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Más allá de "Breaking Bad": conoce al verdadero Heisenberg

Por: pijamasurf - 10/02/2013

Entre realidad y ficción, un físico de la Segunda Guerra Mundial y un químico vuelto fabricante de meth comparten algo más que un nombre.

waltwhite

Walter White probablemente quede en nuestros recuerdos como el químico más rabiosamente impredecible de la televisión, pero hubo un físico muchas décadas antes que White en el cual se basa su alter ego en Breaking Bad: conozcan a Werner Heisenberg.

Las sospechas de que Vince Gilligan (creador de la serie) no eligió el nombre de Heisenberg al azar saltan a la vista en varias curiosas "coincidencias". Por ejemplo, en el hecho de que White en la serie y Heisenberg en la vida real son profesores que se ven involucrados con las personas incorrectas. Pero no hablamos de mafiosos y jefes de carteles de droga, sino de nazis.

Werner Heisenberg El dr. Werner Heisenberg, premio Nobel de Física 1932

En 1932, Werner Heisenberg recibió el premio Nobel de física por sus teorías sobre mecánica cuántica, aunque la gente suele recordarlo como el descubridor del principio de incertidumbre que lleva su nombre. En términos sumamente simples, el principio de incertidumbre de Heisenberg afirma que es imposible medir con exactitud la posición y la velocidad de una partícula simultáneamente, pues al conocer su posición el observador ha afectado la velocidad, y al medir la velocidad, habremos cambiado la posición, por lo que conocer a la vez ambas variables no es posible.

Aunque Heisenberg fuera un respetado integrante de la comunidad científica alemana, al inicio de la Segunda Guerra Mundial se consideró enviarlo a un campo de concentración debido a su ascendencia judía. La familia de la madre de Heisenberg era cercana a la familia de Heinrich Himmler, comandante en jefe y posterior ministro de la infame SS. A través de una carta, Heisenberg logró convencer a Himmler de salvarle la vida, pero a costa de trabajar años después para las investigaciones de energía nuclear de Hitler. Hay quien afirma que Heisenberg deliberadamente saboteó estas investigaciones para no darle al Reich más poder del que ya tenía. Por ello, no deja de sorprender (SPOILER) que en el último capítulo Walt se enfrente y derrote a los supremacistas blancos, como una especie de justicia histórica en nombre del Heisenberg real.

Sin embargo, el principio de incertidumbre de Heisenberg podría referirse también a la compleja relación entre Walter White y Jesse Pinkman en Breaking Bad: los cambios en la vida de uno afectan la del otro, y nunca podemos saber con certeza si están del mismo lado y por qué razón. 

La última similitud entre el Heisenberg de la serie y el Heisenberg de la vida real es que ambos sufrieron cáncer; aunque afectados por la misma enfermedad, el final del físico fue mucho más grato que el del químico. Cuando Werner Heisenberg falleció en 1976, sus amigos y colegas le rindieron tributo caminando del instituto de Física de Munich hasta la casa del científico, llevando cada uno una vela encendida. El final de Walter White, sin embargo, fue la evidencia final de que el crimen, a pesar de que pueda cambiar tu vida, no necesariamente paga. ¿O qué opinan del final de Breaking Bad y sus similitudes con la vida de Werner Heisenberg?

Tal vez una de nuestras responsabilidades como usuarios de internet sea imaginar formas de burlar los rapaces algoritmos de las compañías que analizan nuestra data.

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Tras años de interactuar con múltiples plataformas digitales, en un intercambio que tiene como principal activo el legado de información por parte de los usuarios a cambio de diversos servicios, se ha consolidado una inimaginable cantidad de data. Ya sea para participar en una red social, enviar correos electrónicos, adquirir libros o comentar alguna nota en cierto blog, en muchos casos lo ‘único’ que se nos ha requerido –recordemos que muchos de estos servicios son gratuitos–, es introducir ciertos datos.

Lo que en algún momento parecía una generosa dinámica para nosotros, los usuarios, en la que de pronto accedíamos a maravillosas posibilidades a cambio de ‘nada’, eventualmente se fue revelando como un modelo con espectacular potencial para ser comercializado: la obtención de información detallada de millones de personas que, en síntesis, damos vida al ‘mercado’.

Por medio del diseño de cada vez más complejos algoritmos, compañías han desarrollado rutas de procesamiento de data, gracias a lo cual descubren o definen perfiles puntuales de consumidores –lo cual no solo les permite segmentarnos con inédita precisión, en segmentos detallados, también son capaces, incluso, de predecir con alto grado de efectividad, nuestras conductas. 

Como ejemplo de esta ‘pre-cognición’ marketingera, podríamos citar la posibilidad de que, tomando el banco de términos empleados en tu historial de Twitter, un algoritmo podría tuitear por ti, replicando con sorprendente fidelidad tu identidad semántica. Otro caso mucho más básico, es el algoritmo que utiliza Google para insertar anuncios ‘relevantes’, asociados a palabras clave incluidas en tu correspondencia digital, dentro de Gmail. También se han dado muestras de esta habilidad dentro de contextos científicos –que seguramente serán adquiridos en un futuro cercano por la industria del Big Data. Aquí tenemos el ejemplo de un método para predecir tu ubicación futura, partiendo de la actividad que realizas en tu teléfono móvil, rastreada mediante GPS, y tu actividad en la Red. El algoritmo creado por Chaoming Song raramente baja de 80% de efectividad.

Confundiendo al Big Data

Más allá de la polémica alrededor de estas prácticas comerciales, a mi juicio cuestionables, o de las extraña sensación que nos genere el sabernos ‘observados’ y procesados, creo que imaginar maneras de confundir a estos algoritmos, o al menos jugar con la posibilidad, debiera ser una especie de obligación, tanto ética como lúdica, de los usuarios. Y para esto se me ocurre un recurso básico, pero potencialmente efectivo: recurrir, periódicamente, a conductas absurdas, que poco tengan que ver con nuestra identidad.

En un plano estrictamente digital, esta actividad generaría bits de data que, ajenos a nuestros hábitos culturales y gustos, serían incorporados a nuestro perfil informativo, restando precisión a los algoritmos que se ocupan de ubicarnos en un determinado segmento del mercado. Lo anterior obligaría a los analistas a sofisticar sus herramientas de monitoreo y procesamiento, pero quiero pensar que, con un poco de creatividad, podríamos siempre estar un paso delante de ellos.

Pasando a un plano de existencia off-line, el ejercicio  podría aportarnos distintas bondades terapéuticas. Al obligarnos a pensar fuera de nuestra propia caja, para imaginar comportamientos que realmente rompan con la personalidad que nos hemos auto-asignado, estaríamos eludiendo nuestro guión identitario, algo que psicológicamente resulta, a mi juicio, en algo particularmente saludable.

En fin, ojalá que Pablito Ruiz lea esta nota, pues no puedo esperar a leer el próximo libro de Paulo Coelho; todo parece indicar que los próximos juegos de la NFL serán memorables, y nada me emociona más que imaginar a Paulina Rubio en Starbucks, paseando a un gato siamés que come pollo frito y bebe Red Bull –no olvidemos que el mundo es en sí un paraíso de cross fit y pilates, con una brújula confeccionada por Versace y algoritmos de cheez-whiz musicalizados por Cut Copy . 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis