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El sexo como el escenario primordial de intercambio de energía: transmutación, alquimia o vampirismo.

 

"When you have proved that God is merely a name for the sex instinct, it appears to me not far to the perception that the sex instinct is God.” Aleister Crowley.

Al menos entre los hombres, y cada vez más también entre las mujeres bajo la cultura del bienestar sexual, la promiscuidad es percibida como algo deseable --ya sea porque se cree que el sexo es una fuente de salud o porque es vista como una marca de estatus (que satisface el deseo de ser deseado)... y entonces es necesario practicar. Coinciden revistas como Cosmopolitan con publicaciones científicas de las más alta seriedad: el sexo como ejercicio, como detonador de cócteles neuroquímicos de relajación y cómo lazo emocional, es una especie de grial de bienestar. Por otro lado, no ejercer una sexualidad activa, en una sociedad ya no sólo bombardeada de imágenes sexuales (espectros libidinales), sino también de la información que ubicuamemente confirma ese bienestar a través del sexo, se revela como una patología psicosocial --una presión de participar en el gran banquete secreto que en nuestros tiempos se publicita. Así para algunos esta ansiedad social parece no poder aliviarse sin sesiones maratónicas, de alto performance, con parejas que cumplan con el paradigma de lo sexy. El Eros, esa emanación celeste, primogénito del cosmos, se multiplica en el mercado y debe ser consumido (y consumado) por todos, todo el tiempo.

Con esta introducción no quiero acercarme a una especie de puritanismo, ni siquiera a una crítica de la saturación sexual de nuestra cultura y sus efectos (sobre ese tema se puede leer aquí), solamente ubicarnos, a manera de contrapunto, en un estado general de las cosas, no necesariamente exento de confusión. Sí, por supuesto, el sexo es una las actividades más importantes que existen en la vida de un ser humano --en un sentido biológico (y para algunos materialistas no se puede decir que exista algo superior a la biología) la más importante. Pero esto no significa que todo sexo es "bueno" --como si fuera un mecanismo que automáticamente generara esos neurotransmisores de la felicidad que todos estamos buscando-- y no me refiero con esto al desempeño o la habilidad amatoria. El caso es más complejo que, por ejemplo, hacer ejercicio y comer bien. Comer una zanahoria o hacer 20 lagartijas, generalmente producen resultados similarmente positivos. Tener sexo con una persona diferente o incluso con la misma en otro momento no suelen producir el mismo resultado --nos coloca en un estado de vulnerabilidad y receptividad y transmisión. Aunque en la comida también pueden pulular una serie de fantasmas o psiquismos (como es el caso de algunos desordenes alimenticios), esta legión de fantasmas que alteran los resultados del experimento es mucho mayor en el sexo.  El coito casi nunca puede extirparse de la fantasía y de toda una carga de procesos mentales que en la más profunda intimidad de los cuerpos entrelazados parecen también compartirse (decía Octavio Paz que en la cópula siempre eran tres: la pareja y la fantasía). A la vez, aunque no sea fácil de cuantificar, los seres humanos contamos con un campo bionergético el cual se ve interferido por el contacto físico y el flujo de las emociones --nunca tanto con en el sexo, para bien o para mal. Así que tal vez podamos decir que las personas no son zanahorias (aunque estas también tengan codificado cierto campo energético).  Cuando comemos, sabemos que recibiremos energía, de una manera relativamente estable y predecible, puesto que incorporamos a la cosa que nos comemos --en el sexo también incorporamos lo que nos "comemos" pero de manera mucho menos predecible y con toda una carga de expectativas y fantasmagoría.  Se abre una puerta difícil de cerrar si creemos en que la energía existe como un cuerpo sutil, como el qi de los chinos o la energía orgónica de Reich (que era justamente una especie de éter cargado de eros)... el sexo se convierte en el máximo escenario de intercambio de energía al cual puede acceder el ser humano, y de su aprovechamiento depende en buena medida su estado energético cotidiano. (Hay que recalcar que este intercambio de energía sexual no ocurre solamente en el coito sino en todo tipo de interacciones y entre todo tipo de seres, no sólo de la misma especie, y puede cultivarse de diferentes formas). No es casualidad entonces que las religiones tántricas --como el budismo y el tantrismo shivaíta, utilicen la sexualidad como un método alquímico para la liberación o que en el taoísmo se practiquen técnicas de retención del semen y de la menstruación como un aspecto central de la alquimia interna (nei-dan).

