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El realismo de la magia negra (El corazón de las tinieblas estadounidense en "El Consejero") (I/IV)

AlterCultura

Por: Jasun Horsley - 03/05/2014

El Consejero, la película de Ridley Scott con guión de Cormac McCarthy, muestra un mundo que muchos no quieren ver pero es en el que vivimos, el de la corrupción generalizada de un imperio que se sostiene sólo en sus ruinas, el intercambio que aceptamos del "Cielo" por una suma de baratijas sin valor.

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El dilema moral, desapego irónico y los nuevos niveles de depravación en El Consejero

El entretenimiento es instrucción y la instrucción es ideología.

―Herbert I. Schiller, The Mind Managers

Puede parecer increíble, pero estuve a punto de no ver El Consejero (exhibida también como El abogado del crimen), la película con guión de Cormac McCarthy dirigida por Ridley Scott. Las críticas que leí eran tan mordaces que crearon un aura de mal gusto alrededor que me repelió, imaginé un filme autoindulgente y decadente. Cuando la vi, pasé la mayor parte del tiempo esperando que algo malo sucediera, que se disolviera en escenas de violencia gratuita o en actos absurdos y desarticulados; sin embargo, escena tras escena fui testigo de uno de los guiones más intensamente originales puestos en escena y de una de las películas hollywoodenses más improbablemente subversivas y extrañamente inspiradas desde el estreno de El Club de la Pelea. Entonces, ¿por qué obtuvo tantas críticas negativas?

En cierta forma, la recepción crítica confirma su significado y supongo que las personas que dicen que El Consejero es una película incoherente, engreída o pretenciosa, de manera inconsciente buscan negar su visión desalentadoramente seductora y existencialmente devastadora. El mundo en que la mayoría de los espectadores y críticos viven es muy diferente al mundo que retrata El Consejero. La película está demasiado estilizada y tiene una superficialidad que parece incompatible con aquello que por lo regular consideramos arte, pero a la vez es increíblemente real, y no nos ofrece el desapego irónico que nos presentan las películas violentas y nihilistas de la época post-Tarantino. Creo que el denso platillo que nos ofrece McCarthy es indigerible para la mayoría de los espectadores.

El Consejero no es una obra compasiva ni sensible (tampoco El Club de la Pelea), pero es intransigente. Tomando en cuenta su tema principal y el actual clima político, la obra ya es un pequeño milagro. Al juzgarla por su mérito propio y, a la vez, por su recibimiento crítico, creo que los productores mostraron una disposición poco común al dejar que el tema dictara la forma, aun si esto implicaba sacrificar un gran éxito comercial y hasta crítico. El Consejero tiene una visión unida y unificadora —la de McCarthy, no la de Scott— y por lo mismo creo que es una obra honesta y valiente, al menos para los estándares de Hollywood. Quizá, si hubiera tenido una recepción más cálida, sospecharía más de ella, para ser honesto. Pero algo tan bueno y, al mismo tiempo, que le disguste a tantas personas, debe estar dando en el clavo. No hay otra manera de explicar por qué recibió críticas tan malas.

La película me pareció una bala suave y lenta que explotó dentro de mí y se expandió por todo mi sistema, cambiándolo. Se abrió un camino por mi conciencia como un virus y gradualmente tomó el mando, expandiéndose y llevando luz a zonas que antes estaban oscuras. No es un proceso del todo agradable y El Consejero no es una película agradable. Creo que tomará unos cuantos años o quizá  hasta décadas para que se reconozca como lo que es: una representación desagradable y certera de nuestra época.

Eso, si queda alguien para reconocerlo.

 

El corazón de las tinieblas estadounidense

Cuando los dioses eran más humanos, los hombres eran más divinos.

