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El artista C. M. Kosemen rescata del olvido a la secta de los Dönmes, de quienes lo único que queda son sus retratos en cementerios regados por Estambul
El nombre de este hombre ha sido borrado. Su fotografía es lo que queda de su memoria.

El nombre de este hombre ha sido borrado. Su fotografía es lo que queda de su memoria.

 

Si no fuera por el artista C.M. Kosemen, la existencia de la secta de los Dönmes probablemente se olvidaría. Este hombre, debido a que en 2011 desarrolló una fobia antinatural por la muerte, se dispuso a confrontarla y dedicó varios meses a caminar por cementerios alrededor de Estambul. En una de esas caminatas notó las viejas lápidas con fotografías firmadas por el mismo hombre, un tal Osman Hasan.

Hasan era parte de la misteriosa comunidad Dönme; una secta que alguna vez fue próspera, que practicaba una singular serie de creencias basadas en el misticismo sufí y el judaísmo. Originalmente, la comunidad era seguidora de herético rabino Sabbatai Zevi (s. XVII), quien rechazaba muchas de las creencias tradicionales judías en aras de un misticismo iconoclasta. Proclamándose como el Mesías, el encantador Zevi viajó al Imperio Otomano con la promesa de un inminente término del exilio para sus discípulos, hasta que las autoridades decidieron acabar con el problema y le ofrecieron la opción de la muerte o la conversión al Islam.  

Zevi y 300 familias judías heréticas se convirtieron al Islam, y para finales de 1600 habían establecido una comunidad en Salónica, una ciudad con mucha población judía en la Grecia otomana.

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A diferencia de los conversos (españoles y portugueses judíos que habían sido forzados a convertirse al cristianismo siglos antes pero practicaban su judaísmo en secreto), los Dönme se convirtieron genuinamente al Islam, aunque sus prácticas religiosas estuvieran siempre influenciadas por la secta secreta que los había unido.

Dos siglos después, en el siglo XX, cuando su ciudad fue conquistada por Grecia, la mayoría de ellos se restableció en Estambul, donde les fue más difícil adaptarse y pasar desapercibidos. En Turquía fueron discriminados como judíos tramposos, mañosos, y, sobre todo, como judíos endogámicos. Así fueron desapareciendo de la faz de la Tierra. Y hoy, los cementerios de Estambul son el único lugar donde hay testimonio de que existieron como un grupo místico y marginal.

Las fotografías de C. M. Kosemen ya forman parte de un libro titulado Osman Hasan y las fotografías lapidarias de los Dönmes, un elegante libro lleno de fantasmas en eterno éxodo y segregación.

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Madame Hasibe

 

 

 

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Retrato de la hermosa Methafet, quien murió joven, probablemente víctima de suicidio.

 

 

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Sr. Osman Ferid, quien también murió joven, víctima de suicidio.

 

 

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Su nombre ha sido borrado de la lápida; esto es lo que queda de él.

 

Los experimentos de Masaru Emoto: ¿en realidad la mente puede alterar las moléculas de agua?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 09/12/2014

E Dr. Masaru Emoto murió hace un par de días. Su trabajo sobre los efectos de la intención en el agua está envuelto en una mezcla de polémica y fascinación

Masaru Emoto, investigador y entrepreneur japonés, cobró fama entre el circuito new age por su teoría de que la intención podía afectar las moléculas de agua. Emoto fue uno de los participantes más destacados de la película What The Bleep Do We Know?, que divulgó ideas de la física cuántica de manera inspiradora y pseudocientífica (según muchos científicos del llamado mainstream). Las impresionantes imágenes de las formas mandálicas y fractales que supuestamente toma el agua cuando se le expone a palabras como "amor" o "belleza" o cuando se toca música de Mozart cautivaron a las audiencias. Sin embargo, el método de fotografiar estos experimentos ha sido altamente cuestionado por diversos científicos.

"El agua es el espejo que tiene la habilidad de mostrarnos lo que no podemos ver. Es un modelo de nuestra realidad, que podemos cambiar con un solo pensamiento positivo. Sólo se necesita fe, estar abierto", dice Emoto.

Emoto sostiene que existe una relación estética entre la pureza y la intención que se infunde al agua y las formas que toma. Imprimir emociones positivas crea cristales simétricos de sublime belleza, mientras que una intención contraria o la contaminación misma genera moléculas poco ordenadas. Como si la naturaleza estuviera codificada bajo un algoritmo poético, un poco como escribiera John Keats, con inspiración platónica: "la belleza es la verdad; la verdad es belleza". Una idea sumamente interesante para quienes están hambrientos de ver en el universo un orden y un sentido que refleje sus creencias. 

Las críticas dentro de la comunidad científica versan principalmente sobre el método científico de Emoto, que al parecer nunca ha transparentado (los resultados, esos sí, son bellamente transparentes). William A. Tiller, otro investigador que aparece en el documental What The Bleep Do We Know?, sostiene que los experimentos no son pruebas fidedignas, especialmente porque no controlan factores como el "superenfriamiento" del agua. Asimismo, Emoto no ha expuesto su trabajo en publicaciones científicas reconocidas donde las investigaciones son sujetas a revisión y escrutinio. Y, sin embargo, su trabajo "científico" sí le ha permitido hacer una vida de negocios.

Dicho lo anterior, no hay que negar que la posibilidad de que el agua grabe la intención o esté sujeta a una energía psíquica es fascinante y se conecta con antiguas creencias que sugieren que el agua es el médium del espíritu (el asiento mismo de la creación divina) y tiene capacidad de obrar (o conducir) milagros. De la misma manera que es una lástima que el trabajo de Emoto no haya sido realizado con mayor rigor, es lamentable que la ciencia establecida no busque realizar experimentos creativos para medir lo que Einstein estigmatizó como "fantasmagórica acción a distancia" (quizás, esto tiene que ver con que los científicos se arriesgan a ser señalados dentro de la academia y perder su prestigio si se involucran en proyectos que convencionalmente se consideran anatema por lidiar con lo "paranormal").

En este artículo exploramos la posibilidad de que el agua tenga una memoria y que sea un conductor de información holográfica. De manera relacionada, resulta interesante contemplar las ideas de David Bohm (sobre el universo como un superholograma), de Karl Pribram (sobre el cerebro, que almacena la memoria de manera holográfica) y de Rupert Sheldrake (que considera que existe una memoria inherente e incorpórea en la naturaleza).