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¿Qué marcas y productos utilizan transgénicos en México?

Por: pijamasurf - 09/01/2013

A pesar de que pocos gobiernos obligan a las marcas a advertir el uso de ingredientes genéticamente modificados, el consumidor debiese tener la información suficiente para decidir libremente que productos adquirir.

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Lo transgénico es una de las etiquetas que mayor aversión generan en la actualidad. A pesar de que la información en torno a los alimentos genéticamente modificados (los GMO’s en inglés) es tan confusa y escasa, como poco objetiva, lo cierto es que para aquellos que están relativamente informados asocian esta técnica de producción con algo malo: enfermedad, procesos anti-naturales, voracidad corporativa, etc. Y es que aparentemente hay buenas razones para justificar dicha asociación, aunque por otro lado también existe una sensación de poca fiabilidad en la información disponible –impresión que se fortalece al considerar las enormes agendas financieras y las premisas ideológicas que existen de por medio.

Más allá de satanizar los transgénicos, de envolvernos en polémicas filosóficas o lanzar argumentos científicos, algo que me parece indiscutible es que la población debiese tener la posibilidad de decidir si ingerir, o no, alimentos genéticamente modificados. Lamentablemente esto no es posible, ya que únicamente en la Unión Europea, Australia, Nueva Zelanda, China e India, los productos elaborados con transgénicos están obligados a advertirlo en sus etiquetas. En el resto del mundo las marcas tienen la opción de no explicitarlo –o en pocas palabras de ocultarlo, sobretodo por que intuyen que esto no favorecerá sus ventas.

Por fortuna existen diversas organizaciones e iniciativas alrededor del mundo que, en su lucha integral contra este fenómeno alimenticio, incluyen labores de investigación y presión a las marcas, para establecer que productos son elaborados utilizando transgénicos y cuáles no.  Gracias a esto los consumidores, es decir nosotros, tenemos la libertad de decidir si ingerimos o no alimentos genéticamente modificados, decisión que idealmente debiésemos tomar luego de informarnos al respecto, contrastando ambas posturas.

En México, la organización Greenpeace se dio a la tarea de lanzar su Guía de Transgénicos y Consumo Responsable. En el documento aparecen dos grupos de productos, aquellos que probaron no utilizar transgénicos, y aquellos que negaron acceso a la información correspondiente, no brindan garantía alguna de no utilizarlos, y jamás han externado su postura al respecto. Curiosamente en este último grupo se incluyen los grandes grupos locales así como las marcas trasnacionales. Todo lo anterior sugiere que si utilizan ingredientes genéticamente modificados –sería poco creíble que de no hacerlo desaprovechasen la oportunidad de comunicarlo.   

Tras analizar el valioso listado de es evidente que la mayoría de las grande marcas recurren aprovechan los transgénicos –los cuales, al producirse a mayor ritmo y a menor precio, se perciben, supongo, como un aliado para competir en el enérgico mercado:

Por ejemplo, todas las cervezas tanto de Grupo Modelo, como de Cervecería Cuauhtémoc, incluyen ingredientes transgénicos; una razón más para favorecer a los pequeños productores y cervezas artesanales, como Minerva, Calavera, y Cosaco. En cuanto a los chocolates, la mayoría de los productos de Mars (como las M&M’s), Hershey’s, y Nestle (Nesquick, Carlos V, etc) también incurren en esta práctica. Afortunadamente Ferrero no, lo que quiere decir que puedes seguir consumiendo Nutella sin preocuparte al respecto. Mientras que en los dulces y postres, podrás ir descartando productos de Grupo Bimbo (Marinela, Bimbo, Ricolino), Smuckers, Sonrics, Kraft y Sabormex (Clemente Jaques) –si es que prefieres mantenerte alejado de lo genéticamente modificado.     