-Cormac McCarthy, en el guión de El Consejero

El Consejero empieza con una escena sexual larga e incómoda entre Michael Fassbender (el Consejero cuyo nombre jamás nos es revelado) y Laura, su amante, interpretada por Penélope Cruz. Como gran parte de la película, en la escena hay poca acción y mucho diálogo. El realismo torpe y conmovedor nos muestra a dos personas “enamoradas”, es decir, a dos más o menos desconocidos llenos de ingenuidad y autoinmersión. Los vemos, por primera vez, debajo de sábanas blancas, escondiéndose del mundo como si fueran niños. Una vez que el Consejero logra que Laura le hable sucio (usa la palabra fuck), él le dice: “Has alcanzado un nuevo nivel de depravación”. Al escuchar esto último, pensé que quizá la ingenuidad de los personajes era también la de los productores. No debí haberme preocupado.

La película está demasiado estilizada pero la dirección de Ridley es hábil. El tráiler de la película la representa un viaje ultraviolento y nihilista, del tipo que Hollywood produce muy seguido y muy mal —del tipo que no me importa no volver a ver en mi vida—, pero que de cualquier manera obtienen excelentes críticas (tal vez la más reciente fue Siete Psicópatas, que no vi porque ya había sufrido la idiotez de Escondidos en Brujas). Pero la película es una mezcla extraña de lo recargado y lo discreto. El diálogo extenso y complejo es el motor de la película y es muy potente ―McCarthy no sólo coquetea con la oscuridad: realmente se sumerge en ella. Por esto la acción, aun cuando es impactante, como en el momento de las dos decapitaciones, se convierte en la puntuación visual del diálogo. El tono de Scott no es más llamativo o veloz en estas escenas que en aquellas más lentas y contemplativas. Su estilo no es precisamente sutil, pero tampoco es invasivo, y eso es una suerte de bendición, ya que fácilmente pudo haber exagerado y creado una parodia accidental. La película sí es graciosa, pero no a costa de sí misma, y esa es otra bendición, porque sin el humor su oscuridad hubiera sido opresiva, sofocante. Ridley Scott (que cumplió 76 este año) atinó con precisión en el tono y creo que es su mejor película en años, quizá en décadas, lo cual hace doblemente frustrante su mala recepción.

La última gran película de Scott fue Gladiador y en El Consejero parece jugar con la idea de que Estados Unidos es un imperio casi caído, plagado de corrupción y decadencia, mientras que las hordas cruzan sus fronteras para robar y saquear. Hay una clara y precisa relación entre la corrupción de los banqueros corporativos, así como de los asesores, empresarios y políticos por un lado; y por el otro, la de los cárteles y sicarios, secuestradores, torturadores y asesinos de las mujeres mexicanas. La línea entre estos dos mundos es imaginaria, exactamente como la frontera que divide a México y Estados Unidos. Más sutilmente, la película parece implicar al mundo de los directores y actores más distinguidos de Hollywood con la corrupción corporativa (y el otro mundo, todavía más oscuro) y tácitamente reconoce que El Consejero es un producto del mismo sistema que condena. Muestra lo resbaladiza que es la pendiente de los negocios inmorales y la desolación moral desmesurada, así como cuán rápida e irrevocablemente una lleva a la otra.

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Como una visión del mal, El Consejero es completamente persuasiva. Su representación de personajes desalmados es siniestra y ostentosa, incluso enfermizamente erótica: la incoherencia moral es la fuerza que impulsa la civilización, casi al estilo lovecraftiano. Con su incansable y seductora insistencia de ver el horror como el alma de la trama, puede que ésta sea la primera película de terror posmoderna. Al adentrarse hasta el fondo de esta perspectiva nihilista de un universo sin dioses, logra lo que Coppola no alcanzó hacer con Apocalypse Now, y nos lleva hasta el interior del corazón de las tinieblas estadounidense.

Y —sorpresa, sorpresa— ese corazón está en México.

