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El conflicto Israel-Palestina, la Matrix y la propaganda personalizada en redes sociales

Por: Javier Raya - 08/15/2014

Si queremos convertirnos en ciudadanos informados, es necesario dar espacio al disenso y buscar activamente opiniones contrapuestas a las nuestras; de otro modo, somos parte de la horda (que puede ser de derechas o de izquierdas)
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Imagen via i09.com

 

En el mejor de los mundos posibles, la información nos ayuda a tener una mejor opinión acerca del mundo y a tomar mejores decisiones en nuestro actuar. Aunque el conflicto Israel-Palestina genera desde hace medio siglo más información de la que el público puede procesar, la polarización de los intereses y la toma de partido político, económico y moral (además de militar) de las facciones enfrentadas genera también un subproducto negativo en la red: la desinformación.

Como si viviéramos en la Matrix, nuestro entorno actual de redes sociales no está diseñado para informarnos sino para reforzar nuestras creencias, sean cuales sean. Se trata de un simple mecanismo de mercado: darle al consumidor más de lo que ha consumido en el pasado. O, dicho de otro modo, construir alrededor de los consumidores una burbuja informativa que se confunda en todos sus rasgos con el mundo, un mundo en donde el usuario (antes llamado cliente) siempre tiene la razón.

Consciente de este peligro, el ingeniero Gilad Lotan (el genio de la data detrás de compañías como SocialFlow y bitly) ha creado una gráfica del tráfico de Twitter después del bombardeo de una escuela de Naciones Unidas en Bait Hanoun la semana pasada.

twitmapthPara un análisis pormenorizado de la gráfica y para verla a tamaño completo, da click aquí.

La isla de las opiniones

Mientras más grande es el nodo en la gráfica mayor es su número de seguidores, y mientras más cerca esté un nodo de otro más conexiones comparten. La diferencia de colores representa comunidades ideológicas contrapuestas, y los nodos del mismo color están más interconectados.

Además de un increíble ejercicio de organización, la gráfica nos revela un padecimiento actual de la democracia: nuestras versiones del mundo están altamente separadas de la otredad radical, lo que da a cada uno la idea de que tiene la razón pues su red de contactos, así como los medios informativos que sigue, lo persuaden de tenerla.

A la derecha de la gráfica tenemos a los grupos activistas pro-palestinos (en verde), además de medios y periodistas (en gris). Para Lotan, “las ramificaciones grises de blogueros, periodistas y entidades mediáticas internacionales están mucho más cercanas al grupo de activistas pro-palestinos, lo que significa que es mucho más probable que la información fluya entre estos”, agregando que “esta característica estructural de la gráfica refuerza el sentimiento general de Israel con respecto a los sesgos de medios internacionales”.

En el lado izquierdo están los grupos y personalidades a favor de Israel (azul claro), así como los grupos conservadores de sus aliados en Estados Unidos, incluyendo al Tea Party (azul oscuro).

Lotan se apresura a aclarar que la gráfica no sirve para decir quién tiene la razón o prejuzgar el profesionalismo de ningún medio, sino simplemente para mostrar que “los usuarios realizan elecciones deliberadas sobre aquello que desean amplificar. Esta es una representación de sus valores y de los valores de sus conexiones. Los mensajes de un lado de la gráfica nunca llegarán al otro extremo de ella”.

Este punto es especialmente preocupante, pues si una sociedad democrática está basada en el intercambio de ideas contrapuestas, nuestro ecosistema informativo (con su supuesta democratización de información y libertad de opinión) está haciendo justo lo contrario: Facebook, Twitter y otros servicios sólo reforzarán las ideas de las que ya estamos previamente convencidos, evitando el disenso y el punto de vista de la otredad radical. En otras palabras, nunca conoceremos (al menos en las redes sociales, a menos que lo busquemos activamente) el punto de vista que no tiene nada en común con el nuestro.

El famoso "punto medio"

Sin embargo, una excepción interesante en la gráfica es la del periódico israelí Haaretz, que se encuentra justamente en medio de ambos polos, sirviendo como un puente: aunque ha sido descrito como una versión izquierdista del New York Times, Haaretz es suficientemente incluyente como para que tanto los partidarios de Palestina como de Israel lo utilicen como referente.

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Este ejercicio gráfico nos demuestra, además, que una misma noticia no tiene el mismo impacto (en este caso) para los partidarios de las facciones en conflicto; según Lotan:

Si estás a favor de Israel, seguramente verás videos de cohetes disparados por Hamas cerca del Hospital Shifa. De manera alternativa, si eres pro-palestino, podrías encontrarte siguiendo los reportes del supuesto francotirador de las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF) que admitió (en Instagram) haber asesinado a 13 niños de Gaza. Los israelíes y sus partidarios tienen más probabilidad de ver videos de las IDF --como ese donde detallan las armas y túneles que hallaron dentro de mezquitas— pasando por sus redes sociales, mientras que los grupos palestinos tienen más probabilidad de compartir imágenes que muestran la pura y simple destrucción provocada por las fuerzas del IDF en las mezquitas de Gaza. Un lado ve videos de cohetes interceptados en los cielos de Tel-Aviv, y el otro ve los estragos letales de ataques de misiles en vecindarios de Gaza.

