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La ciencia, a veces por azar, se acerca a encontrar formas efectivas para aumentar las capacidades cognitivas utilizando sintéticos químicos

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Nuestra era mantiene el elogio de la inteligencia a la vez que crece exponencialmente la tecnología (y nuestra dependencia a ella). La mayoría de nuestras imágenes del futuro visualizan a un ser humano aumentado, que goza de una hiperinteligencia y de una eficacia maximizada. Esta hiperinteligencia suele ser sintetizada en tres vías: la ingeniería genética, la hibridización hombre-máquina o la implementación de sustancias químicas. En este último sentido, la imagen predominante, tenemos a la pastilla como emblema sintético del aumento cognitivo y de la expedita solución de todo tipo de predicamentos. Nuestra cultura es la de la supercarretera de la información, la comida rápida y la de los medicamentos rápidos. La pastilla materializa nuestro deseo ferviente de encontrar una especie de objeto seudomágico a través del cual podamos lograr lo que queramos sin esforzarnos demasiado, algo que nos transforme sin tener que atravesar el tortuoso proceso y aprendizaje que significa necesariamente esa transformación.

Aunque la pastilla de la hiperinteligencia o la pastilla (mitad software) que nos permite aprender algo a velocidades descomunales sigue siendo una imagen que dotamos de un marco futurista, lo cierto es que el ser humano lleva aumentando su capacidad cognitiva por vía química por milenios. Las drogas y ciertas dietas son formas preponderantes para hacer esto --pero permanecen ligadas a elementos multifactoriales, a un "set and setting", por lo que no brindan siempre resultados predecibles, completamente cuantificables. En los últimos años hemos visto un relativo boom de los medicamentos nootrópicos, desde sustancias que provienen de antiguas tradiciones como el ginkgo de biloba, la bacopa o adaptógenos como la rhodiola y el ginseng, hasta vitaminas y ácidos grasos esenciales como el Omega 3 y drogas utilizadas para el déficit de atención o enfermedades neurodegenerativas, como el Adderall, la Ritalina o las racetams. Todas estas sustancias, sin embargo, están lejos (por su falta de potencia o sus efectos colaterales) de presentarse como la panacea que los usuarios buscan.

En la búsqueda de esta metapastilla, es importante primero conocer bien a bien cómo funcionan los mecanismos cognitivos del cerebro. Como sabemos, otro de los términos que el marketing ubicuo de nuestra cultura ha elevado es la creatividad (todos la quieren y sin embargo resulta elusiva e indefinible). Una serie de estudios realizados por la neuróloga Rivka Inzelberg de la Universidad de Tel Aviv apuntan a que la dopamina juega un papel fundamental en el proceso creativo. Inzelberg notó que pacientes con Parkinson que estaban siendo tratados con un precursor de dopamina, L-DOPA (o levodopa) estaban escribiendo más novelas y pintando más cuadros de lo común, algunos literalmente en un frenesí de creatividad. Inzelberg luego investigó con sus colegas y reafirmó su tesis: los pacientes de Parkinson medicados estaban en medio de un pequeño boom creativo en la periferia.

Inzbelberg realizó exámenes a un grupo de control y a un grupo de pacientes con Parkinson y descubrió que las personas con esta neuropatología tuvieron mejores resultados en creatividad visual y verbal, así como en pensamiento divergente y novedad combinatoria. "Encontramos también que los pacientes que tomaron dosis más altas de medicamentos dopaminérgicos exhibieron respuestas más creativas", dice  Inzelberg, quien define la creatividad como una combinación de "originalidad, flexibilidad e inclinación a combinar ideas nuevas y prácticas", en este caso posiblemente con una correlación con tendencias obsesivas. Sin embargo, no queda claro si la obsesividad es resultado de la cualidad creativa, o es lo que deriva en creatividad sin que halla un gradiente cualitativo en esa "creatividad" (la relación entre las enfermedades mentales y la creatividad es fascinante y existe numerosa evidencia que confirma su estrecho vínculo)

Un mecanismo que parece vincular a la creatividad con la dopamina es la tendencia a buscar experiencias novedosas y a generar comportamientos inusuales, una tendencia que está modulada en el cerebro por la dopamina. Otra hipótesis de la creatividad sugiere que está modulada por el núcleo accumbens que modera la capacidad de una persona de filtrar estímulos irrelevantes, también conocida como inhibición latente. Esto ha sido observado en personas que tienen psicosis, y parece fomentar el pensamiento divergente.

