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Sería insensato plantear que no es positivo que una persona trabaje en algo que ama o disfruta de alguna manera; el problema reside en la invisibilidad y la especialización.

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(...) society operates on the theory that specialization is the key to success, not realizing that specialization precludes comprehensive thinking.

Richard Buckminster Fuller, Operating Manual for Spaceship Earth

Sin que nos diéramos del todo cuenta, uno de los campos en los que más modificaron nuestras vidas internet y las nuevas tecnologías es el del empleo. Nos dimos cuenta de algunos de los cambios pero, sobre todo, de los benéficos. Por ejemplo, tener prácticamente cualquier recurso y referencia a unos clicks de distancia, una nueva manera de conseguir trabajo basada en la construcción de redes y reputación o la posibilidad de trabajar desde cualquier parte del mundo siempre que exista una conexión disponible a internet, etc. Para los que trabajamos de una manera u otra con internet, los upgrades son evidentes. Pero, en el proceso, ocurrió algo imperceptible como la emergencia de internet, que se desarrolló a lo largo de varios años pero "de un día para el otro" invadió el mundo biológico. De un momento a otro (y bajo toda una serie de justificaciones sociales y morales) el empleo pasó a ser ubicuo. El concepto de oficina es anticuado, ya que nos llevamos la oficina a todas partes en nuestros bolsillos y la tenemos también en nuestras computadoras. En un mundo que transcurre en el presente y que se encuentra hiperconectado, el empleado debe de estar disponible las 24 horas del día -por lo menos mientras esté despierto (y que no duerma mucho, por favor; y que en la mañana se tome un café y esté lúcido lo antes posible, gracias)-.

No estar disponible es una carencia total de profesionalismo y una falta importante de compromiso. La unión alquímica entre ética protestante y capitalismo se muestra en todo su esplendor en la actitud requerida de una persona ante su carrera laboral. Esfuerzo, sacrificio, responsabilidad, progreso. Esperar otra cosa de la vida lo convierte a uno en un hippie, un vago al que no le interesa progresar y se encuentra en el límite, con un pie del otro lado de los valores de la sociedad: si no trabajas, eres un ladrón; o eres rico (o las dos cosas), por lo cual te odiaremos y envidiaremos. Debes decidir qué quieres hacer por el resto de tu vida antes de entrar en la universidad y hacer eso durante toda tu vida, hasta el retiro o la muerte, un mínimo de ocho horas al día. Malcolm Gladwell sostiene que, al dedicar unas diez mil horas a una determinada tarea, te conviertes en un experto. Teniendo en cuenta el calendario laboral, todos nos convertimos en expertos de lo que sea que hagamos alrededor de los cinco años y medio después de empezar. Vivimos en un mundo de expertos, entonces. De expertos aburridos y desperdiciados, porque en su amplia mayoría no aman sus empleos.

Una de las nuevas modalidades de contrición profesional se da bajo un axioma que es, en un sentido, positivo: haz lo que amas. Si te dedicas a aquello que te apasiona, ocurren varios imprevistos: por un lado, dejas de poder quejarte de cualquier injusticia, ya que "haces lo que amas", y también debes hacerlo todo el tiempo posible aunque esas horas extra no sean pagadas ya que, bueno, haces lo que amas. A no ser que trabajes por tu cuenta como freelance, o como la personificación de cientos de miles de años de evolución biológica y cultural: el emprendedor. En ese caso, también te dedicarás a tus proyectos durante noche y día, pero no tendrás nadie ante quien quejarte sobre tus clientes y problemas. Debes estar agradecido por tu situación y trabajar. Las mismas keywords de siempre: sacrificio, responsabilidad, progreso. Sería insensato plantear que no es positivo que una persona trabaje en algo que ama o disfruta de alguna manera; el problema reside en la invisibilidad y la especialización. Cualquier otro interés que pueda tenerse no debe ser más que un hobby, algo con lo que distraernos alguna que otra noche libre de la semana o los fines de semana (siempre que no tengamos nada de trabajo). Se espera una relación monogámica con el empleo, una persona no puede amar más de una cosa a la vez. Si te dedicas al marketing, escribir novelas de ciencia ficción sólo puede ser un hobby. ¿Te gusta la naturaleza, la vida al aire libre? En tus vacaciones, por favor; pero lleva el móvil, aunque sea. ¿Adoras estar con tu familia? No hay problema; puedes hacerlo mientras trabajas con la laptop.

