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Desde hace al menos tres décadas, prosperan en el mundo variaciones dentro del capitalismo, que proponen un comercio más justo y una realidad más digna.

 

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"Qué difícil nos resulta reconocer lo pequeño, lo marginal, aquello que va emergiendo, lo novedoso que no genera ruido ni estridencias, los sencillos brotes que surgen entre la espesura de un jardín en ruinas pero que presagian cambios llenos de esperanza."

Guillermo Díaz

Desde principios del siglo pasado, alrededor del mundo se configuraron agrupaciones que postulaban alternativas a los modelos de capitalismo tradicional, donde los trabajadores al mismo tiempo eran dueños –o bien alternativas donde los obreros tomaban parte de las decisiones de la compañía–, por ejemplo las cooperativas o mutuales. Diferenciadas de los sindicatos, cuya función original es defender a los trabajadores de las injusticias patronales, estas iniciativas se han tratado más bien de medios de producción comunes.

Afortunadamente ha pasado un siglo y este tipo de expresiones continúa desarrollandose, poniendo como eje al ser humano y al cosmos, y no únicamente a las utilidades. Además, representan un recordatorio de que el capitalismo debe reconsiderarse.

Neoliberalismo

El liberalismo, como su nombre lo indica, tiene por máxima la libertad del hombre. Pero esta llegó a un extremo ortodoxo en el ámbito económico: el neoliberalismo. Este ha permitido que empresas adquieran un poder incluso mayor al del estado –hoy las grandes corporaciones, gracias a su monumental riqueza, controlan innumerables agendas políticas mediante cabildeo y presión financiera.

Desde la década de los ochentas, el neoliberalismo ha promovido tres grandes ejes: privatizar las empresas públicas, liberalizar el comercio y las finanzas, y estabilizar la moneda y la inflación. Lo anterior convirtió al estado en responsable, únicamente, de proveer servicios (agua, luz, seguridad, educación), pero le restó autoridad respecto al mercado internacional.

Pero ¿qué hace un pequeño productor cuando los precios internacionales de producción no le permiten sobrevivir y, además, no tiene los recursos para comercializar? Los sectores marginados, aquellos que no tienen acceso a créditos o a capitales para poder funcionar, han quedado desprotegidos. El libre mercado impera con la ley del más fuerte, y todos aquellos débiles, generalmente por falta de capital, quedan fuera de los beneficios.

Compras-Supermercado

 ¿Qué es la economía solidaria?

El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein, advierte que el neoliberalismo se encuentra “como en una crisis sistémica, terminal, o incluso en caos sistémico, cambio de época o civilizatorio”. Para él, el modelo neoliberal está agotado y la reciente crisis financiera mundial lo cofnirma. En su ambición desbordada, las empresas que están “arriba” del estado, pueden generar crisis que se contagian a otros sectores, provocando un caos globalizado.

Por eso nace la economía solidaria, en busca de una reflexión filosófica sobre el sentido de la economía. El sociólogo argentino José Luis Coraggio, la define como una forma de producción, intercambio, consumo y distribución de la riqueza, centrada en la valorización del ser humano. Retoma “el valor de la reciprocidad”, estudiado por el etnógrafo francés Marcel Mauss y, de acuerdo con el sociólogo peruano, Aníbal Quijano, tiene que ver con una corresponsabilidad con el universo.

Sobre la economía solidaria, el sociologo mexicano Guillermo Díaz, advierte:

Es apenas un brote, pero en expansión […] se trata de un proyecto alternativo de transformación de la realidad dominante, a través de cooperativas, mutuales, asociaciones, ejidos y uniones diversas. […] En esta, la economía se solidariza y la solidaridad se economiza, y al solidarizarse, la economía se vuelve política, democrática, y se compromete con el bien común. Va más allá del acto caritativo y permite auto gestionar colectivamente la casa común, el famoso oikos aristotélico.

Entre algunos ejemplos de este modelo, podríamos mencionar la autogestión de empresas por parte de los trabajadores, el comercio justo y solidario con su marca (Fair Trade), la agricultura ecológica, el consumo responsable o crítico, y el consumo solidario, los sistemas locales de empleo y comercio (LETS), los sistemas locales y redes de trueque (SEL), los sistemas comunitarios de intercambio (SEC), los sistemas locales de intercambio con monedas sociales y los bancos del tiempo, la economía de comunión, los sistemas de microcrédito, los bancos del pueblo y los bancos éticos, los grupos de compras solidarias, los movimientos de boicots, la difusión de programas de software libre, entre otras.

En el caso de México, según Díaz “no existe en México una información estadística confiable respecto de la economía social, sin embargo se calcula que este sector comprende alrededor de 47,000 empresas asociativas solidarias, que aglutinan a cerca de 8 millones de socios”.

Los organismos representativos de la economía solidaria en México son el Consejo Superior del Cooperativismo (COSUCOOP), que desde 2010 agrupa cooperativas de producción, abasto y finanzas sociales del país,  y el Consejo Mexicano de Empresas de la Economía Solidaria (CMEES), con asociaciones civiles promotoras de la Ecosol en México constituida en 2007

Comprar pensando
 
Personalmente no creo que el liberalismo, como ideología, sea intrínsecamente dañino. El problema es la “sobre acumulación” de capital, su falta de regulación y los ‘favores’ que el estado concede a las grandes empresas –por ejemplo, condonaciones fiscales. Es evidente que los abusos permitidos a las grandes compañías, van en detrimiento del bienestar colectivo. Frente a este escenario, la economía solidaria emerge “desde abajo” como un llamado a repensar la economía y su función verdadera.
 