El hecho de que existe un intercambio de información a través del sexo, queda constatado por investigaciones que muestran que material genético de ex parejas puede heredarse a los hijos. Esto es altamente significativo y da sustento a esta teoría de intercambio de energía puesto que, en sistemas como el qi-gong o la misma física cuántica, la información puede considerarse un constituyente básico que es capaz de afectar la energía de un sistema.

Se entreve aquí la posibilidad de llevar a cabo una selección sexual, de la misma manera que la evolución lleva a cabo una selección natural de lo más apto. Esta es una idea peligrosa, en tanto a que presenta una tentadora eugenesia erótica/energética. Podemos ir rápidamente del darwinismo a una versión de sexismo (imaginamos ya: sex energy nazis). ¿Sólo debemos coger con personas con auras angelicales? ¿Copulemos sólo con individuos de grandes chakras abiertos, girando en el arrobo de la luz? O incluso, si no creemos en el crisol abierto de la bioenergía, pero comulgamos con la teoría de la epigenética (que sostiene que existe una transmisión de información genética que proviene del medio ambiente y de las experiencias que vivimos), ¿debemos solamente  dormir con personas genéticamente superiores, con supermodelos, y así parecernos a ellas?  ¿Sólo debemos de mezclar nuestros jugos corporales con personas sanas y bellas? (Y es que, ¿acaso no has visto operando una mimesis en movimiento, y las personas que están juntas se parecen?) Y nada como el sexo para hacernos como el otro. Este misma selección tiene una manifestación química. Algunos estudios sugieren que a través del olfato podemos detectar genes del complejo de histocompatibilidad diversos a los nuestros, lo cual en teoría permitiría una reproducción más efectiva (con menos riesgos de retrasos mentales y otras complicaciones). Por ejemplo, las mujeres que no están tomando anticonceptivos se ven atraídas por el sudor de un hombre que tiene una histocompatibilidad distinta. En el mundo de la bioquímica la diversidad reina. Otros estudios han demostrado que una mujer tiene mayor probabilidad de tener un orgasmo con un hombre de complexión simétrica --la simetría es un indicador de un sistema inmune más sano. Nuestro cuerpo, seamos conscientes de ello o no, comúnmente se encuentra realizando una selección sexual --pero diversos factores, que van desde el uso de hormonas o desodorantes hasta el bloqueo crónico de las respuestas instintivas (la falta de fluidez), hacen que estas señales generalmente se conviertan en un ruido cognitivo que no logra articular la claridad erótica del impulso natural, propia de los ritmos telúricos. Pocas veces vivimos instintivamente y dejamos que una energía erótica, como un viento (como uno de esos dioses griegos que sobrecogían a los héroes), nos arrastre --tal vez a unirnos magnéticamente con una persona, siguiendo sólo la fragancia de su energía, sintiendo el ardor de la flecha, pero también a la experiencia pura de lo erótico que va más allá de lo meramente sexual-- pero lo cierto es que esto más que una sofisticación de la civilización es generalmente un embotamiento o una falta de sensibilidad.

sacredsexLo anterior puede colocarnos en una situación apremiante, especialmente si somos partidarios de la diversidad y de la celebración democrática de todos los ámbitos de la existencia. Porque significa que existen personas que por diferentes razones no son dignas o al menos no tienen las cualidades necesarias para tener sexo con nosotros. Esto es una realidad, cruel y discriminatoria o no. Quizás debamos recordar que entre muchas especies animales son solamente un grupo selecto los que consiguen reproducirse --la mayoría de los miembros de la especie jamás tendrán sexo, muchos de ellos incluso perecerán en el intento (siguiendo la urgencia del género hacia un desfiladero). La reproducción, el sexo, es un privilegio en el mundo animal. En la sociedad moderna, en la que hemos averiguado sus múltiples beneficios, parece ser un derecho (y por ello la prostitución y la pornografía tienen tanto dominio). Pero aunque copular sea relativamente fácil de lograr para cualquier ser humano, quizás debido a un factor mental y espiritual hacerlo no necesariamente nos produce el bienestar ansiado. (Vulgarmente, la verdadera cuestión no es coger, es escoger, lo cual significa saber percibir, ver o sentir la energía). Por una parte el mundo del mass media y la sociedad del consumo hacen que para muchos la sexualidad este disociada de su propia realidad --entredevorada de una fantasía inalcanzable e insaciable-- y ellos mismos estén disociados de su propio cuerpo, que es el vehículo tanto del éxtasis sexual como del éxtasis místico (la energía es delicia eterna, dijo Blake). Por otro lado es posible que la sexualidad como expresión consciente de la energía universal  --forma manifiesta del amor que es la energía potencial infinita, el mar en el cual el sexo sólo es una barca-- sólo pueda ser alcanzada a través de una cierta compatibilidad, de una cierta disciplina, de una cierta purificación e incluso refinación energética. Y que de otra forma, en la carencia de lo anterior, la sexualidad sobre todo es experimentada como una llamarada de petate, como un deporte extremo, como un deseo tantálico del fuego que es todo los fuegos. 

