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Pasajeros en Japón mueven un tren de 32 toneladas para rescatar a una mujer atrapada en las vías

Sociedad

Por: pijamasurf - 07/22/2013

En una acción que revela algunas de las mejores cualidades de nuestra especie, decenas de personas en Tokio trabajaron colectivamente para mover un tren y rescatar a una mujer que se encontraba atrapada entre las vías.
Train passengers and rail staff push a train car to rescue a trapped woman at Minami Urawa station.

Norihiro Shigeta/AP

Aunque lo hemos olvidado, en buena medida nuestra especie sobrevivió evolutivamente gracias a la empatía un recurso que compensó las notables limitaciones físicas de nuestra naturaleza. Gracias al cuidado colectivo, al sentido de preocupación por los menos aptos, el ser humano pudo sobreponerse a las dificultades de su entorno.

Con el tiempo, sin embargo, y en buena medida como consecuencia del desarrollo civilizatorio, dicha cualidad pasó a un segundo plano y estar al tanto del semejante perdió importancia. Aunque por fortuna no se perdió del todo, y de tanto en tanto nos enteramos de sucesos que nos revelan que a pesar del egoísmo y la individualidad que se fomenta de muy diversas maneras, el pulso del bien común todavía se encuentra en nosotros.

Así es posible entender un suceso ocurrido este lunes en Japón, en donde unas cuarenta personas trabajaron colectivamente para mover un tren de aproximadamente 32 toneladas de peso para rescatar a una mujer de aproximadamente 30 años que se encontraba atrapada en un hueco entre el andén y las vías.

La acción se dio en la estación JR Minami-Urawa, en el norte de Tokio.

En Faena Sphere: La cooperación: el principal atributo de la especie humana

[The Guardian]

La oposición entre la escuela y la vida se condensa en la capacidad de cada una para la sorpresa: mientras que en una podemos ir de admiración en admiración, la otra parece confinada a la monotonía y el aburrimiento.
[caption id="attachment_62760" align="aligncenter" width="512"]sillas Salón de clases en De La Salle Dasmariñas, Filipinas (Eric James Sarmiento / flickr)[/caption]

La escuela, no.

La escuela nos da monotonías, previsibilidades, controles y cerrazones como si fueran un valor. Pero no lo son. La escuela se precia de lo que no vale.

Si algo introducen PISA y el marco conceptual pedagógico del desarrollo de competencias en el debate educativo es, precisamente, que las competencias clave para la vida se verifican mediante el desempeño y ese desempeño necesita, para ser tal, plasmarse en situaciones abiertas, inciertas, no predefinidas.

Seré bueno para la vida el día en que mi desempeño en la vida misma así lo evidencie. Cuando sea capaz de actuar donde no sé qué pasa y desarrollarme donde no conozco; cuando consiga imponer mi parecer en medios nuevos y negociar con aquéllos con los que no tengo antecedentes. Enfrentarme a situaciones no laboratorizadas. Aprender del desamor.

Pero la escuela no. La escuela me vuelve a poner, una y otra vez, el mismo reactivo ante mi pupitre para que yo acierte como los que acertaron antes o falle como los que ya fallaron antes. La escuela no me sorprende ni mucho menos se sorprende conmigo. La escuela no me subjetiviza; me estandariza. El maestro ya sabe qué puede pasar con ese ejercicio; ya se aburre y se ha vuelto solo un ser reflejo. Yo soy, para él, una previsión y acabo creyéndomela.

Pero la capacidad de sorprender y de sorprendernos es, probablemente, la capacidad fundacional de nuestra condición humana plena. Quedar pasmados es una señal máxima de humanidad. No saber es el gesto más sabio. Enfrentar a tientas es vivir la vida. Arriesgar es el DNA de los procesos vitales.

Hay pocos laboratorios de escuelas, pero la escuela es un laboratorio. Y sería mucho mejor exactamente a la inversa. La escuela no se aventura y hay pocas escuelas aventureras; muy pocas, que más que marcar una tendencia confirman la regla de las demás que se exculpan en ellas. La escuela se refugia y controla sus variables (de laboratorio) para que allí, en su ámbito y su alcance, no suceda lo que ella misma no sabe cómo gestionar. Las comunidades escolares repudian los experimentos, pero aman sus laboratorios. Detestan ser ámbito de innovación. Queremos (inmoral e inconvenientemente) que las pruebas educativas las “hagan en África” y no con nuestros hijos. Solo queremos lo probado, que es lo aplastado.

¿A poco que las pruebas, las audacias, las innovaciones y las aventuras educativas en general son peores que las consuetudinarias prácticas anquilosadas? Tengo para mi que no. Por eso dejo que mis hijos sean cobayos de laboratorios nuevos, a ver si se salvan. Y te invito…

Conservamos hasta lo indecible lo que ya no vale. Cerramos hasta lo inaudito lo que acaba aburriéndonos de previsibilidad. Tiramos para abajo, en general. Nosotros, la opinión pública; el sentido común. Entorpecemos las audacias a cuenta de lo que nos entierra a cada día. Negamos la vida creando microclimas insólitos. Nos autocomplacemos mintiéndonos y arrastramos a la institución en esas fantochadas. Sacamos miles de fotos de lo que no somos. Exigimos seguridad en el siglo XXI. Nos asustan las sorpresas. Nos preocupa si la tarea no llega, si el profesor es gay, si la bandera no se iza algún día, si la maestra olvidó la letra del himno o si la mochila no porta transportador. Nos indigna la maestra despeinada y con caligrafía desalineada. Nos da insondable sospecha la directora joven. Nos inquieta la falta de recordatorios de la escuela al padre para que mi hijo asuma alguna de sus propias responsabilidades.

La vida te da sorpresas porque así es la vida. Y la escuela, que dice que educa para la vida (y lo diga o no, es para lo que debe educar), se aterra con ellas. Es verdad que las sorpresas inquietan, cómo no; como movilizan, hinchan las venas, dan adrenalina, excitan, dan ganas, fuerzan, jalan, exigen y nos impulsan. ¿Cómo, si no? La escuela, no.