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La abstinencia sexual como ritual evolutivo: una mujer, que dejó voluntariamente el sexo durante 12 años, comparte las múltiples lecciones que florecieron durante esta etapa.

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La sexualidad tiene una fuerza tal que suele desbordarse (lo que sea que ello signifique de acuerdo a las circunstancias). Esto la hace propensa a generar confusión, ansiedad, euforia, etc. Tras siglos de entablar una relación un tanto limitativa con el sexo, por lo menos en ciertos círculos occidentales, durante las últimas décadas se ha abogado por abrirlos cerrojos en torno a esta actividad, para dejar de contener una fuerza cuya naturaleza está orientada, esencialmente,  hacia el libre flujo.

Junto con esta lucha por liberar la sexualidad, y tal vez por el mismo ímpetu que ha requerido esta cruzada, se han desatado ciertas vetas ‘frivolizantes’, que coquetean con la automatización pop y la insaciabilidad –incluso podríamos hablar de una búsqueda obsesiva, durante nuestras relaciones, por consumar el orgasmo, un instante de dimensiones arquetípicas que, aparentemente, aún no terminamos por entender. Algo similar ocurre con las drogas, en el intento por contrarrestar la propaganda difamatoria contra su consumo, parece que no solo hemos logrado aligerar los candados socioculturales que le reprimen, pero también hemos conseguido su desacralización, o por lo menos hemos desensibilizado la experiencia.  

Actualmente el sexo, su práctica abierta y frecuente, se asocia con apertura, libertad, incluso con algo de sofisticación. Pero en medio de este masivo movimiento, de la alegre euforia que puede generarnos, parece que el reflexionar en lo opuesto, es decir en la abstinencia, resulta más intrigante que simplemente apoyar la tendencia. Supongo que por esta razón me llamó tanto la atención la crónica de una mujer francesa, que comparte su experiencia, tras doce años sin sexo, en una editorial publicada por el New York Times.

Me pregunté, actualmente es tu vida sexual tan estimulante. Mi respuesta fue “No”. Me di cuenta que incluso cuando experimentaba placer, no estaba realmente entusiasmada con mi vida sexual. De hecho, me pareció que recurría a esta actividad porque eso era lo que todos los demás estaban haciendo. Así que decidí darme una pausa, para recuperar el verdadero deseo.

Evidentemente Sophie Fontanel no se imaginaba que tras esta decisión pasarían doce años antes de su siguiente encuentro sexual. Durante esta temporada, según relata, terminaría por sumergirse en un admirable proceso de re-sensibilización. Es más, su crónica me remite a una especie de iniciación que, a la manera de ciertas tradiciones místicas, requiere de una determinación tajante y una claridad poco común en nuestros días.

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Durante los 12 años que no tuve sexo, aprendí mucho. Sobre mi cuerpo, sobre el papel del arte en el erotismo, el poder de los sueños, la tersura de la ropa, y la importancia de la elegancia. Aprendí que puedo experimentar más placer al observar como Robert Redford lava el cabello de Meryl Streep en “Out of Africa”, que estando con un hombre. Por momentos me producía placer simplemente observar el cuello de un hombre, o escuchar una voz. Y hablo de libido, créanme. Era deseo. Pero la sociedad no reconoce este tipo de felicidad. ¡Era demasiado! He aprendido que la mayoría de las personas sobretodo quieren probar que son sexualmente funcionales, y no más. Extrañamente les da pena admitir que están solos en sus camas, algo que yo descubrí que puede ser inmensamente placentero.  

Llama la atención como la épica Sophie enfatiza en las expectativas y pautas culturales que hemos construido en torno a nuestra vida sexual: el miedo a la soledad, el estatus social, el sexo por ‘default’, etc. Parece un tanto paradójico, pero en nuestro afán por ‘liberar’ al sexo de los cerrojos tradicionales, podríamos haberlo encerrado en otro tipo de prisión, tan poco conciente como la original, eliminando ingredientes como el moralismo pero inaugurando otros como la frivolidad. 

Si bien desde un punto de vista psicoanalítico, podríamos especular que en realidad Sophie fue víctima de experiencias traumáticas o algo por el estilo, las cuales la llevaron a bloquear, insanamente, su propia narrativa sexual y con ello entregarse por completo a la abstinencia, al leer su texto, la experiencia que comparte esta mujer me remite más a una especie de admirable ritual, que a un psico-bloqueo –aunque necesitaríamos más información sobre el caso para garantizar una sólida disertación al respecto.