Algo que noté en todas las reseñas negativas (y ocasionalmente en las positivas) de El Consejero es que ninguna menciona los sucesos reales en los que se basa la película. Por ejemplo, en “The Disappeared and Mexico’s New Dirty War,” Peter Watt describe cómo se ha “vuelto más y más difícil para las autoridades mexicanas pretender que los enormes números de asesinatos y desapariciones forzadas no son parte de una estrategia gubernamental”. La atribución de las desapariciones a los cárteles y la idea de que el gobierno de México y el estadounidense están peleando una guerra en contra del crimen organizado, insiste Watts, “es un mito generalizado pero completamente falso”. Continúa:

Para ponerlo en perspectiva, el número de personas desaparecidas a la fuerza en México probablemente sea más alto que el de la notoria dictadura argentina que desarrolló una estrategia para aniquilar a todo un segmento de su población. La guerra sucia de Argentina, bajo la rúbrica de la Operación Cóndor, se concentraba en todos aquellos a quienes las autoridades consideraban subversivos… Más de 26,000 personas fueron clasificadas como “desaparecidas” [en México] durante el sexenio del ex-Presidente Felipe Calderón, quien abandonó la escena política mexicana y obtuvo una lucrativa beca de investigación en la Harvard School of Government el año pasado [2012]... Más de 98% de los asesinatos cometidos en México no se investigan ni resuelven. De hecho, en 2012, de los 27,700 asesinatos en México, sólo 523 fueron resueltos y llevados a juicio. Tanto el gobierno de EE.UU. como el de México continúan perpetuando lo que se ha convertido en uno de los ataques a los civiles más violentos del mundo… Los muertos y los desaparecidos son sÓlo un daño colateral para un capitalismo insaciable que demanda ganancias, la expansión del mercado y el control. Aquellos que se cruzan en el camino, como los disidentes políticos en Argentina y Chile, o la numerosa clase baja de México, son elementos externos en un mercado “libre” y natural defendido cada vez más por la vía de la fuerza y la extorsión.

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Esto no es algo que la mayoría de las personas —al menos no los estadounidenses— considere. La mayoría de este grupo sabe de la guerra contra el narco, pero la mayoría de ellos probablemente la vea como evidencia de cuán retrógrada, brutal y salvaje es la vida en México y no como una consecuencia de la interferencia de Estados Unidos. Con todo y todo, la razón por la cual Estados Unidos y la Unión Europea están presentes en América Latina no es diferente a la de los colonizadores españoles, portugueses, británicos, franceses u holandeses que los antecedieron: saquear los recursos naturales y abusar de la fuerza laboral barata. Según otro artículo en línea, El Plan Cóndor busca “la extracción neocolonial de 'deudas' forzosamente planeadas”.

Los métodos que emplean incluyen la privatización, desintegración de las economías agricultoras locales y mercados abiertos impuestos por el FMI y el Banco Mundial mediante clientes locales que favorecen corporaciones como BP-Amoco, Monsanto, Cargill y otros nombres conocidos. Como observó la periodista argentina Stella Calloni, esta campaña de contrainsurgencia fue mucho más allá de combatir a las guerrillas, fue una “guerra irrazonable en contra de la izquierda, que [...] incluyó cuestionar el statu quo, armado o no.” Consideraban que “entonces, monjas, profesores, estudiantes, trabajadores, artistas, periodistas y hasta políticos opositores” amenazaban la clase política. El plan de Washington es “económica y militarmente acabar con los movimientos sociales locales para obtener sus recursos y tierras”, dice Evo Morales, haciendo eco de una opinión popular en la región. “El trasfondo de estos planes es el mismo de los últimos 500 años: erradicar a nuestras culturas indígenas”.

Uno de los aspectos que El Consejero explora implícitamente con el simple acto de atreverse a lidiar con el tema es que los cárteles mexicanos —las hordas bárbaras que nos muestra la película— no amenazan la estabilidad de EE.UU, sino una parte de la maquinaria capitalista que la sostiene. Por ejemplo, en To Die in Mexico: Dispatches from Inside the Drug War, John Gibler escribe:

En el 2008, el dinero de las drogas salvó a los bancos mundiales más importantes de un colapso inminente. Entonces, si estiramos esta noción un poco, también salvó al capitalismo de una devastadora crisis interna cuando los mercados de capital especulativos colapsaron. El dinero del narcotráfico —camiones de volteo repletos de dinero, dinero real— parece ser una de las cuentas de ahorro del capitalismo global.

