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La escuela nos da palos y nos quita entusiasmo. Nos orada la resistencia y nos desvitaliza paulatinamente. ¿Cómo hacer que la escuela sea menos aburrida, más vital?

school__boring¿Alguna vez te golpearon duro en la quijada con un guante de box? Seguramente no. Es como ir a la escuela. Se siente el mismo sopor, las mismas ganas de dormir para siempre.

El cerebro entra en un coma temporario y se abruma; no sabes quién eres ni qué hacer y acabas sucumbiendo. Es temporario, ya lo sé. Después nos reponemos y parece que la vida vuelve a la normalidad. Dura un par de minutos, en general. Quedamos “groggys”.

La escuela que tenemos es profesionalmente soporífera. Ha ido puliendo su modelo para no fallar. Nadie se siente vitalizado en su telaraña; no hay manera. Te domina.

Me refiero a la escuelas de las aulas, no a la de los recreos. En los recreos nos llegan el slash de agua fresca, el hielo en la nuca, los masajes regeneradores. ¡Menos mal que hay recreos! Una vez recuperados volvemos al ring, a pelear de nuevo, hasta el nuevo cross de aula y de nuevo el sopor.

Así día tras día, durante muchos años. Todos pasamos por eso y es verdad que sobrevivimos, pero no sabemos a ciencia cierta si nos quedan secuelas. Yo creo que sí. Tanto estupor debe dejarnos alguna tara. Pero la vida sigue y seguimos…

La escuela nos da palos y nos quita entusiasmo. Nos horada la resistencia y nos desvitaliza paulatinamente. No lo hace con esa intención –ya lo sé-, ni con mala intención –también lo sé-, pero no entiende que los dogmas pasivizan, que las certezas aburren, que las taxonomías nos aplastan y que el monopolio humilla. Que tanto de eso junto es como estar contra las cuerdas recibiendo arriba y abajo golpes a destajo. Y a aguantar.

Claro, y después los educadores nos preguntamos por qué nuestros alumnos no participan, son abúlicos, no se interesan por nada y nos dan las espaldas. Están “zombies” de tanto palo. Les estamos dando y dando y no nos damos cuenta.

Los golpes de los que hablo no son la exigencia de la escuela, ni su rutina ni su seriedad general, son la índole del trabajo diario y su sustrato. Son los feroces estereotipos, los modelos ramplones de conocimiento y esas cosas… Eso es lo que castiga. Nuestro error conceptual está lastimando a nuestros alumnos.

La falta de vitalidad en el aula proviene de la estructura y la índole del saber que en ella ponemos a circular. Somos asfixiantes porque no damos espacio para que nuestros alumnos se encuentren consigo mismos. Nuestro positivismo avasalla. Nuestra escuela apuna.

Cuando digo “la escuela” estoy hablando del arquetipo y de sus componentes basales: el aula y su esquema de funcionamiento, que nos aliena en el frente y nos postra en la silla; el maestro, que nos domina hablando y nos hipoteca evaluándonos; y el saber, representado soberanamente en los libros de texto, que nos destroza con dogmas sin sentido y definiciones tautológicas, que blinda el saber y lo subsume a un cúmulo informe de información acumulada. Y la institución, encima de todo, que sacraliza lo inútil y condena lo vital.

La escuela tal como la conocemos atraviesa una crisis muy grave y, sobre todo, muy honda. Sus raíces están enfermas. Se ha descontextualizado. La escuela se concibió para la transmisión del saber y eso ya no nos vale. No estamos sabiendo cómo transformarnos en un aparato organizado creador de situaciones abiertas, forjadoras de competencias esenciales para la vida. No sabemos, y nos revisamos en la superficie, cuando el modelo está determinado e infectado en el fondo. Por eso decíamos que el recreo puede, hoy día, ser más educativo que el aula.

