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¿Servir y proteger a quién? Conoce los orígenes y verdaderas funciones de la policía

Sociedad

Por: pijamasurf - 01/06/2015

La figura del policía ha sufrido diversas transformaciones a lo largo de su historia, aunque conservando una función común: proteger los intereses económicos de la clase dominante

police

Dos eventos clave de 2014 fueron las protestas civiles en Estados Unidos y México provocadas por excesos en el uso de la fuerza policíaca: en Ayotzinapa, Guerrero, un grupo de uniformados entregó a normalistas de la escuela rural del lugar a manos de sicarios del narcotráfico, lo que provocó la ola de protestas civiles que no han cesado; en Ferguson, Missouri, las protestas comenzaron por el asesinato de un joven negro a manos de un policía blanco. Si la gente de estos y otros países no puede confiar en las instituciones encargadas de cuidarlos, ¿para qué sirven realmente tales instituciones?

Y es que el origen de la policía como institución moderna –brazo ejecutor del poder judicial y preservador ideológico y táctico del “orden público”— tiene una historia interesante que permite comprender no sólo por qué los ciudadanos no pueden confiar en la policía, sino por qué no deberían hacerlo.

Orígenes

El término “policía” deriva de polis, la palabra griega para “ciudad”, pero su uso moderno data del siglo XVIII y la politeia, un concepto para designar lo relativo al buen orden del Estado-nación y los deberes cívicos de quienes lo integran.

Sin embargo, todos los conceptos utilizados para formular la función de la fuerza de policía fueron acuñados ad hoc para preservar intereses de la clase dominante, y no tanto para controlar a los “malos” ciudadanos.

El “ciudadano” también es producto de la Revolución Francesa que, a pesar de sus ideales de "libertad, igualdad y fraternidad", surgió como respuesta burguesa para mermar el poder de la monarquía y establecer mejores condiciones para el comercio. En la Edad Media, la gente vivía en pequeñas comunidades en condiciones de semiesclavitud (como siervos), y eran incapaces de presentar una firme resistencia a los señores feudales. Los gremios de artesanos tenían una razonable expectativa de mejorar su posición social explotando el trabajo de los demás; cuando los líderes de los gremios comienzan a tomar conciencia de su propia importancia política, el surgimiento de la burguesía está a la vuelta de la Historia.

El primer cuerpo de policía femenino data de 1919 en Inglaterra, mientras que el sufragio femenino no comenzó a extenderse sino hasta 1953

No importa desde qué enfoque se analice: la función de la policía es reprender físicamente, desalentar ciertos comportamientos (“en favor de la comunidad”, entendiendo por “comunidad” a la mencionada clase dominante) y perpetuar, a través de su sola presencia, la desigualdad social.

Para el marxismo, la policía forma parte del aparato represivo del Estado y se encarga de la administración de la violencia, en tanto instrumento de la clase burguesa, que asegura a través de la policía –y no del ejército— su propio poder. Para Foucault, la policía y el sistema penal son instituciones de poder, las cuales no sirven para eliminar el crimen, sino para mantenerlo controlado y vigilado dentro de ciertos límites. Por último, hay que recordar que para Weber, el Estado detenta “el monopolio de la violencia”, encarnado en las fuerzas de policía.

Formas modernas

Muchos habrán visto la película Pandillas de Nueva York de Martin Scorsese, ubicada en el primer tercio del siglo XIX: grupos de inmigrantes de diferentes nacionalidades se disputan el control de las calles de la bullente urbe, y la policía funciona como puente y pivote entre la clase dominante (a quienes obedecen) y los delincuentes (de quienes se benefician). Nueva York es el paradigma de ciudad moderna, por lo que no es raro que la élite de la ciudad haya puesto tanto esfuerzo y recursos en la creación de un orden judicial que les permitiera mantener a raya los intereses raciales y económicos de los pobres. Se considera que la "Night Watch" (vigilancia nocturna) fue el primer cuerpo de policía moderno, establecido en lo que hoy es Nueva York --tal vez por eso, dicha ciudad pasó a la ficción como el paradigma del superhéroe (vigilante) moderno, quien es además encarnación de las virtudes civiles.

