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Ítaca es aquí: decide ser feliz y ya

Por: pijamasurf - 01/04/2014

Una de las paradojas más nítidas de la existencia humana es el fantasma de la felicidad, uno que perseguimos sin cesar, sin saber que también nos habita, que también está aquí.

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Hay demasiado sobre la muerte,
sobre las sombras.
Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

 - Adam Zagajewski, fragmento de “Una carta al lector”

 

Una de las búsquedas más esenciales en la vida es la felicidad. Esa Ítaca prometida que casi siempre se ve a la distancia, allá afuera, lejos; o que se habita por periodos repartidos a lo largo de nuestras vidas. Lo más seguro es que estos periodos en que nos sentimos plenos sean una suerte de develación de algo que siempre estuvo allí y no algo que alcanzamos mediante la práctica de fórmulas externas. Sin embargo esta incansable búsqueda tiene cientos de vertientes, a cada quién le llega por senderos distintos, y se ha vuelto uno de los temas preferidos de la modernidad y, por supuesto, de la ciencia.

La mayoría de las personas acepta que la felicidad es mucho más que un golpe de dopamina o de eventos positivos: que es una suerte de paz general, discreta, armónica, que poco tiene que ver con la frivolidad. Entonces, como tal, como estado mental, la felicidad puede ser en gran medida intencional y estratégica.

Sin importar si tu frecuencia habitual es alta o baja, entusiasta o sombría, tus costumbres y rutinas pueden mover la aguja de tu bienestar. Documentos académicos recientes han “enlistado” algunos hábitos de aquellos que son “felices”, y sus listas proporcionan una especie de instructivo que podemos emular. Al parecer la gente feliz se involucra en hábitos contradictorios que parecen, a primera vista, actos infelices.

 

La recompensa del riesgo

Las personas más felices parecen tener un entendimiento intuitivo del hecho de que la felicidad sostenida no se trata en lo absoluto de hacer siempre las cosas que les gustan. También requiere crecimiento y aventuras fuera de los límites de nuestra zona de confort. De lo contrario esa felicidad se vacía rápidamente de sentido. Los psicólogos Todd Kashdan y Michael Steger encontraron que cuando los participantes de su experimento monitorearon sus propias actividades diarias y cómo se sentían a lo largo de 21 días, aquellos que regularmente sentían curiosidad también experimentaban más satisfacción en sus vidas.

La curiosidad, no obstante, es fundamentalmente un estado de ansiedad. Se trata en gran medida de exploración, y a veces a costa de felicidad momentánea. Pero al parecer la gente feliz acepta la noción de que estar incómodo y vulnerable puede no ser un camino fácil, pero es la ruta directa hacia la fortaleza y la sabiduría. Esto, combinado con los placeres sencillos que cada quien conoce a su manera, es una de las formas de la felicidad.

 

Pasar de largo algunas vicisitudes de la vida

Una crítica común hacia las “personas felices” es que no son realistas, que navegan por la vida gozosos ignorando el dolor y los problemas suyos y del mundo. Esto es verdad en el sentido de que las personas satisfechas no son muy analíticas ni reflexivas, y tienen muy poco escepticismo. Tienden a ser demasiado confiadas y por lo tanto víctimas de sarcasmo y mentiras.

Definitivamente tener ojo para los tejidos más finos de la existencia y darse cuenta de que no todo es soleado y maravilloso es una tarea fundamental, ya que es la fuente de las preguntas importantes de la condición humana y del universo. Sin embargo, demasiada atención a los detalles puede interferir con un funcionamiento básico del día a día, como lo muestra la investigación de la psicóloga Kate Harkness. Ella encontró, por ejemplo, que las personas deprimidas o tristes tienden a darse cuenta de los cambios minúsculos en expresiones faciales, mientras las personas felices pasan por alto esas alteraciones (i.e. un gesto sarcástico, un gesto de fastidio). Así, las personas felices tienen una protección emocional natural contra la insolencia y cinismo de los demás. En este sentido –y sólo en éste– aquella famosa frase que reza que la ignorancia es la felicidad, guarda su verdad.

 

Un momento para cada emoción

Las personas más sanas psicológicamente son aquellas que se permiten estar tristes cuando lo están, felices cuando lo están, enojadas cuando lo están, etcétera. Es decir, permiten que las emociones que llegan pasen a través de ellos y se vayan. Es preciso sentir los vapores de cada emoción y vivirlas sabiendo que nada es permanente y todo, incluso los momentos de éxtasis, pasará. Las emociones proporcionan información sobre nosotros mismos, información vital.

También, saber con quién podemos rompernos y con quién no es de suma inteligencia. Tal vez a nuestros padres no les siente bien saber que estamos devastados o tenemos el corazón muy roto, pero a nuestro mejor amigo sí, a nuestro diario sí. Quizá no podamos llegar fúricos a la oficina pero podamos gritar dentro del auto o contra una almohada. La flexibilidad y la humildad (saber que nuestro dolor o enojo puede ser contagioso, al igual que la felicidad) es imprescindible. Esta aceptación y adaptación es gran parte de aquella “paz interior” que todos anhelamos.

