*

X
Internet, con sus cables de fibra óptica, servidores gigantes y una multitud de código inseguro escrito en JavaScript, es igual de breve y efímero que la quietud previa a una tormenta y que la misma tormenta

5MER9ybbE

No hay tiempo en internet; no existe devenir alguno ni espera, más que la nuestra mientras maldecimos a los ancestros de los empleados de nuestro ISP. Si no hay tiempo no hay clima del que quejarnos ni estaciones; no hay vida ni muerte ni tampoco primavera, sólo cadenas de caracteres concatenadas y acompañadas por una o dos imágenes, cada vez de mayor calidad (lejos de tratarse de un pliegue de temporalidad, la transitoriedad la aportamos nosotros, desde el otro lado de internet). La muerte no existe sino muertes, relatadas en una serie de blogs y sitios de noticias y no hay manera de saber (fuera del Supercontexto) si se trata de una persona real, que falleció probablemente de causas naturales o de un personaje ficticio, un Dumbledore arrojado al vacío por la sistémica corrupción gubernamental latinoamericana: tampoco hay realidad y fantasía, sólo datos y así el clima de una Seattle ubicada al norte de los Estados Unidos, cerca de la frontera con Canadá, no es más real que los patrones climáticos observables en The Killing o Sleepless in Seattle (de hecho, no hay diferencia alguna entre Twin Peaks y North Bend, Washington, a menos de 50km de Seattle, donde fue filmada gran parte de la serie; podemos discutir durante horas sobre la lejanía entre realidad y fantasía, pero no hay distancia alguna en el ciberespacio). Esta ausencia de tiempo suele confundirse, erróneamente, por eternidad –un sitio web se conforma como parte de una inmensa maquinaria que parece así mantener toda información vigente para una posteridad que no existe en términos informáticos.

Se trata de la idea de que el caché de Google se ha convertido en una versión digital de los registros akáshicos de los místicos de clase media, un lugar mágico en el que inevitablemente todo queda registrado; el caché de un buscador, los registros de la NSA. Nada se pierde, mi perfil de Twitter es eterno, lo que sea que escriba, al estar en línea, lo estará por siempre –cuando sólo está online ahora. GeoCities es poco más que una leyenda, a estas alturas, pero existió y desapareció; y Tumblr seguirá sus pasos algún día y también Facebook y Twitter –pueden haber dejado de ser sólo páginas web para convertirse en productos semidivinos, gigantes corporativos sin cuya existencia no nos consideramos completos: pero son productos que nacieron hace 5, 10, 15 años. Adolescentes con problemas de metabolismo que no paran de crecer. Tumblr, adquirida por Yahoo! Se ha vuelto a convertir en una de las redes sociales de mayor crecimiento, superando incluso a Pinterest; todavía mantiene un aura de desinhibición e improvisación (junto a un diseño cuidado y una pésima API pública), pero no es eterna. Desaparecerá eventualmente, tras una nueva burbuja financiera causada por startups sobrevaloradas o una caída estrepitosa en los valores del metro cuadrado en Palo Alto. La eternidad es frágil, muy frágil –una mala decisión por parte del CEO y no hay registro ni memoria.

GeoCities también fue adquirida por Yahoo! y terminó formateando sus servidores el 26 de octubre de 2009. Un año antes nació Posterous; considerada una de las empresas más prometedoras de Silicon Valley por un tiempo, se mostraba como una alternativa a Tumblr pero fue asimilada (comprada) por Twitter y finalmente cerró en 2012, probablemente porque consideraban que tras el apocalipsis maya no tendría lugar en el mercado. Me costó unos 15 minutos (para los estándares de hoy, una enormidad de tiempo) encontrar a Posterous, del cual ni siquiera me acordaba el nombre. Una adquisición corporativa y la eternidad desaparece, sin escenas dramáticas ni humo ni fuegos de artificio. Todos los recuerdos y las memorias desaparecen, toda posibilidad de pasar a la posteridad; la review de un blockbuster decepcionante, un comentario sarcástico (pero gracioso) en un blog hosteado en Wordpress, un perfil minimalista y aparentemente descuidado en una red social, están todos construidos con arena. Al oeste de la Provincia de Santa Cruz, en la Patagonia, se halla la Cueva de las Manos; un sitio arqueológico de gran valor por las pinturas rupestres que se encuentran en ella.

