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En “una yuxtaposición de anarquía y belleza”, como lo describe el fotógrafo Iain McKell, este grupo de nómadas viajeros rebeldes son la nueva ola de gitanos del mundo

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Aunque pocos lo sepan, en el mundo aún existen culturas nómadas a la vieja usanza. Hace más de 25 años se formó en Inglaterra un grupo de rebeldes anti-Margaret Thatcher que dejó Londres para ir a vivir al campo y viajar con festivales de música a lo largo y ancho de Europa. El fotógrafo Iain McKell desarrolló una fascinación por ellos y los siguió durante 10 años mientras documentaba sus rituales pagano-contraculturales, que describió como “una yuxtaposición de anarquía y belleza”.

En 2001, por ejemplo, documentó su celebración del solsticio de verano en Stonehenge, y sus fotografías son extraordinarias. Para este año los viajeros, que se hacen llamar “el convoy de la paz”, ya habían implementado carrozas con caballos (antes iban a pie) y el movimiento se había convertido en una suerte de ambientalismo-post-hippie-punk.

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Los sujetos que conforman el grupo ya no son reconocidos por el gobierno de Inglaterra y han adoptado voluntariamente un estilo de vida nómada, sin dejar de lado aspectos que los conectan con la vida moderna. Es decir, abandonaron el mainstream pero algunos tienen teléfonos móviles y laptops, e incluso cuentas en Twitter o Facebook, de acuerdo con McKell.

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Una de las ideas de McKell para romper un poco el estigma negativo que tienen por el simple hecho de ser gitanos y estar al margen de las leyes fue llevar a la supermodelo Kate Moss y fotografiarla con ellos. Moss pasó 3 días viviendo con ellos en su campamento; imitó su forma de vida y su comportamiento, con la sutil diferencia del vestuario: Moss portó una mezcla de John Galliano y Dsquared.

Todos estos documentos de la vida de los hermosos anarquistas de Inglaterra y la visita de Kate Moss están coleccionados en el libro The New Gypsies, de McKell. La subcultura de "el convoy de la paz” tiene su propia elegancia y su propia geografía.

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Este estudio demuestra cómo las sociedades que viven en climas extremos veneran a un dios más castigador y moralista que aquellos que alaban quienes viven en climas más estables

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Un clima extremo definitivamente influye en las personas que lo viven, pero también influye en el dios que veneran esas personas que lo viven. De acuerdo con este estudio, un clima extremo es sinónimo de un dios moralizador, un dios duro.  

El estudio muestra que la prevalencia de sociedades humanas que creen en dioses moralizadores puede ser predicha con un alto nivel de exactitud (91%) a partir de data ecológica. Los climas extremos se prestan para que las sociedades que los sufren crean que hay algo más allá que gobierna su realidad, algo que interviene en sus asuntos y refuerza su comportamiento moral. Y es lógico pensar que si vives en lugar donde caen muchas tormentas, hay vientos fuertes o sequías tremendas, tengas la intervención metafísica más presente que otros; la naturaleza se vuelve un constante recordatorio. Y como el humano es proclive a creer que todo lo que sucede en la naturaleza le sucede a él, las tormentas y las heladas son asuntos personales; son el castigo de un dios.  

La investigación también muestra la contraparte obvia: si una sociedad vive bajo un clima estable o tiene recursos abundantes, lo más probable es que su dios sea más relajado y quizá también esté menos presente (sea menos necesario). El dicho que reza que “El clima es Dios” quizá tenga más fuerza de lo que creíamos.