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Por qué caminar nos ayuda a pensar mejor

Arte

Por: pijamasurf - 09/15/2014

La ciencia y la literatura coinciden en su enramada: caminar es un refinado hábito que contribuye a generar las mejores ideas de la humanidad

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La sabiduría popular nos dice que cuando queremos destrabar nuestra mente es apropiado salir a caminar y tomar aire. La idea de que caminar nos hace pensar mejor o al menos pensar diferente está profundamente arraigada; uno puede intuir claramente que un ambiente despejado como el que se experimenta extramuros despeja también a la mente.

Son muchos los filósofos, científicos y artistas que han cultivado la costumbre de caminar como parte de su disciplina creativa. "Creo que en el momento en el que se empiezan a mover mis piernas mis pensamientos empiezan a fluir", escribió Henry David Thoreau, el novelista y naturalista que famosamente encontró en el bosque el alimento de su literatura (y de su psique). Nietzsche incluso se aventuró a decir que "todas las grandes ideas se concibieron caminando". En su artículo sobre la ciencia de caminar, Ferris Jabr nos dice que Thomas de Quincey calculó que el poeta William Wordsworth caminó unas 80 mil millas en su vida (y en esas caminatas, cientos de semillas de poemas). El mismo De Quincey que en su libro sobre Kant narra cómo las caminatas habituales del filósofo alemán fueron instrumentales en la formulación de su pensamiento crítico.

Caminar y escribir parecen estar inextricablemente ligados, como dos procesos paralelos que forman una continuidad entre la mente y el cuerpo. No sólo caminar por el bosque y encontrar ese sosiego para el alma o esa medicina verde de las plantas que da paz a la mente a través de la mirada; también caminar por las ciudades y entablar una relación con los relatos ocultos de todas las personas que aparecen en nuestro camino (que se convierte un teatro mental, un laberinto que se desenreda escribiendo). Baudelaire cultivo el arte de perderse en las ciudades, el deleite de dilatarse en la contemplación. “La gastronomía del ojo”, según Balzac. Esto es lo que se conoce como la flânerie: la divagación como un estado alterado de conciencia que permite procesar la información del entorno con otra sensibilidad, apilando un cauce narrativo en la misma lánguida zancada.

Como ocurre en nuestra época con casi cualquier cosa, la ciencia ha medido los efectos que tiene la caminata en el cuerpo y en el funcionamiento cognitivo. Al caminar, aumenta el flujo de sangre a los músculos y a los órganos --incluyendo el cerebro (la lucidez puede verse como un fenómeno aeróbico y no por nada los escritores son "atletas de la palabra"). Ferris Jabr agrupa en The New Yorker una serie de estudios que indican que caminar promueve nuevas conexiones cerebrales --que son luego nuevas conexiones literarias--, incrementa el volumen del hipocampo (una región asociada con la memoria) y fortalece el tejido cerebral que suele desgastarse con la edad.   

A su vez, la forma en la que movemos nuestro cuerpo altera la naturaleza de nuestros pensamientos. Existe lo que se conoce como la memoria dependiente del estado: el patrón específico de excitación presente en el cerebro en el momento del aprendizaje se vuelve un componente integral de la información almacenada. Este patrón está determinado por diferentes condiciones, entre ellas la postura en las que nos encontramos, las sustancias químicas que secretamos y el entorno en el que nos situamos. Así, caminar por el bosque o escribir ante una computadora tomando café suelen generar una concatenación de memorias particulares que es también un ritmo cognitivo. Se ha demostrado que, por ejemplo, una postura anatómica abierta, expansiva –ejemplo de dominación entre los mamíferos–, inmediatamente reduce el nivel de cortisol e incrementa la testosterona, cambiando evidentemente nuestro estado mental. O que escuchar canciones con muchas pulsaciones por minuto nos motiva a correr más rápido; lo mismo ocurre cuando se le sube a la música en un auto: el conductor suele manejar más rápido. Ferris Jabr considera que:

Caminar a nuestro propio ritmo crea un circuito de retroalimentación sin adulterar entre el ritmo de nuestros cuerpos y nuestro estado mental que no podemos experimentar tan fácilmente cuando corremos en un gimnasio, manejamos un auto o andamos en bicicleta o en algún otro tipo de locomoción. Cuando caminamos, el paso de nuestros pies naturalmente vacila y se sincroniza con nuestro estado de ánimo y la cadencia de nuestro diálogo interno; al mismo tiempo, podemos cambiar el ritmo de nuestros pensamientos de manera deliberada al caminar más rápido o ir más despacio.

