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El sexo como el escenario primordial de intercambio de energía: transmutación, alquimia o vampirismo.

 

"When you have proved that God is merely a name for the sex instinct, it appears to me not far to the perception that the sex instinct is God.” Aleister Crowley.

Al menos entre los hombres, y cada vez más también entre las mujeres bajo la cultura del bienestar sexual, la promiscuidad es percibida como algo deseable --ya sea porque se cree que el sexo es una fuente de salud o porque es vista como una marca de estatus (que satisface el deseo de ser deseado)... y entonces es necesario practicar. Coinciden revistas como Cosmopolitan con publicaciones científicas de las más alta seriedad: el sexo como ejercicio, como detonador de cócteles neuroquímicos de relajación y cómo lazo emocional, es una especie de grial de bienestar. Por otro lado, no ejercer una sexualidad activa, en una sociedad ya no sólo bombardeada de imágenes sexuales (espectros libidinales), sino también de la información que ubicuamemente confirma ese bienestar a través del sexo, se revela como una patología psicosocial --una presión de participar en el gran banquete secreto que en nuestros tiempos se publicita. Así para algunos esta ansiedad social parece no poder aliviarse sin sesiones maratónicas, de alto performance, con parejas que cumplan con el paradigma de lo sexy. El Eros, esa emanación celeste, primogénito del cosmos, se multiplica en el mercado y debe ser consumido (y consumado) por todos, todo el tiempo.

Con esta introducción no quiero acercarme a una especie de puritanismo, ni siquiera a una crítica de la saturación sexual de nuestra cultura y sus efectos (sobre ese tema se puede leer aquí), solamente ubicarnos, a manera de contrapunto, en un estado general de las cosas, no necesariamente exento de confusión. Sí, por supuesto, el sexo es una las actividades más importantes que existen en la vida de un ser humano --en un sentido biológico (y para algunos materialistas no se puede decir que exista algo superior a la biología) la más importante. Pero esto no significa que todo sexo es "bueno" --como si fuera un mecanismo que automáticamente generara esos neurotransmisores de la felicidad que todos estamos buscando-- y no me refiero con esto al desempeño o la habilidad amatoria. El caso es más complejo que, por ejemplo, hacer ejercicio y comer bien. Comer una zanahoria o hacer 20 lagartijas, generalmente producen resultados similarmente positivos. Tener sexo con una persona diferente o incluso con la misma en otro momento no suelen producir el mismo resultado --nos coloca en un estado de vulnerabilidad y receptividad y transmisión. Aunque en la comida también pueden pulular una serie de fantasmas o psiquismos (como es el caso de algunos desordenes alimenticios), esta legión de fantasmas que alteran los resultados del experimento es mucho mayor en el sexo.  El coito casi nunca puede extirparse de la fantasía y de toda una carga de procesos mentales que en la más profunda intimidad de los cuerpos entrelazados parecen también compartirse (decía Octavio Paz que en la cópula siempre eran tres: la pareja y la fantasía). A la vez, aunque no sea fácil de cuantificar, los seres humanos contamos con un campo bionergético el cual se ve interferido por el contacto físico y el flujo de las emociones --nunca tanto con en el sexo, para bien o para mal. Así que tal vez podamos decir que las personas no son zanahorias (aunque estas también tengan codificado cierto campo energético).  Cuando comemos, sabemos que recibiremos energía, de una manera relativamente estable y predecible, puesto que incorporamos a la cosa que nos comemos --en el sexo también incorporamos lo que nos "comemos" pero de manera mucho menos predecible y con toda una carga de expectativas y fantasmagoría.  Se abre una puerta difícil de cerrar si creemos en que la energía existe como un cuerpo sutil, como el qi de los chinos o la energía orgónica de Reich (que era justamente una especie de éter cargado de eros)... el sexo se convierte en el máximo escenario de intercambio de energía al cual puede acceder el ser humano, y de su aprovechamiento depende en buena medida su estado energético cotidiano. (Hay que recalcar que este intercambio de energía sexual no ocurre solamente en el coito sino en todo tipo de interacciones y entre todo tipo de seres, no sólo de la misma especie, y puede cultivarse de diferentes formas). No es casualidad entonces que las religiones tántricas --como el budismo y el tantrismo shivaíta, utilicen la sexualidad como un método alquímico para la liberación o que en el taoísmo se practiquen técnicas de retención del semen y de la menstruación como un aspecto central de la alquimia interna (nei-dan).

