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Federico Erostarbe imagina varios universos posibles dentro de la realidad que día a día habitamos y creamos. Asómate a ellos.

multiverse

Hay otros mundos además de este, pistolero

-Stephen King, Primer Tomo de La Torre Oscura

Hay una idea según la cual cada vez que estamos ante una encrucijada, en realidad no hay decisión alguna −no hay discriminación entre uno y otro camino, ni hay camino y no-camino. La razón no es otra que la naturaleza paralela del Universo, en que toda disyuntiva implica un mínimo de dos universos −en un universo tomamos la ruta de la izquierda, en el otro la ruta de la derecha; en un universo asesinaron a Kennedy, en el otro no (y en uno murió asesinado por Lee Harvey Oswald, y en otro por una conspiración global). Más allá de la viabilidad de la idea en sí y de la noción científica de Multiverso, cada vez más presente en el mundo propio de ecuaciones y leyes universales de la Física (y de los cómics), su potencial para la ficción y la poesía es inmenso. Pensar que hay un mundo en que Alemania ganó la Segunda Guerra como imagina Philip K. Dick y que hay caminos entre estos mundos, detectives que siguen los rastros y amores que suceden en simultáneo en todos los universos posibles. Pero usualmente parecemos creer que son encrucijadas de importancia las que exigen la creación de un nuevo universo: el resultado de una guerra, una llamada telefónica (no cualquier llamada, esa llamada), un accidente. Vidas y emociones parecen ser el sacrificio que exige el Cosmos para permitir que la burocracia cuántica inicie los trámites correspondientes y los dos universos: uno en el que hacemos la llamada y otro en el que no, sean realidad, en lugar de potencia.

Esa cantidad imprecisa me molesta. ¿Qué determina que una acción haga posible la conceptualización de otro universo y otra no? Y no es sólo su naturaleza imprecisa lo que me molesta, sino también una propiedad dual completamente innecesaria, fuera de lugar. Hacemos la llamada o no la hacemos. La guerra la gana Estados Unidos o la gana Alemania, cuando en realidad podemos hacer la llamada y quedarnos sin batería −o sin señal. O hacer la llamada y quedarnos en silencio −en un universo por decisión propia, en otro involuntariamente −por miedo, por un recuerdo que nos inmoviliza, por los dos. Y entonces utilizamos en vano el término “infinito”, postulando un supuesto número inconmensurable de mundos que en realidad es un número muy alto y nada más. Si somos fieles a la idea veremos que esta supuesta frontera no tiene razón de ser; además, somos nosotros los que otorgamos la importancia a un acto que carece de relevancia intrínseca. En consecuencia, es fácil hablar de guerras y poemas épicos, pero ¿por qué ellos ameritan un nuevo universo y no las crisis por las que pasé durante mi adolescencia? ¿Y por qué tiene que ser crisis, como las de los cómics de DC o las de mi adolescencias, o esas crisis teóricas que siempre traen una oportunidad, las que creen universos? Volviendo al punto: si somos fieles a la idea, puesto que esta supuesta frontera no tiene razón de ser, toda acción es muchas. Toda acción implica de cierto modo un abanico (grande, de los que se usan en China para hacer Tai-Chi) de acciones y encrucijadas, que se desprenden unas de otras con el tiempo. Como bloques que se desprenden de glaciares, produciendo un ruido que parece un trueno, sí, es como un trueno, pero no hay electricidad, sino hielo.