Añadiendo algo de sustancia a esta declaración audaz —aunque no muy sorprendente— en “How Drug Profits Saved Capitalism” (el cual no pude encontrar en línea, pero citas del mismo se encuentran aquí), James Petras escribe:

Mientras que el Pentágono arma al gobierno mexicano y la Agencia de Drogas de EUA lleva a cabo la “solución militar”, los bancos más grandes de Estados Unidos reciben, lavan y transfieren miles de millones de dólares a las cuentas de los capos, quienes compran armas modernas, pagan ejércitos de asesinos y corrompen incontables oficiales de la ley y políticos de ambos lados de la frontera. Las ganancias del narcotráfico, en el sentido primordial, son posibles gracias a la habilidad de los cárteles para lavar y transferir miles de millones de dólares a través del sistema bancario de EUA. La escala y el alcance de la alianza entre los bancos estadounidenses y los cárteles rebasa a cualquier otra actividad económica privada dentro del sistema bancario del país. De acuerdo al Departamento de Justicia de los Estados Unidos, un solo banco lavó cientos de millones entre el 1 de mayo de 2004 y 31 de mayo de 2007 (The Guardian, 11 de mayo de 2011). Todos los bancos importantes de EUA han sido socios financieros de cárteles asesinos.

Es probable que los críticos hayan ignorado este material por dos razones. En primer lugar, El Consejero no es el tipo de película socialmente consciente que obliga a los espectadores a pensar sobre el tema que trata. No es La Lista de Schindler ni Gandhi o Filadelfia, y casi nos desafía a tomarla a ese nivel. En segundo lugar, lo más importante es que no se trata de problemas sociales que los críticos, en especial no los estadounidenses, están dispuestos a ver y, aunque lo estuvieran, las publicaciones para las que escriben probablemente no se los permitirían.

Mientras escribía este ensayo fui a ver la película American Hustle. Antes de que comenzara vi tres tráileres: el primero fue de Heaven is For Real, el siguiente fue para la próxima película de Jack Ryan, Shadow Recruit, y la última fue Lone Survivor, una supuesta historia real sobre “una unidad élite de SEALs de la Marina que encuentra un ejército de fuerzas talibanes en Afganistán durante un redada en el 2005.” La primera es claramente propaganda cristiana sobre cómo las personas buenas (entre ellos un soldado) van al Cielo; la segunda es una glamourización de las trampas de la CIA y la tercera habla por sí sola. Lo que más me sorprendió fue la manera descarada en la que Hollywood se ha convertido en propaganda. Ni siquiera había un intento simbólico de ocultarlo. Como escribe Herbert Schiller en The Mind Managers: “El entretenimiento es instrucción, y la instrucción es ideología”.

El Consejero es más que una película con un mensaje: es una película con anti-mensaje. Funciona potencialmente como un enema que busca sacar todos los venenos de Hollywood hasta que no quede más suciedad. El mensaje de El Consejero es el mismo que todas las demás películas intentan ahogar hasta que ya no estemos conscientes de él. Es la verdad inexplicable por la cual se ha construido imperio tras imperio (incluyendo el de Hollywood) para mantenerla afuera, como una las hordas bárbaras que amenazan con destruir todo aquello que consideramos “sagrado” y bueno —la mentira que es la promesa dorada de Hollywood: que todos los buenos soldados cristianos se irán al Cielo, y todos los demás estaremos condenados.

Entonces, ¿cuál es el mensaje? El mundo de diamantes y exceso Armani al que pertenece el Consejero y por el cual hace el trato —el mundo del imperialismo estadounidense que depende no sólo de intercambios dudosos, lavado de dinero y la manufactura de drogas, sino de actos horrendos que la mayoría de las personas se niega a creer que suceden. Hasta cierto punto todos somos cómplices de ese horror. La revelación del consejero, cuando se percata de que ha sacrificado la única cosa que tenía un valor verdadero por baratijas frías y brillantes, es la realización que nos espera a todos en lugar del “Cielo”.

Leer Parte II

 

Twitter del autor: @JaKephas

En este enlace, otras colaboraciones de Jasun Kephas en Pijama Surf.

