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Google advierte que los correos de Gmail son registrados

Por: pijamasurf - 08/17/2013

Al defenderse de una reciente demanda, Google ha afirmado que los usuarios de Gmail no pueden esperar que sus comunicaciones sean completamente privadas. ¿Oh, de verdad?

postal

Si envías un email a cualquiera de las 425 millones de cuentas de correo de Gmail en el mundo, no debes esperar que el contenido de ese correo sea completamente confidencial. Y es que Google se encuentra actualmente presionado por diversos grupos de defensa del consumidor acerca de su papel en la vigilancia que la National Security Agency lleva a cabo a escala mundial, así como de su probable participación.

La compañía fue demandada en mayo por "abrir ilegalmente, leer y recabar el contenido de los correos personales de la gente": mensajes personales, comerciales, de trabajo, el contenido en realidad no importa, pues lo que Google ha hecho desde hace años es filtrar ese contenido para mostrar anuncios personalizados para cada usuario de Gmail. La preocupación de grupos como Consumer Watchdog, entre los demandantes, es que Google se tome con tal ligereza el concepto de privacidad, una quimera o anacronismo para los tiempos que vienen.

Google se defendió afirmando que antes de la era del correo electrónico, cuando enviabas una carta "no podía sorprenderte que el asistente de tu corresponsal abriera la carta", por lo que "la gente que utiliza correo basado en web hoy en día no puede sorprenderse si sus comunicaciones son procesadas por el proveedor del servicio de comunicación en el curso de la entrega."

Lo que se pretende afirmar en este enunciado en apariencia tan técnico es que, por el hecho de enviar un email a una cuenta de Gmail, debemos asumir que Google lo "procesará", dicho en su jerga eufemista, aunque no tengamos muy claro qué involucra ese "procesar", más allá de la publicidad personalizada. 

John Simpson, director de Consumer Watchdog y crítico acérrimo de Google, dijo que en realidad la compañía está tergiversando la verdad con la metáfora postal, pues "enviar un email es como darle la carta a la Oficina Postal. Yo espero que la Oficina Postal entregue mi carta basándose en la dirección escrita en el sobre. No espero que el cartero abra mi carta y la lea."

Como un cartero indiscreto, Google no sólo provee un eficiente servicio de administración de correo electrónico, sino que echa una ojeada a su contenido --o al menos está entre sus prerrogativas hacerlo. Simpson sentencia: "Cuando envío un email, espero que este sea entregado al destinatario indicado... ¿por qué debería yo esperar que su contenido sea interceptado por Google y leído?"

La pregunta pendiente es si la privacidad será algo que nos gustaría conservar en el uso de las herramientas web o si, de lo contrario, la gente adoptara una ciega inercia, sabiendo que probablemente sus conversaciones no son tan relevantes como para merecer la mirada atenta de Big Brother-NSA. Después de todo, nadie tiene nada en su bandeja de Gmail por la cual deba preocuparse.

¿O sí?

[Guardian]

La re-sacralización de nuestra realidad individual y compartida parece un ingrediente ineludible para acelerar la evolución.

800px-Robert_Fludd's_depiction_of_perception_updated_in_English

A fin de cuentas no hay algo más sagrado

que la integridad de tu propia mente

R.W. Emerson

Evolución es un termino interesante. Por un lado es una especie de insalvable inercia, impresa en el código madre de todas las cosas, un poco en sintonía con la idea de la transformación como exclusiva constante en el universo –y por cierto una transformación inteligente. Pero también concebimos este ‘estado’ como una especie de meta siempre asequible pero jamás alcanzable, por el cual hay que luchar permanentemente, esforzarnos –de algún modo no existe un tope evolutivo, y cuando alcances ese punto que hoy has imaginado, seguramente para entonces se habrán desdoblado ya nuevos y pertinentes horizontes  que añorar.

La palabra evolución ocupa hoy un lugar privilegiado en el imaginario colectivo. Dentro del misticismo pop se recurre a ella de manera constante, como si se tratara de una especie de estrella polar que guía el ánimo, individual y colectivo, orientado a alcanzar un algo mejor. Hoy la evolución, más allá de su acepción tradicional, como inercia genética, se percibe como una deseable posibilidad e incluso, por qué no, como una ‘obligación’ generacional –recordemos que la responsabilidad colectiva debiese ser proporcional a la cantidad de conciencia, de data sensibilizada, que tenemos a nuestro alcance.

Jugando con esta idea de materializar una realidad compartida más coherente, más armónica, justa y disfrutable, y de lograrlo en el menor tiempo posible (me refiero a la posibilidad de consumar una evolución acelerada), me parece que un recurso determinantes es el volver a concebirnos, y a nuestro entorno, como algo sagrado. 

Re-sacralización de la realidad

Una característica esencial en la interacción del ser humano con la ‘realidad’, que alguna vez ejercimos pero que con el tiempo se diluyó, alude a una especie de panteísmo práctico, en el que se reconoce un carácter sacro en todo. Esta cualidad cultural, cosmogónica, se traduce en un respeto hacia el entorno –incluida la naturaleza, el prójimo, los objetos materiales, y uno mismo–, fortalece la tolerancia como principio de interacción, y de algún modo lo impregna todo con un sentido trascendental, más allá del culto masivo del ego.

Siempre que pienso en este tema, en la necesidad de, otra vez, ritualizar nuestros actos, y de percibir en todo una porción de divinidad, me viene a la mente el caso de una tribu, lamentablemente no recuerdo cual, en cuyo dialecto no existe el término sagrado. La ausencia de este concepto se debe a que sus integrantes simplemente no pueden concebir algo que no sea sacro, y por lo tanto la existencia de dicha palabra no tiene sentido alguno. 

Durante esta travesía imaginaria, la re-sacralización, creo que podríamos concentrarnos en aplicar el proceso a ciertos puntos cruciales de nuestra realidad, por ejemplo:

El arte, históricamente una herramienta fundamental en el desarrollo de la humanidad, y que por diferentes razones se ha visto envuelta en sofisticadas abstracciones, ecos de glamour, mercantilización, y fórmulas pre-establecidas, debería de, además de honrar su potencial naturaleza como catalizador de  flujos conjuntos, como recurso para cuestionar y como superficie para interpretarnos, retomar su función como vehículo para conversar con lo divino, para explorar las fronteras con otros planos, y para comunicar los resultados de dicha exploración.

La práctica del sexo, una de las fuerzas dominantes de la naturaleza humana, tendría que, lejos de su satanización moralina y de su frívolo libertinaje, reencontrarse con su esencia sacra, en sintonía con los preceptos de diversas tradiciones, desde el tantra hasta la alquimia, que le atribuyen una condición de portal al origen unitario del todo.

Finalmente incluiría al ser, a ti y a mi. Antes de aspirar a una evolución colectiva, o algo así, es imprescindible que en lo individual renovemos la forma en la que nos auto-percibimos. Más allá del consumo, de las pertenencias que nos rodean, de las proyecciones psicosociales a las que nos asociamos, lo cierto es que tendríamos que recordar nuestra identidad original como pequeños fragmentos del gran holograma. Cada una de nuestras acciones y decisiones, cada pensamiento y discurso, están dotados de un ingrediente que trasciende cualquier construcción cultural, racional, incluso emocional, lo sagrado.

Ojalá que algún día, al igual que en el caso de la tribu “sin nombre”, el adjetivo sagrado deje de existir en nuestro idioma. Y en todo caso recordemos las palabras de Ralph Waldo Emerson, lo sagrado comienza en nuestra propia mente.

Twitter del autor: @ParadoxeParadis