El hecho de que existe un intercambio de información a través del sexo, queda constatado por investigaciones que muestran que material genético de ex parejas puede heredarse a los hijos. Esto es altamente significativo y da sustento a esta teoría de intercambio de energía puesto que, en sistemas como el qi-gong o la misma física cuántica, la información puede considerarse un constituyente básico que es capaz de afectar la energía de un sistema.

Se entreve aquí la posibilidad de llevar a cabo una selección sexual, de la misma manera que la evolución lleva a cabo una selección natural de lo más apto. Esta es una idea peligrosa, en tanto a que presenta una tentadora eugenesia erótica/energética. Podemos ir rápidamente del darwinismo a una versión de sexismo (imaginamos ya: sex energy nazis). ¿Sólo debemos coger con personas con auras angelicales? ¿Copulemos sólo con individuos de grandes chakras abiertos, girando en el arrobo de la luz? O incluso, si no creemos en el crisol abierto de la bioenergía, pero comulgamos con la teoría de la epigenética (que sostiene que existe una transmisión de información genética que proviene del medio ambiente y de las experiencias que vivimos), ¿debemos solamente  dormir con personas genéticamente superiores, con supermodelos, y así parecernos a ellas?  ¿Sólo debemos de mezclar nuestros jugos corporales con personas sanas y bellas? (Y es que, ¿acaso no has visto operando una mimesis en movimiento, y las personas que están juntas se parecen?) Y nada como el sexo para hacernos como el otro. Este misma selección tiene una manifestación química. Algunos estudios sugieren que a través del olfato podemos detectar genes del complejo de histocompatibilidad diversos a los nuestros, lo cual en teoría permitiría una reproducción más efectiva (con menos riesgos de retrasos mentales y otras complicaciones). Por ejemplo, las mujeres que no están tomando anticonceptivos se ven atraídas por el sudor de un hombre que tiene una histocompatibilidad distinta. En el mundo de la bioquímica la diversidad reina. Otros estudios han demostrado que una mujer tiene mayor probabilidad de tener un orgasmo con un hombre de complexión simétrica --la simetría es un indicador de un sistema inmune más sano. Nuestro cuerpo, seamos conscientes de ello o no, comúnmente se encuentra realizando una selección sexual --pero diversos factores, que van desde el uso de hormonas o desodorantes hasta el bloqueo crónico de las respuestas instintivas (la falta de fluidez), hacen que estas señales generalmente se conviertan en un ruido cognitivo que no logra articular la claridad erótica del impulso natural, propia de los ritmos telúricos. Pocas veces vivimos instintivamente y dejamos que una energía erótica, como un viento (como uno de esos dioses griegos que sobrecogían a los héroes), nos arrastre --tal vez a unirnos magnéticamente con una persona, siguiendo sólo la fragancia de su energía, sintiendo el ardor de la flecha, pero también a la experiencia pura de lo erótico que va más allá de lo meramente sexual-- pero lo cierto es que esto más que una sofisticación de la civilización es generalmente un embotamiento o una falta de sensibilidad.

