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Las finanzas como lo que son, un flujo alucinatorio: lo último en "dinero" digital: el dogecoin. Lee más sobre él a continuación.

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Es muy difícil pensar en el dinero: es pensar sobre el sustento mismo de una cultura que aniquiló toda competencia y aún así persiste en un estado de fragilidad constante, es pensar en su ausencia y la carencia de dinero representa el mayor de todos los miedos, la fuente de toda ansiedad social. Ya no hay comunidad de la que ser expulsados, no tenemos miedo al infierno: el único castigo que tememos termina en la soledad absoluta de la carencia de una cuenta bancaria. Es difícil pensar en el dinero porque es muchas cosas a la vez. Es un medio de intercambio, pero es poder y es seguridad. Es pertenencia. Los economistas se han convertido, en consecuencia, en los sociólogos de lo abstracto, mercenarios que poseen el conocimiento más importante de todos: la lectura de las macroeconomías, un zodiaco de gasto público, libre mercado e inflación que afecta las vidas de todos (sin importar el día, mes o año de nacimiento). Y no solemos pensar en el dinero porque estamos muy ocupados intentando conseguirlo o preocupándonos por no poder hacerlo.

Economistas, politólogos, sociólogos y antropólogos, revolucionarios y filósofos han hablado, escrito y pensado sobre el dinero y la cristalización de su poder en el sistema capitalista. El Sistema se convirtió en Dios y el Diablo, debatimos sobre la inequidad del control de los medios de producción y las falacias de la meritocracia, pero nos terminamos olvidando del rasgo más importante del dinero, una característica que no hay que ser economista ni estar interesado en los últimos requerimientos del FMI a los países en crisis para entender: es un símbolo. El dinero es una convención social, una alucinación colectiva regulada por el Estado —no tiene valor alguno en sí mismo, pero simboliza riqueza. El dólar, la moneda de monedas, aceptada en todos los rincones del universo conocido y en alguna que otra dimensión paralela, es uno de los símbolos más poderosos de la historia, de una naturaleza profundamente binaria: pero el 17 de septiembre de 1859, Joshua Abraham Norton, nacido en Inglaterra, ciudadano de San Francisco, California, se autoproclamó emperador de los Estados Unidos de Norteamérica (y protector de México). Durante su reinado emitió varios decretos de mayor o menor importancia: abolió el Congreso, quebró el sistema bipartidario, exigió a la Iglesia Católica que lo reconociera como emperador y sancionó con una multa de veinticinco dólares a todo aquel que se refiriera a su ciudad como “Frisco”.

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Nadie prestó atención a una sola de sus órdenes, nadie lo tomaba en serio. Pero era querido y respetado, no tenía un centavo en los bolsillos pero comía en los restaurantes más importantes y era invitado a eventos culturales, donde se le reservaban asientos preferenciales. Cuando fue detenido por la policía, para ser tratado por padecer de una enfermedad mental, fueron tales las críticas de parte de ciudadanos y periodistas que terminaron liberándolo, solicitándole una disculpa a la que respondió Norton I, magnánimo y justo, emitiendo un Perdón Imperial al policía que lo había arrestado. El problema es que era pobre: y aunque lo dejaran entrar a algunos restaurantes a comer gratis, Joshua Norton contrajo a lo largo de su vida más de una deuda. La solución que encontró, una vez auto proclamado emperador, puede parecer obvia: emitió su propia moneda. Cualquiera puede hacerlo, después de todo: son papeles, de colores, idénticos al usado en juegos de mesa como Monopoly. La particularidad del caso es que el dinero emitido por Joshua Norton era aceptado como medio de intercambio en San Francisco. Al margen del Estado, sin ningún Banco Central repleto de bonos, deuda y lingotes de oro que lo respalde, la moneda emitida por Norton era aceptada y tenía un valor de entre cincuenta centavos y diez dólares.

