que toda vida con profundidad y significado necesite de los sueños. La memoria y la imaginación en los sueños se hacen alma.

Twitter del autor: @alepholo

 

Sabemos actualmente que nuestros estados de ánimo se reflejan directamente en nuestra salud. La eudaimonia, o la felicidad que viene del alma, parece ser clave para regular nuestro sistema inmune. Encontrar la eudaimonia, sin embargo, significa hacerle caso a nuestro demonio personal

psychopathologyEn los últimos años se ha gestado discretamente un cambio de paradigma dentro de la ciencia, de la visión cartesiana reduccionista que cortaba de tajo y dejaba prácticamente incomunicados al cuerpo y a la mente, a una visión más inclusiva que considera a la mente-cuerpo como un solo sistema, dando lugar a disciplinas como la psicobiología y la psiconeuroinmunología. Hoy sabemos que nuestro estado de ánimo y los estímulos del medio ambiente tienen efectos a nivel celular y son tanto o más importantes para nuestra salud que nuestros genes. "La vieja forma de pensar era que nuestros cuerpos eran entidades biológicas estables, fundamentalmente separadas del mundo externo", dice Steven Cole, profesor de medicina en UCLA. "La nueva forma de pensar es que hay mucha más permeabilidad y fluidez... nuestro cuerpo es literalmente producto del ambiente".

Cole, moviéndose entre la ciencia dura y aspectos más suaves relacionados con el problema mente-cuerpo, intenta determinar la relación entre la "felicidad" y el sistema inmune: cómo reaccionan nuestras células a lo que subjetivamente llamamos felicidad --acaso así haciendo tangible lo que es la felicidad, encontrando una respuesta a esta pregunta milenaria, aunque desde la perspectiva parcial del cuerpo. Su trabajo lo ha llevado a concluir que "no hay duda de que la mente y el sistema inmune están ligados".

Entrevistado por The Atlantic, Cole explica que experiencias negativas como un diagnóstico de cáncer, la depresión, el estrés, el trauma o el bajo estatus socioeconómico pueden afectar el perfil inmunológico de una persona. Mientras que "las experiencias de felicidad y la percepción de esas experiencias en nuestro cuerpo" también producen cambios en nuestros mecanismos biológicos, en sentido opuesto. Cole cree que estas experiencias positivas son capaces de "remodelar nuestra composición celular". La antigua división entre el cuerpo y la mente que ha acompañado a la ciencia en sus fundamentos por tantos años no se sostiene: es prácticamente imposible que lo que experimentamos mentalmente (la imaginación, la fantasía, el pensamiento, la preocupación, la relajación, etc.) no se reproduzca también en nuestro cuerpo. Nuestra salud no sólo es el cúmulo de todas las cosas que hemos ingerido, el ejercicio que hemos hecho y nuestros genes, es también el agregado de todos nuestros pensamientos y emociones (nuestro cuerpo no puede dejar de registrar todos nuestros estados mentales y reprogramar su funcionamiento a partir de ellos).

Lo anterior nos obliga a tomar responsabilidad por lo que ocurre en nuestra mente en cada momento, sabiendo que, si bien un pensamiento aislado o una emoción fugaz seguramente no debilitarán significativamente nuestra inmunidad, la reiteración de nuestras formas de pensamiento y reacciones ante el mundo van apilándose y forman los hábitos y patrones que llegan a determinar nuestro estado de salud general.  O, con mayor precisión: "La experiencia que tienes hoy afectará la composición de tu cuerpo por los siguientes 80 días, porque eso es el tiempo que tardan la mayoría de los procesos celulares", dice Cole. ¿A cuántos ciclos de estrés de 80 días hemos sometido a nuestras células? 

"Una de las funciones principales de la mente es mantener a bajo nivel la presión o, mejor dicho, no permitir que la presión surja desde un inicio", dijo Manly P. Hall hablando sobre el "simbolismo psíquico" de algunas enfermedades. La mente, que es el regulador metabólico de todos los procesos orgánicos y que tiene la capacidad compensar desequilibrios con su acción intencional. Hay diferentes formas de ver esto, si tenemos una tendencia a estresarnos fácilmente puede generar el efecto contrario al deseado. Este pensamiento de preocupación o de frustración o de odio, puede ser la semilla de una enfermedad. Tal vez puedas percibirlo como una presión extra sobre tu facultad mental. Esto es una forma de verlo. Por otro lado también puede ser un respiro: tu actitud, la forma en la que empleas tu mente y la forma en la que te relacionas con el mundo puede sanarte, puede afectar directamente tus células y mantenerlas, como una brigada de soldados contentos y comprometidos con la estrategia nacional, atacando a tus enemigos verdaderos (y no volteándose en tu contra).

