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La inspiradora historia del hombre con la cabeza al revés (VIDEO)

Sociedad

Por: pijamasurf - 09/05/2014

Claudio Vieira de Oliveira es un hombre de 37 años que ha logrado tener una vida exitosa pese a tener una conspicua malformación congénita

Cuando Claudio Vieira de Oliveira nació, los doctores no le daban más de 24 horas vida. Treinta y siete años después, este hombre nacido con la cabeza colgando de arriba hacia abajo en la espina dorsal debido a una malformación congénita ha demostrado una enorme fuerza de voluntad y se podría decir que, pese a sus circunstancias, prospera en el juego de la vida. 

Aunque su malformación lo ha hecho objeto de diferentes programas de TV sobre anomalías y fenómenos corporales extraños, como  el británico Body Bizarre, Vieira de Oliveira trasciende este morbo y afirma su lucha.  Simplemente, nunca ha contemplado la posibilidad de darse por vencido.

Al parecer aprendió a caminar en sus rodillas a los 8 años y pidió que se le permitiera ir a la escuela. Su principal prerrogativa: no depender de los demás. Lo ha logrado.

Vieira de Oliveira logró graduarse de contador y ahora se dedica a dar discursos motivacionales, pudiendo ganarse la vida por cuenta propia. Dice ser feliz, es productivo y tiene una vida indpendiente. Mientras tanto, muchos de nosotros nos seguimos quejando de nuestro cruel destino o de lo difícil que es la vida y vivimos preocupándonos de lo que las demás personas piensan de nosotros.

 

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En la escuela todo se dice mórbidamente objetivo. Nadie asume que está juzgando

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Me gusta su modelo. Un jurado calificado e histriónico se obliga a justificar sólidamente su veredicto “subjetivo”. Y con aquella naturalidad, ora elogia de pie y llorando, ora destruye sin piedad y corta en dos. Honestidad brutal.

Las antípodas del mundo escolar, que no tiene nada de brutal –es verdad--, pero tampoco de honesto.

…Estoy reflexionando sobre los Concursos Escolares, una práctica por demás difundida.

Un jurado que juzga integralmente; que no desagrega objetivos; que no disecciona lo que recibe. Esa mujer en escena no vale por lo que canta ni por lo que baila, sino que vale –si vale-- por lo que compone como performance único e indiscernible. Y si vale, vale; y si no, no. Y el público lo acepta; y el artista lo acepta. Fantásticos concursos subjetivos y justos.

Las antípodas del mundo escolar, que detesta las subjetividades como si fueran necesariamente antojadizas, injustas, maniqueas e inadmisibles. Y se refugia en las presuntas objetividades, que tal vez lo sean, pero también son imbecilidades, por lo general. La escuela opone sujeto y verdad. La escuela nos niega a favor de una instancia trascendente y neutra, el conocimiento. Idolatra la objetividad como si fuera un anhelo y olvida que es un sarcófago.

El artista se manifiesta. Escoge su repertorio. No se declara, simplemente se expresa. Hace lo suyo en un exaltado ejercicio de libertad. No sabe los criterios. Ni le interesan. Nadie expone criterios; nadie es forzado a anticipar sus criterios. El evaluado no pregunta. Se juzga su actuación, en su contexto. Se evalúan sus efectos. Importan los aplausos del público. Importa el esfuerzo que trasunta. Importa el riesgo asumido en la elección de la pieza. Importa todo eso y cualquier otra cosa que el juez –en ese momento-- determine que importa. Importa todo lo importante. Importa lo que está vivo.

Todos sabemos que por debajo de aquella actuación hay gramáticas, oficios, técnicas, músculos, cuerdas vocales, dotes y dones, talentos y torpezas, etc., y que sin ellos nada de aquello sería posible; pero nadie juzga aquella actuación por eso. Se juzga la composición realizada. En ella están implícitas aquéllas, pero solo valen si colaboran con una realización que valga la pena. Si no, nadie las reconocerá.