Mientras mayor sea el grado de especialización dentro de un área -cualquiera-, mejor. Un título universitario no es suficiente; hay que especializarse. Si no lo haces, si no te capacitas como para ser un experto o por lo menos tener mayor conocimiento sobre un subconjunto de conocimientos en particular, es probable que en algún momento te cueste conseguir empleo: le darán el puesto a alguien que sí se especializó en el área. Pero, más allá del grado microscópico de expertise al que estamos llegando, nadie pone en duda la especialización en sí misma: es la base de la división del trabajo y aumenta la eficiencia. El resultado es un grado de sincronización total entre lo que queremos ser y lo que hacemos, convirtiéndonos exclusivamente en nuestro trabajo. Algunos países europeos están intentando limitar aunque sea la ubicuidad del empleo prohibiendo, por ejemplo, que los jefes envíen correos electrónicos a sus empleados (por cuestiones laborales) en horarios de descanso. A mi parecer, esto será un espejismo, un oasis en el desierto de la cultura laboral. También hay límites de horas de trabajo por semana, pero no se respetan -y si uno ama lo que hace, ¿por qué quejarse por recibir un correo fuera del horario laboral, cuando estabas viendo una película, jugando a Xbox o cocinando la cena?

La única posibilidad viable es crear límites personales y navegarlos lo mejor posible; cualquier solución colectiva morirá aplastada por la saciedad semántica en cuestión de horas y no servirá para nada. No hay dos elementos antagónicos (vida y trabajo) que balancear (ni importa mucho la diferencia entre "trabajo" y "empleo"). Los elementos a balancear son individuales, pero son mucho más que dos: están los deseos, los miedos (hay que tenerlos en cuenta, a no ser que seas un yogi o un emprendedor), la situación laboral personal actual y las expectativas, todo aquello que ames y disfrutes hacer (incluyendo las personas a las que amas y tus plantas y mascotas), el contexto económico global y local, tus responsabilidades (para con las personas ames y aquellas puedan depender de ti) y las posibilidades de que ocurra una invasión alienígena a escala global en los próximos años o una guerra lo suficientemente grande como para que te obligue a replantear el futuro. Quizás no puedas hacer lo que amas en este momento, quizás sí; probablemente no te arriesgues a cambiar tu vida en una apuesta radical, y no hay nada malo en eso. Quizás prefieras intentar encontrar algo intermedio: algo que no ames, algo que disfrutes, algo que no odies. Quizás ya lo hagas y puede que no sea suficiente, y quieras cambiar. O te cansaste. O quieres mantener tu empleo aunque no te guste del todo, por una serie de motivos que no le importa a nadie salvo a ti. Es probable. Lo único que importa es que elijas, uno a uno, los elementos que consideras importantes (más de dos, siempre más de dos), los pongas en una balanza y los mires mientras algunos se desintegran, otros aumentan de peso y tamaño y algunos pocos se mantienen igual; y que (no como consecuencia sino como parte del proceso) encuentres un tiempo para desconectarte de todo: de aquello que amas, de ti y, sobre todo, de tu empleo.

Twitter del autor: @ferostabio

 

La escuela no sabe acompañar los procesos; no sabe cómo verlos ni, mucho menos, cómo evaluarlos. Pero no sólo no sabe acompañar el proceso sino que tampoco sabe diseñar desde los procesos
[caption id="attachment_80638" align="aligncenter" width="375"]Reading, Panta Rhei Reading, Panta Rhei[/caption]

Las escuelas ven los logros e ignoran los procesos. Es un denominador común del modelo escolar vigente.