El sistema inmune tiene dos funciones principales: luchar contra agentes infecciosos y causar inflamación. La primera función es la que consideramos generalmente como señal de que nuestro sistema inmune funciona adecuadamente, en equilibrio, dirigiendo sus esfuerzos contra las verdaderas amenazas que enfrenta nuestro cuerpo. La segunda función, la inflamación, es en muchos casos el resultado de una sobreexcitación, ya sea porque introducimos agentes tóxicos a nuestro cuerpo (o que nuestro cuerpo percibe como tóxicos, como es el caso de algunas intolerancias a alimentos que la mayoría de las personas toleran perfectamente bien) o porque el estrés hace que nuestro sistema inmune esté combatiendo permanentemente enemigos invisibles --ya no virus o bacterias, sino quimeras. Además de causar dolor, la inflamación puede también dañar el tejido y con el tiempo producir una cuantiosa serie de enfermedades (la mayoría de las enfermedades neurodegenerativas, por ejemplo, parecen estar ligadas a la inflamación).

Cole realizó un estudio con sus alumnos cuyos resultados nos ayudan a entender mejor cómo nuestra psicología profunda se refleja en nuestro sistema inmune. En el estudio se midió el perfil de expresión genética de un grupo de voluntarios y se relacionó con una evaluación de sus niveles de felicidad. Un mejor perfil de expresión genética significa una mayor respuesta antiviral  y una menor respuesta inflamatoria. La evaluación de la felicidad se dividió en la felicidad "hedonista" y la "felicidad eudaimónica". "La felicidad hedonista es el estado de ánimo elevado que experimentamos después de un evento de vida externo, como comprar una casa", la eudaimonia es "nuestro sentido de propósito y dirección en la vida, nuestro involucramiento con algo más grande que nosotros", explica Cole. El estudio mostró una notable correlación entre la felicidad eudaimónica y un mejor funcionamiento del sistema inmune. 

El estrés crónico que reduce la felicidad eudaimónica, sugiere Cole, puede acortar la longitud de los telómeros, mientras que actividades como la meditación mantienen la longitud de estos extremos de los cromosomas que protegen el ADN e intervienen en el proceso de envejecimiento. En otras palabras, la disciplina mental es capaz de afectar la expresión genética y regular la función de nuestro ADN. Para quienes dudaban de los poderes mentales del ser humano.

[caption id="attachment_90950" align="aligncenter" width="448"]Julio_Ruelas_-_Criticism_-_Google_Art_Project Imagen de Julio Ruelas[/caption]

La eudaimonia o el buen daimon

Personalmente, lo que me interesa más del trabajo de Cole es el énfasis en la eudaimonia. Su investigación sugiere que la salud humana y la felicidad misma es el resultado de un buen daimon (que es lo que significa la palabra eudaimonia). El daimon es, según se creía en la antigua Grecia, el genio o acompañante del alma (a veces usado como sinónimo mismo del alma o psique). "Ethos anthropos daimon", escribió Heráclito, una frase que se traduce como "Carácter es destino" (daimon siendo destino en este caso). Quizás nos ayude más leer la frase de Heráclito, llamado a veces el primer psicólogo,  de esta forma: "El carácter del hombre es su daimon" y de aquí intentemos entender lo que es el daimon. 

Marsilio Ficino, el gran traductor de Platón y otros clásicos, eje del renacimiento cultural de la Florencia de los Medici, dijo sobre el daimon: "Quien descubre su propio genio a través de estos medios encontrará su trabajo natural y al mismo tiempo encontrará su estrella y su daimon. Siguiendo este camino obtendrá felicidad y bienestar". Ficino, quien fuera conocido como "doctor del alma", amplía aquí el sentido de la frase inscrita en Delfos "Conócete a ti mismo"; conocerse a sí mismo es conocer también a nuestro daimon, nuestro destino, ese espíritu que nos guarda y asedia, como "una estrella flotando sobre la tierra, conectada al alma", según Plutarco. Patrick Harpur, quien ha relacionado al daimon con las apariciones numinosas de diferentes épocas --desde los ángeles y las hadas a los OVNIs- dice que una forma de imaginarlo es como "una manifestación personal de un dios impersonal".