Es probable que experimentemos la sexualidad en proporción directa a la energía y a la conciencia que logremos cultivar. Tanto en el plano mismo del acto sexual como en las parejas que atraemos. Bajo esta luz, no resulta disparatado que muchas tradiciones esotéricas cultivaran un ascetismo sexual. Esto es más que un celibato, un entrenamiento de la mente y el cuerpo en preparación al acto sexual y al encuentro de la pareja (grooming); la virginidad entonces tiene otra acepción, más que la negación del acto sexual, es la afirmación de la pureza del cuerpo (el templo) para recibir la energía del género opuesto (la búsqueda de una eclosión, de seguir creciendo aun cuando ya se ha madurado) (en el tantrismo los canales masculinos y femeninos se unen en el canal central liberando el elixir de la inmortalidad, amrta). Aquí se fusionan el arte de la seducción con la magia y el yoga... La búsqueda de un estado de conciencia más elevado requiere de un estado de energía elevado, el cual a su vez requiere del cuidado, la lustración del cuerpo (que es el vehículo para la percepción de dimensiones más sutiles). Este cuidado corporal puede ser alterado y perturbado por otras energías, por improntas y formas de pensamiento ajenas; tener sexo con alguien es de alguna forma unirnos a la persona con la que tenemos sexo. Habría añadir, como excepción, que ciertas prácticas energéticas como el qi-gong cuentan con ciertos ejercicios para blindar la propia energía, formar una camisa de hierro invisible, para proteger el qi, pero estas son enseñanzas avanzadas, difíciles de amaestrar. Del otro lado de este espectro estarán quienes no sólo no intercambian energía sexualmente, sino sólo se alimentan, también a través de prácticas esotéricas de manejo de energía ligadas a la brujería y a una especie de vampirismo sexual. Y, entre estas, la mayoría, los que tienen sexo sin arte ni conciencia y se llevan a veces revolcadas y a veces tienen suerte y ganan y ven hadas pero no podrían determinar cuál va ser el resultado puesto que entran a la recámara como en una ebria lotería. 

Quizás sea oportuno recordar "Las Enseñanzas de Don Juan", la primera transmisión de Carlos Castaneda, una obra que si bien debemos de considerar ficción de todas maneras recupera importantes tradiciones esotéricas y las reempaqueta para la sociedad moderna. Ahí, el brujo yaqui  advierte en diversas ocasiones que para limpiar su energía y consolidar su esencia de "nagual", Carlos debe recapitular y hacer una serie de ejercicios destinados a cortar los filamentos de energía que lo unen con sus parejas sexuales. Esta idea de "cortar" los lazos que nos unen (como si fueran un pozo energético común) a una pareja es una constante en diversas tradiciones ocultas. Sugiere que existen conexiones por las que fluye energía entre una pareja (o también entre padres e hijos), y explica por qué en ocasiones ciertas relaciones parecen tener un drenaje más allá de que las personas puedan estar alejadas. En un ámbito epigenético podemos pensar que al tener sexo con una persona tenemos sexo con todas las personas con las que ha estado en menor grado de intensidad. Es difícil explicar científicamente como funciona esta aparente conexión a distancia entre dos personas que han estado en contacto íntimo. Podemos aventurarnos y decir que tal vez pueda operar un mecanismo de entrelazamiento cuántico, un principio de la física que señala que cuando dos partículas han entrado en contacto permanece una conexión entre ellas pese a que puedan estar separadas millones de kilómetros: hay una reacción inmediata al estado en el que se encuentra un fotón en ese otro fotón al cual ha estado ligado. Este mismo principio es la base de la magia simpática que practican numerosas tribus en todo el mundo.