Al escribir este artículo no estoy promoviendo el celibato, la abstinencia, y ni siquiera reprimir parcialmente nuestros llamados sexuales. Pero también considero pertinente de vez en cuando reflexionar y cuestionarnos acerca de todas nuestras creencias, en particular aquellas que, orgullosamente, postulamos como verdades incuestionables. Y bueno, en todo caso me pareció interesante, entre los miles de flujos pro-sexuales que abundan en la Red, encontrar una oda a la abstinencia –por cierto mucho más inspiradora que la mayoría de sexy propaganda que conozco.      

Twitter del autor: @ParadoxeParadis 

 

Investigadores de MIT logran implantar memorias falsas en ratones, abriendo un interesante campo de aplicaciones y usos controversiales.

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La realidad del mundo que experimentamos es suficientemente confusa tal como la vivimos. Existen innumerables variables para tomar una decisión o para intentar definir algo como verdadero; nos asimos de nuestra memoria, de aquello que creemos nos sucedió como lo más entrañable, la fibra de nuestro fuero íntimo, casi como una segunda naturaleza.  Anteriormente ya habíamos empezado a dilucidar que esto tiene un factor ilusorio, lo que se conoce como la reconsolidación de la memoria: cada vez que recordamos algo reconstruimos ese recuerdo conforme nuestro estado actual, editamos permanentemente el contenido de nuestra memoria, bajo el filtro de lo que pensamos y sentimos en ese momento. Tal que la memoria es también una reconfiguración perpetua del cariz emocional de lo presente ("La memoria es engañosa porque está teñida por los eventos del hoy", decía Einstein). Ahora, sin embargo, se abre la posibilidad científicamente funcional de implantar memorias externas completamente falsas.

Investigadores del Instituto Picower del MIT para el Aprendizaje y la Memoria han logrado implantar memorias falsas en ratones utilizando tecnología de activación celular a través de la luz, lo que se conoce como optogenética. En el experimento primero se logró condicionar el comportamiento de los ratones mediante una descarga eléctrica leve recibida al entrar en una cámara; luego al aplicar un mismo pulso de luz en el hipocampo el ratón manifestaba el mismo miedo pese a ya no estar en la misma cámara o recibir la descarga directamente: el miedo era el resultado de la activación de una memoria.

En el nuevo estudio los investigadores colocaron a los roedores en una cámara "A" sin ningún tipo de descarga, y al día siguiente en una cámara "B" en donde se les aplicaba una descarga --pero en el momento de aplicar esta descarga los investigadores usuaron la luz azul para activar las células que codificaron el recuerdo de la cámara "A". En un tercer día los ratones fueron colocados en la cámara "A" donde no habían recibido descarga y mostraron una parálisis que evidencía  el implante de un recuerdo falso: al entrar en esta cámara vivían el recuerdo de la descarga de la cámara "B" como si hubiera sucedido en la cámara "A". Las memorias inducidas probaron ser tan fuertes como las memorias falsas.

Las implicaciones de la investigación comprueban lo que ya se sospechaba desde una perspectiva legal. Según el Innocent Project, el 75% de los casos revertidos por pruebas de ADN involucraron testimonios de  testigos oculares, pero en la mayoría de los casos no fue porque estos estuvieran mintiendo, sino porque tenían una memoria falsa. Uno de los casos más famosos, el de la familia McMartin, demostró, después de 7 años de prisión y 15 millones de dólares de gastos legales, que la acusaciones estaban basadas en memorias falsas, posiblemente implantadas por los terapeutas de los niños que supuestamente habían sido abusados.

Un experimento anterior logró manipular el sueño de unos roedores en un laberinto.

Por el momento la optogenética requiere de la implantación de células fotosensibles, no queda del todo claro si en un futuro se podrá realizar un procedimiento de activación celular no invasiva, quizás  frecuencias de onda baja o con ultrasonidos. El proceso de intencionalmente implantar una memoria fasla, quizás para que una persona logre un veredicto de inocencia, o como Inception para lograr manipular a un multimillonario CEO, resulta todavía muy complicado. Pero de cualquier forma se abre un panorama de manipulación y también de sanación traumática que en el futuro seguramente tendrá varias aplicaciones

Twitter del autor: @alepholo