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La idea de la revolución sigue viva --pese a que parecía adormilada-- y su nueva cabeza mediática es Russell Brand, el comediante que se iluminó en un programa de televisión.

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Russel Brand se acaba de erigir como una de las voces más relevantes en el escenario de la política global. El popular actor y comediante ya había estado explorando de manera muy elocuente nociones como la espiritualidad, la ecología y la conciencia psicodélica pero recientemente Brand ha tomado una fuerza superlativa, trayendo la necesaria fuerza de un "rockstar" a una anquilosada mesa de discusión sobre los sistemas políticos actuales, los cuales ofrecen un sistema cerrado y monolítico, mayormente ilusorio (bajo la gran supersitición de la democracia). Brand ha sido invitado a editar una edición de la revista política New Statesman, en un golpe de genio editorial, invitando a una serie de teóricos, celebridades y artistas a hablar sobre la revolución. Hace unos días Brand, también, copó los medios con una fascinante entrevista--por divertida y llena de ideas-- con la BBC, dando una sacudida al famoso periodista Jeremy Paxman. Y aunque las ideas de Brand, como el mismo sabe, tienen cierta aura utópica, dentro de un sistema que ha probado ser en en sustancia invulnerable --en tanto a que las élites en el poder apenas se han imutado por una creciente crítica embanderada por movimientos como el Occupy o filtraciones como las de WikiLeaks-- no cabe duda que su posición y su energía refrescan el escenario y motivan secuelas.

Brand señaló en la entrevista, cuestionado sobre su autoridad para hablar de política ya que no vota, que "ciertamente no tomó mi autoridad de un estrecho paradigma preexistente que sólo sirve a pocas personas, buscó alternativas en otro lado que puedan servir a la humanidad". Y aunque no ha inventado aún esa alternativa considera que ésta debe regirse por "no destruir al planeta" y "no debe crear masiva disparidad económica ni ignorar la necesidad del pueblo". Brand suscribe a la idea de que la democracia es una especie de fachada o representación teatral manipulada y manipuladora que "gobierna para las corporaciones" y por lo tanto "el voto es una complicidad tácita con el sistema  dominante" que ha creado ya una subclase desencantada. El poder en realidad no se transfiere a través del voto sino a través de un sistema jerarquico que por siglos se ha mantenido administrando la percepción, manufacturando guerras y desestabilizando mercados. Brand claramente favorece la idea de Buckminister Fuller: "Nunca cambias las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, construye un nuevo modelo que haga obsoleto el modelo existente". Brand añade: "¿Para qué contribuir a esta fachada?"... "Votar no sirve de nada". Recordemos a Celine:

Que no vengan a alabarnos el mérito de Egipto y de los tiranos tártaros! Estos aficionados antiguos no eran sino unos maletas petulantes en el supremo arte de hacer rendir al animal vertical su mayor esfuerzo en el currelo. No sabían, aquellos primitivos, llamar “señor” al esclavo, ni hacerle votar de vez en cuando, ni pagarle el jornal, ni, sobre todo, llevarlo a la guerra para liberarlo de sus pasiones.

Casi con un eco de aquella legendaria sesión de prensa en la cama de John Lennon y Yoko Ono (con Tim Leary como productor ejecutivo), Brand arrebata el derecho de hablar de la revolución, buscando primero el cambio de la conciencia individual para detonar una avalancha de mechas y es que "no importa si un una cueva ha estado en la oscuridad por milenios o por media hora, se enciende con un sólo fósforo". También en la entrevista con Paxman: "Existen personas con ideas alternativas mucho más calificados que yo y sobre todo mucho más calificadas que las personas en el poder... yo sólo estoy aquí para llamar la atención hacia la posibilidad de un cambio, una transformación, una revolución".  Russel Brand 3.0, es lo que pasa cuando le das a leer a Terence Mckenna, a Robert Anton Wilson, a Noami Klein, a Marshall McLuhan (y tal vez de fumar un poco de DMT, aunque Brand es famosamente un ex adicto a las drogas completamente rehabilitado) a un hombre de una inteligencia formidable, seguramente una de las mente más veloces que puedan ser apreciadas en los intertubes, y con el inigualable don de saber reírse de sí mismo y de toda la sacralidad secular de lo institucional. La estrella que se rebela del "star-system", con todo el carisma de la máquina de sueños y con un vigor incontenible, que se sale de la pantalla, en un gag, y te guiñe el ojo y te dice: "todo esto que vez no es real, es una mierda, hecha para que te guste, pero hay otras cosas... sólo intenta salir de la caja... brinca al abismo y descubre que es una cama de plumas"... y dentro del bullshit de las creencias a él si le creemos porque ha estado ahí adentro, donde supuestamente pasan las cosas, y se ha salido y porque tiene un cierto brillo en la cara --que es la fama.