Por otro lado el poder de la cópula, esa unión de espejos en el crisol de la luz, no debe de ser subestimado. El indio yaqui Don Juan, con su formidable y aterrador sentido del humor, le dice en alguna ocasión a Castaneda que él es el resultado de una cogida aburrida, y por eso debe de trabajar toda su vida para reestablecer su fuerza, encontrar su energía entera. Palabras que debemos de leer con cierta mistificación, también notando que entre el séquito se seguidoras y amantes de Castaneda, varias han notado que mucho del poder de Carlos y su obsesión, estaba en el sexo, entre ellas la novelista Amy Wallace, quien ha escrito sobre la manipulación de la que fue víctima luego de que se hiciera amante de Castaneda. Otro prominente exponente de la magia sexual en Occidente fue Aleister Crowley, quien realizaba "misas sexuales", bajo cierta alineación astrológica y usando una serie de invocaciones para entrar en contacto con entidades de otras dimensiones, sirviéndose de una pareja que llamaba "la diosa escarlata" como médium. Crowley famosamente rezaba en el momento del orgasmo, bajo el supuesto de que el "pequeño relámpago" potenciaba su intención. En el coito y en el instante del orgasmo confluyen la misma energía que dio origen al universo --podemos pensar, y esto puede ser un desafío y una responsabilidad, que el acto sexual es un microcosmos del Big Bang.

Mi forma de verlo es que (quizás como atavismo evolutivo de su función primaria) el sexo es casi siempre reproductivo. Evidentemente en muchos casos no se concibe un nuevo ser humano; pero siempre casi siempre conciben nuevos seres mentales (tulpas en el budismo), nuevas conexiones neurales (el sexo genera neurogénesis) y nuevas conexiones emocionales (el antídoto de esto es la realización de la vacuidad en un estado de no-dualidad, propio sólo de lo más elevados yoguis y yoginis). Lo sexual es lo que une a dos y hace un otro --y si bien esto no depende exclusivamente del coito, es ahí donde se vuelve más "creativo", en tanto a que la intimidad, la cercanía de los cuerpos, permite una mayor fricción y fusión: un posible choque, una posible implosión de elementos. Si el ser humano es un pequeño universo, una especie de espejo de carne y luz condensada del cosmos, el paralelo entre el sexo sería con las colisión de estrellas en el espacio. De estas colisiones estelares, sabemos hoy, se generan elementos pesados como el oro y la plata, los metales más preciados, símbolos de la elevación espiritual. En la energía de los opuestos que se arremolina se pueden gestar nuevos mundos, galaxias imaginales, paraísos secretos que pueden ser habitados aunque no tengan un lugar per se en el espacio material. De estos explosivos encuentros también se pueden gestar estrellas de la muerte, grandes agujeros negros, infames cañerías, marañas de karma y ductos de energía. Lo que parece ser indiscutible es que el sexo es la gran arena de intercambio de energía: puede ser un atanor (athanatos de amrta: lo inmortal), el sublime horno de la alquimia de todas las eras que transmuta el cuerpo en espíritu o puede ser en el reverso de la magia el escenario de una profunda pérdida: el alma que se abisma en la materia, y el cuerpo es su tumba.

Twitter del autor: @alepholo  

"La memoria dependiente del estado" es probablemente lo más importante que deberías de saber de tu cerebro y seguramente lo más útil. Ser consciente de cómo las memorias, que se convierten en sistemas operativos, se forman según el estado en el que nos encontramos, es el primer paso para editar, reprogramar y transformar nuestra mente.

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"Aprender sólo es recordar", Platón.

Las condiciones espaciales, fisiológicas y neurales en las que nos encontrábamos cuando primero procesamos cierta información son determinantes en cómo codificamos esa información--es decir, en la formación de una memoria. Esto es importante porque de manera muy básica lo que constituye nuestra personalidad no es más que una asociación de recuerdos, un entrar y salir a ciertos estados mentales que son en suma bloques de memoria, que se presentan (acaso ilusoriamente) como una unidad. Lo que soy en este momento puede considerarse la suma de todas las cosas que he sido, es decir, de todas las memorias que he almacenado, pero de manera más sucinta y específica lo que soy en este momento es la relación entre lo que estoy viviendo en el presente --la música que estoy escuchando, la horas que dormí, los fármacos o la comida que consumí, el ambiente en el que me muevo y los pensamientos que evocan-- y las otras veces que he vivido una situación similar (que consumí las mismas sustancias, que me moví por el mismo ambiente, etcétera). Esto es lo que se llama "memoria dependiente del estado".