sacredsexLo anterior puede colocarnos en una situación apremiante, especialmente si somos partidarios de la diversidad y de la celebración democrática de todos los ámbitos de la existencia. Porque significa que existen personas que por diferentes razones no son dignas o al menos no tienen las cualidades necesarias para tener sexo con nosotros. Esto es una realidad, cruel y discriminatoria o no. Quizás debamos recordar que entre muchas especies animales son solamente un grupo selecto los que consiguen reproducirse --la mayoría de los miembros de la especie jamás tendrán sexo, muchos de ellos incluso perecerán en el intento (siguiendo la urgencia del género hacia un desfiladero). La reproducción, el sexo, es un privilegio en el mundo animal. En la sociedad moderna, en la que hemos averiguado sus múltiples beneficios, parece ser un derecho (y por ello la prostitución y la pornografía tienen tanto dominio). Pero aunque copular sea relativamente fácil de lograr para cualquier ser humano, quizás debido a un factor mental y espiritual hacerlo no necesariamente nos produce el bienestar ansiado. (Vulgarmente, la verdadera cuestión no es coger, es escoger, lo cual significa saber percibir, ver o sentir la energía). Por una parte el mundo del mass media y la sociedad del consumo hacen que para muchos la sexualidad este disociada de su propia realidad --entredevorada de una fantasía inalcanzable e insaciable-- y ellos mismos estén disociados de su propio cuerpo, que es el vehículo tanto del éxtasis sexual como del éxtasis místico (la energía es delicia eterna, dijo Blake). Por otro lado es posible que la sexualidad como expresión consciente de la energía universal  --forma manifiesta del amor que es la energía potencial infinita, el mar en el cual el sexo sólo es una barca-- sólo pueda ser alcanzada a través de una cierta compatibilidad, de una cierta disciplina, de una cierta purificación e incluso refinación energética. Y que de otra forma, en la carencia de lo anterior, la sexualidad sobre todo es experimentada como una llamarada de petate, como un deporte extremo, como un deseo tantálico del fuego que es todo los fuegos. 

Es probable que experimentemos la sexualidad en proporción directa a la energía y a la conciencia que logremos cultivar. Tanto en el plano mismo del acto sexual como en las parejas que atraemos. Bajo esta luz, no resulta disparatado que muchas tradiciones esotéricas cultivaran un ascetismo sexual. Esto es más que un celibato, un entrenamiento de la mente y el cuerpo en preparación al acto sexual y al encuentro de la pareja (grooming); la virginidad entonces tiene otra acepción, más que la negación del acto sexual, es la afirmación de la pureza del cuerpo (el templo) para recibir la energía del género opuesto (la búsqueda de una eclosión, de seguir creciendo aun cuando ya se ha madurado) (en el tantrismo los canales masculinos y femeninos se unen en el canal central liberando el elixir de la inmortalidad, amrta). Aquí se fusionan el arte de la seducción con la magia y el yoga... La búsqueda de un estado de conciencia más elevado requiere de un estado de energía elevado, el cual a su vez requiere del cuidado, la lustración del cuerpo (que es el vehículo para la percepción de dimensiones más sutiles). Este cuidado corporal puede ser alterado y perturbado por otras energías, por improntas y formas de pensamiento ajenas; tener sexo con alguien es de alguna forma unirnos a la persona con la que tenemos sexo. Habría añadir, como excepción, que ciertas prácticas energéticas como el qi-gong cuentan con ciertos ejercicios para blindar la propia energía, formar una camisa de hierro invisible, para proteger el qi, pero estas son enseñanzas avanzadas, difíciles de amaestrar. Del otro lado de este espectro estarán quienes no sólo no intercambian energía sexualmente, sino sólo se alimentan, también a través de prácticas esotéricas de manejo de energía ligadas a la brujería y a una especie de vampirismo sexual. Y, entre estas, la mayoría, los que tienen sexo sin arte ni conciencia y se llevan a veces revolcadas y a veces tienen suerte y ganan y ven hadas pero no podrían determinar cuál va ser el resultado puesto que entran a la recámara como en una ebria lotería. 

Quizás sea oportuno recordar "Las Enseñanzas de Don Juan", la primera transmisión de Carlos Castaneda, una obra que si bien debemos de considerar ficción de todas maneras recupera importantes tradiciones esotéricas y las reempaqueta para la sociedad moderna. Ahí, el brujo yaqui  advierte en diversas ocasiones que para limpiar su energía y consolidar su esencia de "nagual", Carlos debe recapitular y hacer una serie de ejercicios destinados a cortar los filamentos de energía que lo unen con sus parejas sexuales. Esta idea de "cortar" los lazos que nos unen (como si fueran un pozo energético común) a una pareja es una constante en diversas tradiciones ocultas. Sugiere que existen conexiones por las que fluye energía entre una pareja (o también entre padres e hijos), y explica por qué en ocasiones ciertas relaciones parecen tener un drenaje más allá de que las personas puedan estar alejadas. En un ámbito epigenético podemos pensar que al tener sexo con una persona tenemos sexo con todas las personas con las que ha estado en menor grado de intensidad. Es difícil explicar científicamente como funciona esta aparente conexión a distancia entre dos personas que han estado en contacto íntimo. Podemos aventurarnos y decir que tal vez pueda operar un mecanismo de entrelazamiento cuántico, un principio de la física que señala que cuando dos partículas han entrado en contacto permanece una conexión entre ellas pese a que puedan estar separadas millones de kilómetros: hay una reacción inmediata al estado en el que se encuentra un fotón en ese otro fotón al cual ha estado ligado. Este mismo principio es la base de la magia simpática que practican numerosas tribus en todo el mundo.

