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Lingüista reconstruye el sonido del proto-indoeuropeo, uno de los primeros lenguajes de la humanidad

Ciencia

Por: pijamasurf - 09/28/2013

En un ejercicio científico y también profundamente imaginativo, un investigador de Kentucky realizó una lectura de "La oveja y los caballos", una fábula escrita con vocabulario proto-indoeuropeo que especula en torno al sonido que pudo tener este antiguo lenguaje.

El proto-indoeuropeo (PIE) es un proto-lenguaje que en la lingüística se considera el antecedente de prácticamente todos los idiomas importantes que se hablan y se hablaron en India, Europa y Asia Menor (sánscrito, griego, latín, sueco, inglés, ladino y un interminable etcétera). De acuerdo con los especialistas, la antigüedad del proto-indoeuropeo oscila entre 4 mil y 10 mil años.

A mediados del siglo XIX, el alemán August Schleicher utilizó el vocabulario reconstruido del PIE para una fábula que tituló Avis akvāsas ka, La oveja y los caballos. Los propósitos de Schleicher era tanto morfológicos como fonológicos: por un lado mostró un posible aspecto de las palabras que utilizaron los hablantes del PIE (por más que no se conserve testimonio escrito de este) y, por otro, ensayó igualmente una posibilidad de su sonido, otro de los aspectos más enigmáticos del proto-lenguaje.

Esta es la versión Schleicher de La oveja y los caballos (1868), con una traducción al español a continuación.

Avis akvāsas ka

Avis, jasmin varnā na ā ast, dadarka akvams, tam, vāgham garum vaghantam, tam, bhāram magham, tam, manum āku bharantam. Avis akvabhjams ā vavakat: kard aghnutai mai vidanti manum akvams agantam. Akvāsas ā vavakant: krudhi avai, kard aghnutai vividvant-svas: manus patis varnām avisāms karnauti svabhjam gharmam vastram avibhjams ka varnā na asti. Tat kukruvants avis agram ā bhugat.

 

La oveja y los caballos

[En una colina,] una oveja que no tenía lana vio caballos, uno de ellos arrastraba una pesada carreta, otro cargaba una gran carga y otro cabalgaba rápidamente con un jinete. La oveja le dijo a los caballos: «Me duele el corazón viendo un hombre manejando caballos». Los caballos dijeron: «Escucha, oveja: nuestros corazones nos duelen cuando vemos esto: un hombre, el amo, convierte la lana de una oveja en ropa abrigada para sí mismo. Y la oveja no tiene lana». Al oír esto, la oveja huyó a la pradera.

Cabe mencionar que el texto de Schleicher ha sido revisado en varias ocasiones desde que fue publicado, la última en 2007, sobre todo en razón de los avances en las investigaciones relacionadas con el PIE. Así, por ejemplo, la grafía con que actualmente se maneja la fábula ha variado significativamente, incorporando modificaciones a los signos que, desde un punto de vista lingüístico, representan mejor al lenguaje. Aquí la última de esas versiones: 

Frederik Kortlandt (2007)

ʕʷeuis ʔkeuskʷe

ʕʷeuis iosmi ʕuelʔn neʔst ʔekuns ʔe 'dērkt, tom 'gʷrʕeum uogom ugentm, tom m'geʕm borom, tom dgmenm ʔoʔku brentm. ʔe uēukʷt ʕʷeuis ʔkumus: kʷntske ʔmoi kērt ʕnerm ui'denti ʔekuns ʕ'gentm. ʔe ueukʷnt ʔkeus: kludi ʕʷuei, kʷntske nsmi kērt ui'dntsu: ʕnēr potis ʕʷuiom ʕulʔenm subi gʷormom uestrom kʷrneuti, ʕʷuimus kʷe ʕuelʔn neʔsti. To'd kekluus ʕʷeuis ʕe'grom ʔe bēu'gd. 

Recientemente Andrew Byrd, lingüista de la Universidad de Kentucky, grabó una lectura de la fábula que a su vez difundió el sitio io9. Se trata de un ejercicio científico, sí, pero también sumamente imaginativo, fascinante en su atisbo a palabras que posiblemente se pronunciaron en una de las primeras etapas de nuestra historia común, cuando el género humano despertaba apenas a las posibilidades del lenguaje. Al escucharlos es posible percibir cierta familiaridad, como si los sonidos, aunque incomprensibles, fueran también vagamente conocidos.

La fantasía de controlar los efectos de la tecnología sobre nosotros aburre. Estimula mucho mejor dejar a la tecnología estimularnos no soñemos con un uso inteligente de nada, porque inteligencia y verdad se bifurcan. Nuestras intuiciones son más confiables que nuestra inteligencia.

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Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.

Borges. "Biografía de Tadeo Isidro Cruz" 

La clave profunda de una vida en general se cifra en un acto realizado compulsivamente. Para bien o para mal, la verdad emerge cuando el deseo se manifiesta antes que su mediatización inteligente, es decir, reflexionada o calculada. Somos ese instante y ese instante nos hace quiénes somos. 