¿Alguna vez te ha pasado que cuando bebes alcohol, tomas una droga, estás con cierta persona o escuchas una canción recuerdas algo que de otra forma te era inaccesible? O incluso, ¿que cuando estás con alguien o tomas cierta sustancia entras en un estado mental,  a una faceta de tu personalidad que resulta remota o extraña cuando no te encuentras bajo estas condiciones? Esto se debe a que la memoria, su evocación e implementación de su estado mental relacionado, depende de las condiciones en las que se formó. Al formarse, la memoria cobra una especie de neurosello distintivo, un "cóctel de neurortransmisores de la casa":

Normalmente en la formación de la memoria el patrón específico de excitación presente en el cerebro en el momento del aprendizaje se vuelve un componente integral de la información almacenada. La representación neural de este patrón específico de excitación depende del patrón de actividad generado por los sistemas de acetilcolina, catecolamina y serotonina. Es este estado idiosincrático de patrón cerebral único, presente en el momento de la formación de la memoria, que debe de ser reproducido, o al menos aproximado, en el momento del recuerdo para que la información almacenada sea elaborada.(Zornetzner, S.F.)

Los terapeutas e hipnotistas Milton Erikson y Ernest Lawrence Rossi, autoridades en la investigación de la "memoria dependiente del estado", documentan casos en los que se vuelve patente que la memoria está ligada a un estado neural específico. En uno de ellos un grupo de voluntarios que estudió para un examen bajo los efectos del alcohol obtuvo mejores resultados cuando presentó el examen bajo los mismos efectos, a diferencia de cuando lo hizo sobrio. Otro estudio mostró que si bien la cafeína permite que estudiantes pasen más tiempo memorizando el material de un examen, al menos de que se presente ese examen en un estado cafeínico similar, el tiempo de estudio no suele mejorar su memoria.

Un caso típico para entender la memoria dependiente del estado es aquel en el que de repente nos encontramos en la cocina sin saber para qué hemos ido ahí (brevísmos vórtices interdimensionales de la sinapsis). Una breve amnesia nos posee y tenemos que tomar un tiempo para recordar qué era lo que queríamos, a veces regresar al lugar donde estábamos antes. Esto suele ser consecuencia de que antes de entrar a la cocina estábamos en la computadora, escuchando música sentados. Al entrar a la cocina una serie de factores cambiaron: la luz, nuestra postura, nuestro ritmo cardíaco, nuestra respiración el sonido, etc... todos los cuales están ligados a una cierta fase de memoria. (Se ha demostrado que, por ejemplo, una postura anatómica abierta, expansiva --ejemplo de dominación entre los mamíferos--, inmediatamente reduce el nivel de cortisol e incrementa la testosterona, cambiando evidentemente nuestro estado mental). (No es del todo descabellado pensar que para recordar cierto poema debemos de pararnos de puntas y tocarnos la oreja). Phillip Farber, en su libro Brain Magick, nos recomienda un ejercicio práctico para familiarizarnos con esto: después de despertarte intenta recordar tus sueños exactamente en la posición en la que te encontrabas cuando dormías; otro día levántate inmediatamente después de que te despertaste e intenta recordar tus sueños sentado en una silla. ¿Cuál es la diferencia?

Lo anterior nos ayuda a entender cómo el proceso de codificación de información ocurre, de manera permanente, y siempre ligado al estado en el que nos encontramos. La memoria es el pegamento de nuestra existencia, mayormente entrópica, y en sus nodos conectivos: la determinación de cómo experimentamos esa existencia. Ernest Lawrence Rossi escribe:

La naturaleza fundamental de toda experiencia fenomenológica es dependiente-al-estado. La aparente continuidad de la conciencia que existe en la vida cotidiana es en realidad una ilusión precaria hecha posible por las conexiones asociativas que existen entre pedazos de conversaciones y la orientación de nuestras tareas, etc. Todos hemos experimentado las amnesias instantáneas que ocurren cuando nos vamos demasiado por una vía tangente por lo que "perdemos el hilo del pensamiento" o "olvidamos lo que ibamos a hacer", etc. Sin estos puentes asociativos que conectan los flujos mentales, la conciencia se desmoronaría en una serie de estados discretos con poca contigüidad como resulta aparente en nuestra vida onírica.