Por otro lado el poder de la cópula, esa unión de espejos en el crisol de la luz, no debe de ser subestimado. El indio yaqui Don Juan, con su formidable y aterrador sentido del humor, le dice en alguna ocasión a Castaneda que él es el resultado de una cogida aburrida, y por eso debe de trabajar toda su vida para reestablecer su fuerza, encontrar su energía entera. Palabras que debemos de leer con cierta mistificación, también notando que entre el séquito se seguidoras y amantes de Castaneda, varias han notado que mucho del poder de Carlos y su obsesión, estaba en el sexo, entre ellas la novelista Amy Wallace, quien ha escrito sobre la manipulación de la que fue víctima luego de que se hiciera amante de Castaneda. Otro prominente exponente de la magia sexual en Occidente fue Aleister Crowley, quien realizaba "misas sexuales", bajo cierta alineación astrológica y usando una serie de invocaciones para entrar en contacto con entidades de otras dimensiones, sirviéndose de una pareja que llamaba "la diosa escarlata" como médium. Crowley famosamente rezaba en el momento del orgasmo, bajo el supuesto de que el "pequeño relámpago" potenciaba su intención. En el coito y en el instante del orgasmo confluyen la misma energía que dio origen al universo --podemos pensar, y esto puede ser un desafío y una responsabilidad, que el acto sexual es un microcosmos del Big Bang.

Mi forma de verlo es que (quizás como atavismo evolutivo de su función primaria) el sexo es casi siempre reproductivo. Evidentemente en muchos casos no se concibe un nuevo ser humano; pero siempre casi siempre conciben nuevos seres mentales (tulpas en el budismo), nuevas conexiones neurales (el sexo genera neurogénesis) y nuevas conexiones emocionales (el antídoto de esto es la realización de la vacuidad en un estado de no-dualidad, propio sólo de lo más elevados yoguis y yoginis). Lo sexual es lo que une a dos y hace un otro --y si bien esto no depende exclusivamente del coito, es ahí donde se vuelve más "creativo", en tanto a que la intimidad, la cercanía de los cuerpos, permite una mayor fricción y fusión: un posible choque, una posible implosión de elementos. Si el ser humano es un pequeño universo, una especie de espejo de carne y luz condensada del cosmos, el paralelo entre el sexo sería con las colisión de estrellas en el espacio. De estas colisiones estelares, sabemos hoy, se generan elementos pesados como el oro y la plata, los metales más preciados, símbolos de la elevación espiritual. En la energía de los opuestos que se arremolina se pueden gestar nuevos mundos, galaxias imaginales, paraísos secretos que pueden ser habitados aunque no tengan un lugar per se en el espacio material. De estos explosivos encuentros también se pueden gestar estrellas de la muerte, grandes agujeros negros, infames cañerías, marañas de karma y ductos de energía. Lo que parece ser indiscutible es que el sexo es la gran arena de intercambio de energía: puede ser un atanor (athanatos de amrta: lo inmortal), el sublime horno de la alquimia de todas las eras que transmuta el cuerpo en espíritu o puede ser en el reverso de la magia el escenario de una profunda pérdida: el alma que se abisma en la materia, y el cuerpo es su tumba.

Lee la segunda parte: ¿Cómo se gana o se pierde energía en el sexo? 

Twitter del autor: @alepholo  

La hipótesis planteada en algunos estudios recientes sobre la presunta homosexualidad reprimida de Franz Kafka nos permite preguntarnos sobre la manera en que sobrellevamos o intentamos resolver los conflictos de la existencia, las formas impuestas y que hacemos nuestras de dar cabida a esa zona subjetiva que siempre está presente.