El siglo XX , el más largo de la historia, fue testigo de cantidades industriales de luchas entre clases, estados y sistemas políticos: visiones del mundo aparentemente opuestas se enfrentaron constante y sistemáticamente. Pensadores como Richard Buckminster Fuller y Gene Roddenberry plantearon críticas y revisiones profundas al sistema monetario, pero la siguiente revolución comenzó a ocurrir recién hace unos años. Satoshi Nakamoto (un pseudónimo detrás del cual se puede esconder más de una persona) creó en el 2009 el Bitcoin, la primera criptomoneda —la primera moneda descentralizada y distribuida, el futuro del dinero o la evolución lógica del dinero en un mundo no sólo globalizado, sino hiperconectado. Eso es lo que proponen sus evangelistas, por lo menos, aunque menos de mil usuarios posean ya 50% de los bitcoins. Sus detractores, por el otro lado, al grito salvaje de “¡burbuja!”, se ponen rojos de furia ante un hecho que es poco menos que una herejía: al igual que la divisa emitida por Joshua Norton, no tiene respaldo—entonces, ¿por qué tiene valor? Curiosamente, economistas ortodoxos y heterodoxos por igual se unen en la crítica: el mercado, la comunidad, no parecen ser suficientes.

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Otro de los pecados del Bitcoin es que es digital: no hay papelitos de colores que llevar en la billetera. Y llenamos a esos papeles de poder: obsérvense guardarlo con cuidado, miren a los demás mientras cuentan el cambio —son verdaderamente mágicos. Claro que en el 2014 usamos tarjetas de crédito (otro símbolo con colores, texturas y una numerología que evoca a los dioses paganos del placer y el poder), pero detrás de todo el plástico, de los sitios de homebanking y de las cuentas de Paypal sigue estando el mismo sistema de siempre, adaptado mínimamente a las herramientas tecnológicas de la actualidad. A pesar de las críticas (y de las promesas), el bitcoin tiene cierto respaldo —el paper original de Nakamoto (sea quien sea) fue revolucionario, existe una Fundación y proyectos relacionados a la criptomoneda han recibido decenas de millones de dólares de inversión en Sillicon Valley: se trata de un proyecto serio y pretencioso, cuyo éxito desembocó en una especulación global. El valor del bitcoin y todas las criptomonedas que le siguieron fluctúa de acuerdo a los deseos de enriquecimiento rápido de nerds y administradores de sistemas que hacen mining en servidores y crean botnets de decenas, cientas o miles de computadoras de bajo rendimiento. Gente que nunca se interesó por la compra/venta de acciones y las inversiones de alto riesgo se obesiona con la criptomoneda de turno y no deja de mirar sus valores en los principales sitios de intercambio, a pesar de que probablemente gane unos pocos centavos.

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En medio de todos los ataques, la especulación descontrolada y algún que otro ataque de denegación de servicio, surgió una moneda que lleva todos los postulados del bitcoin al extremo y deja en descubierto la naturaleza fantasmal del dinero. El dogecoin surgió como un chiste: no esperaba competir con el bitcoin ni con el litecoin ni con las otras criptomonedas serias y respetables de la actualidad; era una broma, una moneda basada en un meme: una foto de un perro rodeada por frases coloridas escritas con la fuente Comic Sans. Inexplicablemente, el dogecoin se convirtió en una de las diez criptomonedas más utilizadas y posee una de las comunidades más activas y extrañas de Internet: amigables en extremo con los usuarios nuevos, se comunican siguiendo las mismas reglas de la meme, utilizando constantemente los términos “such”, “many”, “very”, “so” y “wow” —el supuesto objetivo de la moneda, de acuerdo a la comunidad, es “llegar a la luna”, si bien es utilizada más que nada para transferir pequeñas sumas de dinero a modo de tips. El dogecoin no es serio, es una broma, una extensión de un .png, al igual que podría ser un video de You Toube. Aún así, un dogecoin equivale en la actualidad a entre 0.001 y 0.002 dólares y los miembros de la comunidad (y algunos analistas) aseguran que valdrá en el futuro un mínimo de un centavo de dólar, sino diez centavos o directamente un dólar.