 

Trauma, Hipnosis y Dependencia

operatebrainLa memoria dependiente del estado es uno de los rasgos característicos de la hipnosis, una vez que una persona deja de estar hipnotizada no recuerda lo que le sucedió durante ese estado de "trance", pero cuando vuelve a ser hipnotizada suele recordarlo. En el caso de la hipnosis, también llamada amnesia reversible, se hace claramente notable el nivel de disociación presente entre nuestra mente inconsciente y nuestra mente consciente. Pero esta disociación ocurre ordinariamente creando un bloque que separa la mente consciente de la mente inconsciente y que separa también a cada estado mental, con sus particulares características neurológicas, de cada otro estado mental, con sus diferentes características neurológicas. La memoria es una forma moderada y socialmente aceptada de la posesión (la información, sugería McLuhan, es espíritu).

El uso terapéutico de la hipnosis tiene como fin revertir el cerebro al estado en el que se formó el trauma para resignificar el evento traumático y reconsolidar una nueva memoria. Esto es lo que se conoce como "resíntesis interna", en palabras de Milton Erikson, el padre de la hipnosis moderna. El trauma es un momento de hipnosis espontánea, cuando se detona cierto estrés un individuo regresa a través de la memoria a un momento previo de gran estrés. Cuando estamos deprimidos regresamos a otros momentos en los que hemos estado deprimidos, evocando situaciones similares, conectando memorias: la depresión tiene un fuerte componente de obsesión, es un aspecto de un diálogo interno que se narra a sí mismo un pasado recurrente. Inmodificable en tanto no evoquemos otro modelo de memoria operativa.

La memoria dependiente del estado es una de las principales razones por las cuales nos volvemos dependientes a ciertas sustancias, las cuales en realidad no son adictivas fisiológicamente. Muchas veces usamos ciertas sustancias para detonar procesos creativos, para tener sexo, para socializar o para evitar ciertas sensaciones desagradables. El problema, por ejemplo, de utilizar la marihuana para escribir (o el tabaco, en mi caso, en este preciso momento) es que nuestra mente asocia la creatividad y el flujo de pensamiento propio de un estado que favorece la escritura con el consumo de una sustancia y las características neurológicas que emergen. Esto hace que el aprendizaje que hemos logrado al poner en práctica el "modo mental de escritura" y las memorias que hemos formado, ciertas palabras o construcciones verbales, quizás una cierta agilidad verbal asociativa o incluso un ritmo ("los mejores momentos de nuestra historia escribiendo"), nos sean mucho más fáciles de acceder cuando estamos fumando marihuana (a veces acompañada de un tipo de música o de algún otro factor ambiental) --y en algunos casos, si no estamos utilizando esa sustancia simplemente no podemos acceder a ese modo mental y a todas las memorias (operandi) que conlleva.

Ernest Lawrence Rossi teoriza que momentos de alto estrés y shock, al mismo tiempo codificando estas experiencias e impidiendo el funcionamiento de mecanismos de adaptación apropiados, llevan a "la génesis de muchas de las disfunciones de mente-cuerpo, típicamente llamadas problemas psicosomáticos". Un momento de gran estrés puede ser el origen de una enfermedad; una enfermedad puede ser el recuerdo inconsciente de un momento de estrés, que la mente y el sistema endócrino convierten en un mecanismo de defensa repetitivo, pese a que la amenaza o el estímulo para la reacción ya no se encuentra ahí, de esta manera desgastando el sistema inmunológico. Es particularmente cruel este mecanismo, nos agazapamos en nosotros mismos, cerrándonos al mundo, generando cortisol y noradrenalina, porque así aprendimos a defendernos, pero justamente esta acción es la que sigue lastimándonos. Proyectamos una película psicoconductual, como a la que sometían los agentes a Alex Dellarge en la película Naranja Mecánica, pero, a diferencia del legendario droogie, nadie nos obliga a observar esa lacerante cinta. Somos nosotros mismos los que dirigimos las imágenes, proyectando nuestra memoria y confundiéndola con una implacable e inalterable realidad actual.

