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¿Murió linchado, envenenado por mercurio, asesinado o convulsionado por el alcohol?

tplgib01El mundo físico abunda en muy estrictas analogías con el metafísico. De ahí que algo de la verdad de una muerte médica se pueda conocer por medio de las tribulaciones y exploraciones mentales que tuvo el fallecido. Edgar Allan Poe murió el 9 de octubre de 1849, y su muerte sigue siendo un misterio.

Se han emitido diversas hipótesis y más de ocho estudios médicos serios para explicar la muerte de Poe. La mayoría de estas hipótesis tienen que ver con su personalidad y su voluntaria cercanía a temas espectrales o detectivescos. “Quizás es adecuado que ya que él inventó el género de detectives”, apunta Chris Semtner, curador del Poe Museum en Richmond, “nos dejó con un verdadero misterio de la vida real”. Lo único que sabemos de su muerte es la siguiente extraña historia:

El 3 de octubre de 1849, el periodista Joseph W. Walker caminaba hacia el Gunner’s Hall en Baltimore, un bar efervescente de actividad nocturna. Era día de elecciones. Cuando Walker llegó al Gunners Hall, encontró a un hombre delirante y vestido en harapos de segunda mano tirado en la coladera. El hombre estaba semiconsciente e incapaz de moverse, pero mientras Walker se acercó, descubrió algo inesperado: el hombre era Edgar Allan Poe. El periodista, preocupado por la salud del perplejo poeta, le preguntó si conocía a alguien en Baltimore y Poe le dio el nombre de Joseph E. Snodgrass, un editor de revistas con algo de conocimiento médico. Inmediatamente, Walker le escribió un telegrama a Snodgrass pidiendo ayuda.

Poe murió 6 días después de que Walker lo encontrara, con un certificado de muerte que sólo aclara que falleció a causa de hinchazón de cerebro, y su muerte es digna de cualquier página de sus propias obras. Estas son las hipótesis de su muerte:

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1. Golpes

En su artículo “Autobiographic Notes: Edgar Allan Poe”, E. Oakes sostiene que Poe fue linchado por unos rufianes que estaban vengando a una mujer presuntamente lastimada emocionalmente por él. Otras hipótesis dicen que Poe, incapaz de manejar el licor (como es bien sabido), tomó demasiado y salió a las calles solo a deambular, donde unos rufianes lo asaltaron y lo dejaron inconsciente en la calle.

 

2. Cooping

Otros creen que Poe fue víctima del “cooping”, una práctica de fraude electoral extremadamente común en Baltimore alrededor de 1850, que consistía en emborrachar y secuestrar personas para disfrazarlas y forzarlas a votar varias veces por un candidato específico. El bar en donde Walker se encontró a Poe era uno de los lugares donde los mafiosos tiraban a sus víctimas después de utilizarlas. Esto explica que era día de elecciones, y el alcohol explica el estado delirante y moribundo del escritor.

 

3. Alcohol

La mayoría de las ideas que han surgido en torno a su muerte tienen que ver con que Poe no manejaba bien el alcohol. Se ha documentado que después de una copa de vino, el poeta ya estaba cayéndose de ebriedad.

Muchos creen, por lo tanto, que Poe bebió hasta morir.

 

4. Monóxido de carbono

El investigador Albert Donnay argumentó en 1999 que la muerte de Poe fue el resultado de un envenenamiento con monóxido de carbono, del gas de carbón que se usaba para iluminar interiores en el siglo XIX. Sin embrago, las pruebas de laboratorio fueron inconclusas y la teoría de Donnay fue desacreditada.

 

5. Envenenamiento por metales pesados

Las pruebas de laboratorio, no obstante, sí revelaron niveles de metales pesados en la sangre de Poe. Sus niveles de mercurio eran elevados como resultado de una epidemia de cólera a la que estuvo expuesto en julio del 49, durante la cual su doctor prescribía cloruro de mercurio.

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6. Tumor cerebral

Una de las teorías más recientes acerca de la muerte de Poe sugiere que el autor sucumbió a un tumor cerebral, el cual influenció su comportamiento antes de su muerte. Una de las veces que  los restos de Poe fueron exhumados (porque lo enterraron varias veces), uno de los médicos notó algo extraño en el cráneo del escritor: una masa moviéndose dentro. Los periódicos del momento sugerían que el absceso era el cerebro de Poe, encogido pero intacto después de casi tres décadas bajo la tierra.

Hoy sabemos que no pudo ser  el cerebro de Poe, que es una de las primeras partes del cuerpo en descomponerse. Pero forenses patólogos creen que pudo haber sido un tumor cerebral, ya que pueden llegar a calcificarse después de la muerte.

 

7. Asesinato

En su libro Midnight Dreary: The Mysterious Death of Edgar Allan Poe, John Evangelist Walsh presenta otra hipótesis más sobre la muerte de Poe: que fue asesinado por los hermanos de su prometida millonaria, Elmira Shelton.