En lo personal encontraba absolutamente indiferente desde el punto de vista de la moral que se buscara el placer con un hombre o con una mujer, y muy natural y muy humano que se buscara donde se pudiera encontrar.

Proust, Albertine disparue

En los últimos meses varios sitios y autores han reseñado o escrito a propósito de Franz Kafka: The Poet of Shame and Guilt, un breve estudio de Saul Friedländer que ha causado cierto revuelo porque, entre otras cosas, plantea que “los problemas que atormentaron a Kafka la mayor parte de su vida fueron de orden sexual”, más específicamente, la posibilidad de que el gran escritor checo haya sido un “homosexual reprimido”, según la denominación un tanto vulgar (en varios sentidos de la palabra) y simplona que con cierta frecuencia se repite, incluso coloquialmente, para calificar a hombres y mujeres que niegan algo que en términos más amplios, menos injustos para con el sujeto, podríamos llamar la elección de objeto, en razón de imposiciones sociales que se hacen personales, se adoptan como creencias con tal convencimiento que se termina por considerarlas incuestionables, inamovibles.

En junio Joseph Epstein escribió sobre el libro de Friedländer para The Atlantic y hace unas semanas el conocido novelista irlandés John Banville hizo lo propio en The New York Review of Books, añadiendo a su texto referencias de Kafka: The Decisive Years y Kafka: The Years of Insight, un par de tomos de una exhaustiva biografía emprendida por Reiner Stach.

Tanto Epstein como Banville parten de una de las características más kafkianas de Kafka: el hecho de que tanto individual como colectivamente tenemos de él una imagen legendaria, fantástica en algún sentido, no necesariamente “real” y en cuya construcción mucho tuvo que ver Kafka mismo. El hombre atormentado por la enfermedad, por las mujeres, por el padre y el peso de la familia sobre sus hombros, por su herencia judía y, en suma, por todos esos rostros y potencias de una fuerza mayor que por momentos parece tomar la forma del destino y la fatalidad y en otros se inclina más bien hacia la metáfora de la maquinaria despiadada, el mecanismo moderno par excellance desprovisto de rostro y propósito y sentido, el absurdo como titiritero supremo que se complace en la manipulación gratuita de la vida de los hombres. “Mi vida se ha atrofiado terriblemente, y no deja de atrofiarse”, dice una entrada de su diario de agosto de 1916 citada por Banville.

“Kafka sólo puede comunicarse con Kafka, y no siempre”, sentencia Roberto Calasso en K., probablemente una de las mejores exégesis escritas en torno a Kafka, y de algún modo esa es la síntesis de la imagen que culturalmente tenemos de Kafka. Un hombre y una obra signadas por la imposibilidad de la comunicación, un mensaje que parece profundo, casi místico, pero el cual, al escucharlo, al leerlo, deja al final cierto resabio y cierto gusto de banalidad, de insignificancia, un existencialista antes del existencialismo que hizo suya la obligación de intentar entender su propia vida, sin considerar que la empresa, en tanto imposible, descomunal, era también superflua —pero paradójicamente urgente.

Quizá por eso Joseph Epstein se atreve a afirmar que la literatura de Kafka está sobrevaluada. Dice el columnista sobre la pertinencia de considerar o no a Kafka un “gran escritor”:

[…] Henry James escribió en un ensayo sobre Turgenev que lo que queremos saber sobre un escritor es “cómo se sentía con respecto a la vida”. Kafka la encontraba insoportablemente complicada, totalmente desalentadora e infeliz en su mayor parte, y así la describió en sus ficciones. Esta no es, convengamos, la mejor actitud para un gran escritor. Los grandes escritores están impresionados por los misterios de la vida; pobre Franz Kafka, sólo estaba aplastado por ellos.