 

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El otro aspecto crucial de la función cerebral que es perseguido por nuestra cultura es la habilidad para aprender, una proficiencia que muchos perdemos por malos hábitos. Sin embargo, esta neuroplasticidad que asociamos con la juventud es parte de la naturaleza del cerebro y está a nuestro alcance. La investigadora Judit Gervain del Laboratoire Psychologie de la Perception de la Universidad de París descubrió que administrar el fármaco Valproate en dosis bajas permite aumentar la capacidad de absorber nuevos conocimientos, colocando al cerebro en fase esponja por "un periodo crítico de aprendizaje"; en otras palabras, permitiendo que el sujeto aprenda como si fuera un niño.

El Valproate es un medicamento que fue creado para combatir la epilepsia y la bipolaridad; sin embargo, Gervain cree que en dosis bajas, orientado específicamente a ciertas funciones cognitivas, tiene pocos efectos secundarios negativos y tiene un uso prometedor en este incipiente campo de los nootrópicos, muchos de los cuales, como es común en la historia de las drogas, se descubren por accidente.

 

Stephen Hawking: El bosón de Higgs podría destruir el universo

Ciencia

Por: pijamasurf - 07/23/2014

La "partícula de Dios" podría destruir el universo, señala Stephen Hawking, pero sólo en el caso de que pudiéramos construir un acelerador de partículas gigante; de cualquier forma la física teórica, con su veta de ciencia ficción, no puede ser desdeñada

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Parecería que estamos de nuevo en 2010, cuando el experimento del Gran Colisionador de Hadrones generaba lo mismo asombro científico que preocupación metafísica. El físico británico Stephen Hawking, quien se ha convertido en el gran comentador de los acontecimientos científicos de la prensa de su país, ha descrito en su nuevo libro, Starmus, 50 Years of Man in Space, un escenario en el que el bosón de Higgs, la llamada "partícula de Dios" que es considerada el fundamento de la masa en el universo, podría precipitar la destrucción del universo.

"El potencial de Higgs tiene la inquietante característica de que puede volverse mega-estable a una energía superior a los 100bn giga-electron-volts (GeV). Esto podría significar que nuestro universo podría empezar a decaer catastróficamente en el vacío , con una burbuja de vacío real expandiéndose a la velocidad de la luz. Esto podría pasar en cualquier momento y no lo veríamos venir", señala Hawking.

Ahora bien, después de esta hipótesis de alto impacto, que ha vuelto a generar un eco mediático desproporcionado vía The Daily Mail, Hawking aclara en su libro que esto no ocurrirá en un futuro cercano, ya que para que se obtenga un estado de energía superior a los "100bn giga-electron-volts (GeV)" es necesario un acelerador de partículas más grande que la Tierra, algo que "no es muy probable que se construya dado el clima económico actual".  Lo cual nos deja un poco en una zona liminal en la que quizás lo mejor es tomar con humor los comentarios de Hawking.

Así que el bosón de Higgs puede destruir el universo, pero por el momento necesita que una civilización extraterrestre se dedique a construir un inmenso acelerador de partículas. Algo que es concebible que podría ocurrir en alguna parte del universo junto con innumerables variables que van más allá de nuestro alcance cognitivo.

Durante el tiempo en que se inició el experimento para encontrar el bosón de Higgs en el laboratorio CERN, ya se había barajado la posibilidad de que generara un agujero negro. Aquí un ilustrativo video que muestra este escenario.