Por el lado de quienes crean herramientas para compartir información (como Lotan), mientras mejor logren captar los intereses y preferencias de los usuarios mayor precisión lograrán para proporcionarles contenido hecho a la medida de su gusto. Sin embargo, el peligro de captar la atención de los usuarios --en tanto consumidores de información en redes sociales— es que dejamos de lado la otredad, el disenso y todo aquello que nutriría una democracia informada.

Algo que me llamó la atención de la gráfica es que la guerra no es el único punto en común entre las facciones en conflicto: en un sentido espiritual, los hashtags #PrayForGaza y #PrayForIsrael están muy cerca, justo debajo de "war". Tal vez la fe y la oración (al menos como motivo semántico) sean algo que une a los adversarios y a sus partidarios.

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Lotan sugiere que “en cierto modo, estamos construyendo dispositivos de propaganda personalizada que alimentan a los usuarios con contenido que los hace sentir bien y deja fuera los fragmentos incómodos”.

Desconectarse de la Matrix implica no solamente entender que ninguna persona es una isla, como decía Hemingway, y que los que piensan como nosotros no son los únicos que tienen derecho a expresar su opinión. “Una democracia sana depende de un ecosistema sano de redes sociales”, concluye Lotan, mientras realiza una incómoda y pertinente pregunta: “Como constructores de estos espacios interconectados en línea, ¿cómo podemos asegurarnos de optimizar no sólo el tráfico y la interacción, sino también un público informado?”.

En ese sentido, un “público informado” no es solamente aquel que refuerza sus propias convicciones a través de medios informativos, sino aquel que busca por sí mismo opciones divergentes e incluso contrapuestas a su propia opinión. Para bien o para mal, ninguna línea editorial puede hacer ese trabajo por sus lectores o su audiencia: es responsabilidad de cada uno de nosotros dejar de ser consumidores de información y transformarnos en ciudadanos informados de nuestro mundo –mundo que, finalmente, compartimos con millones de personas que no piensan como nosotros.

 Twitter del autor: @javier_raya

Reflexiones sobre la depresión y la posibilidad de que los deprimidos sean una suerte de "elegidos" para mantener la esperanza de nuestra especie.

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Do you not see how necessary a world of pains and troubles is to school an intelligence and make it a soul?
― John Keats

A los 63 años, uno de los actores más populares de las últimas décadas hollywoodenses optó por quitarse la vida. El modus operandi sugiere una desesperación atroz: murió asfixiado al colgarse con un cinturón en su casa de Tiburón, California, luego de, aparentemente, haber tratado de cortarse las venas. Más allá de su fama, producto de ser uno de los más icónicos ensamblajes de la gran maquina de celebridades, tal vez uno de los detalles que más abonaron al shock masivo es que Robin Williams no era sólo un actor; era un cómico, un tipo que no sólo aparentaba desbordar felicidad sino que, al menos de manera efímera, la "producía" en los demás. 

El suicidio es esencialmente un acto trágico. Al menos en la cultura occidental, es la autoinducción del arquetípico final, del game over, de oficializar el triunfo de la desesperación. El suicidio es cabrón y, paradójicamente, su trágica naturaleza reside no tanto en el momento culminante como en el proceso que le antecede. ¿Qué ocurre en la mente (y por lo tanto, en la realidad) de aquel que elige terminarse? ¿Cómo fueron los días y las noches previos a ese momento en la vida de Robin Williams? ¿Cuántos millones de personas no están experimentando situaciones similares justo en el instante en que yo escribo o tú lees esto? Y aquí llegamos al tema que realmente me interesa abordar: la depresión. 

La depresión es un estado por lo menos complejo, si no es que inabarcable. Por un lado, en el plano material, presuntamente, se manifiesta a través de una danza de químicos cerebrales. Pero también conlleva una dosis importante de psique y, obviamente, de emocionalidad. En algún sentido es una enfermedad, como cientos de otras que están catalogadas, ni más ni menos, pero también tiene un algo engañoso, elusivo –como cuando volteas a ver un retrato y te das cuenta que él ya te estaba viendo desde antes. Aunque no exclusivamente, pasa por lo frívolo, o al menos por lo burgués y post-moderno, pero en el trayecto toca a su vez algunos de los puntos más profundos de la naturaleza humana.

