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Sololoy, Cámara mental de los niños solos: teatro sobre las paradojas de la edad en el Museo del Chopo

Por: Ana Paula de la Torre - 09/12/2013

El Museo del Chopo en el D.F presenta una historia que transporta a los escenarios de los niños que cobran vida con la voz de una anciana, en una metáfora sobre la fantasía en ambas edades.

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El colectivo Microscopia Teatro nos acerca a un fenómeno que de niños inventábamos fácilmente: los espacios físicos son tan micro o macro como queramos sentirlos. Quizás recuerdes cuando tomabas un juguete y las líneas del suelo se convertían en carreteras y un calcetín en una montaña –así los espacios con inyecciones de imaginación son lo que sea que concibas.

Microscopía juega y envuelve con vida: los objetos tienen propia personalidad, expresan su esencia única y hasta las sombras son actores. La protagonista de "Sololoy: cámara mental para los niños", es una muñeca alemana de los años treinta que con ciertos ajustes anatómicos adquiere movimiento humano, mientras la voz de una anciana de 93 años cuenta su historia dando con ella vida a la muñeca y a otros objetos.

Según esta propuesta, en la vejez se conjugan fenómenos paradójicos pues aunque se trate de una etapa antagónica a la niñez, un mundo de fantasía se reinventa en la ancianidad. En esta edad estamos cercanos a la soledad y por eso nuestros recuerdos, símbolos y fantasías nos acompañan para "poetizar" nuestra vida.

La obra está dirigida por Saday Larios, mexicana con una elaborada trayectoria en estudio de teatro y dirección, participando en numerosos montajes europeos. Larios creó Microscopía Teatro para reivindicar la belleza del papel de lo pequeño, además de la imaginación como imprescindible musa de vida.

La obra se presentará en el Museo del Chopo este 13 y 14 de septiembre a las 20:30 horas.

General: $120.00

Estudiantes, maestros, INAPAM, UNAM: $100.00

Ubicación: Dr. Enrique González Martínez no. 10, Col. Santa María la Ribera. Distrito Federal

Twitter de la autora: @anapauladelatd

El día de ayer el gobierno federal de México desalojó del Zócalo de la ciudad a los maestros que se mantienen en protesta contra la Ley de Servicio Profesional Docente, una acción con la que la realidad parece quedar soterrada ante la preferencia por el simulacro.

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De pronto, una mujer a cuadro. El cabello teñido de rubio, perfectamente lacio, un gesto disimulado, escondido apenas, de satisfacción o de orgullo. Los grupos de limpieza ya se encuentran en el Zócalo, dice, y acompaña sus palabras con una sonrisa mecánica que se disuelve al instante siguiente.

Recuperado. Limpio. Como si se tratara de un territorio que estaba en manos de invasores. Como si nadie más pudiera arrogarse esa propiedad (como si esa propiedad siquiera existiera). Como si antes aquello estuviera sucio.

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El pretexto: la conmemoración oficial del Día de la Independencia, la “ceremonia del Grito” que cada año ocurre en Palacio Nacional y al pie de Palacio Nacional, el pretendido festejo de la nacionalidad mexicana, el día del año en que la autoridad en turno enuncia públicamente y para el país entero una de sus definiciones oficiales de lo que es México.

Pero en esa enunciación los maestros estorban, no pueden tomar parte. Son presente ahí donde se reivindica una versión específica del pasado. Disidencia donde se proclama la idea de unidad. Contradicción donde se afirma. Evidencia en la apariencia. Realidad donde se levantará un montaje.

El Congreso mexicano aprobó la Ley de Servicio Profesional Docente sin escuchar realmente a quienes, con argumentos, se oponen a dicha ley. El gobierno de Enrique Peña Nieto también les niega la posibilidad de exponer sus propuestas. La administración de Miguel Ángel Mancera dice respetar el derecho a manifestarse pero las detenciones arbitrarias son ya una práctica sistemática de sus cuerpos policiacos. El simulacro de las mesas de diálogo, el simulacro de las negociaciones, el simulacro de la izquierda en el poder. Sus únicos actos reales: la imposición unilateral de una reforma y el desalojo violento y por la fuerza de una protesta. El montaje que lo justifica: la verbena y el desfile.

Maestros se enfrentan a policías en las calles principales de la capital de un país. Un escenario que se creería imposible. ¿Qué necesita hacer (o dejar de hacer) ese país ―sus autoridades, sus ciudadanos― para orillar a sus maestros, aquellos que forman y educan, a esta situación? ¿Parece lógico que ante esto el gobierno de este mismo país prefiera ignorar primero y después reprimir?

¿Es tan persistente nuestro supuesto gusto nacional por la simulación?

Twitter del autor: @saturnesco

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.