Las manos fueron, cientos de manos superpuestas, fueron realizadas con una técnica primitiva de aerografía: pasados más de 9 mil años, siguen ahí. La imagen que compartiste en Tumblr, el like a una fiesta organizada por un familiar lejano o el RT a una frase inspiradora parecen estar grabados en piedra, pero no estarán allí dentro de 9 mil años. Me sorprendería que sigan allí dentro de 900 años –si vamos hacia atrás ese tiempo (un décimo de lo que han estado las manos en la cueva) nos encontraremos en la Edad Media--; nadie sabe lo que deparará el futuro, quizás para aquel entonces no sólo Facebook no ha desaparecido sino que se hizo cargo de la deuda externa de un país latinoamericano y exista entonces una República de Facebook, con Wi-Fi gratuito en las calles para actualizar constantemente las ubicaciones de todos, incluso de una clase pobre que ni siquiera dentro de un milenio podrá adquirir celulares con GPS. Aún así, desaparecerá –aunque en algún momento Google pueda financiar la colonización del espacio exterior, aunque el paso del tiempo asiente a las corporaciones en su rol de deidades--; ninguna de ellas perdurará, tampoco la NSA ni los cambios de foto de perfil ni las publicaciones en los muros.

La atemporalidad del ciberespacio crea una falsa sensación de eternidad cuando las actualizaciones de estado son mandalas: no porque posean un carácter simbólico o arquetípico determinado, sino porque los mandalas son fabricados por los monjes con granos de arena; apenas terminados, su majestuosidad desaparece. El monje mezcla los granos de colores con las mismas manos que instantes antes había utilizado en su construcción y el mandala deja de existir; bien podría sintetizar la explicación el monje con un YOLO, pero la respuesta detrás de todas las respuestas a preguntas relacionadas con la eternidad y el paso del tiempo, el nacimiento y la muerte, es la impermanencia. Internet, con sus cables de fibra óptica, servidores gigantes y una multitud de código inseguro escrito en JavaScript, es igual de breve y efímero que la quietud previa a una tormenta y que la misma tormenta. Ningún recuerdo, ningún registro digital, por más copias de seguridad y backups que hagas, durará más que lo que tarda una bolsa de plástico en desintegrarse.

La impermanencia se encuentra en nuestros plexos solares y en los circuitos de silicio por igual –tu sitio web, al que le dedicas tanto tiempo y que mantienes año a año, desaparecerá. Un día dejará de importarte o no podrás mantener los costos de renovación y mantenimiento. O dejarás de respirar y todas tus proyecciones digitales se mantendrán igual de atemporales que el primer día, pero una a una irán desapareciendo contigo. Un sitio web personal primero, una cuenta de correo para la cual nadie tiene la contraseña, pensamientos compartidos en redes sociales que mutarán, quebrarán, evolucionarán y serán adquiridas y cerrarán. Una a una, todas las proyecciones digitales demostrarán la impermanencia que se esconde en la eternidad y la completa identidad entre las dos (la luz al final del túnel puede no existir, pero el túnel es igual de ilusorio). Al navegar internet el tiempo desaparece y la eternidad sólo es interrumpida por la espera a que se carguen las imágenes y se ejecuten los scripts necesarios, se carguen las cookies y la rueda del Samsara continúe su marcha: hacer clic en un vínculo y encontrar que la página ya no existe, esa es la eternidad según Tumblr.

Twitter del autor: @ferostabio 

El calendario es la esfera en que la cultura toma injerencia sobre el paso del tiempo --hay tiempo sin calendario, pero no calendario sin tiempo, nunca hay que confundirlos

157807738_a32821eedc_z

The Ancient Mayans possessed one of the most precise and hermetic control calendars ever used on this planet, a calendar that in effect controlled what the populace did thought and felt on any given day…

William S. Burroughs, The Job

The Usual Suspects es, desde el día en que se estrenó, un clásico y en menos de 1 semana cumplirá nada más y nada menos que 20 años (25 de enero de 1995, Festival de Cine Independiente de Sundance). Bryan Singer, su director, es responsable de una de las mejores escenas que se hayan filmado con una cámara: en poco más de 3 minutos, “Verbal” Kint (Kevin Spacey) le cuenta al detective la historia de Keyser Söze, la leyenda, un mito del mundo criminal. La escena incluye la siguiente frase: “The greatest trick the devil ever pulled was to convince the world he didn't exist” o, en español: “el mejor truco que inventó el Diablo fue convencer al mundo de que no existía”. Cuando algo se hace invisible puede estar a nuestro alrededor y no lo veremos, no nos daremos cuenta de su existencia; y lo que es más, la negaremos. Se convierte en leyenda, como Keyser Söze. Las mejores herramientas de control, en consecuencia, son invisibles --una tecnología transparente que se encuentra en todos lados y que aun así no vemos. Ubicua y, por eso mismo, eficiente como ninguna. Ahora podemos estar frente a ella y no la veremos, no nos daremos cuenta que estamos frente al Diablo, frente a un mito --sólo veremos a “Verbal”.