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Brand ha compilado una notable edición para la publicación británica New Statesmen, recogemos aquí algo del verbatim que ha dispuesto para las masas límpidas.

 Sobre la apatía:

"La apatía es una reacción racional a un sistema que ya no representa, escucha o responde a la mayoría de las personas. Un sistema que, en realidad, es apático a las necesidades de las personas para las que fue diseñado. Para mi un movimiento de izquierda potente y triunfal, sin contar el glorioso enfrentamiento de Occupy, es un pálido e idealista murmuro de rebeldía sepia".

Sobre el humor:

Las causas serias pueden y deben de ser abordadas con buen humor, de otra forma no pueden competir con la Liga Premier y Grand Theft Auto. Los movimientos sociales no deben de carecer de razzmatazz. La derecha tiene todas las ventajas, de la misma manera que el diablo tiene las mejores canciones.

 Sobre la revolución espiritual:

Con espiritual me refiero al conocimiento de que nuestra conexión con el otro y con el planeta debe de tener prioridad. Buckminister Fuller delínea sucintamente nuestros objetivos colectivos: "hacer que el mundo trabaje el 100% a favor de la humanidad en el menor tiempo posible a través de la cooperación espontánea sin ofender al planeta y sin desaventajar a nadie". Esta máxima es la esencia pura de "más fácil de decir que de hacer" ya que implica desmantelar toda nuestra maquinaria socioeconómica. Antes de la hora del té.

Sobre las "ganancias":

El precio del privilegio es la pobreza. David Cameron dijo en una conferencia que la ganancia "no es una palabra sucia". La ganacia es la palabra más profana que tenemos. En su búsqueda hemos olvidado que mientras que se logran los intereses individuales, nosotros como un todo estamos siendo aniquilados. La realidad, cuando no está fragmentada por el lente corrupto del elitismo, es que somos un solo planeta.  

Tener tal sufrimiento adyacente, a tal exceso, es como maravillarnos ante una belleza incomparable, cuyo rostro es la imagen radiante de la simetría celeste, e ignorar, medio metro abajo, su abdomen canceroso, sollozante y masacrado. "Sigan viendo ese rostro, coloquen una bolsa sobre los tumores. Posa. Anda, Vogue".

Sobre la construcción de lo real:

El capitalismo no es real; es una idea. Estados Unidos no es real; es una idea que alguien tuvo hace muchos años. Gran Bretaña, el cristianismo, el karate, el islam, los miércoles son sólo ideas que elegimos creer y son unas ideas muy lindas, cuando sirven un propósito. Estos conceptos, sin embrago, no deben de ser usado en detrimento de la realidad actual.

La realidad es que tenemos un ecosistem esférico, suspendido, hasta lo que sabemos, en el espacio infinito, en el que yacen miles de millones de formas biológicas basadas en el carbón, de las cuales presumimos ser la más importante, y una cantidad limitada de recursos.

Necesitamos nuevos mitos, una nueva narrativa:

Si, como los celtas, reverenciaramos los ríos, priorizaríamos este conocimiento sagrado y nos opondríamos a cualquier intento de contaminarlos. Si, como los nórdicos, creyeramos que las almas de nuestros ancestros viven en los árboles, esta conexión haría la deforestación anatema. ¿Si, como los indios nativo americanos, creyeramos que Dios está en la tierra que pisamos, cual sería nuestra respuesta intuitiva a la implementación de la fracturación hidráulica?