Por si no fuese suficientemente complicada la anterior mixtura la depresión debiera ser, quizá como protocolo mínimo de respeto o empatía, impronunciable para aquel que no la experimente (como bien señalamos en un artículo previo), pero a la vez, la endémica percepción que conlleva el estar deprimido también imposibilita el abordarla de una forma que permita jugar con la posibilidad de trascenderla. La depresión es una trampa, pero una casi perfecta. Y es que si la voluntad mueve montañas, la depresión construye abismos, tan reales como tu mesa de madera o la taza de té que a veces te acompaña. Además, a diferencia de otras frecuencias anímicas, por ejemplo la melancolía, la depresión carece de toda poiesis, es más bien un estado obscenamente estéril, que fácilmente puede inhabilitar (discapacitar) a aquel que lo experimenta. 

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La torpeza social o la incapacidad para interactuar dignamente con el fenómeno de la depresión se traducen en situaciones como el abuso del término, la frivolización de un escenario que genuinamente, para muchos , determina buena parte de su existencia. Por otro lado tenemos esta nefasta presión sociocultural para ser felices, o al menos para simularlo sistemáticamente, aspirando a replicar las escenas de júbilo con las que cierran miles de películas. Y es que, en un mundo donde no sólo tienes que ser feliz sino que tienes que demostrarlo e incluso presumirlo –tu felicidad debe ser espectacular, o al menos híperexplícita–, cuál es el rol que toca a los deprimidos.  

El caso de Robin Williams despertó un interesante espectro de reacciones. Para muchas personas que sufren de depresión se convirtió en una especie de redentor, una prueba fehaciente de que esta condición no es un simple perfil psicológico o una predisposición a pasarla mal. A otros, primerizos, les develó que la fama, el dinero y similares no garantizan en absoluto la felicidad o la tranquilidad. Hay quienes incluso se aventuraron, como suele ocurrir en los contextos post-suicidas y evidenciando una clara limitación comprensiva, a enfatizar en el egoísmo del señor. En todo caso, más allá de las múltiples interpretaciones, este episodio, al menos, reavivó el debate sobre la condición que derivó en el mediático suceso: la depresión que protagonizó el actor los meses (o años) previos a su muerte --papel que, por cierto, terminaría siendo el más importante de su vida.   

Me gustaría lograr las palabras ideales, una liberadora conjugación semántica, para compartir en torno a la depresión, para tal vez mitigarla. Pero sé que este deseo es bastante naive. Me gustaría alentar a las millones de personas que están o hemos estado de visita en esos estados baldíos a dejar las vistosas expectativas y concentrarnos en lo micro, en los pixeles de la cotidianidad, en la sensación de la escoba al peinar el suelo, en el infinito sabor potencial que tiene para nosotros un vaso de limonada o en la perfección del masaje implícito en una tonada, casi cualquiera. En el fondo quizá intuyo que estos deseos tienen poco sentido, pues muy probablemente sólo puedan resonar a través de una línea distinta de la partitura; son bálsamos improbables que actúan en un universo difícilmente similar al que se experimenta desde la depresión.     

Unknown

La depresión es un misterio que, más allá de la abstracción, goza de un mordaz realismo. Pero también sé que está tan lejos de ser una simple predisposición anímica como lo está de ser un obstáculo insalvable. Y tengo buenas razones para creer que cada gramo de "anti-depresión" que se consigue estando inmerso en un estado depresivo, vale por millones de los happy points o los gramos de felicidad culturalmente inducidos o que estaban ya ahí, como por default –y lo digo sin la intención de demeritar el rol de los "liberadores naturales de endorfinas" que andan alegres por el mundo, gozando de la vida de una manera tan válida como, quizá, poco consciente.

En este sentido y quizá pecando de romántico me atrevería a decir que, posiblemente, la depresión es una especie de ritual iniciático al que sólo serán sometidos algunos cuantos. Y que, similar a lo que ocurre con la figura del chamán, se trata de visitar algunos de los mundos más inhóspitos –en los que no aplican las mismas reglas ni leyes– para recoger ahí preciados regalos y traerlos de regreso consigo a este otro mundo, el "estándar". Obviamente, al emprender inconscientemente esta aventura nadie tiene garantizado el regreso pero, ¿no es a fin de cuentas esa incertidumbre la que ha acompañado cualquier empresa épica en nuestra historia? 

La batalla es dura y supongo que, lamentablemente, muchos habrán de caer en sus respectivas luchas. Sin embargo, cada minúscula porción de victoria que se logre en este campo terminará sosteniendo, tal vez, la esperanza colectiva de nuestra obtusa especie –difícil imaginar un insumo más puro que aquel que un "alguien" se aventuró a recoger y trascender, en los terrenos de la depresión, para luego compartirlo con el resto.  

 Twitter del autor: @ParadoxeParadis