Jung en sus memorias dice "estoy consciente de que 'mana', 'daimon' y 'dios' son sinónimos del inconsciente -eso es otra forma de decir que sabemos tan poco de los primeros como del último", y agrega que el inconsciente era un término "científico" y "racional" mientras que el "uso del lenguaje mítico"[el daimon] da "ímpetu a la imaginación". Jung siempre quiso mantener legitimidad científica en su trabajo, por eso la predilección por el "inconsciente". Aquí podemos también aplicar su máxima de "hacer consciente el inconsciente", la clave de su psicología, lo que significaría en otras palabras familiarizarnos con nuestro daimon --para no ser inconscientemente víctima de su tiranía.

Quizá la fuente más reputada de lo que es el daimon es Platón, quien nos introduce al daimon de Sócrates, el cual lo encaminó a aceptar el destino de la cicuta y quien, relatando el mito de Er, señala que cada alma tiene asignada un daimon personal que se encarga de vigilar el cumplimiento de la "porción" entregada por las Moiras al nacer. El daimon es el encargado de administrar y atender ese destino que hilan las Moiras; un destino que no es del todo fatal, ya que fue elegido por nuestra alma. En cierta forma las Moiras (que son la porción misma que se entrega) se transpolan al daimon, que a su vez es el representante de Ananké, la diosa de la necesidad, madre de las Moiras. Por lo que podemos entender que nuestro destino es aquello necesario --lo que no podemos ceder, por eso el celo voraz del daimon.

En su libro The Soul's Code, James Hillman argumenta que la enfermedad es una de las formas con las que el daimon --que participa en el arquetipo del trickster-- nos obliga a reflexionar y recapacitar para que no nos desviemos del camino de nuestra necesidad interna, del llamado profundo de nuestra vida, acaso procrastinando por campos hedonistas o en la ambición de la materia (lo del ego es el principio del placer, lo del alma es el compromiso teleológico). En otra parte Hillman escribe: "Hasta que el alma no obtiene lo que quiere, nos enferma" (si estas inflamado no vayas al doctor, pregúntale al daimon). Manly P. Hall, el erudito fundador de la Philosophical Research Society, observa que la mayoría de las personas enfermas con las que ha tratado "no tienen una salida creativa", como si el hecho de no estar creando, de no estar cumpliendo con su propia obra magna, cualquiera que sea (y muchas veces es el servir a alguien más), les restara fuerza vital (fuerza vital que que se alimenta de dar al mundo fuerza vital). "Negar la propia alma es ser separado de la fuente misma de la vida", escribe Patrick Harpur, en El fuego secreto de los filósofos

Tiene sentido, las personas que manifiestan vivir una vida plena de significado --no de placer e indolencia-- son también más sanas, no tienen un sistema inmune que lucha en su contra, activando tormentas inflamatorias con fuego cruzado. El sentido es la salud, el dao. Seguir el camino que marca el daimon, vivir en armonía con el pleito de nuestra alma, parece ser la clave de la salud. Todo lo demás son pequeñeces. Esto también hace eco de lo que descubrió Viktor Frankl en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial: los hombres con sentido existencial no se desmoronaban ante las abyectas condiciones que enfrentaban. Howard Bloom, en su libro Global Brain, señala que los seres humanos somos "hipótesis que lanza la mente global" y aquellos hombres-hipótesis del devenir planetario que prueban ser valiosos para esta mente global, este superorganismo del cual somos como las células individuales, son recompensados, gratificando su sistema inmune con una cascada de dulces y relajantes drogas orgánicas: hormonas, neurotransmisores como dopamina, GABA, serotonina o el butirato (esa mantequilla de los dioses de la inmunidad); los otros, cuyas vidas no tienen significado para el colectivo, son inundados con cortisol y adrenalina y llevados a los ghettos y gulags de la inmunodeficiencia. 

¿Acaso es que la vida, ese misterioso hálito, es una dádiva, una bendición y una manda que es depositada en nosotros y que podemos perder en cualquier momento; que perdemos cuando nos alejamos de ese misterioso destino que nuestra alma eligió entre las estrellas?

Twitter del autor: @alepholo