Una vez, manejando por la ruta, siendo pequeño (digamos que manejaban tus padres), después de ver durante horas las nubes, bajaste la mirada y viste un perro, acostado al costado del camino, sacándose las pulgas. Pero en otro universo no dejaste de ver las nubes, en otro no había perro, en algunos había un canino pero distinto, en otro llovía −en otro las condiciones geológicas se habían alterado drásticamente y nevaba, en varios más ni siquiera había ruta −y en uno último había un perro, sacándose las pulgas, disfrutando del sol al costado del camino, pero no estabas vos. Limitar los universos paralelos a un par de variaciones menores en las que el foco siempre está puesto en nosotros y nuestra cultura es conveniente a una narrativa de acuerdo a la cual el Universo tiene una imaginación muy pobre: en incontables universos no hay vida humana ni planeta Tierra, ni se llevó a cabo la Segunda Guerra (y seguramente, en algún Universo, a mediados de los cincuenta los extraterrestres finalmente hicieron contacto y, para salvarnos de la Guerra Fría crearon un gobierno mundial liderado por Juan Domingo Perón −ese es, después de todo, el argumento de una novela escrita en Argentina por Adolf Eichmann, responsable de la “solución final al problema judío”), en otros tantos los Kennedy fueron igual de irrelevantes que el perro al costado de la ruta.

De nuevo la arbitrariedad, representada por ese término hiriente: “irrelevante”. Porque a nuestro entender parece natural que una elección presidencial en Estados Unidos genere por partenogénesis un universo idéntico al anterior sólo que con una pequeña diferencia: ganó Al Gore. Ganaron los demócratas, por lo tanto un nuevo universo, con un planeta Tierra perdido en un eco de materia oscura y radiación a la cual la postura con respecto a las tecnologías verdes y los derechos civiles le importan tan poco como la novela que nunca llegó a publicar Adolf Eichmann, o el perro (a estas alturas famoso) que nos cruzamos en el camino. Nada tiene que ver la importancia de un hecho con los universos que pueda implicar −incontables, infinitos universos fueron creados en tan sólo el planeta que habitamos, desde que alberga vida (y en algunos universos la vida en la Tierra surgió por panspermia, en otros no, en otros nunca llegó a desarrollarse y en este seguimos esperando la aparición de vida inteligente). Como el viento en un bosque, en el que universos brotan en las raíces de los árboles después de una lluvia −y mientras los universos crecen, el viento mueve ligeramente las copas de los árboles, que son palabras. Y los bosques son poemas, novelas. El ecosistema: la escritura.

Porque escribir es una maquinaria gigante que crea estadios y estadios de universos. Escribir es crear, es discernir y es volver atrás y modificar, borrar y recrear. A grandes rasgos, escribir es crear: hay un producto, una idea, a la que le ponemos un moño y ubicamos para que todos la vean, un universo. Pero el proceso que condujo hacia ese mundo dio nacimiento a una cantidad industrial de mundos, breves en su gestación pero cuyos orígenes se remontan a las mismas épocas mitológicas del Big Bang que compartimos. Un poema, o un post en un blog, un texto como este, que escribo y reescribo: noto un error tipográfico y lo corrijo, cambio un punto por una coma, me detengo. Miro un párrafo, elijo un punto y lo separo, creo de manera consciente una separación y una oración queda en el vacío entre dos párrafos pero sólo durante unos segundos en los que pasa a ser parte del párrafo siguiente. Vuelvo a escribir y vuelvo a borrar y no puedo dejar de prestar atención a una palabra que resalta la aplicación que corre sobre OS X porque no la reconoce aunque existe (por lo menos en este universo). Tipeo, espero, borro y vuelvo a escribir y mientras lo hago cambio una palabra por otra, un género, un sustantivo. Y con cada palabra, que es una entre un bosque de palabras, creo un nuevo universo, en que activistas luchan por la neutralidad de la red y los gatos se muestran indiferentes ante sus dueños aunque los aprecien en secreto.