Independientemente de si llega o no a una paridad con el dólar, todos los días se realizan cientos de transacciones en las que personas se desprenden de monedas respaldadas por bancos y gobiernos para adquirir una divisa cuyo símbolo es un perro de raza Shiba Inu. Una divisa ridícula y absurda, un espejismo: exactamente como el dólar. El dogecoin pone en evidencia la arbitrariedad detrás del sistema monetario, deja en ridículo nuestros miedos y pretensiones, el orgullo de los límites altos en las tarjetas de crédito y el rechazo patológico al capitalismo; le da la razón a Robert Anton Wilson, quien decía que el dinero es “una alucinación semántica, el equivalente verbal de una ilusión óptica”. Si despojamos al dólar y al peso de todo el poder que le otorgamos, no es más que una apariencia, una ilusión que nos controla, por la que nos desesperamos —después de todo, nuestras vidas dependen de esa ilusión. Pero si desnudamos al peso, recordamos al emperador Norton y apostamos al dogecoin (aunque sea con una sonrisa), paradójicamente, pensar en el dinero se hace mucho más fácil. Carente de todo poder, no nos asusta, no nos controla tanto, es una herramienta. Una tecnología creada entre todos, validada por el uso que le damos, para facilitarnos la vida en lugar de complicarla. Una tecnología sin sentido ni propósito que a pesar de todo cambia y evoluciona: y si lo pensamos así, la broma no es el Dogecoin sino las reservas federales, los lingotes de oro y las cajas de seguridad, las tasas de interés y los papeles de colores, los bonos atados a tasas de crecimiento, la emisión de deuda pública y el cese de pagos ante fondos internacionales, las cuotas sin interés y los salarios mensuales en billetes emitidos para evitar entrar en crisis. Si lo pensamos de este modo (y no es difícil hacerlo), el dogecoin, aunque desaparezca y no cumpla ni una sola de las expectativas, es la moneda del futuro.

 Twitter del autor: @ferostabio

El realismo de la magia negra (El corazón de las tinieblas estadounidense en "El Consejero") (I/IV)

AlterCultura

Por: Jasun Horsley - 02/26/2014

El Consejero, la película de Ridley Scott con guión de Cormac McCarthy, muestra un mundo que muchos no quieren ver pero es en el que vivimos, el de la corrupción generalizada de un imperio que se sostiene sólo en sus ruinas, el intercambio que aceptamos del "Cielo" por una suma de baratijas sin valor.

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El dilema moral, desapego irónico y los nuevos niveles de depravación en El Consejero

El entretenimiento es instrucción y la instrucción es ideología.

―Herbert I. Schiller, The Mind Managers

Puede parecer increíble, pero estuve a punto de no ver El Consejero (exhibida también como El abogado del crimen), la película con guión de Cormac McCarthy dirigida por Ridley Scott. Las críticas que leí eran tan mordaces que crearon un aura de mal gusto alrededor que me repelió, imaginé un filme autoindulgente y decadente. Cuando la vi, pasé la mayor parte del tiempo esperando que algo malo sucediera, que se disolviera en escenas de violencia gratuita o en actos absurdos y desarticulados; sin embargo, escena tras escena fui testigo de uno de los guiones más intensamente originales puestos en escena y de una de las películas hollywoodenses más improbablemente subversivas y extrañamente inspiradas desde el estreno de El Club de la Pelea. Entonces, ¿por qué obtuvo tantas críticas negativas?

En cierta forma, la recepción crítica confirma su significado y supongo que las personas que dicen que El Consejero es una película incoherente, engreída o pretenciosa, de manera inconsciente buscan negar su visión desalentadoramente seductora y existencialmente devastadora. El mundo en que la mayoría de los espectadores y críticos viven es muy diferente al mundo que retrata El Consejero. La película está demasiado estilizada y tiene una superficialidad que parece incompatible con aquello que por lo regular consideramos arte, pero a la vez es increíblemente real, y no nos ofrece el desapego irónico que nos presentan las películas violentas y nihilistas de la época post-Tarantino. Creo que el denso platillo que nos ofrece McCarthy es indigerible para la mayoría de los espectadores.

El Consejero no es una obra compasiva ni sensible (tampoco El Club de la Pelea), pero es intransigente. Tomando en cuenta su tema principal y el actual clima político, la obra ya es un pequeño milagro. Al juzgarla por su mérito propio y, a la vez, por su recibimiento crítico, creo que los productores mostraron una disposición poco común al dejar que el tema dictara la forma, aun si esto implicaba sacrificar un gran éxito comercial y hasta crítico. El Consejero tiene una visión unida y unificadora —la de McCarthy, no la de Scott— y por lo mismo creo que es una obra honesta y valiente, al menos para los estándares de Hollywood. Quizá, si hubiera tenido una recepción más cálida, sospecharía más de ella, para ser honesto. Pero algo tan bueno y, al mismo tiempo, que le disguste a tantas personas, debe estar dando en el clavo. No hay otra manera de explicar por qué recibió críticas tan malas.