 

El realismo de la magia negra: Riesgo moral, las mujeres de Ciudad Juárez y la élite hollywoodense (III/IV)

AlterCultura

Por: Jasun Horsley - 03/05/2014

La brutalidad de "El Consejero" (la película de Ridley Scott con guión de Cormac McCarthy) es la brutalidad de nuestro mundo: éste en el que un gran riesgo se asume porque son otras personas quienes pagarán el costo en caso de que algo salga mal.

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La extinción de toda la realidad es un concepto que no puede ser abarcado por ningún tipo de resignación.

-Jefe, El Consejero

Algunos personajes secundarios de El Consejero no parecen estar sujetos a las reglas del circo pesadillesco de matanzas pero, como los Arcanos, las ejecutan. El comerciante de diamantes es uno de ellos: su papel es tentar e instruir al Consejero, tentarlo al instruirlo y viceversa. Aparenta ser un viejo amable al principio, pero hacia el final de la película se convierte en un pastor de almas casi demoníaco. Si el comerciante de diamantes es Satanás, entonces, de una manera más inesperada, Jefe, un miembro del cártel, aparece en el papel de Dios (el dios católico, que en realidad podría ser el dios judío disfrazado). Jefe cita al poeta Arturo Machado cuando habla con el Consejero por teléfono y le presenta la situación honestamente: es el mensajero de noticias que no son buenas ni malas, sino simplemente los hechos fríos y escuetos. La verdad puede no tener una temperatura, pero puede congelar tu alma y quemar tu corazón. Interpretado por Rubén Blades, Jefe es el personaje que, además de Malkina, se identifica más con el mal insidioso de la película; al mismo tiempo, también es el personaje más sabio y más agradable —su presencia es casi paternal. Su conducta empática podría convenirle a esos altos niveles del poder (de la realidad de ensueño de McCarthy), ya que el verdadero poder jamás puede parecer débil. Jefe existe más allá de las normas sociales del bien y el mal, simplemente es un instrumento de justicia divina y suavemente, casi con cariño, preside el despertar del Consejero: su destrucción moral absoluta y final.

Mientras que Jefe le explica pacientemente la situación, el error fatal del Consejero es que “continúa negando la realidad en la que habita”. Él es la palabra que ha creado. El Consejero es víctima del “riesgo moral”, pero también es el culpable. Hay una breve escena de confrontación con un antiguo cliente en la cual le dice a Laura que su novio es el tipo de hombre que “sacrifica a cualquiera” (es decir, generalmente a un amigo o un aliado) que no merece ese trato, ya sea por malicia o por conseguir algo. Estar en la posición para hacer eso es la definición de riesgo moral. En economía, la teoría del riesgo moral es “cualquier situación en la que una persona toma la decisión de cuánto riesgo tomar, en tanto alguien más tiene que pagar el precio si algo sale mal”.

En  El Abogado del Diablo (Taylor Hackford, 1997), John Milton (Satanás, interpretado por Al Pacino) trabaja como abogado “porque es el mejor pase tras bastidores. Es el nuevo sacerdocio”, según dice. Los abogados, con sus enormes egos, son parte de todos los afanes del mal en el planeta, porque tener el “mejor pase tras bastidores al final corrompe”.

En “Moral Hazard: A Tempest-Tossed Idea” (The New York Times, febrero 25 de 2012), Shaila Dewan describe el riesgo moral como “una idea que preocupa mucho a los estadounidenses en lo particular… un término oscuro que las aseguradoras han empleado, creando una nueva divisa dentro de nuestra economía problemática”.

Últimamente hemos oído mucho acerca del riesgo moral, en principio por la conexión que tiene con el rescate financiero de los bancos y ahora con los esfuerzos que algunos propietarios de vivienda pretenden llevar a cabo. “Riesgo moral” suena como el nombre de un videojuego que ocurre en un burdel, pero en términos económicos se refiere a los enormes riesgos que algunas personas pueden tomar sin tener que lidiar con las consecuencias. En otras palabras, si el dinero es gratuito, ¿por qué no gastarlo en una bolsa de diseñador? Si sabes que alguien vendrá a rescatarte, ¿por qué no tirar los dados y apostar por una inversión hipotecaria compleja? ¿Por qué no consentirte y gastar en una casa que no puedes pagar? El riesgo moral se convirtió en la conversación del país durante la crisis financiera del 2008, cuando los estadounidenses se preguntaron por qué tendrían que rescatar a los bancos cuando fueron ellos los que llevaron la economía a un colapso… El espectro del riesgo moral persigue una tensión básica en la vida de Estados Unidos: ¿hasta qué punto son las personas las responsables de sus propios problemas? Mientras más problemas tengas, sugiere el riesgo moral, menos deberíamos ayudarte.