El calendario es completamente invisible --e inocuo. Como “Verbal”, o como el agua (para un pez, claro); el calendario es un sistema de reglas, un conjunto de normas que permiten ordenar el paso del tiempo. Nada más --el calendario parece inofensivo y necesario; tan necesario que se vuelve invisible y natural. El calendario es la esfera en que la cultura toma injerencia sobre el paso del tiempo --hay tiempo sin calendario, pero no calendario sin tiempo, nunca hay que confundirlos. La historia del calendario, de hecho, nace con la agricultura; el destino del calendario está ligado a la producción. No extraña entonces que con el capitalismo más salvaje el calendario logre una perfección envidiable, aunque no sea la primera vez que ocurra. William S. Burroughs era un experto en los calendarios mayas antes del mito del 2012; los estudió en la Universidad de Harvard, llegando a algunas conclusiones muy interesantes. De acuerdo con Burroughs, el principal motivo de los grados de exactitud de los calendarios mayas, de su pasión por los detalles, de su análisis sistemático del paso del tiempo, era la profecía: y profecía es control. Al establecer un calendario específico y determinado, exacto e inviolable, los Sacerdotes podían “profetizar” lo que ocurriría en un momento determinado.

Al saber lo que ocurriría en el futuro, podían manipularlo; pero ocurre que ellos mismos eran los que manejaban el Calendario, ellos poseían el conocimiento de lo que ocurriría, si sabían leerlo y si tenían las armas para aprovecharlo (y tenían las dos cosas, conocimiento y poder). El calendario es entonces una especie de profecía autocumplida de manera tácita y colectiva. Y profecía es igual a control, porque todos tendremos la capacidad de leer el futuro, pero no de manipularlo; carecemos de poder (o eso solemos creer). Voy a adivinar el futuro: en Navidad estarás reunido con tu familia. Puedo saber mucho más que eso, en realidad. Los patrones de conducta se ven modificados drásticamente durante esos días; lo mismo ocurre con el Día de la Madre, o el Día de Acción de Gracias. Son los días libres, pero no son nuestra elección. Al igual que nuestros trabajos, a menudo. Un porcentaje mínimo de la población trabaja de algo que disfruta; y un porcentaje mayor, que incluye a personas que trabajan de lo que aman, aun así lo hace por más tiempo del que debería; los fines de semana son un momento de descanso profetizado y controlado. Los viernes y sábados a la noche los jóvenes salen --regresan a sus casas al amanecer y la rueda sigue girando.

Y nos vamos de vacaciones entre 1 y 2 semanas al año, si podemos; el tiempo suficiente para no explotar en mil pedazos por el cansancio, la rutina y el estrés, pero tampoco mucho más --sólo lo suficiente, como para que a las semanas estemos de nuevo atrapados en una rutina anticipada, con dolor de cuello y espalda, recordando las fotos en la playa, esos momentos en contacto con una naturaleza prácticamente edénica. Un sueño imposible, el de la riqueza que nos permitirá romper con la rueda del Samsara: sólo las clases muy bajas y las muy altas trascienden (hasta cierto punto) el calendario, aunque sea en su grado más fino –“el trabajo dignifica” es otra de esas frases curiosas, como la del Diablo y Keyser Söze. Nos despertamos a la mañana, todos, más o menos a la misma hora --porque “al que madruga, Dios lo ayuda”. Los refranes como herramientas de control, claro --tecnologías que graban en el inconsciente las normas de una cultura centrada en la eficiencia y la productividad a toda costa. Hasta que te jubiles, si puedes, después de toda una vida dedicado a ellas; si pudiste ahorrar o si fuiste bien recompensado por el trabajo de tu vida podrás vivir una vacación prolongada, finalmente; llega tu momento, un retiro anhelado en el que podrás vivir en una montaña si ese fue tu sueño, sólo que ya no podrás subirla por la artritis.

Un retiro, también, profetizado y controlado --y ese es el mejor de los casos, claro; mejor no hablar de los peores. Y fuera del calendario no hay nada --seguir el calendario hasta los más mínimos detalles confiere una seguridad inexistente en el tiempo desnudo. Seguir el calendario asegura cobrar un sueldo a fin de mes, por más escaso que sea; nos protege de la pobreza y el vacío existencial de no poder comprar un machiatto en Starbucks o un iPod --aunque sea un iPod (no hace falta que sea un iPhone, por lo menos un iPod, por favor). El calendario, invisible y omnipotente, es la gran herramienta de control --en consecuencia, no tenemos poder sobre nuestro tiempo: podemos decidir qué hacer, pero el cuándo es otra cuestión. Debemos hacer malabarismo con las horas del día, sacrificar horas de sueño o atención, una investigación digna de Sherlock Holmes o los algoritmos de la NSA para encontrar algo de tiempo, para liberar al tiempo. El sacrificio, después de todo, es una de las bases de la ética de trabajo y del estilo de vida occidental --debemos sacrificarnos para obtener lo que nos falta y luego sacrificarnos para no perderlo o seguir sacrificándonos para intentar conseguirlo, en esta u otra vida --el único atajo es una tarjeta de crédito y una promoción --algo, lo que sea, al 25% de descuento, en 12 cuotas (nuevo nombre para los antiguos meses del calendario solar) con un interés relativamente bajo: el Nirvana.