La película me pareció una bala suave y lenta que explotó dentro de mí y se expandió por todo mi sistema, cambiándolo. Se abrió un camino por mi conciencia como un virus y gradualmente tomó el mando, expandiéndose y llevando luz a zonas que antes estaban oscuras. No es un proceso del todo agradable y El Consejero no es una película agradable. Creo que tomará unos cuantos años o quizá  hasta décadas para que se reconozca como lo que es: una representación desagradable y certera de nuestra época.

Eso, si queda alguien para reconocerlo.

 

El corazón de las tinieblas estadounidense

Cuando los dioses eran más humanos, los hombres eran más divinos.

-Cormac McCarthy, en el guión de El Consejero

El Consejero empieza con una escena sexual larga e incómoda entre Michael Fassbender (el Consejero cuyo nombre jamás nos es revelado) y Laura, su amante, interpretada por Penélope Cruz. Como gran parte de la película, en la escena hay poca acción y mucho diálogo. El realismo torpe y conmovedor nos muestra a dos personas “enamoradas”, es decir, a dos más o menos desconocidos llenos de ingenuidad y autoinmersión. Los vemos, por primera vez, debajo de sábanas blancas, escondiéndose del mundo como si fueran niños. Una vez que el Consejero logra que Laura le hable sucio (usa la palabra fuck), él le dice: “Has alcanzado un nuevo nivel de depravación”. Al escuchar esto último, pensé que quizá la ingenuidad de los personajes era también la de los productores. No debí haberme preocupado.

La película está demasiado estilizada pero la dirección de Ridley es hábil. El tráiler de la película la representa un viaje ultraviolento y nihilista, del tipo que Hollywood produce muy seguido y muy mal —del tipo que no me importa no volver a ver en mi vida—, pero que de cualquier manera obtienen excelentes críticas (tal vez la más reciente fue Siete Psicópatas, que no vi porque ya había sufrido la idiotez de Escondidos en Brujas). Pero la película es una mezcla extraña de lo recargado y lo discreto. El diálogo extenso y complejo es el motor de la película y es muy potente ―McCarthy no sólo coquetea con la oscuridad: realmente se sumerge en ella. Por esto la acción, aun cuando es impactante, como en el momento de las dos decapitaciones, se convierte en la puntuación visual del diálogo. El tono de Scott no es más llamativo o veloz en estas escenas que en aquellas más lentas y contemplativas. Su estilo no es precisamente sutil, pero tampoco es invasivo, y eso es una suerte de bendición, ya que fácilmente pudo haber exagerado y creado una parodia accidental. La película sí es graciosa, pero no a costa de sí misma, y esa es otra bendición, porque sin el humor su oscuridad hubiera sido opresiva, sofocante. Ridley Scott (que cumplió 76 este año) atinó con precisión en el tono y creo que es su mejor película en años, quizá en décadas, lo cual hace doblemente frustrante su mala recepción.

La última gran película de Scott fue Gladiador y en El Consejero parece jugar con la idea de que Estados Unidos es un imperio casi caído, plagado de corrupción y decadencia, mientras que las hordas cruzan sus fronteras para robar y saquear. Hay una clara y precisa relación entre la corrupción de los banqueros corporativos, así como de los asesores, empresarios y políticos por un lado; y por el otro, la de los cárteles y sicarios, secuestradores, torturadores y asesinos de las mujeres mexicanas. La línea entre estos dos mundos es imaginaria, exactamente como la frontera que divide a México y Estados Unidos. Más sutilmente, la película parece implicar al mundo de los directores y actores más distinguidos de Hollywood con la corrupción corporativa (y el otro mundo, todavía más oscuro) y tácitamente reconoce que El Consejero es un producto del mismo sistema que condena. Muestra lo resbaladiza que es la pendiente de los negocios inmorales y la desolación moral desmesurada, así como cuán rápida e irrevocablemente una lleva a la otra.

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Como una visión del mal, El Consejero es completamente persuasiva. Su representación de personajes desalmados es siniestra y ostentosa, incluso enfermizamente erótica: la incoherencia moral es la fuerza que impulsa la civilización, casi al estilo lovecraftiano. Con su incansable y seductora insistencia de ver el horror como el alma de la trama, puede que ésta sea la primera película de terror posmoderna. Al adentrarse hasta el fondo de esta perspectiva nihilista de un universo sin dioses, logra lo que Coppola no alcanzó hacer con Apocalypse Now, y nos lleva hasta el interior del corazón de las tinieblas estadounidense.