Distinto de la escuela, que desagrega para evaluar, que destroza la composición en pequeños logros curriculares y no significativos. Una novela de Joyce que sirve para hablar del uso discursivo metafórico; otra de Faulkner, para enseñar descripción; A sangre fría, para repasar moral. La escuela que nos hace escribir para corregir ortografía y leer para verificar si logramos identificar y ordenar los 14 personajes secundarios de uno de los tramos más intrincados de Cien años de soledad.

Operación Triunfo que usa al juzgado en cámara para modelar a los millones de la audiencia. Que juzga en público y despiadadamente. Que hace escuela en masa. Que carea, compara, critica, exalta, discute, señala y puntúa con el despotismo irrecusable que un jurado idóneo.

Y la escuela que huye de todo eso para no emocionarse; para tratar con cuidado a sus alumnos; para no confrontar a nadie con nadie. La escuela que evita la violencia explícita de un juicio frontal para ejercer la violencia implícita de la censura, de la estandarización, del elogio insoportable a la producción escolar estereotipada. La escuela que mata si se abandona la consigna y que eleva si se alimentan los cánones. La escuela que prefiere punir a subjetivar; que prefiere dormir antes que despertar talentos; que cuando dice que cuida en realidad apenas se cuida.

Me gusta Operación Triunfo porque nadie permanece neutral. Me gusta porque todo el mundo queda expuesto. Me gusta porque siempre se salvan los realmente buenos y jamás sobreviven los definitivamente malos. Me gusta porque, aunque parece un modelo absolutamente antojadizo, acaba siendo inexorablemente justo con lo que vale la pena. Me gusta porque el jurado, que juzga, a su vez también es juzgado y se sabe juzgado. El jurado en Operación Triunfo se estresa y se exige, y eso es bueno. Y se carea entre sí, en un summum de exposición intelectual.

En la escuela, no. Son criterios, es la norma la que nos salva o nos condena; jamás es el juicio frontal y honesto de una maestra o del director. Todo se dice mórbidamente objetivo. Nadie asume que está juzgando. Siempre parece que el resultado viene de la trascendencia y no de las personas.

Me gusta Operación Triunfo porque le devuelve espesor y complejidad al arte de evaluar. Lo exige. Le exige. Y es capaz de declarar desierto de talento un certamen, si lo está.

La escuela, no.

La escuela premia la adecuación; Operación Triunfo, el riesgo. La escuela nos dice por lo bajo que la mejor manera de ganar es aprender las reglas. Operación Triunfo nos dice lo contrario; que encima de las reglas y sólo con las reglas serás uno más, otro estándar. La escuela premia lo sobrio y moral, y premia con sobriedad y moralina. Todos bien portados. Operación Triunfo se desencaja al premiar. Hace la fiesta y acepta la fiesta. Con la misma pasión con que beatifica, defenestra; y los dos registros nos enseñan a todos, aun al defenestrado, aun al beatificado. La escuela apaga. No sabe de espectáculos. No se anima a los espectáculos. No quiere espectáculo y jamás es espectacular. En la escuela todo es igual, siempre. Tamaño desperdicio de espacios, pero sobre todo de expectativas, que son los auditorios en las escuelas, ¿no es verdad?

En Operación Triunfo se llora –si se llora-- de tristeza; en la escuela, de impotencia. No es lo mismo. La primera madura; la segunda frustra. Nunca vi un adolescente saltando desatado de alegría eufórica por tener ganado el Concurso de Redacción. Nunca vi al adolescente jugándose la piel en su propuesta musical del acto escolar que celebra la Independencia de Perú. Nunca vi extremos en la escuela; nunca vi riesgos; nunca vi otros compromisos que no sean los de sobrevivir y pasar.

Así vamos. Como dormidos. Mientras, afuera, la vida vive. La gente se exalta; las pasiones nos gobiernan; el arte explota; la música mueve las montañas; la literatura nos constituye; la danza nos transporta, como una droga y como la droga. La vida vive y la escuela se queda y nos asegura, que quiere decir que nos detiene y nos atrofia. Nos cuenta de los riesgos, pero no nos cuenta de los riesgos de su trabajo para evitar los riesgos. Nos engaña, al fin y al cabo.

Me gustan más los festivales que los concursos, es verdad, pero si optamos por los concursos, pues entonces que sean de estos que relato, que sí que valen la pena.

Twitter del autor: @dobertipablo