En la teoría económica, un dilema moral es una situación en la que los individuos toman riesgos porque los costos potenciales no los afectarán a ellos, sólo a otros. El riesgo moral surge cuando un individuo o una institución no tienen que lidiar con las consecuencias de sus acciones y por lo tanto tienden a actuar de manera menos cuidadosa, dejando a otros que paguen las consecuencias. Los economistas explican el riesgo moral como un caso especial de la “información de asimetría”: una situación en la que una parte de la transacción tiene más información que la otra. En particular, el riesgo moral puede darse cuando alguien está aislado del riesgo y tiene más información de sus acciones que la persona o personas que pagarán las consecuencias negativas de tomar ese riesgo.

Laura paga el precio de las acciones del Consejero porque no sabe casi nada de ellas; el Consejero, por su parte, también actúa sin saber bien en qué se ha metido y pronto se percata de que es una herramienta útil, o simplemente una ofrenda, para aquellos que saben más que él. Al mismo tiempo, ha sucumbido ante los peligros de la cercanía a la contaminación y la corrupción condicional. Lleva tanto tiempo asociándose con criminales y le han ofrecido tantas tentaciones, negocios ilegales y ganancias fáciles —y ha sido cómplice de criminales para que estos puedan continuar sus actividades ilícitas—, que ni siquiera puede ver la línea que ha cruzado hasta que se convierte en una mancha en la distancia, como los fragmentos incoados de un sueño después de un despertar particularmente violento.

La ciudad de las mujeres perdidas y la fábrica de sueños Hollywoodense

Las reglas normales de una transacción no aplican al duelo. El duelo trasciende el valor, sin embargo, no puedes comprar nada con el duelo, porque el duelo no vale nada.

-Jefe, El Consejero

Ciudad Juárez, en donde se asienta el cártel mortífero de la película, se conoce desde 1990 en México como la “Capital de Mujeres Asesinadas”. Según un artículo de The New Statesman, “Mexico’s Disappeared Women” (2011), los habitantes piensan que los asesinatos son un tipo de “deporte sangriento practicado por la élite de la ciudad”, o está relacionado con cultos satánicos, películas snuff o el robo de órganos.

Las investigaciones llevadas a cabo por las autoridades mexicanas han sido descritas como “someras” y es imposible siquiera calcular con precisión el número de víctimas. El Diario, el periódico local, aventura que 878 mujeres fueron asesinadas entre 1993 y 2010, sin embargo, los habitantes de la ciudad piensan que la cifra alcanza los miles. Un enorme desierto rodea la ciudad y con frecuencia encontrar cuerpos toma meses, si es que los llegan a encontrar. “Seguido, para cuando encuentran los cuerpos, éstos ya se momificaron por el calor”. Inevitablemente, el número de mujeres reportadas como desaparecidas es mucho más alto que el número de muertes confirmadas, es decir, de cuerpos encontrados.

Algunas de las compañías más poderosas de los Estados Unidos han establecido fábricas en el estado de Chihuahua (en donde se encuentra Ciudad Juárez). Esta lista incluye a Ford, General Electric, General Motors, RCA y Chrysler. A estas fábricas se les conoce como maquiladoras. Al crear trabajos en abundancia, las maquiladoras han atraído a muchos hacia Chihuahua y en particular a Juárez, de todo México y (podemos suponer) de Centro y Sudamérica. Una porción grande de este flujo son trabajadores y mujeres jóvenes. The New Statesman describe:

No sólo están implicadas las maquiladoras en los problemas más amplios de la ciudad, pero con frecuencia los empleados son víctimas de secuestros y asesinatos. Las fábricas operan 24 horas al día. Autobuses blancos transitan los suburbios, recogiendo a las mujeres que trabajarán turnos largos. La falta de seguridad en estas rutas ha sido señalada como la responsable de las desapariciones. Esto las obliga a caminar por calles sin luz, donde muchas de ellas son secuestradas.