Un universo en que habrá elecciones presidenciales definitorias dentro de poco tiempo y en el que se tomarán infinidad de decisiones: no sólo por parte nuestra, un grupo domesticado y evolucionado de homínidos que desarrolló una mutación curiosa denominada conciencia, sino de todo tipo de mamíferos, reptiles de sangre fría y accidentes biológicos. Y Lee Harvey Oswald, Adolf Eichmann y Al Gore terminan siendo igual de irrelevantes que un fragmento de cuarzo del tamaño de la palma de una mano enterrado a medias en un cerro visitado por turistas, o un hongo que nace o un bloque que se desprende de un glaciar o un trueno o una palabra, cualquiera palabra, de la Epopeya de Gilgamesh a la obra de Proust a todos los posts escritos en blogs, masivos como supernovas de papel devenidas en narrativa digital o inacabados, inconclusos y sin lectores en un mundo en que el lector completa la palabra: leyéndola, en voz baja, pensándola. Recreándola, regándola (sacándole los yuyos y cuidando la humedad de la tierra), forma parte del mismo proceso: una relectura, una interpretación y una reinterpretación. El acto de subrayar, o copiar una frase para compartirla por Twitter, agregándole comillas al inicio y al final, quitándole una parte para que entre en ciento cuarenta caracteres −una frase en lugar de otra, cortada de cierta manera, en una red social en lugar de otra, desde un determinado sistema operativo. En un universo que es un bosque de universos.

Twitter del autor: @ferostabio

La alquimia considera el rocío como un líquido precioso del cual se puede extraer el espíritu universal y emplear como una poderosa medicina.

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La alquimia es la ciencia de transformar las cosas utilizando el conducto de la naturaleza. Más que transformar los metales, los alquimistas buscaban transformase a sí mismos conforme a los principios de la armonía universal: la relación simbólica y simbiótica entre el cielo y la tierra. 

Entre las varias técnicas utilizadas dentro de este magno arte, la recolección del rocío tiene un lugar privilegiado, tanto por su importancia en la obtención de una medicina universal como por su refinación poética. Es dentro de lo que se conoce como “Espagiria”, el “arte de separar y unir” o también “la alquimia vegetal”, que está arraigada la práctica de salir al campo, especialmente en primavera, para recoger el rocío del amanecer del césped o de ciertas plantas (como el manto de la virgen o Alchemilla), con la particular influencia de la luna.

La alquimia, en su antigua fortaleza, está cifrada de símbolos y hace de la misma naturaleza un símbolo viviente –por lo que las correspondencias emanan una cierta energía o una cierta influencia que se puede utilizar para operar cambios en el mundo natural. Las metáforas son utilizadas para ocultar los secretos pero también como un poder de conexión entre el significado y una acción magnética –la articulación de un lenguaje que refleja el encantamiento de la materia. Este es el caso del rocío, también conocido como “agua celestial” o “plata filosofal” y cuyo poder proviene tanto de su energía natural como de su agencia simbólica.

Desde el origen de la filosofía humana el aire ha sido relacionado con el espíritu. La etimología nos dice mucho al respecto, tanto la palabra “alma” como la palabra “espíritu” nacen de palabras que significan “aliento” o “respiración”.  También desde la herencia griega tenemos la palabra “pneuma” que significa “espíritu” al igual que “aire.”  En sánscrito el término “akasa” significa éter, y es tanto el espacio mismo como el espíritu que permea el espacio y la memoria inherente al espacio. También en el hinduísmo, la fuerza vital o “prana” está identificada con el aire y se obtiene, como es lógico, respirando. Es parte de nuestro inconsciente colectivo asociar el aire con el espíritu –también decimos que la creatividad ocurre como una inspiración—y creer que de alguna manera la vida llega a la tierra del cielo o que el espíritu desciende en su escala radiante.