El tiempo --breve, preciado, se nos escapa todavía más --de naturaleza líquida y elusivo, lo perdemos de vista --todos, incluso aquellos que saben lo que quieren hacer y pueden hacerlo, los que por haber nacido en una familia determinada pueden darse el lujo (sí, el lujo) de despertarse a la hora que quieren o incluso quienes no tienen motivo para despertarse temprano y buscan desesperadamente uno. Todos iguales ante la gran conspiración perpetrada por todos y cada uno de nosotros, todos profetas y guardianes de un eterno presente lo más predeterminado posible. Pero si somos nosotros los perpetradores de la conspiración, si somos nosotros los profetas y los guardianes del calendario, tenemos entonces en nuestro poder el Verdadero Secreto™ de los sacerdotes mayas; el calendario se vuelve ilusorio (como todo sistema de control y, probablemente como el tiempo mismo). En The Revised Boy Scout Manual, escrito a finales de los 60, Burroughs propone un plan de cinco pasos para la revolución y recuperar (en términos mitológicos) el control de la realidad. El primer paso es “proclamar una nueva era y desarrollar un nuevo calendario”, personal. El propio Burroughs utilizaba su propio Calendario Onírico de 10 meses, que comenzaba con Terre Haute y Marie Celeste y terminaba con los meses de Sweet Meadows y Land’s End.

La creación de un calendario propio es solamente una posibilidad en el camino de la recuperación temporal; el tomar consciencia de la naturaleza del tiempo y de la relación cercana e incestuosa entre profecía, análisis de datos y control, puede ser un inicio --o puede ser más que suficiente. Eso nos permitirá, quizás, ver el tiempo desnudo, en su fragilidad --es decir, la nuestra. El calendario se transforma entonces en una tecnología útil, una herramienta cultural; una guía en lugar de una ley divina. El calendario dejará de tener poder sobre nosotros, aunque sea un poco. Recordar que nuestro tiempo no es eterno también puede ayudar a liberar la atención; la muerte siempre puede ser un aliado y recordarla puede resquebrajar las cadenas temporales más ridículas y cotidianas. Reflexionar sobre la naturaleza del tiempo en términos circulares y rítmicos, adentrarnos en la simultaneidad de todos los tiempos (la teoría según la cual todos los instantes de la historia, absolutamente todos suceden al mismo momento, AHORA), puede abrir una o dos puertas en el camino; imaginar tiempos abrumadores y cósmicos, también: ver un episodio de Cosmos, en cualquiera de sus versiones, con el corazón bien dispuesto, puede ser una experiencia transformadora que revele la arbitrariedad de un sistema de control ubicuo: el del tic tac del reloj y las maneras en que esos segundos son sistematizados y jerarquizados en días, meses y años.

Después de inventar un calendario que utilizaremos a escondidas (porque no lo podemos sincronizar con Google), de ver un maratón de Cosmos y de sentir a la muerte como enseña Don Juan (a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo), seguramente sigas teniendo el mismo trabajo y debas tener que tomar un par de jarras de café al día para despertarte y activar algunos centros energéticos inexistentes (y si no tienes el mismo trabajo probablemente sea por causas que poco o nada tienen que ver con Burroughs, Neil deGrasse Tyson o Castaneda). Pero habrás recuperado en cierta medida la responsabilidad sobre tu propio tiempo y los límites entre los días y los meses en tu calendario dejarán de ser líneas rectas. Al hacerlo quizás disfrutes más de esos minutos escuchando jazz en un Starbucks tomando un café (sin culpa, si es que en algún momento la tuviste, porque no es más que otro sistema de control, así que no te preocupes por tu teléfono, sea inteligente o no, tenga Android o iOS o así sea un Nokia 1100) y quizás, ojalá, puedas pensar en formas para recuperar más tiempo y responsabilidad, encontrando maneras para hacer lo que desees (no “invertir” el tiempo, porque no es un bono), aunque sea un poco y de a poco: siempre de a poco. Recuperando y liberando el tiempo, de a unos pocos minutos a la vez. Y quizás puedas caminar como “Verbal” al final de The Usual Suspects, escapándote de lo que te quieras escapar, convirtiéndote en ilusión, convirtiéndote en Keyser Söze: él también podrá perder el tiempo, pero por lo menos es su tiempo. Y si no lo hiciste todavía, mira The Usual Suspects.

Twitter del autor: @ferostabio