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Date unos minutos para recordar junto a Krishnamurti que no todo en la vida es trabajo (VIDEO)

Por: pijamasurf - 09/05/2014

El trabajo es una prisión para el espíritu si el espíritu no hace que el trabajo esté al servicio de la vida

Jiddu Krishnamurti fue uno de los maestros espirituales más populares de Occidente a mediados del siglo pasado. La suya es una historia de libertad de pensamiento sin precedentes (como en el difícil trance de desprenderse del maestro para convertirse en alumno de sí mismo).

En este video, Krishnamurti analiza desde una óptica de vitalidad espiritual los trabajos de 9 a 5 y, en general, el modo de vida que esta división del tiempo hace posible. Krishnamurti no deja de comparar ese horario con metáforas carcelarias. Habla del trabajo como una prisión, como una condena a la que ni siquiera un criminal debería someterse, contrariando así la ética protestante del Time is money.

"Nos interesa por entero la vida", dice Krishnamurti, "no sólo hacer carrera de 9 a 5. Pero estamos tan condicionados con esta idea que debemos trabajar y crear una estructura social que demande que trabajes desde la mañana hasta la noche... Todos somos tan tímidos, estamos tan nerviosos, asustados, ansiosos, queremos la seguridad que pensamos poder tener, la que no tenemos".

Podría decirse que el trabajo es una exigencia social pero que, salvo en los casos donde es expresión de una vocación (y por lo mismo, es don de acción al mundo), no hay nada de arrogancia en la postura de Krishnamurti: no se trata de dejar tu trabajo así como así (pero si lo decides, aquí hay un poco de inspiración bukowskiana), sino de plantearnos a nosotros mismos una relación sana con el trabajo y con nosotros mismos. La vida no sólo ocurre en horario de oficina.

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Corea del Norte y la propaganda disfrazada de fotoperiodismo

Por: pijamasurf - 09/05/2014

Si Corea del Norte mantiene sus rigurosas prerrogativas acerca de lo que puede ser fotografiado y lo que no, ¿un libro realizado por un fotógrafo occidental puede ser realmente revelador, o es un instrumento de propaganda del mismo régimen que trata de comprender?

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El supremo líder, Kim Jong-il, visitó una vez una comuna de campesinos. Su mirada se detuvo en unas botas, apenas un momento. La leyenda dice que los campesinos envolvieron desde entonces las botas miradas por el líder y las conservan con fervor religioso.

Las estatuas monumentales de Kim Jong-il y de su padre, Kim Il-sung, que abundan en el país, sólo pueden ser retratadas de cuerpo completo: no se permiten hacer close ups ni retratarlos de espaldas --ni siquiera se puede doblar un periódico si la foto del líder aparece en él.

La figura de los máximos líderes coreanos se eleva a un sustituto cuasi divino, como ocurre cuando la ideología de un país se basa en el culto a la personalidad (y México, con el actual presidente, Enrique Peña Nieto, en realidad no está demasiado lejos de practicar este tipo de "paganismo político").

El problema es que ya sabemos todo esto.

¿Hay propaganda no oficial?

[caption id="attachment_83896" align="alignright" width="300"]Botas de goma vistas por Kim Jong Il Botas de goma vistas por Kim Jong Il[/caption]

Visitar Corea del Norte no es sencillo: sus políticas turísticas son férreas y los lugares que puede visitar el extranjero, acotados. La fotoperiodista alemana Julia Leeb ha publicado un libro llamado North Korea: Anonymous Country, donde documenta sus visitas al país asiático entre 2012 y 2013.

Según cuenta en entrevista con NPR, Leeb entró con visa de turista y durante todo el tiempo que pasó allá estuvo escoltada por tres hombres: dos de ellos sólo se dirigían en alemán a ella, haciéndole preguntas generales sobre cómo ven los occidentales su amada tierra (la periodista dice que los hombres tenían un perfecto acento alemán a pesar de que nunca han salido de Corea, lo cual añade algo de misterio). El tercer hombre --explica Leeb-- era el chofer, que sólo hablaba coreano, y su trabajo era vigilar que los dos hombres encargados de vigilar a Leeb hablaran sólo en coreano entre ellos.

Sin restar credibilidad a la historia (y a muchos otros rasgos del estado de vigilancia en un país totalitario, como la retención de pasaportes o la suspensión temporal de garantías individuales), habría qué preguntarse si este régimen no se aprovecha, en realidad, de fotoperiodistas como Leeb para hacerse un poco de buena prensa en Occidente.

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Tal vez una revisión más cercana del libro nos mostraría algo que no sepamos ya sobre Corea del Norte, pero por las imágenes que están disponibles hasta el momento, Leeb cae bajo el encantador misterio de ser una turista occidental en un parque de diversiones temático de la Guerra Fría.

Lo que es más preocupante es que la monumentalidad y secretismo con el retrato que hacen los occidentales de Corea del Norte, en realidad sirve para que Corea del Norte nos enseñe cómo desea ser vista por Occidente. Creemos que el aparato propagandístico es impresionante gracias a las fotos, pero las fotos muestran solamente lo que el régimen autoriza ver del país.

En estos términos, el ensayo fotográfico de Leeb podría asemejarse a la impresión general que tendría un visitante de la ciudad de México si pasea solamente en los autobuses turísticos, o un japonés que toma fotos de Disney a bordo del tren.