Logros o fracasos, lo que define a la escuela es su foco en el desenlace del proceso y no en el curso del mismo. Si es logro, alaba y encumbra, y si es fracaso, pune, señala y aparta. Siempre, todo, en la escuela es olimpíada, concurso, certamen, prueba.

La escuela no sabe acompañar los procesos; no sabe cómo verlos ni, mucho menos, cómo evaluarlos. Se le complica afincarse en lo etéreo, en lo subjetivo, en lo diverso, en lo irreductible a la previsibilidad. Pero no sólo no sabe acompañar el proceso sino que tampoco sabe diseñar desde los procesos. No piensa en los procesos como fines. No se anima a darles relevancia pedagógica. No cree en ellos, aunque nos diga que sí.

Veamos todo este debate encima de un ejemplo.

¿Qué hace la escuela con la lectura? Básicamente, la echa de menos, la trata de imponer, la elogia hasta el empalago, la reduce a ejercicios menores de comprensión superficial y la encumbra todo el tiempo. ¿Y con la lectura en voz alta? La va perdiendo; la aísla y no la relaciona con nada.

Es muy difícil encontrar una escuela que conecte lectura con escritura; o lectura en voz alta con narración y con narración oral. En general, atiende estas prácticas aisladamente, como acciones inconexas; como temas de un listado cualquiera. No encaja una cosa con la otra. Se olvida o no ve que la lectura y la escritura son dos caras de una misma moneda.

El buen lector es –sobretodo- aquel que sabe que la escritura es un arte complejísimo, profundo, hondo e insondable. Y para saberlo, nada mejor que tratar de escribir algo. El que vive la experiencia de escribir no puede reducir la lectura a un acto trivial. Y a su vez, el que lee escribiendo o escribe leyendo se conecta al mismo tiempo con el consumo y la producción, con la contemplación y la creación, con la recepción y la proposición. Leer sin escribir desemboca en “profesora de literatura” o en libro de texto, no en escritor. Leer y leer, si no conduce de alguna manera a la escritura (es decir, a la proposición del que lee,) no decanta, no sedimenta, no hace sentido y se vuelve mera práctica vacía o estereotipada erudición. Lo mismo que atesorar libros, que no es lo mismo que desarrollar una biblioteca.

Imaginemos un festival de lectura en voz alta en la escuela. Rubrica en una fiesta en la que los niños leen en voz alta para el público asistente (o sea, la comunidad). En medio, recreos de narraciones orales, cortes musicales, entrevistas, teatro. Una fiesta escolar; una escuela en plena producción cultural. Una feria cultural abierta.

Pero el eje es el festival.

Unos meses antes, comienza la preparación de los alumnos para el festival. Comienza el proceso -quiero decir. Un proceso que los participantes van construyendo con su propia experiencia. Partimos de unas lecturas iniciales en voz alta en el aula. Imaginemos un aula de niños de 12 años. El maestro toma un texto (un tramo cualquiera de La fiesta del Chivo). Y pone a leerlo en voz alta, al frente, a 10 alumnos, uno tras otro. Cuando acaban, llama al aula a una recapitulación. ¿Cómo nos ha salido? No a cada quién, sino al colectivo. ¿Fue digna la media de los 10 lectores? Discutamos.

Discutamos para comenzar, no para acabar el proceso. No discutamos a cada uno de los lectores, sino la producción colectiva. Dejemos que esos 10 nos hablen de los 30… o de los 30 mil. ¿Cómo estamos para leer? ¿Leemos bien?

Seguramente, mal. Nadie habrá disfrutado ni de leer, ni de escuchar, ni de La fiesta del Chivo. Habrá habido tensión, monotonía, tedio y presión. Mal clima; poco sentido. Evaluemos los esfuerzos. ¿Qué hizo el que mejor leyó? ¿Por qué el que lo hizo bien lo hace bien? ¿Hemos podido conectarnos con Vargas Llosa? ¿Apareció la gran literatura en esa escuela ese día?