Ni lo pensó y disparó; estaba haciendo acaso por primera vez justifica en su vida… Dejó todo lo que parecía valer la pena y se fue al otro lado – a Tahití, por ejemplo- a empezar de nuevo, a ser otro, a ser él. Era el momento; podía ser un error -claro que sí-, pero si no era en esa noche, a esa hora y en medio de ese frenesí, ya no sería; y lo hizo: te amo -le dijo- y voy a pasar el resto de mi vida contigo; tenían escasas horas de conocerse. El prófugo estaba acorralado, finalmente; lo habíamos cercado; eran 7 soldados a mi cargo y el fugitivo andaba solo y desarmado; apenas lo protegía –acaso solo demoraba lo inexorable- la oscuridad profunda de aquel llano; pero a la hora de apresarlo un impulso me transformó y decidí –vamos a decir- no dejar caer a aquel valiente, me di la vuelta y comencé a pelear con él para liberarnos ahora de aquellos soldados cobardes… 

Nos ufanamos por dominar nuestra vida, controlarla lejos de los riesgos; y cuando al fin sentimos que lo hemos logrado, que la hemos reducido a nuestros designios y hemos cumplido el objetivo, volteamos y nos damos cuenta, siempre, que lo dominado ya –acaso por ese mismo dominio- carece de todo sentido. Una vida dominada es más justo llamarla muerte.

El impulso tiene mala prensa y gran vocación. El sabe lo que hace. Él intuye bien; es lúcido en el vértigo. Mucho más que nosotros, claro está. Las vidas que suelen interesarnos están atravesadas y determinadas por aquella irresponsabilidad genial y aquella falta de reflexión determinante. El arrojo nos da una seguridad muy superior a la convicción. Vale mucho más ser valiente que tener razón, quiero decir. Al fin, somos seres humanos; o sea, seres primarios que necesitamos que la adrenalina nos empuje a la acción y nos haga mejores. Nuestra inteligencia nos hace poca cosa ante la inconmensurable biología. Necesitamos instintos para valer la pena.

… Lo mismo en la vida que en las tecnologías. El presunto uso inteligente de las tecnologías me suena a tedio, a control y a sojuzgamiento, lo que en más de un sentido quiere decir, negación del sentido mismo de las tecnologías. El uso inteligente de las tecnologías no es el que nosotros hacemos de ellas, sino el que ellas hacen de nosotros. Se trata -más bien- del uso de las inteligentes tecnologías y no del uso inteligente de las tecnologías. Lo bueno que ellas nos traen es que nos dominan y nos empujan, despiadadamente, a nuestro propio mundo esencial, primitivo, también, básico y nodal de los deseos. Que nos desnudan, en todo sentido. Que nos desbordan. Fracturan nuestros narcisismos inteligentes y nos ponen ante la pulsión constitutiva. Que nos evidencian.

No alimentemos, pues, falsas fantasías. No valen la pena. La fantasía de controlar los efectos de la tecnología sobre nosotros aburre. Estimula mucho mejor dejar a la tecnología estimularnos, movernos más allá de lo pensado, sacarnos nuestras pasiones y ponerlas al sol y al descubierto; empujarnos a ser los que somos. Develarnos y desvelarnos. Mostrarnos. Evidenciarnos. Carearnos. Cifrarnos en actos no mediatizados, que ora nos edifican, ora nos defraudan, pero que siempre nos sorprenden y nos enseñan.

Desde las tecnologías para acá, siento que aún los asesinos son más honesta y directamente asesinos; como los sexópatas más sexópatas; las chismosas más chismosas y más hondamente chismosas; los líderes mucho más líderes; los justos más puramente justos; los solitarios más solitarios y los solidarios mucho más solidarios; los homófobos más fóbicos, las lesbianas más lesbianas… y los menos, menos.

No soñemos con un uso inteligente de nada, porque la inteligencia y la verdad se bifurcan. Nuestras intuiciones son más confiables que nuestra inteligencia, e inmensamente más productivas. Nuestra inteligencia, a lo largo ya de tantos siglos, se ha enroscado hasta hacerse un nudo fatal. Ya no se sabe ni para qué. Nos traiciona, la muy oronda. No inhibe y nos justifica; traba mortal. Nos enferma. Nos neurotiza todo el rato. Nos convence de que no podemos. Nos castra. No trabajemos para ella.

Un hombre inteligente es casi casi lo mismo que un hombre infeliz… Infelizmente. Hagamos que los actos vayan por delante y se anticipen a las reflexiones. No discutamos qué hacer; discutamos qué sucedió con lo que hicimos. Me vienen a la mente miles de ejemplos de éxitos vitales que son cracks, anticipaciones, irrupciones pulsionales que desbordan la especulación inteligente y nos lanzan a la acción. Y otros miles de ejemplos de postergaciones sofisticadamente justificadas por la inteligencia; vidas que no fueron por excesos de inteligencia deliberativa. Inmolaciones.

No me interesa que nos planteemos el uso inteligente de las tecnologías, estoy queriendo decir. Me interesa mil veces más el saldo social –individual y colectivo- de la irrupción casi violenta de la tecnología en la sociedad del siglo XXI. Me interesa quiénes somos ahora que sabemos que todo esta ahí, disponible sin mediación. Me interesa esa apelación descarnada que me hacen la máquina y la red a mi propia capacidad de producción y de elección. Me interesa mucho esa nueva verdad compulsiva que nos pone con quiénes somos cuando estamos solos y todo es posible. Me importa mucho ese saldo social.

La tecnología nos desnudó y me da gusto vernos desnudos. No nos convenció de que sería bueno desnudarnos, porque si no solo andarían desnudos los locos y los perversos, que no son representativos de todos nosotros. Nos desnudó de golpe, sin preguntar,  y ahora nos apela. Ese mundo nuevo, repentinamente carnal y sensual y brutal e inmediato, ahora nos desafía y nos potencia. Toca definir quiénes somos, cada uno y en conjunto.

La tecnología nos transformó y nos desveló. Ahora sí creo que es hora de que reflexionemos un poco.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

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