Pobre Epstein, podríamos decir también, ante conceptos tanto de literatura como de subjetividad tan empobrecidos, una perspectiva que parece acusar cierta ceguera ante las distintas formas de enfrentarse o sobrellevar esos “misterios de la vida”. Es posible que Kafka no ofrezca una visión de mundo positiva o alentadora que el colaborador de The Atlantic parece echar en falta, pero quizá sólo porque el mensaje de Kafka es otro, está situado en otro punto del espectro literario y subjetivo. Decir que Kafka estuvo “aplastado” (crushed) por dichos misterios parece excesivo si se considera que, a pesar de todo o a pesar de nada, el escritor fue capaz de escribir, capaz de mover esos conflictos hacia otro terreno, el de la escritura, que de algún modo también es otra forma de resolución. Quizá haya quien quisiera ver a Kafka recostado en el diván del psicoanalista (“Sin la creencia en Freud, las historias de Kafka pierden peso y autoridad”, sostiene Epstein, con ese recelo hacia el psicoanálisis tan propio de la intelligentsia estadounidense), pero tal vez sólo porque no se entiende que ese desentrañamiento de la subjetividad también puede pasar por otros caminos. Dicho crudamente: su pretendida homosexualidad reprimida pudo vencer parcialmente dicha represión —si de verdad fue el caso— por medio de otros recursos, el de la escritura en primer lugar.

En este sentido, John Banville es más clemente, acaso porque como escritor sabe del lazo profundo entre literatura y subjetividad, con esa certeza real por intransmisible pero incluso así susceptible de la metáfora, del tránsito hacia el terreno de lo simbólico. En algún momento de su ensayo el novelista cita un fragmento de una de las cartas a Milena en la que Kafka se dice sucio, “infinitamente sucio”, para después agregar que “nadie tiene la voz tan pura como aquellos que están en lo más hondo del infierno; lo que tomamos por canto de los ángeles es su canto”. No sin cierta ironía velada Banville concluye que “Kafka, en efecto, llevaba algunos oscuros problemas en lo profundo de sí”.

Con todo, el novelista se abstiene de juzgar esta “peculiaridad” —acaso porque, en cierta forma, nadie podría hacerlo: ¿quién, en efecto, podría arrogarse legítimamente dicha autoridad?— y, en contraste con Epstein, se limita a seguir los pretextos y las sugerencias biográficas que hacen pensar en el homoerotismo de Kafka (algo, por cierto, distinto a la homosexualidad). Salvo quizá el momento de su texto en el que con notable sensibilidad, pero también con sutileza, ubica estas presunciones sobre la subjetividad kafkiana —“su secrecía, su impulso hacia una ‘oscura lucidez’”— en el ámbito de sus “métodos de trabajo”, ese pasar a otra cosa que admite manifestaciones mucho menos hegemónicas que la visión estadounidense del move on, que privilegia sí la acción pero sólo formas específicas de esta, aquellas ligadas a un modo específico de producción y consumo.

Y quizá al final ese parece haber sido el propósito de este texto: enfrentar dos maneras más o menos conocidas y practicadas, aunque no claramente definidas, que aun ahora existen como alternativas para resolver nuestros conflictos personales, para descifrar los "misterios de la vida". Por un lado, como parece ser el caso de Epstein, la exigencia de una cultura que ante la tristeza, ante el duelo, ante el laberinto que levanta el propio sujeto con la propia simpleza de su existencia, lo único que atina a articular es un “move on”, el insistente imperativo del desplazamiento inmediato, sin mayor detenimiento ni reflexión ante lo sucedido y lo que sucede, la inaplazable reinserción en el mundo. Por otro, la posibilidad del examen, pero no en el sentido confesional, cristiano, que Foucault achacaba en su crítica al psicoanálisis, sino más bien en un sentido casi socrático, casi mayéutico, el “conócete a ti mismo”, una exploración tan libre de cuestionamientos como el mismo sujeto lo permita, el examen de las circunstancias, el entendimiento de las razones —a veces profundas, a veces superficiales— que encuentran su expresión únicamente a través de esa tristeza, de ese duelo, de esa represión, el ejercicio de ubicar y colocar, de situar y otorgar un lugar a eso que se encuentra detrás o al lado o frente a lo que sucede, las realidades paralelas de la realidad, el sostén de los hechos, el suelo blando de la existencia. El mapeo que no cura ni resuelve, que no desaparece los conflictos, sino que, quizá, solo los desata brevemente, los desanuda en uno de sus puntos para poder mirarlos desde otro ángulo, moverlos un poco, cambiarlos en alguno de sus detalles y, entonces sí, descubrir que siempre fue posible hacer otra cosa con ellos, hacer otra cosa de ellos.

Twitter del autor: @saturnesco