Poco debe de sorprendernos entonces que estos códigos ideados para nuestra protección y sobrevivencia hayan sido abortados y substituidos por narrativas nihilistas y narcisistas, pobladas por vacuos héroes vestidos de lentejuelas. Ahora sólo nos amotinamos en contra del marcador de un partido de futbol o cuando nuestros muertos son desacrados por las viles publicaciones que comunican esta corrosiva y engañosa narrativa

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Tal vez estamos comprando una nueva ilusión, del sistema que crea sus propia falsabilidad (para comprobar su propia validez), que crea sus propios enemigos para controlar desde dentro y anticiparse a la debilidad futura, que construye geniales bufones para llenar el necesario vacío de la crítica ... y la conspiranoia sigue. ¿Cómo distinguir en la actualidad la política del entretenimiento, la revolución de la faramalla, la filantropía del marketing? ¿El Che Guévara trabajaba para la CIA?  ¿Su imagen fue fraguada en la misma línea que Mickey Mouse?  Pero al menos en el encantamiento mediático de lo nuevo y prometedor, la diatriba de Brand y su flamante propuesta de un sistema alternativo --cualquiera que fuese-- que no admite el menor andamiaje del actual, resulta uno de los momentos más inspiradores en lo que va de este año seudo post-apocalíptico. El branding de la revolución recibe un nuevo empujón, cuando para muchos había dejado de brillar --aunque sea empujado por la farsa, por la rauda parodia del mesianismo (véase la imagen superior) y del fastidio político, la reflexión y la provocación ya circula  y de la mejor forma: con ligereza. Resulta apropiado también, para la situación de las cosas, en la era de la simulación, después de que la realidad muriera aquella mañana en Disneylandia y en Irak, que el caudillo sea un popstar, un comediante que se iluminó en la televisión.

Recomendamos que chequen la nueva edición de The New Satesman, con columnas de David Lynch, Graham Hancock, Alec Baldwin, Ai Weiwei, Naomi Klein, Diablo Cody, Oliver Stone y más.

Twitter del autor: @alepholo

 

Parece broma, pero en serio, elegir a nuestros políticos de manera aleatoria tiene una serie de importantes ventajas que podrían contribuir a un mejor gobierno, mucho más democrático.

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Existe un descontento ampliamente distribuido ante la democracia o, mejor dicho, ante la forma en la que este sistema de gobierno se practica e implementa en diferentes países del mundo. Una sensación muy difundida es que el ciudadano, la unidad básica de este sistema, no tiene mucha injerencia y sus decisiones poco afectan los resultados que acaban haciendo los políticos "elegidos" —se puede elegir entre X o Y, pero eso tiene una mínima influencia en que suceda Z (¿ese cambio que quieres ver en el mundo?). En muchos países existe la idea pasivamente internalizada de que los políticos son una clase poco cercana al pueblo y a los problemas cotidianos y mucho más allegada a los intereses corporativos y a mafias elitistas en el poder, junto con la idea de que no hay mucho que hacer: quejarse, protestar o simplemente ser apáticos, es igual. La democracia es un espectáculo psicológico, un teatro de apariencias que nos hace sentir que participamos en las cuestiones importantes y que decidimos lo que nos sucede —es la ilusión del libre albedrío y de que controlamos nuestro destino también a una escala colectiva.

Alejandro Guerrero, profesor de filosofía de la Universidad de Pensilvania, propone un método radical para lidiar con el desencanto electoral: la lotocracia, o gobierno vía la lotería. Una propuesta que quizás no sea tan descabellada como suena —y que al menos nos regala un lúcido análisis de la situación actual. El sarcástico diagnóstico:

Es fácil creer que lo que haces no hará una diferencia. Recicla esa lata, anda en bici o maneja un auto, compra de esta compañía y no de esta otra, marcha en las calles en contra del cierre de la fábrica o de la guerra inminente. Nunca es suficiente: las fuerzas son grandes y anónimas, y no hay suficientes de nosotros. O hay demasiados de nosotros. Vota, exige, protesta. Todo puede sentirse absurdo: una especie de precioso bailoteo, manteniendo un perfil bajo casual, con la mirada hacia un imaginario Juicio Futuro. ¡Qué limpias están mis manos! ¡Qué poco del horror del mundo ha sido fraguado por ellas!