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La imagen que esto evoca es la de una agenda bien organizada, a largo plazo y gran escala, para atraer a mujeres y después secuestrarlas, en la cual las corporaciones de Estados Unidos, así como administradores locales y el gobierno, se encuentran —al menos indirectamente— implicados. Sin duda alguna, los habitantes culpan a la policía y a los políticos y, hasta cierto punto, también a los dueños de las fábricas por todo lo que sucede. Una mujer cuya hija desapareció insiste en que las autoridades “saben de dónde viene el problema y que hay personas que saben en dónde están torturando a estas mujeres.” Estos lugares son locales de striptease y burdeles que se encuentran a lo largo y ancho de México. (Una joven que logró escapar después de haber sido secuestrada, le contó a la señora que su hija estaba trabajando en Puebla, que se encuentra a más de un día en autobús de Juárez). En las calles de la ciudad se pueden encontrar fotografías colgadas en paredes, tiendas y postes, de mujeres desaparecidas. Paralelamente, bandas de adolescentes manejan dando vueltas, esperando las instrucciones para su próximo atraco (o ¿secuestro?), por el cual les pagarán menos de veinte dólares estadounidenses.

El artículo describe el ambiente de la ciudad y el humor de los citadinos, indiferencia y desesperación, una suerte de resignación nihilista hacia las fuerzas de corrupción que han dominado sus vidas. El Consejero retrata este mismo mundo, pero lo ubica no en el Norte de México, sino en el otro lado de la frontera, en la tierra en donde el exceso de oportunidad lleva directamente al infierno. El Consejero sale en busca de su felicidad al hacer tratos con los cárteles mexicanos para asegurar su diamante y a su novia, pero pierde a ambos ante las fuerzas del caos que él mismo invocó. Se da cuenta de que no vale pena vivir su vida si no tiene su “gloria” —el anima siendo su propia alma—, entonces sigue tanto a la mujer como al diamante al Infierno, también conocido como Juárez. A través de este acto relativamente abnegado, se rinde ante las consecuencias inevitables de su propia inconsciencia. Al contrario de Orfeo, él no puede negociar con Hades; las fuerzas plutónicas son indiferentes hacia su sufrimiento (aunque comparten su sabiduría con él). El Consejero aprende que jamás podrá rescatar a Laura, que ni siquiera puede cambiar de lugar con ella (aunque está dispuesto a hacerlo). Lo único que puede hacer es establecer su residencia ahí y, desesperanzado y solo, aceptar su destino: un DVD que un niño lleva a su cuarto —acaso una película snuff en la que se tortura y asesina a Laura— con un alegre “¡Hola!” escrito en la portada, dándole la bienvenida al Infierno. Como si fuera un cuerpo atrapado dentro de un barril, flotando eternamente en una fosa séptica, el Consejero se ha rendido ante la pesadilla en la que vive, la pesadilla que él creó.

Por otro lado, la película ofrece un débil rayo de esperanza, una grieta en el barril, una manera de escapar la oscuridad absoluta que sigue todo en el mundo, “la extinción de toda la realidad”. El comerciante de diamantes le asegura al Consejero que “en nuestros momentos más nobles, le anunciamos a la oscuridad que no seremos mermados por la brevedad de nuestras vidas”. Jefe le cuenta al Consejero la historia del poeta Arturo Machado, quien se convirtió en poeta después de que su amada muriera prematuramente. “No me voy a convertir en una poeta”, dice el Consejero. Jefe le asegura que no le serviría de nada hacerlo, sin embargo, el punto se ha enunciado, y la referencia a la piedra filosofal odiada, enterrada, revela la verdadera naturaleza de nuestros planes, indica que no hay un tesoro escondido una vez que toda la esperanza y el significado —toda la realidad— se hayan cruel e irrevocablemente perdido.