Podemos tal vez, entonces, leer de alguna manera el pensamiento de los demás al observar cómo caminan; ese ritmo en el andar debe ser algo que también ocurre en su proceso interno.

Un estudio reciente realizado por los investigadores Marily Oppezzo y Daniel Schwartz de la Universidad de Stanford comparó diferentes habilidades cognitivas en un grupo de estudiantes mientras caminaban o mientras estaban sentados. Los resultados de este meta-experimento (la idea de hacerlo surgió justamente en una caminata) muestran que las personas son más creativas o tienen mayor capacidad para desarrollar ideas novedosas y metafóricas cuando están caminando. Sin embargo, caminar puede ser contraproducente cuando se quiere concentrarse en algo específico: "si estás buscando una sola respuesta correcta a una pregunta, probablemente no quieres todas esas ideas brotando por ahí", dicen los autores.

Podemos también modular la caminata para generar diferentes tipos de raudales creativos. No es lo mismo caminar por una zona urbana agradable pero llena de información y atestada de individuos de nuestra misma especie que caminar por un bosque en el que la información es también bastante abundante pero de otro tipo, o incluso caminar por un desierto donde disminuye el nivel de información --el cerebro se mueve por diferentes bandas de estímulos y accede a diferentes regiones.

Caminar y pensar o caminar para pensar, he ahí un binomio simbiótico que atraviesa la historia; pocas cosas más refinadas y secretamente vitales para la creación en la cultura humana. 

 

El extraño caso de la mujer que comenzó a escribir poemas compulsivamente

Por: pijamasurf - 09/15/2014

Tras ser diagnosticada con epilepsia amnésica, de forma inesperada una mujer de 76 años se dedicó a escribir, compulsivamente, miles de poemas

Writing-Poetry

Poetry is an echo, asking a shadow to dance.

Carl Sandburg

La poesía es un ser extraño, un instrumento rampante y a la vez sublime (el aire que queda entre cada garra, y que jamás podrá ser cogido). Se trata de un lenguaje que ha acompañado a la humanidad desde tiempos inmemorables y que, como decía Taylor Coleridge, corresponde tal vez al máximo refinamiento de nuestra naturaleza literaria: "las mejores palabras acomodadas según el mejor orden".  

La poesía es un oasis, y no sólo por su capacidad de transmitirnos lo paradisíaco; también porque sus accesos reverberan de manera ilusoria, jugando con la posibilidad de que alguien entre o quede afuera (y no se trata de una selectividad pedante sino de una aleatoriedad intuitiva). En todo caso, este jardín recibe con frecuencia visitantes inesperados, tanto creaciones quiméricas que fueron animadas entre las líneas de un poeta como figuras que de pronto simplemente despiertan ahí, tendidas sobre un confuso campo de flores que se experimenta delicioso al contacto. 

Recién se reportó el caso de una mujer de 76 años que, tras cinco años de padecer episodios en los que registraba una pérdida de la memoria, fue diagnósticada con amnesia epiléptica transitoria. Unos cuantos meses después de comenzar su tratamiento, utilizando Lamotrigine, un popular medicamento para combatir los ataques epilépticos, de pronto la paciente fue acariciada por los vientos líricos. A pesar de que la poesía jamás se había incluido entre sus intereses, repentinamente la mujer comenzó a escribir cuantiosos versos, que  terminan agrupados en 10 o 15 poemas breves escritos diariamente. Los tópicos de sus composiciones rondaban sus actividades cotidianas o algunos eran autorreferenciales, alusivos a la propia versificación de su vida.  

Durante seis meses la mujer estuvo poseída por Apollo, Minerva y otras deidades de la lírica, y a lo largo de ese periodo dedicó una buena cantidad de horas cada día a escribir poesía –y si alguien la interrumpía, ella se irritaba. Curiosamente, jamás escribió prosa o utilizó cualquier otro canal expresivo; simplemente se entregaba a un estado de trance de escritura poética. Al medio año la versificación se diluyó provocando la misma sorpresa, ahora inversa, que cuando llegó.

My poems roams,
They has no homes
Yours’, also, tours,
And never moors.

Why tie them up to pier or quay?
Better far, share them with me.

Prose – now, that’s a different matter.
Rather more than just a natter.
Prose is earnest, prose is serious
Prose is lordly and imperious
Prose tells you, loud, clear, that
Life – life is dear.

En algunos casos de epilepsia se presenta un fenómeno conocido como hipergrafía, en el que el paciente se entrega obsesivamente a escribir. Sin embargo, el caso de esta mujer ha despertado particular interés en los hombres de ciencia ya que su exclusividad poética no se había registrado anteriormente.

 

Consulta aquí la investigación médica sobre este caso.