En el caso de enlatados y conservas, Grupo Herdez (que incluye a Del Fuerte), La Costeña, Kraft, también han apostado por lo transgénico, lo mismo que Maseca, Milpa Real, Minsa, Pronto, Maizena y Tía Rosa, en harinas y tortillas, Bachoco, en el rubro de los huevos, o Alpura, Danone, Lala, Nestle, Kraft, Nido y Primavera, en los lácteos. En cuanto a botanas, tanto Sabritas como Barcel, e incluso Leo, se cuentan entre la lista “roja”, al contrario de, por ejemplo, Totis o Quali. Y en los refrescos y bebidas, como era de esperarse, los productos de Pepsico, Coca Cola, Jumex, y Del Valle, también aparecen en el lado oscuro del listado, pero por suerte otros, como Pascual (Boing y Lulu), no recurren a ello.

En fin, los invito a consultar en este enlace el resto de marcas elaborados con transgénicos en México (y espero que si te encuentras en otro país existan listados similares para orientarte, tal vez podrías solicitarlo a tu Greenpeace local u otra organización similar). Y más allá de exponer a lo orgánico como la quintaesencia alimenticia, ante lo cual también tengo ciertas dudas, o al menos creo que ciertas opiniones exageran al respecto, lo importante es tratar de informarte, tomar una decisión, y luego consumir responsablemente, lo cual quiere decir, entre otras cosas, hacer valer el preciado rol que jugamos en la dinámica de mercado, el cual a fin de cuentas depende de nosotros, de nuestras elecciones, hábitos, y de nuestra conciencia sobre qué, y a quién, queremos privilegiar con nuestra decisión de compra.    

Consulta aquí la lista completa 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no NECESARIAMENTE reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.

El Inversor: Mi aparato digestivo

Por: Pablo Doberti - 09/01/2013

Enseñar también es aprender; o sobre todo es aprender, casi siempre de quien menos se espera pero, paradójicamente, más debiera esperarse; un texto de Pablo Doberti.

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Doy 3ro de primaria. Mis alumnos tienen 8 y 9 años. Llegué temprano esta mañana. Estoy nerviosa (sí, yo, que tengo 20 años de profesión, hoy estoy nerviosa). Voy a intentar una ruta nueva, por primera vez. Soy maestra integral.

¿Pero nunca en los 20 años de profesión hiciste algo nuevo, que tan nerviosa estás hoy?

Creía que sí, pero ahora sé que no. Tal vez por eso no me ponía nerviosa. La ruta nueva de hoy me inquieta porque va hacia el otro lado.

No exageres!

No exagero. ¿Quieres quedarte?

La planificación del día me indica que vamos a trabajar el aparato digestivo. Y podría haber empezado como siempre: encendiendo el proyector, desenfundando mi iPad, ponerlos en red y proyectar en el frente esa impactante animación del aparato digestivo que compramos en el colegio y que tanto le gusta a todos. Podría. Ella se despliega solita, tiene un audio en off (el proyector amplifica el audio del iPad de una manera increíble) que va describiéndonos perfectamente el proceso digestivo, con sumo detalle y con gran realismo; todo se mueve, se ve perfecto el funcionamiento de cada órgano. Puedo hacer que el audio sea en cualquier lengua (tengo 25 para elegir).  Puedo agrandar, achicar, hacer zoom, parar, ralentizar, devolverme. Podría haber encendido y ya desde el título, que gira, brilla, se multiplica y seduce, todo parecería impactar. Podría haber despertado el clásico “wow!” de algún que otro. Podría… Pero hoy no quiero.

O podría haber usado la tiza de siempre (por las tardes doy clases en la escuela pública del barrio lateral) para titular en la pizarra verde, algo raída, con mi letra de molde forjada en años de repetición, en blanco, EL APARATO DIGESTIVO. Y echarme a hablar. Sin usar el dedo apuntando (ya aprendí que mejor no); sin gritar ni exagerar el tono ponderativo; mirando a los alumnos y no al póster que cuelgo del lado derecho cuando me toca el aparato digestivo o el mapa de nuestro bendito país; hablando pausado y preguntando periódicamente, para fijar los conocimientos (mejor, a las primeras filas). Tratar de ser amena, pero sobre todo ser eficiente y asertiva. Podría –decía- haber avisado que hoy hablaríamos del aparato digestivo, cuya definición es que tal y cual, y así. Podría… Pero hoy no quiero.

Tengo curiosidad. ¿Qué hiciste, entonces?

Giré. Invertí las cosas. Me arriesgué.