 

Hay mucho más en la vida que ser felices

Paradójicamente, buscar la felicidad es una meta desviada, predominantemente porque es superficial y hedonista. Una serie de estudios llevados por la la psicóloga Iris Mauss, de la Universidad de California, revelaron que las personas que ponen la felicidad como su meta máxima reportan sentirse más solas. Sí, las personas felices pueden estar más sanas, pero ansiar sólo la felicidad es contraproducente.

Como se dijo arriba, una vida bien vivida es más como un matrix que incluye felicidad, tristeza ocasional, un sentido de causa, jugueteo y coqueteo con la vida misma, flexibilidad psicológica, autonomía, maestría y pertenencia. Como regla, nuestra propia definición de felicidad va a cambiar de etapa a etapa de la mano de nuestra perspectiva. No hay trucos ni —como estos estudios postulan— manuales. Pero sí se puede asegurar que la felicidad va de la mano de la congruencia y que, en lugar de perseguirla como quien persigue a un fantasma, podemos dejar que florezca sabiendo que de alguna manera ya está ahí y siempre lo ha estado.

 

¿Angustiado por no cumplir tus propósitos de año nuevo? Italo Calvino puede decirte algo al respecto

Por: pijamasurf - 01/04/2014

En una carta escrita a los 26 años, el futuro novelista Italo Calvino pondera las formas que a veces puede tomar la preocupación y, en contraste, propone una manera de lidiar con la angustia de un Nuevo Año que se ofrece vacío y pleno de posibilidades.

tiempoAceptemos que, en efecto, un año nuevo es una gran oportunidad, un periodo que, en cierta forma, se nos presenta vacío, lleno de posibilidades, dispuesto a convertirse en cualquier cosa que deseemos o, mejor, que nuestra voluntad moldee.

Esto, sin embargo, puede ser recibido de distintas maneras. Para algunos puede ser motivo de alegría, un estímulo para verdaderamente fijar metas y empeñarse en conseguirlas. Para otros, en el punto medio, quizá les sea indiferente el cambio de cifras, acaso porque consideren que a fin de cuentas el tiempo es uno y lo mismo. Una tercera opción es la preocupación exacerbada, la toma de conciencia súbita de que otro año ha empezado y de nuevo hay tanto por hacer, tantos proyectos que realizar, tantos pendientes y los días pasan y….

Para este último grupo, algunas palabras del joven Italo Calvino, un fragmento de una carta que el futuro novelista envió a un amigo suyo, Mario Motta, cuando contaba con 26 años, en enero de 1950. Ahí Calvino pondera las diferencias entre los matices de la preocupación, de la angustia por la vida diaria, y propone un método para contrarrestarla: no se trata, en efecto, de desgastarse inútilmente en la pesadumbre de lo que es y lo que puede o no ser, sino de creer en un objetivo casi inamovible (y quizá algo más que esto: una vocación) y, a partir de éste, canalizar los esfuerzos y la energía para conseguirlo ―siempre “dentro de los límites de las posibilidades históricas”, como dice el escritor.

Quisiera señalar el fin en mi vida de la “angustia desperdiciada”: nunca me he arrepentido tanto de algo como de tener preocupaciones individuales, anacrónicas en cierto sentido, mientras que las preocupaciones generales, preocupaciones sobre el tiempo (o en cualquier caso las que pueden reducirse a eso, como tu problema para pagar la renta, por ejemplo) son muchas y muy vastas y tan “de mí”, que siento que son suficientes para llenar mi “preocupabilidad” e incuso mi interés y mi gozo de vivir. Así que desde ahora quiero dedicarme por entero a estas últimas ―pero estoy consciente ya de las trampas de esta cuestión y por eso de un tiempo para acá mi primera necesidad ha sido “desperiodizarme”, quitarme la correa que ha dominado los últimos años de mi vida: leer libros y reseñarlos inmediatamente, comentar sobre algo incluso antes de tener tiempo para hacerme una opinión sobre ello. Quiero construirme una nueva forma de programa diario en la que finalmente pueda profundizar en algo, algo definitivo (dentro de los límites de las posibilidades históricas), algo ni deshonesto ni insincero (a diferencia de como son los periodistas de hoy en día, de una forma u otra). Por esa razón he hecho varios planes para mí mismo, para mantener contacto con la realidad y con el mundo, pero siendo cuidadoso, claro, de no perderme en actividades innecesarias, y también para crear mi propio trabajo individual no más como “periodista”, sino como “investigador”, con lecturas sistemáticas, notas, comentarios, cuadernos y una cantidad de cosas que nunca he hecho; y también para, eventualmente, escribir una novela.

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