Y —sorpresa, sorpresa— ese corazón está en México.

Algo que noté en todas las reseñas negativas (y ocasionalmente en las positivas) de El Consejero es que ninguna menciona los sucesos reales en los que se basa la película. Por ejemplo, en “The Disappeared and Mexico’s New Dirty War,” Peter Watt describe cómo se ha “vuelto más y más difícil para las autoridades mexicanas pretender que los enormes números de asesinatos y desapariciones forzadas no son parte de una estrategia gubernamental”. La atribución de las desapariciones a los cárteles y la idea de que el gobierno de México y el estadounidense están peleando una guerra en contra del crimen organizado, insiste Watts, “es un mito generalizado pero completamente falso”. Continúa:

Para ponerlo en perspectiva, el número de personas desaparecidas a la fuerza en México probablemente sea más alto que el de la notoria dictadura argentina que desarrolló una estrategia para aniquilar a todo un segmento de su población. La guerra sucia de Argentina, bajo la rúbrica de la Operación Cóndor, se concentraba en todos aquellos a quienes las autoridades consideraban subversivos… Más de 26,000 personas fueron clasificadas como “desaparecidas” [en México] durante el sexenio del ex-Presidente Felipe Calderón, quien abandonó la escena política mexicana y obtuvo una lucrativa beca de investigación en la Harvard School of Government el año pasado [2012]... Más de 98% de los asesinatos cometidos en México no se investigan ni resuelven. De hecho, en 2012, de los 27,700 asesinatos en México, sólo 523 fueron resueltos y llevados a juicio. Tanto el gobierno de EE.UU. como el de México continúan perpetuando lo que se ha convertido en uno de los ataques a los civiles más violentos del mundo… Los muertos y los desaparecidos son sÓlo un daño colateral para un capitalismo insaciable que demanda ganancias, la expansión del mercado y el control. Aquellos que se cruzan en el camino, como los disidentes políticos en Argentina y Chile, o la numerosa clase baja de México, son elementos externos en un mercado “libre” y natural defendido cada vez más por la vía de la fuerza y la extorsión.

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Esto no es algo que la mayoría de las personas —al menos no los estadounidenses— considere. La mayoría de este grupo sabe de la guerra contra el narco, pero la mayoría de ellos probablemente la vea como evidencia de cuán retrógrada, brutal y salvaje es la vida en México y no como una consecuencia de la interferencia de Estados Unidos. Con todo y todo, la razón por la cual Estados Unidos y la Unión Europea están presentes en América Latina no es diferente a la de los colonizadores españoles, portugueses, británicos, franceses u holandeses que los antecedieron: saquear los recursos naturales y abusar de la fuerza laboral barata. Según otro artículo en línea, El Plan Cóndor busca “la extracción neocolonial de 'deudas' forzosamente planeadas”.

Los métodos que emplean incluyen la privatización, desintegración de las economías agricultoras locales y mercados abiertos impuestos por el FMI y el Banco Mundial mediante clientes locales que favorecen corporaciones como BP-Amoco, Monsanto, Cargill y otros nombres conocidos. Como observó la periodista argentina Stella Calloni, esta campaña de contrainsurgencia fue mucho más allá de combatir a las guerrillas, fue una “guerra irrazonable en contra de la izquierda, que [...] incluyó cuestionar el statu quo, armado o no.” Consideraban que “entonces, monjas, profesores, estudiantes, trabajadores, artistas, periodistas y hasta políticos opositores” amenazaban la clase política. El plan de Washington es “económica y militarmente acabar con los movimientos sociales locales para obtener sus recursos y tierras”, dice Evo Morales, haciendo eco de una opinión popular en la región. “El trasfondo de estos planes es el mismo de los últimos 500 años: erradicar a nuestras culturas indígenas”.

Uno de los aspectos que El Consejero explora implícitamente con el simple acto de atreverse a lidiar con el tema es que los cárteles mexicanos —las hordas bárbaras que nos muestra la película— no amenazan la estabilidad de EE.UU, sino una parte de la maquinaria capitalista que la sostiene. Por ejemplo, en To Die in Mexico: Dispatches from Inside the Drug War, John Gibler escribe:

En el 2008, el dinero de las drogas salvó a los bancos mundiales más importantes de un colapso inminente. Entonces, si estiramos esta noción un poco, también salvó al capitalismo de una devastadora crisis interna cuando los mercados de capital especulativos colapsaron. El dinero del narcotráfico —camiones de volteo repletos de dinero, dinero real— parece ser una de las cuentas de ahorro del capitalismo global.