A decir verdad, ninguna de estas teorías termina de explicar la curiosa muerte de Poe. Quizá la verdadera razón sea una combinación de todo lo anterior, unida al hecho de que Poe incursionaba en lugares ignotos y oscuros en su imaginación y que este tipo de búsqueda acaba por “calcificarse”, al igual que un tumor cerebral.

Borges, en el prólogo a los cuentos de Poe, escribió estas enigmáticas palabras: “Borracho, murió en la sala común de un hospital de Baltimore. En el delirio repitió las palabras que había puesto en boca de un marinero que murió, en uno de sus primeros relatos, en el confín del Polo Sur. En 1849, el marinero y él murieron a un tiempo”.

Las palabras que Poe hace decir al marinero son: This is the knell of death: Estas son las campanas de la muerte.

Las estructuras de la mente y su construcción de lo real buscan preservarse: el ego es la forma en la que se teje el laberinto para cercar al Ser y evitar que se enfrente al caos y al vacío y posiblemente disuelva su identidad en la totalidad

Estar aquí es como una renuncia espiritual. Sólo vemos lo que los otros ven, los miles que estuvieron aquí en el pasado, aquellos que vendrán en el futuro. Hemos acordado ser parte de una percepción colectiva.

Don DeLillo

La mente humana es un complejo procesador de la realidad que está, a su vez, en perpetuo proceso; juez y parte del mundo. De la misma forma que aquello que percibimos es un conjunto de cosas en un estado cambiante, la mente también está cambiando al percibir. Tal vez es por este caos, por este incesante flujo, por esta naturaleza indetenible o inasible de la realidad es que nos hemos refugiado en que tenemos una mente fija y estable con una identidad inalterable, la cual nos permite separar los objetos que percibimos y llevarlos a un espacio aislado donde podemos medirlos sin que se desvanezcan en su perpetuo devenir.

Esa parte de la mente que nos ayuda a anclar la realidad y a separarnos del mundo fenomenológico es el ego. Es también el ego aquello que al resguardarnos nos hace formar una resistencia al cambio y activa mecanismos de defensa cuando hay algo que amenaza su potestad en la mente como si fuera el monarca y único habitante del reino. Y, sin embargo, la misma existencia de este ego (de este yo individual) es más que dudosa (no es que sea malo o bueno querer cosas para nosotros mismos, es que el yo para quien queremos esas cosas no existe). El rey no sólo está desnudo, es un holograma.

Saul Alinsky escribe en su libro Rules for Radicals: "La vida está por delante y uno puede desafiar su propio ser en el curso de las cosas o puede agazaparse a los opacos valles de la existencia cotidiana cuyo único propósito es la preservación de una seguridad ilusoria". Al alimentar nuestro ego podemos mantenernos en un estado de relativa comodidad, en una seudo-invulnerabilidad pero esto significa también renunciar a toda novedad, a todo suceso que cimbra y cuestiona nuestra existencia.

Steven Pressfield en su libro The War of Art sugiere que el ego se opone al instinto creativo, que sabe moverse en el caos y reaccionar espontáneamente sin ataduras: "El Ser desea crear, evolucionar. Al ego le gustan las cosas tal como están". El ego se inclina siempre al conservadurismo, a una vieja plutocracia, a preservar el statu quo de la mente.  

Howard Bloom, autor del libro Global Brain (una estimulante historia de la mente colectiva del planeta), sugiere que existen dos principios (o dos tipos de individuos) que se oponen y a la vez colaboran en el desarrollo de la mente planetaria y de la evolución en general: los encargados de la conformidad ("conformity enforcers"), una especie de policía homogeneizadora que hace que los miembros de un grupo hagan las mismas cosas) y los generadores de diversidad ("diversity generators"), las personas o características que nos hacen desprendernos del grupo y buscar cosas nuevas. El ego parece operar como una parte del principio que aplica y obliga a la conformidad, la ley de la conservación y la identificación con lo pasado.

El ego es esencialmente identificación a través del deseo, un pegamento etéreo que confundimos con el ser.  No una identificación con la totalidad de la existencia (las plantas, las piedras, los animales, las estrellas); una identificación desde una lógica aristotélica y maniquea de separación entre el ser y el no ser, entre lo lo bueno y lo malo, optando por una selección arbitraria de objetos mentales. El ego nos hace asumir etiquetas e ideas como parte de la definición de nuestro ser, y al ser algo (inteligentes, astrónomos, buenos bailarines, amados por las mujeres, etc.) no somos todo lo demás, nos distinguimos de aquellos que no son lo que somos y obtenemos beneficios de ser lo que creemos que somos. A su vez, en ese acto mental de identificarnos asumimos que las cosas que somos son permanentes y si por alguna razón son desalojadas de nuestro sistema de creencias, rápidamente surge un conflicto --nuestro ser se ahoga en la ambigüedad o se inflama en el deseo de la carencia. La seguridad del ego es a fin de cuentas completamente endeble puesto que se erige sobre la posesión de estas etiquetas u objetos mentales que apuntalan su identidad: nos ocurre luego como a un niño o a un adolescente que cuando se le critica algo (como su ropa, un juguete o su preferencia musical) inmediatamente se deprime.

