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Notas sobre "Había un padre", de Yasujiro Ozu

Arte

Por: Koki Varela - 03/08/2014

La revisión de un clásico como éste siempre es un motivo de celebración. “Había un padre” es una muestra no sólo de buen cine, sino también de arte intemporal. La delicadeza con la que Ozu nos susurra esta historia, su total ausencia de grandilocuencia, deberían servir de ejemplo contra los “ademanes de genialidad” que proliferan en el cine de autor contemporáneo.

HABÍA UN PADRE

En Había un padre, Ozu consigue rescatar para el celuloide nada menos que una vida: la que comparten un padre y su hijo.

La condensación temporal de la que es capaz esta película es sorprendente. Las descomunales elipsis apenas producen en nosotros la molestia de un aleteo de mariposa; diez años se presentan en un pliegue imperceptible, con la ligereza propia del transcurrir, y lo que podría ser una excesiva licencia cinematográfica, en Ozu se vuelve una opción casi natural: un día te dices “han pasado diez años”, y eso es todo.

La naturalidad inexplicable con la que el padre envejece nos hace realmente difícil creer que estamos ante una ficción. Ozu nos conmueve profundamente, sin recursos insidiosos, con la pureza propia de las emociones reales. Si nos estremecemos con su muerte no es porque hayamos sido manipulados en tal dirección, sino porque compartimos el pesar del hijo, toda su condenación interna, como si de verdad estuviéramos acompañándolo en los últimos momentos de la vida de su progenitor.

Verdadera emoción, verdadera cinematografía.

Llama la atención la utilización que Ozu hace de ciertos planos, que podríamos llamar planos-bisagra, en los que se limita al filmar objetos inertes. Estos planos articulan poéticamente la película, insertando entre las vicisitudes de la vida de ambos personajes una nota de significación profunda y de eficaz efecto estético. Los objetos aparecen imperturbables; frente a ellos, frente a su silencio estremecedor, la vida del hombre se disuelve sin remisión. Es su presencia un recordatorio de nuestra inevitable y humana temporalidad.

El tema principal del film es sin duda el tiempo, su arrastre imparable, la decrepitud y decadencia a la que indefectiblemente somos sometidos; pero también la rigidez de las costumbres en el Japón de la época. La sonrisa del hijo se nos antoja una máscara molesta que quisiéramos se arrancara de un solo tirón. En el Japón tradicional, las emociones yacen en un fondo oscuro al que los individuos parecen no tener acceso sino es corriendo el riesgo de arrojarse al más terrible de los ridículos. “No llores” se le dice una y otra vez al hijo, que quiere llorar y no reír. Ya en el tren, ensartada de nuevo su máscara sonriente, será su futura esposa la que, liberada por su condición femenina, prorrumpa en llanto en su lugar.

Los buenos modales y las maneras refinadas de los personajes del filme, a veces exasperantes, sostienen toda la tensión del drama interno, reproduciendo magistralmente el modo en que la vida civilizada y consciente nos separa de nuestra propia sombra. La exagerada cortesía de las relaciones oculta un violento magma que palpita subterráneamente a lo largo de todo la película.

Sobrecogedor final, en el que dudamos si es el ruido del tren o el desagarrador llanto del hijo lo que se pierde en la línea del horizonte.

Magistral.

El Museo de los Instrumentos Musicales Imaginarios preserva para nuestro deleite un fabuloso catálogo de artefactos que han sido concebidos en la mente y que producen deliciosas melodías inexistentes.

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La música es invisible, llena el espacio y nos provoca innumerables emociones —muchas de las más sublimes— con esa sustancia misteriosa que es el sonido viajando entre electrones y moléculas de aire. La imaginación juega un papel importante en la música, en la forma en la que la percibimos y podemos ser conducidos por el sonido a parajes distantes, a un mundo de anhelos, o en la forma en la que algunos músicos logran encontrar la música, como una matemática, en la misma naturaleza, un lenguaje oculto detrás de la realidad aparente. La imaginación es el más poderoso y refinado órgano de percepción, bisagra entre el mundo terrenal y el mundo celestial. 

En su historia el hombre ha concebido un gran número de instrumentos imaginarios, algunos como una herramienta para poder alcanzar los tonos del cielo, otros para satisfacer la veleidad y la melancolía o simplemente para complacer a alguien querido. En un proyecto que recuerda al Libro de los Seres Imaginarios, de Jorge Luis Borges, los curadores Deidre Loughridge y Thomas Patteson han creado el Museo de Instrumentos Musicales Imaginarios, para albergar digitalmente una nueva categoría de instrumentos: los fictófonos. Estas ficciones aurales existen en la mente compartida como diagramas y descripciones que sólo han producido sonidos en el éter de la imaginación.