Hace un par de meses, el comediante Russel Brand causó conmoción llamando a una revolución y pidiendo a la gente que deje de votar en una entrevista televisada por la BBC.  Brand defendió su postura ante Jeremy Paxman:

No decido no votar por apatía. Decido no votar debido a una completa indiferencia y hartazgo a las mentiras, traiciones y engaños de la clase política que llevan ocurriendo por generaciones. La apatía es una reacción racional a un sistema que ya no representa, escucha o responde a la mayoría de las personas. Un sistema que, en realidad, es apático hacia las necesidades de las personas para las que fue diseñado.

Guerrero explica:

Una razón para no votar es que tu voto —tu único voto— no tiene muchas probabilidades de hacer una diferencia en quién gana una elección. Otra razón para no votar es que no importa quién gana una elección, que no hay diferencia entre X y Y, republicano o demócrata, conservador o laborista. Una versión extrema de esta tesis —que es falsa— es que no hay ninguna diferencia entre nuestras Xs y Ys. Versiones más plausibles de estas tesis son que no hay suficiente diferencia entre nuestras Xs y Ys, o que en muchos aspectos importantes no hay diferencias entre nuestras Xs y Ys.

De manera simplificada, en una democracia cada ciudadano tiene el mismo valor y derecho de decidir en el gobierno, pero debido a que le es prácticamente imposible informarse de todo lo que sucede, se pasa de una democracia directa a una democracia representativa. En este modelo, los representantes (una sociedad de expertos) se dedican de tiempo completo a informarse y a participar en el proceso democrático; los ciudadanos que los eligieron tienen, sin embargo, el poder de removerlos (a través del voto u otros mecanismos). Esta es la teoría: lo que sucede, en realidad, es que estos representantes no rinden cuentas a los ciudadanos que los eligieron ni realmente cuidan sus intereses —esta relación-obligación que los vincula es una faramalla. Escribe Guerrero:

Incluso en democracias bien establecidas existe preocupación sobre la apertura y la justicia de una elección. Existen enormes barreras financieras para llevar a cabo una campaña, y considerables ventajas para los que obtienen un puesto. El dinero corporativo y la publicidad televisada tienen una influencia desmesurada. Existen obstáculos logísticos para que los ciudadanos pobres o marginados se registren exitosamente al voto y la manipulación de las circunscripciones electorales de un territorio [gerrymandering] reducen la competencia. Estas dificultades reducen la capacidad de hacer responsables a nuestros representantes.

Guerrero señala que incluso si estas cuestiones fueran resueltas y se pudieran conseguir “elecciones justas”, existe el problema de la incapacidad ciudadana de monitorear a sus representantes. “No porque seamos estúpidos, sino porque somos ignorantes: ignorantes de lo que hacen nuestros representantes, ignorantes de los detalles de complejas cuestiones políticas, e ignorantes de si lo que hace nuestro representante es bueno o malo para nosotros y para el mundo". Esto crea una situación de “asimetría informativa” que fácilmente puede explotarse:

Lo que acaba sucediendo es lo que las industrias corporativas relevantes quieren. En la presencia de una amplia ignorancia ciudadana y en la ausencia de mecanismos de rendición de cuentas, poderosos intereses capturarán rápidamente a los representantes, asegurándose que los únicos candidatos viables (aquellos que pueden obtener y mantenerse en el poder político) sean aquellos que actúan en formas que congenian con los intereses del poder.

Alejandro Guerrero considera que los sistemas políticos son un tipo de tecnología que puede irse actualizando para mejorarse. El sistema democrático ha tenido mejoras en los últimos años y tiene numerosas virtudes pero “la política moderna es demasiado compleja para que haya una rendición de cuentas electoral” y la cooptación de las elecciones es “demasiado fácil e importante para intereses en el poder”. Su alternativa: abandonar las elecciones y usar loterías para elegir oficiales políticos.