El ego tiene una importante función: servir como un caparazón psíquico ante la selva de lo desconocido que puede fragmentar nuestra mente para permitir desarrollarnos en una etapa balbuceante. Sin esa protección el caos y la agresión natural de los otros seres humanos y animales con los que competimos puede ser demasiado (en cierta forma el ego es como una burbuja o uno de esos domos que se colocan en ecosistemas simulados). Pero, siguiendo esta definición, es esencialmente una herramienta para la infancia y la adolescencia que debería de ser abandonada ante una eventual crisálida en la maduración (por eso las personas egoístas tienden a cierto infantilismo). Por eso Carl Jung oponía al ego la individuación como destino de la psique madura que ha hecho consciente el contenido inconsciente y ha integrado los aspectos sombríos de la psique. En otras palabras, la individuación es la aceptación de aquellas cosas a las que nuestro ego se resiste (y como reza el dicho: "lo que se resiste, persiste", permanece en la sombra, en el inconsciente, como un gobernante secreto).

Paradójicamente la individuación en los términos de Jung nos acerca al Ser, que tiene su raíz en el Todo, en el inconsciente colectivo, en el mundo de los arquetipos. Al integrar nuestra psique e individuarnos, podemos expresar el pleito auténtico de nuestra alma, con toda su historia personal, pero en esta hondonada el ser individual se disuelve y se convierte también en el vehículo de expresión transparente del mundo; se disuelve la separación que es la ilusión fundamental del ego.

Creo que el ego, aunque suene contradictorio, no es algo individual, es una alucinación colectiva. El identificarnos con una entidad única que se ha postrado en el mando de un organismo humano con ciertas características y una memoria vinculante a un continuum de historia psíquica es algo que no aprendemos siguiendo la voz "individual", sino dejando entrar e identificándonos con la voz de la multitud, la voz de las masas culturalmente programadas.

Jason Horsley, en su excelente exploración de la individuación y el chamanismo, Escritores del Cielo en Hades, sostiene que el ser individuado experimenta "un exilio temporal de la mente colectiva" que "también implica una conexión empática con el inconsciente colectivo"... se mueve de la perspectiva de “primera persona” —aquella del individuo aislado— a la de la tercera persona del universo completo", de la "realidad subjetiva a la objetiva".

significadoUna importante corriente del budismo sostiene que el yo, el ego, la personalidad, incluso el alma no existen, son meras convenciones lingüísticas atávicas que al repetirlas tanto en nuestro diálogo interno se presentan como realidades contundentes. El universo es anatta (impersonalidad), anicca (impermanencia) y duhkha (desasoiego e insatisfacción). No hay un pensador detrás del pensamiento, sólo hay pensamiento, proceso psicofísico fluctuando; no hay alguien que experimenta algo, sólo hay experiencia. De nuevo Jason Horsley:

Una mentalidad colectiva se mantiene por el reforzamiento constante a través de las palabras: el grupo le dice a sus miembros qué pensar y luego sus pensamientos les dicen la misma cosa que les están diciendo que piensen. Esa es la forma en la que la programación funciona, a través de un comando de autoperpetuación. La realidad se convierte en lo que nos decimos que es real, y qué nos decimos que es real es lo que nos dicen que nos digamos.

La ilusión del ego --de una personalidad constante-- está ligada a nuestra idea del tiempo como una progresión lineal que fluye desde el pasado hacia el futuro. Pero esto parece ser también una ilusión. Según Einstein: "La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión persistente". ¿Existe entonces sólo el instante presente, sólo está percepción? Pero entonces, ¿está percepción de alguna manera contiene la totalidad del tiempo, es una avalancha que comprime toda la historia del universo? La persistencia del ego y del tiempo se deben a nuestra mente que forma un ap-ego con las cosas y las dota de un coeficiente de realidad. En su ensayo sobre la sincronicidad, Carl Jung escribe:

En la visión original del mundo, como la encontramos entre hombres primitivos, el tiempo y el espacio tienen una existencia precaria. Se convierten en conceptos “fijos” sólo en el curso del desarrollo mental, gracias sobre todo a la introducción de la medición. En sí mismos, el espacio y el tiempo consisten en nada. Son conceptos hipostasiados engendrados de la actividad discriminatoria de la mente consciente, y forman coordenadas indispensables para describir el comportamiento de los cuerpos en movimiento. Son, entonces, esencialmente psíquicos de origen.

Jung aquí nos introduce a una relatividad de la mente-tiempo-espacio, un continuum que disuelve las fronteras de nuevo entre el sujeto y el objeto y hace de la realidad una construcción perceptual. El ego, que nos ayudó a construir nuestra "personalidad", a darnos confianza y estructurar nuestro rol en el mundo, es el guardián de nuestra propia Matrix, del edificio mental que hemos construido para protegernos del caos y el vacío. 

Lo misterioso aquí es por qué la mente busca preservar las estructuras y jerarquías del pasado; ¿acaso para mantener una arena evolutiva, un escenario de ficción sobre el cual se pueda desdoblar su propia ficción y tomar conciencia de la misma, como el guiño de un ojo que regresa al Sol?

Twitter del autor: @alepholo