El poder de la hipnosis para sanar experiencias traumáticas tiene que ver con la capacidad de colocarnos en un estado de conciencia alterado --algo que también podría decirse de sustancias psicodélicas como la ayahuasca-- en el que revivimos una memoria con gran intensidad, hasta el punto de que algunos sujetos presentan condiciones fisiológicas casi idénticas a las que vivieron cuando se formó la memoria. Al entrar en un estado de relajación profunda podemos suprimir los estímulos externos que nos distraen e impiden concentrar en un substrato de información específica; al penetrar la profundidad de nuestra mente inconsciente accedemos a una cantidad de información descomunal, que nos sugiere que el cerebro humano es un poderoso aparato de grabación (algunos sujetos bajo hipnosis llegan a recordar grandes cantidades de datos o pueden describir minuciosamente un evento que sucedió hace décadas). Es la labor del hipnotista reprogramar esa memoria, resignificarla y así liberar al sujeto de la carga que arrastra la experiencia. No puede hacer esto sin que antes el sujeto sea capaz de recordar esa experiencia. Al revivirla el sujeto puede vivir otra experiencia muy distinta  y quedarse con una nueva impronta (como bien saben los historiadores, el pasado siempre se puede modificar, especialmente cuando hay un nuevo vencedor). 

 

Memoria, Magia y Felicidad

how-to-operate-300x300Si bien la memoria y las características de su formación tienen una cualidad determinante en cómo nos conducimos, hasta el punto de que puede ser un precondicionamiento casi fatídico (la infancia es destino, se dice), lo mismo puede usarse para programar nuestro cerebro para obtener beneficios, como pueden ser estados mentales de gran conciencia y felicidad. Como descubrieron algunos psiconautas como Tim Leary y John Lilly, el cerebro humano en muchos aspectos se comporta como una computadora, albergando programas mentales o biosoftwares. Lo que nos define, al menos en el calor del momento, es la memoria que tenemos operando. Y si bien es prácticamente imposible controlar todas las condiciones externas que detonan ciertas memorias, con un poco de disciplina es posible editar nuestras memorias, limpiar nuestros discos duros y actualizar el contenido de nuestra biocomputadora para que los estados que se suceden evoquen memorias felices, creativas y de menor estrés --y tener una mayor cantidad de RAM disponible, una mayor ligereza funcional. Como suele ser el principio rector en todo trabajo psicoanalítico, el primer paso tiene que ver con hacer conscientes nuestras memorias traumáticas, las improntas y complejos formados durante ciertos estados mentales. (“Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”, escribió Jung, un destino que somete a nuestra voluntad).Una vez que descubrimos que la sensación de depresión que nos oprime en realidad es el resultado de una serie de condiciones --actos, sustancias, personas, ambientes-- que detonan un conjunto de memorias, nos es más fácil distanciarnos de esta sensación. Por una parte podemos soltarnos y relajarnos cuando sabemos  que no necesariamente somos nosotros los que estamos deprimidos o somos depresivos, sino que la depresión es algo que nos sucede cuando hacemos o experimentamos ciertas cosas (y así yo no soy esa depresión o ese estado mental). Y entonces podemos escoger sentir esa depresión, como una sensación más, sin apretar demasiado o asfixiarnos, para que fluya y cumpla su curso natural o cambiar las cosas que la producen. Por otro lado podemos empezar a resignificar y transformar esa memoria para que ya no genere el mismo efecto --a "recablear" nuestro cerebro y formar loops de retroalimentación positiva.

En realidad, lo que nos sucedió no es algo que existe de manera objetiva e inmutable, su existencia está dada por la forma en la que lo recordamos. La negatividad de un fenómeno, su estrés, su herida, existe en tanto que tenemos una impronta que la asocia negativamente. El factor que tiene mayor influencia en la cualidad asociada a un evento o fenómeno es la última vez que evocamos esa memoria. Si reforzamos (o en algunos casos debilitamos) una memoria recordándola de una manera distinta consistentemente podemos modificarla casi en su totalidad (recordar es sinónimo de recablear). Así podemos afirmar, asimilar y aceptar algo que nos dolió mucho y hacernos menos susceptibles no sólo a esos estados que detonan ciertas memorias (que ya son otras) sino también a nuevos estados que podrían tener un alto potencial de estrés. La clave parece ser tener conciencia de que nuestro organismo es un ente que constantemente está formando memorias (todo está siendo grabado) y que más importante que lo que nos sucede es cómo codificamos aquello que nos sucede. "La experiencia no es lo que te sucede, es lo que haces con lo que te sucede", decía Aldous Huxley. Entramos aquí a la dimensión de la memoria activa, conciencia programativa, a la velocidad del instante: meditación en movimiento de la realidad como una construcción perenne en co-elaboración entre nuestra mente y los fenómenos que experimentamos. Se abre la posibilidad de una profunda liberación, ya no somos víctimas de lo que nos sucede (lo cual es incontrolable): la memoria también depende de nuestra voluntad. Nos convertimos en cirujanos de nuestro inconsciente, reescribimos nuestra sombra, y al hacerlo nos permitimos la posibilidad de la magia: que nuestras intenciones, que la información que entretenemos en nuestra mente pueda hacer lo que queremos que haga. From bit to it.