En un contexto histórico, son ilustrativas las palabras del historiador E. P. Thompson sobre la policía inglesa, surgida en el siglo XIX, la cual era “el intento imparcial de barrer las calles de vendedores callejeros, mendigos, prostitutas, espectáculos callejeros, ladrones, niños jugando a la pelota y librepensadores y oradores socialistas por igual. El pretexto era muy a menudo una queja a causa de la interrupción del comercio formulada por un tendero”.

The London Bobby y el inicio del patrullaje de las calles (circa 1800)

La policía moderna surge, pues, para reprimir levantamientos en pro de la equidad social, huelgas obreras y campesinas, así como para efectuar una tipología de los elementos disidentes de la sociedad. A pesar de que su función ha tratado de especializarse mediante la ciencia (desde personajes como Sherlock Holmes hasta la moderna ciencia forense), la vigencia de la tortura como método de interrogación da cuenta de su verdadero rostro: vigilar que los delincuentes se exhiban unos a otros. Es por ello que la Mafia y el crimen organizado penalizan a los traidores y delatores más que a ningún otro elemento de sus filas. La corrupción de nuestros días sería el equivalente a la prima que el esclavo otorga al amo a cambio de su propia libertad: no es que el sistema se desestabilice a causa de la corrupción, sino que el sistema es la posibilidad misma de la corrupción.

En México, la policía federal, estatal y municipal es producto (según el historiador Paul Vanderwood) de la Policía Rural de la Federación, conocidos popularmente como Los Rurales, una fuerza armada campesina que desciende de la Guardia de Seguridad, creada en 1857 para vigilar el camino de Veracruz a México, una de las principales vías de crecimiento económico de la época. El presidente Juárez se sirvió de Los Rurales como segunda línea del ejército durante la intervención francesa, y Porfirio Díaz los convirtió en una institución confiable “al proveerlos de un empleo no muy diferente al que habían ejercido como tropas sublevadas, previniendo así que esta gente, al tornarse ociosa, se uniera a las gavillas de bandidos”, según Luis Ignacio Sánchez. Cabe mencionar que Los Rurales eran, al igual que los cuerpos de seguridad de otros países, provenientes de las clases bajas, y su función era reprimir y vigilar a las clases que conocían tan bien. Los movimientos de autodefensa en nuestros días son un ejemplo ilustrativo de esto, aunque extenderse en el análisis desbordaría el alcance de este artículo.

Seguridad y educación cívica

Las fuerzas de seguridad, sin embargo, no pueden por sí mismas. En conjunto con las reformas de seguridad que dieron origen a la policía moderna, las reformas educativas se encargaron de condicionar los comportamientos de los ciudadanos para evitar la sublevación y facilitar el control estatal sobre la población.

John Pike, el tristemente célebre policía que reprimió violentamente la acampada de Ocuppy Wall Street

En otras palabras, la criminología y la educación se desarrollaron de la mano con un fin común: dotar de identidad a la gente y caracterizarlos según una tipología de control, cuya desobediencia se criminaliza. Si esto les parece paranoico, piensen solamente que la homosexualidad, la diversidad de creencias e incluso la libre expresión en algún tiempo fueron delitos graves, penados por sociedades modernas hasta muy entrado el siglo XX.

El viejo dicho reza “divide y vencerás”, y lo mismo aplica para los estados y los ciudadanos: la policía no ha hecho sino dividir a la sociedad entre buenos y malos, no según una moral objetiva, sino según unos beneficios económicos (capitalistas) subjetivos. Educar a la gente para adquirir conciencia de clase, para aceptar la otredad radical, para expresar un pensamiento propio surgido de la creatividad colectiva y reconocer la disputa entre explotadores y explotados (o empleadores y empleados) volvería irrelevante la función policial, y permitiría que la sociedad fuera libre por primera vez en su historia.