El rocío en la alquimia es la condensación de ese espíritu celeste. La humedad con el frío se condensa en gotas de agua. Esta transformación, del aire húmedo que impregna una superficie en gota de agua, ocurre debido a la radiación, especialmente en noches despejadas donde predomina la radiación infrarroja sobre la radiación solar (y en términos alquímicos la influencia de la luna y las estrellas). Esta radiación infrarroja pero también de rayos cósmicos y otras gamas de luz invisible impregnan la atmósfera de la energía del cosmos, la cual se materializa fugazmente en el rocío: un instante que engloba la luz. Quizás por esto, o porque el aire tiene una carga eléctrica, se dice atinadamente en la alquimia que el rocío porta el “fuego secreto” y como tal es una esfera perfecta: la conjunción de los opuestos, el agua y el fuego. La gota de roció, ya sea de manera literal o simbólica, es la encarnación prístina del espíritu, primera manifestación visible de lo que es potencia ilimitada, en un estado en el que aún preserva su pureza. Reflejando la luz, el rocío es una gota de espíritu, un relámpago transparente o la superficie del cielo en una hoja: una síntesis microcósmica del universo.

Tradicionalmente se recogen las gotas de rocío en la primavera, en noches en las que la luna se mueve de creciente a plenilunio. Esto, para captar la energía del renacimiento que contiene el rocío en esta época en reflejo del proceso fertilizante de la naturaleza. El médico espagírico Yabir Abu Omar, que El País llama “un alquimista en el siglo XXI”, describe el proceso de recoger el rocío, un producto fundamental para trabajar su medicina. Para recoger el rocío de la mañana se sale con fregonas y garrafas de cristal (limpias de productos químicos) en un paraje conocido como la Alfaguara. “Se tienen que extender grandes lienzos de lino sobre las hierbas de los prados que poco a poco se irán empapando de rocío”,  esto con gran sigilo para que el sol no toque el agua recogida y altere las propiedades lunares del rocío. Para evitar esto se exprime el agua en los lienzos y trasvasa a recipientes doblemente herméticos. Una buena recolección puede entregar hasta 300 kilos de rocío cuyo valor es incalculable ya que en sus sales radica “el espíritu universal”.

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El fuego secreto del agua

Existe una misteriosa relación en el rocío que refleja un secreto de la alquimia. Esta agua de la primavera que se recoge es también el “fuego de la naturaleza” que cocina las semillas en la tierra, haciendo surgir la verdesencia e imbuyendo vida a las plantas. Sobre esto podemos leer en el blog de alquimia Al-Kemi:

El fuego del roció puede entenderse en varios niveles. Primero, es la energía del creciente calor del Sol [el sol que avanza hacia su propia plenitud en el solsticio]. Segundo, el rocío es el portador del Nitre, la fuerza vital del aire, que Sendivogius describía cuando escribió “hay en el aire un secreto alimento de la vida”. Paracelso llamó a este élan vital el Azoth, el Nitre aéreo que el Sol transmite a la Tierra a través de las aguas del cielo. Paracelso y otros alquimistas también conectaron este Nitre con el nitro físico más literal,  comúnmente llamado nitrato de potasio, presente en el rocío.

El nitrato de potasio es un poderoso fertilizante que ocurre naturalmente y es utilizado en fertilizantes químicos. Su capacidad de transformación molecular le permite despedir oxígeno puro cuando se calienta: así el inventor Cornelius Drebbel pudo mantener con vida a su tripulación en el primer submarino en 1620. Verdaderamente el Nitre se convertía en la fuerza vital para cruzar los abismos.

El Nitre como el rocío –¿es aire ya agua a punto de volverse tierra con un fuego oculto?-- está en un estado transitorio de gran poder y sutileza, casi etéreo, el punto evanescente entre lo físico y lo no-físico. “Así es como brinda tanto un fuego físico como uno etéreo y da vida al agua que lleva, para transferir esa vida también a la tierra. El fuego especial del Nitre puede transferirse a otras substancias en el laboratorio, así  el rocío es usado para revivir substancias muertas y acelerar la fuerza en muchas operaciones”.