Nuestro acto de compra necesita ser revaluado. El acto de consumo es también político en el momento en que nos cuestionamos de dónde viene aquello que estamos consumiendo, a quién está beneficiando nuestra compra, y a quién perjudicando. La economía solidaria, aunque a paso lento, está generando pequeños pero significativos cambios. Recordemos que podemos incidir en la construcción y evolución de nuestro sistema social y, por qué no, hacerlo “desde abajo”.
 
Twitter de la autora: @anapauladelatd
 
¿Es México un paraíso delincuencial? Si cometes un delito en este país hay 0.08% de probabilidades de que pagues por ello.

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Los niveles de impunidad en México hacen de este país, tristemente, una especie de paraíso delincuencial. Más allá de condiciones socioeconómicas, culturales, o educativas –factores que favorecen la transformación de habitantes en delincuentes–, el incentivo determinante para que esto suceda, parece radicar en la casi nula posibilidad de que aquel que comete un delito, reciba por ello el castigo correspondiente. 

Imaginemos que eres una persona que vivió en condiciones de marginación, que tu entorno socioeconómico y cultural nunca favoreció la posibilidad de dedicarte a la escuela, que recibiste, tal vez, pocos estímulos para cultivar el civismo y los valores, y que presenciaste innumerables actos de corrupción de funcionarios públicos, autoridades, e integrantes de todas las clases sociales. Aparentemente serías un buen candidato para terminar como delincuente.

Ahora imagina que mediante este robo o aquel asesinato podrás ganar una suma de dinero para, por ejemplo, consumir algún producto o servicio de esos que anuncian incesantemente en la TV –lo cual sin duda te hará ubicarte en mejor posición dentro de una sociedad jerarquizada, en buena medida, de acuerdo al poder de consumo de cada persona. Además, quizá obtengas algo de respeto entre los habitantes de tu barrio o pueblo, e incluso podrías, en pro de la cohesión social, sumarte a una pandilla o incluirte en un gremio identitario. Si sumamos estas circunstancias a las anteriores, todo indica que tu potencial criminalidad ha sido reforzada.

Finalmente, te diría que en caso de optar por cometer un delito, existen 0.08% de probabilidades de que seas castigado. ¿Qué harías?

Las cifras

De acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en México solo se denuncian alrededor del 8% de los delitos que se cometen. Es decir, 92 de cada 100 crímenes no serán, por default, castigados. En cuanto a las denuncias registradas, únicamente el 1% termina con una sentencia condenatoria –lo cual nos da una escalofriante probabilidad de castigo del 0.08%.      

En lo que se refiere a homicidios, de acuerdo el INEGI, en 2012 se registraron 27,700 casos, de los cuales 523 terminaron en sentencia. Esto quiere decir que si asesinas a alguien en suelo mexicano tienes, por lo menos, 98% de probabilidades de que tu acto sea legalmente inconsecuente. Mientras que de los delitos ligados a delincuencia organizada, también en 2012, fueron esclarecidos y castigados menos del 1% (19 de 2970) –esto último resulta aún más preocupante si consideramos que el crimen organizado fue el enemigo público # 1 del anterior gobierno.

Los poderosos

Recientemente se registró en México un caso que levantó la indignación colectiva. Me refiero a la absolución de Raúl Salinas de Gortari, el hermano incómodo del ex presidente Carlos Salinas, y a quien un juez decretó que se le devolviesen 24 inmuebles y descongelarán seis cuentas bancarias –a pesar que nunca aclaró la procedencia de este caudal de bienes.

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Más allá de lo escandaloso de este caso, el cual debido a la gran cobertura mediática que ha recibido en la última década, además de tratarse del hermano de un poco querido mandatario, lo cierto es que la exoneración de Raúl no es más que otro episodio dentro de una nefasta tradición mexicana: la impunidad. Y aquí podríamos agregar decenas de otros personajes, entre funcionarios públicos (guardería ABC), líderes sindicales (“Napito”), o empresarios.

En este contexto, por si no fuese suficiente el carnaval de impunidad, el problema no es únicamente el que los crímenes no se castiguen, sino que por el contrario parecen premiarse. El meta mensaje de este tipo de casos es que “si tranzas, avanzas”, si cometes fraudes, desapareces testigos incómodos, o robas con deplorable cinismo, tal vez termines paseándote en yates con mujeres voluptuosas, recorriendo el mundo en aviones privados, o derrochando dinero en extravagantes destinos.

La pregunta de oro

Tomando en cuenta todo lo anterior,  resulta inevitable plantear la siguiente interrogante: ¿cómo es que no somos todos delincuentes?

La mesa puesta

Quiero pensar que no existen condiciones, ya sean socioeconómicas, legales, o educativas, que justifiquen el crimen. Mucho menos cuando se trata de homicidios, torturas, violaciones sexuales, estafas masivas, etc. Sin embargo, el sentido común apunta a que un entorno que presenta múltiples ‘estímulos’ para ejercer la criminalidad, la terminará padeciendo cotidianamente. Y México se ha convertido en eso, un abundante buffet para aquellos dispuestos a aprovechar el crimen como herramienta de vida, para el ladrón y el asesino, para el estafador y el funcionario corrupto, para el delincuente de cuello blanco.

Ojalá pronto encontremos una forma de desalentar a esta nociva fauna, una épica misión en la que todos los involucrados (sociedad, autoridades, maestros, y otros), tendremos que actuar con tajante responsabilidad. Recordemos que la realidad no se hereda ni se cuestiona, solo se diseña.

Twitter del autor: @ParadoxeParadis