Asistir con desasosiego a la enésima evidencia de las oportunidades que la escuela se pierde porque no escucha, no ve y ya casi ni siente. Eso es trabajar con una escuela hoy día
[caption id="attachment_89146" align="aligncenter" width="655"]M. C. Escher, "Ascending and descending" (1960) M. C. Escher, "Ascending and descending" (1960)[/caption]

Nos encontramos a las 7:00. En realidad, yo llegué tarde, 7:15, pero el encuentro era a las 7:00. La recepcionista me avisó que ella había estado esperándome en la recepción, pero que se había ido hacía un minuto. Estaría muy ocupada; mucho más ocupada que yo, por supuesto. Siempre están ocupadas.

Me recibió bien. Atravesamos el patio y nos sentamos los dos, frente a frente, en una salita de reuniones. Todo bien austero; todo muy escolar. Ni una nota fuera de registro; ni un color que espabilara mi atención mañanera. Paredes de divisores color crema; puerta blanca. Otro hospital más; algo de aquellas cárceles. La enésima escuela que visito.

Una mesa sobria, siempre fácil de limpiar; seis sillas simples. Un termo de café; agua (quise tomar un vaso, pero el tanque estaba vacío) y unos ocho vasos limpios. Un ruido ambiente aceptable. Y empezamos.

Yo iba con la ilusión de encontrar una persona algo desplazada del fuerte estereotipo de Coordinador de inglés de escuela brasilera. Estaba recién contratada y me habían hablado bien de ella. Digo así porque era el caso de inglés, pero las escuelas también tienen fuertes estereotipos de Coordinadores de primaria, de secundaria, de tecnología TI y TE; fuertes estereotipos de maestros y profesores, de exactas y de humanas y de cada materia en particular; más fuertes aún de secretarias y de directores o directoras. Pero el caso es que mi reunión era con la nueva Coordinadora de inglés de la escuela.

Y empezamos –como les decía. Dejó que yo iniciara porque ella no sabe cómo hacerlo. Carecen de ese oficio. Se sienta y te mira a ver qué. Me escuchó 2 o 3 minutos, tal vez hasta 5, y ya trató de meter su baza. Su primera obviedad ya había aparecido sobre los 3 minutos de reunión. Mal síntoma –me dije. La dejé hablar y retomé. La secuencia se repitió, a los 2 minutos y de nuevo al minuto y así fue… Yo trataba de hablar de algo y ella, cada vez con más tesón, me devolvía a la nada. Enunciaba hueco. A los 10 minutos ya hablaba más ella que yo. De nada, claro; de obviedades de las obviedades. Yo trataba de proponerle que pensáramos un poco…

Sus intervenciones iban de la anécdota menor a la autoadulación, pasando siempre por la necesaria justificación. Ella ya lo había hecho todo; ella ya había tenido éxito y fracasado con todo y por todo; tenía un gran ida y vuelta. Ella sabía todo, y más; ella era sumamente creativa –si se la dejaba; ella adoraba a los alumnos y trabajaba muchísimo, hasta altas horas de la noche. Ella tiene unos 60 años. Ella es súper tecnológica; ella es CLIL; ella tiene resultados extraordinarios; ella está feliz con el desafío en la nueva escuela (ella ya trabajó en 14 escuelas). Ella es más de lo mismo y apenas más que nada. Ella –como siempre-- se cree excepcional. Es la enésima vez que me reúno con una maestra o maestro como ella y ella hace como si fuera única, como todas las anteriores.

Ella me agota rápido. No me dejó siquiera ilusionarme con su silencio.

Nos interrumpieron dos veces solicitando una firma urgente de la Coordinación. Ella acata, orgullosa de su repentina imprescindibilidad y de su ajetreada agenda, de alto contraste con la mía, que no fui solicitado por nadie ni siquiera por teléfono en 45 minutos. Ella me aburre hasta lo indecible. Ella no percibe que no me interesa.

Traté de proponerle que pensáramos; traté de que me dejara construir un marco crítico y reflexivo acerca del trabajo que hacen las escuelas brasileras con el inglés –que es muy malo en general-- para poder darle fuerza constructiva y propositiva a nuestra conversación. Necesitaba unos 15 minutos que no me dio y sobre todo una disposición de espíritu que no tiene.