¿A que se molestaran contigo en la coordinación?

A perder el control; a hacer el ridículo. A fracasar por completo. A eso me arriesgaba esa mañana.

Pero seguí adelante. Seguí porque no sé por qué ni escuchando a quién, pero en los últimos días me ha ganado una convicción incontestable, categórica y terminal: que cualquier riesgo de fracaso es mejor que el fracaso garantizado que venía desplegando en mis aulas en los últimos años de trabajo. Por eso estaba nerviosa y también por eso seguí adelante.

Y en lugar de imponerles el aparato digestivo, hoy abrí peguntándoles si sabía bien la comida de sus casas. Me entregué. Una vez lanzada la pregunta, o contaba cómo sabía la de mi casa (que por cierto, no sabe nada bien, detesto cocinar y mi marido también) o me tocaba callarme y esperar por la palabra de ellos, mis alumnos, los de adelante y los de atrás, para que me contaran y se contaran cómo sabía la comida de cada una de sus casas, porque yo no lo sé. Les conté sobre mi casa (sin videos ni animaciones, por cierto. Dejé el iPad en una silla.) y me callé, esperándolos. Yo estaba obligada a callarme y ellos, obligados a hablar.

Upa! Upa! Y cómo siguió?

Como siempre. Como siempre que se hace ese gesto metodológico. Es decir, como nunca. Siguió que se lanzaron a hablar. A hablar de lo que saben y de lo que justamente son soberanos, que es de su saber. Naturalmente. Los de atrás, incluso, como que se venían para adelante y los de adelante se desconcertaban un poco. (Trataban de adivinar qué podría estar esperando yo que ellos dijeran –siempre hacen eso los de adelante-, y yo qué sé). Y se armó el diálogo. Cruzado, interrumpido, lateral… una madeja de circuitos intercomunicándose. Un buen lío.

Al poco tiempo me di cuenta de que el frente ya no era el frente porque no había control ni monopolio desde ahí, y me corrí. Salí. Giré. Deambulé. Discurrí. Me dejé llevar por el flujo. Di vueltas. La pizarra viró museo y el frente, recuerdo.

El diálogo crecía y mi arte pasaba ahora por darle vitalidad al debate cuando por cualquier causa él decaía. Apenas un bajón y yo metía una pregunta-problema para reanimar. Y me salía de nuevo. O me expulsaban –diría- a fuerza de vitalidad participativa, si mi pregunta era verdadera y eficaz. La sala hervía y el conocimiento rebotaba por todos lados. Se iban encabalgando una cosa con la otra; crecía el colectivo. Alguna que otra vez puse un acento, hice un guiño, levanté algún concepto útil traído en la correntada del intercambio; reconduje. Otra vez hice un ruido, bostecé (deliberadamente), me di la vuelta o canté un pedacito de aquella que dice “si tuviera que elegir…”. Siempre discreta y siempre atenta.

Me olvidé de la pizarra, del cuaderno, del iPad y del esófago. Mis alumnos se olvidaron de mí… y se acordaron de ellos. Se reencontraron y en el fondo, yo también.

Te diste un gusto.

No. Cambié de paradigma profesional. Me transformé en otra.

Claro, la cosa recién empieza. Tendría que tener otros 20 años profesionales que no tendré para macerar el modelo y hacerlo crecer. Las destrezas que tenía ya no me sirven como competencias para este contexto. Alguna que otra, pero muchas de ella no. Y me faltan nuevas, axiales. Me falta aprender a generar y sostener los problemas, que son la base que tracciona al nuevo modelo. Me falta saber provocar y recogerme. Surfear esa situación abierta y vital que creo y no controlo. Me toca resetearme y reconocer que mi obligación es obligarlos a participar. Obligarlos a recuperar sus derechos. Obligarme a devolverles la dignidad que les robamos ya no recordamos ni quiénes ni cuándo, pero que la mantenemos presa entre todos.

Te cambió la vida.

Tal vez,  pero mañana me toca clase de EDUCACION SEXUAL y pasado, LOS ROMANOS. A ver cómo le hago para no traicionarme. La reválida de ahora en adelante es diaria.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com