El piano gatuno

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En el Libro VI de la Musurgia Universalis de Athanasius Kircher aparece el piano de gatos, inventado por un artista para disuadir la melancolía de un príncipe. Las cuerdas del instrumento eran reemplazadas por colas de gato. Los gatos eran elegidos por sexo y edad para que con su voz pudieran cubrir las diferentes notas. La habilidad del pianista hacía que al infligir dolor a los gatos estos respondían con rápidos y agudos maullidos que luego eran llevados a un  crescendo et rinforzando, creando sonidos que podían avivar al espíritu más afligido y hasta los ratones salían de sus  recovecos a bailar.

Las primeras imágenes de este piano datan de 1600 con una supuesta mención de su uso en el Sabbath de las brujas; Kircher, en cambio, sugiere que se usaba para tratar a los enfermos mentales, en un indicio ya de musicoterapia.

 

Orgasmatron

Este instrumento letalmente erótico, también conocido como "la máquina  excesiva" debutó en el cómic francés Barbarella que luego fue llevado al cine en una película estelarizada por Jane Fonda. En el film, el villano Duran Duran intenta asesinar a la heroína aplicando estimulación sexual extrema con una máquina que opera con un teclado musical. Para fortuna de Barbarella, el aparato se derrite y ella emerge viva solamente derretida de fresco placer. 

Esta máquina, inspirada en el "acumulador orgónico" de Willhelm Reich, que captaba y canalizaba energía erótica en el ambiente, tendría su avatar en la película de Woody Allen, Sleeper, bajo el nombre con el cual pasaría a la posteridad, el "Orgasmatron". 

 

El Libro de los Oídos

En el texto L'Autre Monde: ou les États et Empires de la Lune, publicado póstumamente, Cyrano de Bergerac describe un maravilloso libro lunar, precursor de tecnologías como el walkman o el audiolibro. Invento de una raza de habitantes de la luna que utiliza la música como su principal forma de comunicación.

Al abrir la caja, me encontré con algo metálico, casi como nuestros relojes, llenó de no sé bien qué pequeñas cuerdas e imperceptibles bujías: era un libro, en verdad; pero un extraño y maravilloso libro, que no tenía ni hojas ni letras: era un libro hecho todo para los oídos, y no los ojos.  Porque  cuando alguien intenta leerlo, le da cuerda a la máquina; y su mano entonces encuentra el capítulo que desea oír, y, como de la boca de un hombre o un instrumento musical surgen los distintos sonidos, que los Grandes Lunáticos usan para expresar sus pensamientos, en vez del lenguaje.

 

El Panharmonicon de Gambara

Este instrumento que contenía a toda una orquesta en su versatilidad sonora es narrado por Balzac en Gambara. Este personaje es un genio que "ha peregrinado a las puertas del paraíso" y escuchado las armonías angelicales. Gambara era capaz de producir toda una ópera de su instrumento y deleitar a sus escuchas, llevándolos lo mismo al éxtasis que a la incomprensión. Aunque capaz de producir los sonidos más puros y serenos, el instrumento tenía un aspecto inacabado, como un artefacto en proceso de construcción.

Este Panharmonicon, multiarmónico, ridículo y celestial está inspirado en un instrumento del mismo nombre inventado por Johann Nepomuk Maelzel.

 

El año 2440

En la novela El Año 2440, el novelista Louis Sebastian Mercier imagina a un hombre que despierta 700 años después para encontrar una sociedad utópica. Dentro del "gabinete del rey" yace un instrumento acústico capaz de reproducir sonidos que captan la esencia de cosas tan abstractas como la guerra. Los sonidos son usados de manera didática para hacer que las personas vivan de manera virtual estas experiencias, bajo la noción moral de que el sonido es más apto para causar empatía que lo meramente visual.

 

El espectrófono y el parlamonium

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Estamos aquí lidiando con el fenómeno de distorsión del tiempo, con el cual sin duda estarán familiarizados. El hecho de que, en la luna, siempre se han tomado fotografías es poco digno de mención. El equipo técnico de la Sociedad de Investigación de la Tierra está limitado a tres unidades, las cuales pueden ser operadas tan fácilmente como una máquina para hacer café. Primero tenemos el espectrófono, a través del cual todo lo que pasa en la tierra puede ser visto y oído; el parlamonium, que pueda traducir el tedioso parloteo humano en música para los ciudadanos de la luna que han sido malacostumbrados por la armonía celeste; y un oniroscopio, con el cual los sueños de los terrícolas pueden ser observados. Esto es importante porque el interés en el psicoanálisis es prevalente en la luna.

Walter Benjamin, en su última radionovela, Lichtenberg, describió dos instrumentos imaginarios con una clara veta de ciencia ficción. Aparatos que recuerdan a las investigaciones de Nikola Tesla o a la tecnología apenas esbozada por científicos contemporáneos para traducir los sueños en imágenes.

 

Visiten el Museo de los Instrumentos Imaginarios para conocer instrumentos como "el cuerno supernatural", que tocaba la nota del diablo; las casas de sonido de Sir Francis Bacon; el Direct Mind Access, que permite descargar directamente los sonidos que escuchamos en la mente, o el daguerrotipo de sonido, entre otros.

 

Twitter del autor: @alepholo