Seguramente, todo habrá sido poco, débil, incómodo. Es previsible.

¿Cómo podríamos mejorarnos? ¿En qué tipo de procesos invertiríamos las horas de preparación hasta el festival? ¿Cómo salimos de lo trabados que estamos? En suma, ¿cómo sigue el proceso?

Todo eso se discute, entre los alumnos, con la conducción del maestro. El maestro no sabe dónde van; los alumnos tampoco. Pero lo más importante –para que el proceso se desencadene-- es que los alumnos perciban que el maestro no tiene las respuestas. Ahí se abre la producción verdadera.

Las propuestas –seguramente-- serán estrechas, sólo próximas a lo conocido. Propondrán entrenarse. Repetir. Tomar cursos de oratoria. Perder la vergüenza. Insistir. Pero no más que eso. La participación también está estereotipada en la escuela. Difícilmente, los alumnos propongan –por ejemplo-- cambiar de texto o elegir cada uno su texto. Si no lo hacen, el maestro debe introducir la posibilidad. Y también proponer que se planteen escribir ellos lo que leerán o reescribir el texto de Vargas Llosa. Abrir y abrir. Dar libertades. Sorprender. Desafiar.

Y los deja elegir. Exige que tomen posición. Que haya diversidad. Que cada uno de ellos se constituya, adopte postura de sujeto (“yo creo, yo pienso, me parece, deseo…”).

Luego, el maestro propone un período de preparaciones. Un tiempo para entrenarse, cada quien en el esquema que haya escogido. De a uno o en grupo. Ayudados o en soledad.

El maestro pone una nueva fecha futura para volver a hacer lo mismo dentro del aula, a puertas cerradas; para volver a escucharse entre ellos y volver a evaluarse. Esta vez escucharán al que se entrenó; al que se aprendió de memoria el tramo de La fiesta del Chivo; al que tomó cursos de oratoria… pero también al que escribió un poema y lo lee; al que escribió una crónica; al que reescribió un tramito de El Quijote; al que prefiere contarlo sin leer…

Y vuelven a evaluarse. Recapitulan en grupo. Aparecerá el valor de la producción; la riqueza de la diversidad. Aparecerán los valores nuevos en contraste con la monotonía de la primera producción. Habrá otra energía. Cogerán otra confianza. Comenzará a aparecer la emoción, que es la expresión del sentido de lo que se está haciendo.

En ese momento, en toda la escuela, se está produciendo el mismo proceso en cada aula, en diferentes edades, con grupos distintos, con estilos y ritmos de conducción diferentes, con descubrimientos y conclusiones diversas. La escuela está atravesada por un proceso vital, abierto, inclusivo, colectivo y organizado en función de una instancia social conjunta, el festival.

Los maestros evalúan la calidad de la producción, pero sobre todo la calidad de la búsqueda y el trabajo de recapitulación. Las capacidades del grupo para aprender juntos y de ellos mismos. La calidad de la diversidad. La tolerancia a la diversidad. La disposición a la osadía. La orientación al logro por encima del estereotipo.

Y el proceso sigue.

No hay nombres de niños destacados; tampoco de niños relegados. Hay grupos, interacciones y aprendizajes compartidos. Tampoco hay recetas. Hay búsqueda abierta. Exploración. Procesos de cada aula, de cada escuela.

El colegio se carga de energía convergente. El festival integra e incluye. No hay expectativas de triunfos, sino el triunfo colectivo. No hay celebridades. No hay estrellas ni elegidos. Hay vitalidad social básica. Hay de todo. Hay para todos.

Y así podríamos seguir con cada cosa, para cada eje que se quiera trazar. Así, ir construyendo la escuela. Eso es una escuela, quiero decir. Además, cada tanto, nos acordamos de que debemos tomar lista y llamar a silencio. Cuando no quede otro remedio.

Twitter del autor: @dobertipablo