Imagina que estás haciendo algo, especialmente algo que te cuesta mucho trabajo. ¿Puedes notar cómo al hacerlo se instala una memoria, un sistema operativo, relacionado a las otras veces que haz hecho ese mismo acto y en las que has fallado? Si logras detectar el surgimiento de ese recuerdo, que es un algoritmo, un procedimiento, puedes decidir simplemente no correrlo...utilizar otro, evocar un recuerdo de otra situación en la que lograste resolver algo complejo. Seguramente, entonces, estarás generando los neurotransmisores que favorecen la realización de ese trabajo (beneficiándote de tus mejores settings). El aprendizaje, ligado indisociablemente a la memoria, también es dependiente del estado. 

Phillip Farber en su libro Brain Magick, sobre ejercicios de magia, invocación y reprogramación, sugiere que ya que cada estado mental-mnemónico tiene una base de datos asociada, debemos explorar nuevos estados "los cuales pueden revelar información oculta", un nuevo arrecife coral de data rutilante debajo de nuestros ojos. El practicante de magia se sirve de explorar de manera empírica la mayor cantidad de estados mentales a los que pueda someterse de manera consciente, intentando no formar apegos, desde la perspectiva del observador, para así conocer la amplitud del espectro de su mente y posiblemente descubrir habilidades insospechadas.

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La felicidad, o al menos un bienestar predominante, puede ser cableada al cerebro. Cualquier cosa, en realidad, puede ser programada --siempre que haya suficiente espacio en la memoria. "Las neuronas que se encienden juntas, permanecerán conectadas" (en inglés la frase es mejor: "neurons that fire together, wire together"). Este es el adagio de la neurociencia que sintetiza la memoria dependiente del estado. "Es un dicho clásico, aceptado ampliamente porque es verdadero", dice el neuropsicólogo Rick Hanson, autor de Hardwiring Happiness: The New Brain Science Of Contentment, Calm and Confidence. Entre más tiempo las neuronas se enciendan, entre más de ellas se enciendan, y lo hagan con más intensidad, más se cableará esa fuerza interior --esa felicidad, gratitud, esa sensación de confianza, de éxito, de sentirse amado y amable". Hanson señala que no pasamos el suficiente tiempo disfrutando y  codificando las experiencias positivas para que se impriman en nuestra estructura neural --cuando investigaciones muestran, por ejemplo, que las relaciones duraderas requieren de un promedio de cinco veces más interacciones positivas que negativas para cimentarse. El cerebro está acostumbrado a buscar amenazas para sobrevivir y defenderse. "Merodear y detenerse en lo positivo mejora la codificación de estados mentales pasajeros en características neurales duraderas... La clave aquí es: estamos tratando de hacer que las cosas buenas entren en nosotros. Y esto sigifica convertir las experiencias positivas que se suceden en memorias emocionales duraderas". En otras palabras, no sólo te comas el chocolate que te gusta,  saborea el chocolate y permanece unos segundos disfrutando ese aftertaste, que puede ser la inscripción de una memoria en tu código... y el inicio, el diablo-dios está en los detalles, de una vida feliz.

Hanson señala que existen investigaciones científicas que sustenan su teoría de la felicidad como un reforzamiento de la memoria positiva. Y esta misma técnica es la más usada en la programación neurolingüística donde se suele pedir a las personas que viajen a "su lugar feliz" y se llenen de él. Resulta quizás un poco simplista --en el tenor de piensa positivo y sé feliz--, cargado de un reduccionismo moral que divide toda experiencia en buena o mala. Algunos de nosotros quisiéramos también probar largamente experiencias de otros colores, sabores grises o contenidos emocionales inclasificables, abstractos y de alta complejidad. De cualquier forma, de la mano de la conciencia de la memoria como dependiente del estado, tenemos una base teórica y una técnica para poder poner en práctica una serie de recursos de autoprogramación. Quizás más importante que la utópica felicidad --los helados de vainilla con topping de cereza o las sonrisas infinitas-- es saber por qué somos así. "Feliz quien conoce las causas invisibles", escribió el poeta Virgilio. La mayoría de esas causas invisibles están en nuestra mente inconsciente. Para conocerlas sólo hay que saber recordar. 

Twitter del autor: @alepholo