Ella es nueva en la escuela y enfrenta por primera vez en su vida la tarea de coordinación. Me pareció que podría valorar mi visita y mi posible propuesta. Pero no. Habló y habló de todo lo que sabe y hace. Rápido y sin respirar. Me tapó la boca. Se defendió de ningún ataque. No aceptó ninguna de las ocho o 10 entradas que quise hacer a algún núcleo de discusión que valiera la pena. Evitó todos. Como lo hacen siempre, llevándolo a la superficie que conocen y saturan en 2 minutos.

Abrí el problema de la metodología y ella enseguida era todo: CLIL, “total immersion” y jamás de los jamases había cometido alguno de los errores que comenten prácticamente todas las escuelas brasileras a propósito de la enseñanza del inglés. (Errores estructurales). Ni me escuchó –quiero decir. Intenté proponerle ver qué podía darnos la tecnología de ahora en más, pero me encontré también con que ella trabaja con toda la tecnología hace varios años; con todo: YouTube, Facebook, miles de miles de webs, Google, Wikis y demás y en todos los dispositivos y tanto en los laboratorios como en el aula y en los hogares. No hubo ni espacio para gesticular. Ella transitó ya la tecnología también.

Le pregunté por sus expectativas y por el contexto político general de la escuela para con el inglés –cosa nada fácil en la escuela brasilera--, y me dijo que todo iba de maravillas. Al rato, a cuento de otra cosa, me dijo que casi no había tenido tiempo de trabajo con la Directora de la escuela en los 2 meses que llevaba incorporada, pero no le pareció un dato importante para profundizar, cuando yo traté de problematizarla con eso. Ni se dio cuenta de que ya tiene el fracaso garantizado. Cambiará de escuela una vez más, a la numero 15 de su carrera.

Y así va.

Son casi todas las reuniones así; es casi siempre así; es de una necedad torpe y de una precariedad que podría dar compasión, si no irritara tanto. Pobre mujer. Pobre escuela. Muere de miedo y por eso es tan precaria. Pero no nos lo dice; no sabe confesarse. Al contrario, lo oculta de una manera burda y cree que consigue engañarnos. Es tosca en todo sentido. Ha perdido toda percepción. Está idiotizada.

Tanto que ni café me ofreció. Ni me preguntó a qué había ido yo. No supo ni quién soy ni para qué fui, y ni se dio cuenta –hasta hoy, estoy seguro. Recitó su receta ramplona otra vez –por enésima vez--, se despidió apurada y se fue a atender de nuevo su abarrotada agenda. La esperan sus urgentes miles de minucias; hablará sus miles de palabras sin sentido y se irá a dormir. Y lo que menos recordará del día, sin duda, será su reunión conmigo. Tal vez, y algo deformada, le regrese alguna cosa en sueños, vuelta pesadilla probablemente. Seré su violador o el ladrón y ella tratará de volver a ganarme.

Me frustra todo eso y me frustra mi frustración.

Otra vez los miles de rebotes de la mismicie. Toparse de nuevo con esas nadas parlantes. Pegar constantemente contra el muro soso y azulejado. Ver resistir con énfasis a lo que no vale la pena. Asistir con desasosiego a la enésima evidencia de las oportunidades que la escuela se pierde porque no escucha, no ve y ya casi ni siente. Verificar una vez más que el narcisismo defensivo del corpus escolar está generalizado, viralizado, y cunde como cunde el pánico.

Esto es trabajar con una escuela hoy día. Eso mismo es proponerle pensar, revisarse y tratar de transformar algunas de sus prácticas. La institución completa está trabada y mórbida.

Disculpen mis lectores la monocordia sosa de mi nota de hoy. Necesité pasarles mis sensaciones más fuertes de desazón; quise hacerlos sentir lo que siento. La reunión del otro día me ofreció la enésima oportunidad de volver a vivirlo. Estoy cerca de no aguantarlo más.

Twitter del autor: @dobertipablo