En The Matrix, el despertar del sueño en el que Thomas Anderson ha vivido es traumático; le han dicho que después de alcanzar cierta edad, rara vez despiertan a las personas porque sus mentes no son capaces de lidiar con ello. A Thomas le va relativamente bien: solo vomita. El protagonista de El Consejero no es tan afortunado, le otorgan una visión clara de la verdad y lo que ve destruye su alma. En estas escenas la película se acerca a mostrar las verdaderas consecuencias del despertar, mostrando mucho más de lo que otras películas han hecho. La bofetada espiritual es la lógica absoluta del horror que experimenta el protagonista. La depravación sin sentido de la cual es víctima es una respuesta a su propia búsqueda de la felicidad sin sentido, ciega y codiciosa dentro de un universo que no tolera la ceguera, que la castiga con la inclemencia de un Dios imaginario y vengador que condena a los que “hacen mal”.

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Si el despertar espiritual es el equivalente psicológico de ser desollado, eso es lo que le sucede al Consejero. El mundo del Consejero (que es nuestro mundo) se ha construido sobre la explotación ciega de otros para obtener nuestra propia gratificación, un mundo en donde el alma humana (anima) trabaja en las maquiladoras y se convierte en el combustible de los sueños más depravados. El precio de esta codicia desmesurada es la pena sin fin. El mundo de El Consejero puede parecer desproporcionadamente sombrío. Un crítico particularmente obtuso se quejó de cómo “la sangre bondadosa de la humanidad no fluye por las venas de El Consejero, ni siquiera un poco”. Pero sucede que la película no se trata de la bondad humana, se trata de la corrupción que alcanza el alma y que se refleja en las realidades sociales y políticas a través de hechos históricos.

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Puede parecer que, con su colección irremediablemente desagradable de especímenes morales, Scott y McCarthy han acumulado injustamente en contra de la humanidad (y sin duda es una experiencia muy diferente a la de la mayoría de las personas) pero, por otro lado, las realidades sociales exploradas sólo son posibles mediante las acciones o inacciones de las personas, en cuyo caso la película logra imaginar —aunque sea en una forma arquetípica o fantasiosa— cómo esos individuos pueden ser y actuar. Por sus frutos los conoceremos. También podría ser una representación certera de la vida de la élite hollywoodense, una vez que la diamantina ha caído de nuestros ojos, que debe de ser el caso de Scott. Puede que El Consejero no sea arte —parece participar y hasta disfrutar la misma depravación que expone— pero está retratando un mundo en el cual la corrupción ha alcanzado niveles tan profundos que “cultura” es sinónimo de “putrefacción”. No existe ningún tipo de arte que no surja de y no promueva el deterioro moral. Si dejo que la verdad oscura de El Consejero se infiltre a las partes más profundas de mi ser, jamás veré otra película hecha en Hollywood.

Por esta razón, el hecho de que una película de Hollywood haya retratado estas atrocidades —como lo son el secuestro, la violación, tortura y asesinatos de mujeres mexicanas, así como la complicidad del gobierno de Estados Unidos y sus grandes organizaciones y negocios (en realidad, gran parte de la civilización occidental, incluyéndonos a nosotros) con esas atrocidades— es profundamente problemático. Aparte de sus logros filosóficos o la validez de su comentario social, El Consejero es una forma de entretenimiento elegante, sensacional y visceral. Cuesta millones de dólares y le valió millones más al estudio productor, incluyendo fuertes cantidades para su escritor, director y actores. Al usar las verdaderas miserias de los mexicanos para inyectarle a su infusión mágica una enorme cantidad de pathos y gravitas, podría argumentarse que los productores están explotando esta miseria. Las personas que la hicieron, después de todo, pertenecen a la élite detrás de esas mismas atrocidades. Las mismas personas que participaron en películas como El Señor y la Señora Smith, Black Hawk Down, Skyfall, Knight and Day y World War Z, sin duda sería difícil verlos entre las víctimas. 

 

Aquí, la primera y la segunda parte de este ensayo.

En este enlace, otras colaboraciones de Jasun Kephas en Pijama Surf.

Twitter del autor: @JaKephas