Este modelo de lotocracia, que cuenta con algunos antecedentes en Grecia y algunas tentativas moderadas más recientes en países como Islandia, propone crear numerosas legislaturas de un solo tema elegidas por lotería de una jurisdicción política, cada una de ellas de 300 personas por periodos de tres años de manera que cada año habría 100 representantes nuevos y 100 que dejarían su puesto.  Todas los ciudadanos serían elegibles, pero no se obligaría a que sirvieran, aunque habría un incentivo socioeconómico importante. La idea central es la legislatura monotemática, ya que permitiría la toma de decisiones informadas no comprometidas. Estos representantes tendrían más tiempo para aprender de la cuestión y tomar su decisión. Y aunque no se elimina la posibilidad de la corrupción, los representantes no tendrían que cuidar los intereses de sus partidos o pensar en las siguientes elecciones y buscar nuevos huesos para poder continuar su carrera bajo el privilegio de la política. No se tendrían que montar espectaculares campañas de propaganda que gastan enormes cantidades de dinero para una elección —parte de ese dinero ahorrado podría ser utilizado para monitorear que los representantes no sean corrompidos. El hecho de que sean elegidos al azar es también una forma simple de hacer que los elegidos sean verdaderamente representativos de nuestra sociedad, “gente como tú o como yo”. A contrastarse con lo que ocurre actualmente, en Estados Unidos por ejemplo, donde 44% de los congresistas tiene cuentas por más de 1 millón de dólares; 82% son hombres y 86% son blancos y más de la mitad son abogados o banqueros. La naturaleza humana (y la historia) sugiere que las personas protegen los intereses de las personas iguales a ellas.

Como él mismo reconoce, existen algunas obvias contrariedades al sistema de la lotocracia. Los representantes elegidos al azar podrían ser incompetentes o francamente corruptos (también, psicópatas, alcohólicos, degenerados, etc.) o podrían tardar mucho tiempo en aprender cuestiones  legales o tecnológicas complejas. Existen enormes vacíos en cómo actuaría un sistema legislativo o incluso ejecutivo (del cual Guerrero no habla) elegido al azar con otras ramas del gobierno, como la policía o hacienda.  Sin embargo, “considerando la disfuncionalidad de nuestros sistemas actuales... deberíamos de pensar en una mejoría comparativa, no en la perfección, y un sistema lotocrático tiene numerosas ventajas sobre el modelo actual”. Uno de ellos, el sentido de pertenencia y de hermandad a través del azar: sueños redivivos de la revolución francesa y de la ilustración. Armonización también con un universo regido por la entropía y el azar —según la física— entre fluctuaciones cuánticas, la realidad es sólo una probabilidad. Así, confiar en la probabilidad al azar de que las personas que sean elegidas sean las mejores para los puestos que se les encarga parece una especie de alineación con principios universales. Tal vez el universo también utiliza la lotería (o su forma más evolutiva) para elegir (sin elegir) lo que sucede.

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Que nuestros representantes o diputados y hasta gobernadores sean elegidos de manera aleatoria en una lotería suena un poco a broma, pero quizás debería de considerarse seriamente, aunque nunca sea admitido por las clases políticas en el poder. Personalmente me parece un sistema mucho más democrático, si eso es lo que se busca. Además parece más divertido –y en mi caso confieso ser uno de lo apáticos que Russel Brand describe, sin gran interés en participar en el drama colectivo de la política o de ejercer el voto. Quizás la lotería podría tener algo de atracción circense para que no sintamos repentinamente el vacío de la mascarada de las elecciones. Podríamos elegir a nuestros representantes por sillas musicales, en torneos de piedra, papel o tijera o por ruleta rusa (con balas de mentiras). O simplemente podríamos restaurar algunos de los personajes y de las usanzas de la lotería, uno de los juegos de azar más viejos, se me ocurre que se podría mezclar con el Tarot y darle una teatralidad exquisita a la existencia (tener a las voces más bellas o a las celebridades que hacen las películas de Disney de gritones sería lógico). Y aunque no sería completamente aleatorio seguramente podrían crearse algoritmos para mantener una cierta ley de azar que garantice la paz pública. Podríamos usar una mínima parte del dinero ahorrado en las campañas para asegurarnos que la lotería sea magnífica.

Más allá de esta digresión lúdica, me parece que la teoría de Guerrero o alguna teoría alternativa al modelo electoral actual debería de considerarse seriamente. De otra forma lo que perdura es la farsa. Como dijera Brand, en su brillante papel de juglar, es hora de jugar:

Existen personas con ideas alternativas mucho más calificados que yo y sobre todo mucho más calificadas que las personas en el poder… yo sólo estoy aquí para llamar la atención hacia la posibilidad de un cambio, una transformación, una revolución. 

Twitter del autor: @alepholo 

[Aeon Mag]

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