Añadiendo algo de sustancia a esta declaración audaz —aunque no muy sorprendente— en “How Drug Profits Saved Capitalism” (el cual no pude encontrar en línea, pero citas del mismo se encuentran aquí), James Petras escribe:

Mientras que el Pentágono arma al gobierno mexicano y la Agencia de Drogas de EUA lleva a cabo la “solución militar”, los bancos más grandes de Estados Unidos reciben, lavan y transfieren miles de millones de dólares a las cuentas de los capos, quienes compran armas modernas, pagan ejércitos de asesinos y corrompen incontables oficiales de la ley y políticos de ambos lados de la frontera. Las ganancias del narcotráfico, en el sentido primordial, son posibles gracias a la habilidad de los cárteles para lavar y transferir miles de millones de dólares a través del sistema bancario de EUA. La escala y el alcance de la alianza entre los bancos estadounidenses y los cárteles rebasa a cualquier otra actividad económica privada dentro del sistema bancario del país. De acuerdo al Departamento de Justicia de los Estados Unidos, un solo banco lavó cientos de millones entre el 1 de mayo de 2004 y 31 de mayo de 2007 (The Guardian, 11 de mayo de 2011). Todos los bancos importantes de EUA han sido socios financieros de cárteles asesinos.

Es probable que los críticos hayan ignorado este material por dos razones. En primer lugar, El Consejero no es el tipo de película socialmente consciente que obliga a los espectadores a pensar sobre el tema que trata. No es La Lista de Schindler ni Gandhi o Filadelfia, y casi nos desafía a tomarla a ese nivel. En segundo lugar, lo más importante es que no se trata de problemas sociales que los críticos, en especial no los estadounidenses, están dispuestos a ver y, aunque lo estuvieran, las publicaciones para las que escriben probablemente no se los permitirían.

Mientras escribía este ensayo fui a ver la película American Hustle. Antes de que comenzara vi tres tráileres: el primero fue de Heaven is For Real, el siguiente fue para la próxima película de Jack Ryan, Shadow Recruit, y la última fue Lone Survivor, una supuesta historia real sobre “una unidad élite de SEALs de la Marina que encuentra un ejército de fuerzas talibanes en Afganistán durante un redada en el 2005.” La primera es claramente propaganda cristiana sobre cómo las personas buenas (entre ellos un soldado) van al Cielo; la segunda es una glamourización de las trampas de la CIA y la tercera habla por sí sola. Lo que más me sorprendió fue la manera descarada en la que Hollywood se ha convertido en propaganda. Ni siquiera había un intento simbólico de ocultarlo. Como escribe Herbert Schiller en The Mind Managers: “El entretenimiento es instrucción, y la instrucción es ideología”.

El Consejero es más que una película con un mensaje: es una película con anti-mensaje. Funciona potencialmente como un enema que busca sacar todos los venenos de Hollywood hasta que no quede más suciedad. El mensaje de El Consejero es el mismo que todas las demás películas intentan ahogar hasta que ya no estemos conscientes de él. Es la verdad inexplicable por la cual se ha construido imperio tras imperio (incluyendo el de Hollywood) para mantenerla afuera, como una las hordas bárbaras que amenazan con destruir todo aquello que consideramos “sagrado” y bueno —la mentira que es la promesa dorada de Hollywood: que todos los buenos soldados cristianos se irán al Cielo, y todos los demás estaremos condenados.

Entonces, ¿cuál es el mensaje? El mundo de diamantes y exceso Armani al que pertenece el Consejero y por el cual hace el trato —el mundo del imperialismo estadounidense que depende no sólo de intercambios dudosos, lavado de dinero y la manufactura de drogas, sino de actos horrendos que la mayoría de las personas se niega a creer que suceden. Hasta cierto punto todos somos cómplices de ese horror. La revelación del consejero, cuando se percata de que ha sacrificado la única cosa que tenía un valor verdadero por baratijas frías y brillantes, es la realización que nos espera a todos en lugar del “Cielo”.

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Twitter del autor: @JaKephas

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