Sedziwoj_abovebelowLa alquimia, pese a tener la reputación de pseudociencia, es la fuente de muchos de los descubrimientos científicos de nuestros días –que la ciencia moderna no reconoce en parte porque se dieron en contextos místicos y bajo un lenguaje cargado de simbolismo esotérico. El alquimista polaco Sendivogius descubrió que el aire era una sustancia compuesta que contenía una sustancia “dadora de vida”, que luego fue llamada oxígeno, 170 años antes de Scheele y Priestly. Sendivogius llamó a esto “Nitre Central” o “Sal Central”,  una especie de materia universal protogénica. La sal, es importante mencionar, en la alquimia no se refiere a la sal (cloruro de sodio), es una acepción más amplia,  de las tres propiedades principales del universo (que son también principios filosóficos), la sal, el azufre y el mercurio (o el cuerpo, el alma y el espíritu).  Estas sustancias dentro de todas las sustancias (una suerte de átomos) están ligadas también a los elementos y son combinadas o equilibradas para producir medicinas en la Espagiria. Sendivogius escribió sobre el Nitre:

La sal pura de la Tierra, llamada nitre, es formada en la caldera. Esto luego puede ser disuelto y concentrado, purificado y enjugado, hasta que se vuelve brillantemente transparente y cristalino. Entonces adquiere el nombre nitre de la tierra filosofal, nuestra sal, que se erige en el mar del mundo, AGUA QUE NO MOJA LAS MANOS, sin la cual nada en este mundo puede nacer o llegar a existir. Así que tienes en las manos el secreto de los Filósofos y la fuente de la primavera, o el escondite de la Naturaleza. Es en este espíritu que el ya mencionado Espíritu de la Naturaleza y el mundo entero residen. Tanto la vida como la salud proceden de esto.

En este bella descripción, tamizada por el arte del filósofo, podemos ver el impulso compartido por los alquimistas, de sintetizar una sustancia universal o de obtener la prima materia, como si pudieran sostener una chispa o una fuente de la creación misma. Una joya especialísima, que sin embargo, paradójicamente, lo es más porque se encuentra en todas partes: este es el arte del ocultamiento de lo divino, que para mejor esconderse penetra todas las cosas, habita la transparencia: como una llama en una gota de agua.

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La medicina universal

Entre otros de los intereses popularmente atribuidos a los alquimistas, además de encontrar la piedra filosofal y convertir el plomo en oro, está lo que se conoce como el elixir de la vida y también la fuente de la juventud.  De alguna manera burlar la muerte y el proceso de degeneración del cuerpo con un equilibrio de los elementos, añadiendo mercurio, sal, azufre o buscando el opuesto --coniunctio oppositorum--, si se tiene poca agua o poco fuego, recurriendo a minerales, plantas o incluso personas que tienen un excedente de este elemento faltante para lograr la alquimia en el atanor del cuerpo, solve et coagula. Más allá de que la alquimia reconoció con Hipócrates que "es más importante saber qué tipo de persona tiene una enfermedad que qué tipo de enfermedad tiene una persona", existen relatos y aventuras que mencionan la búsqueda de desarrollar una medicina universal, una panacea o el mismo alkhaest, el licor inmortal. El filósofo Eirenaeus Philalethes, escribe que el alkahest puede ser llamado "Ignis-Aqua" o agua llameante, la cual tiene la propiedad de disolver cualquier cosa hasta la prima materia. "Es una noble sal circulatoria preparada por el arte maravilloso para responder a los desesos del artista" y sin embargo  "no es una sal corporal cualquiera" sino "un espíritu salino".  Una sal que se hace con el fuego de los filósofos,  crípticamente "el vulgo arde con fuego, nosotros con agua" (algo que recuerda al último verso de los sonetos del alquimista Wlliam Shakespeare: "love's fire heats water, water cool's not love").

El rocío --que ya hemos visto es también "el fuego secreto de la naturaleza"-- parece ser un elemento importante, al menos para algunos alquimistas, para obtener este "espíritu salino" con el cual se pueden realizar las operaciones maravilosas de la ciencia oculta.  En varios sentidos el rocío recuerda a un líquido divino o a una sustancia que confiere la divinidad o los atributos de lo celeste.  Recoger el rocío --la gota de aire condensado, una perla de Indra o un glóbulo de icor-- en cierta forma  podría ser una técnica más sutil para robar el fuego de los dioses. Quizás una forma, por sigilosa y hermética, aceptada por los olímpicos que pese a ser longividentes deciden hacerse de la vista gorda, en esa hora crepuscular donde la relaidad y el sueño se funden. El rocío es en  muchos aspectos análogo al amrita, al soma y al mana. Aleister Crowley escribe: 

En el simbolismo hinduista, el Amrita o rocío de la inmortalidad, gotea constantemente sobre el hombre, pero es quemado por el fuego denso de sus apetitos. Los yogis intentan atrapar y preservar este rocío...

En la Tabla Esmeralda, el texto atribuido a Hermes Trimegisto, según la tradición el padre de la alquimia, se lee: "Su padre es el Sol, y su madre la Luna, el Viento lo llevó en su vientre, y su nodriza es la Tierra". Al parecer esto se refiere al espíritu universal que los alquimistas tratan de obtener, después de que la materia se ha vuelto más densa, algo que podríamos identificar con un ocultamiento del lo sutil en lo denso. Este viaje simbólico del espíritu puede también relacionarse con el proceso del rocío que podemos decir es el resultado de la energía del Sol y la Luna, y es llevado por el viento, hasta la Tierra donde recibe los minerales. 

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En su libro The Secret Teachings of All Ages, el gran comentarista de la esoteria mundial, Manly P. Hall escribe " Según von Welling, la sal universal (en forma de agua) es una cura positiva para todos los padecimientos de la humanidad; está en todas las cosas, pero de algunas cosas es más fácil de obtener que de otras, especialmente esto es verdad de la tierra virgen; es el solvente universal, el alkahest". Von Welling describe el proceso para obtener "el agua paradisiaca" o "agua celestial de mercurio", el cual requiere de preparar un fuego lento para calentar el rocío en el laboratoratorio. Georg Von Welling habla sobre la operación milagrosa, en términos casi psicodélicos, que significa ingerir esta agua, la cual parece contener al cosmos entero:

El tiempo y el uso sagrado de esta bendita Agua te enseñarán, tan pronto la hayas tomado una influencia tal ocurrirá como si todos los cielos y las estrellas con sus poderes estuvieran trabajando en ti. Todo el Conocimiento y las Artes secretas se revelarán en ti en un sueño, pero lo más excelente de esto es que conocerás perfectamente  a todas las criaturas en su Naturaleza...

Una descripción de proporciones cósmicas que hace referencia seguramente a la idea fundamental de la filosofía hermética de que el universo entero con sus estrellas y galaxias se refleja en la tierra, cabe incluso en una gota de rocío. Una gota de rocío es un orbe de perfección, potencia pura en su transparecia luminosa. Una perla del universo, pequeño mundo. Una perla del collar que refleja todas las perlas en cada una."Para los alquimistas, el proceso de individuación representado por el opus era una analogía de la creación del mundo”, escribió Carl Jung. En cierta forma el rocío representa una forma individual que recapitula la creación del mundo. De nuevo Manly P. Hall:

Una pequeña partícula de la Piedra Filosofal, si se vierte sobre la superficie del agua, según un apéndice sobre la sal universal de Herr von Welling, inmediatamete empezará un proceso de recapitulación en miniatura de la historia del universo, ya que instantáneamente la tintura -como los Espíritus de los Elohim- se agita sobre el cuerpo del agua. Un universo miniatura se forma el cual, según afirman los filósofos, en verdad surge del agua y flota en el aire, en el que pasa por todos los niveles de desarrollo cósmico y finalmente se desintegra.

Twitter del autor: @alepholo