Tengo miedo. Sé que yo también puedo, en cualquier momento, recibir mi golpe en la mandíbula, quedar groggy y ya no estar más en pie. Lo vengo esquivando hace unas horas, pero en la menor distracción me agarra y borro el archivo y pierdo mi artículo y mis agallas. Zum! Debo mantenerme alerta y seguir adelante; debo resistir. Up! Esquivar ahora y atacar otra vez, cuando recupere el aire. Shhhh! Pensar… Insistir y no retroceder. Mantener la calma. No avergonzarme de autocriticarme y criticarnos. Zang! Aguantar estos golpes que ahora pasan por encima de mi cabeza y los otros, que vendrán luego. Ufff! Mantener el pie y no dejar de creer. Hop! Quebrar la cintura a un lado y al otro mientras pueda y escribir y decir y hacer… Zaz, zaz! Y si en algún momento mi contrincante cede, pasar a mi ataque; erguirme, levantar la vista, fijar la mirada y atacar retomando mi eje y argumentar de nuevo, con convicción, a favor de que seamos valientes y hagamos una escuela nueva, reformateada desde la médula, que asuma que está fallando (avanzar tirando golpes, para no perder la vertical), que está tóxica y generando más efectos adversos que benéficos –aún en su buena voluntad-. Gong!

Ffffffff!... Todo esto recién empieza. Por eso voy a tratar de aprovechar el descanso para tomar aire. No vaya a ser cosa…

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

Como si el sufrimiento no bastara, el individuo hace suyas ciertas imposiciones que lo hacen sufrir por sufrir, castigarse por estar triste, sentirse culpable por encontarse solo, nublando el hecho de que estas son realidades ineludibles de la existencia que, quizá, primero se deben aceptar como tales antes de poder transformarlas.
[caption id="attachment_62423" align="aligncenter" width="466"]henri "Melancolía", Henri-Simon Thomassin (1729; a partir del óleo de Domenico Fetti)[/caption]

Es posible, humanamente posible, que nadie desee sufrir. Es posible que nadie quiera estar verdaderamente triste. Que a todos nos asuste la posibilidad de encontrarnos permanentemente solos. Y, con todo, sucede. Contra nuestros deseos y nuestras esperanzas. Contra nosotros mismos. Sin nosotros quererlo, sin desearlo, temiendo su posibilidad, sufrimos, nos entristecemos, de cuando en cuando nos encontramos solos, acaso con más frecuencia de lo que alguna vez previmos.

El sufrimiento, la tristeza, la soledad, son parte ineludible de la existencia, y aunque esta podría tomarse como una afirmación obvia, dicha consideración obedece más al hábito que a la realidad. Sabemos que sufrir es parte de la vida, pero por todos lados nos intentan convencer de lo contrario. El sufrimiento en el mundo es un espectro al que se le teme y se le niega y para el cual se buscan maneras de neutralizarlo. El consumismo, por ejemplo: la gente parece tan feliz en los grandes centros comerciales. El entretenimiento, por ejemplo, desde el partido de fútbol televisado hasta el prostíbulo. Confundido entre las mercancías y el sudor de la multitud, entre el sopor de la ebriedad y los jadeos del sexo, el sufrimiento parece de pronto no estar ahí, no existir más.

Esto que se fomenta socialmente, ¿no se reproduce también individualmente? ¿No volvemos personal esa imposición más amplia de negar nuestro propio sufrimiento, de ignorar nuestra tristeza, de encubrir nuestra soledad? Y así, en esta contradicción entre la naturaleza trágica del mundo y la existencia y, por otro lado, la voluntad acaso comprensiblemente humana de no sufrir, nace una suerte de redundancia pesarosa en la cual se sufre por sufrir, por estar triste, por encontrarse solo. Como si el sufrimiento, la tristeza o la soledad no bastaran, existe cierto sentimiento impostado de culpa tanto por sufrir como por no adecuarse a cierto tipo de felicidad que la convención dicta (la felicidad de la propiedad, del consumo), existe cierta prohibición contra el sufrimiento, la tristeza y la soledad susceptible de castigo en caso de infringirse.

(Quizá, entonces, una acción que pudiera efectuarse para al menos no sufrir en vano, sea despojarse de ese sentimiento de culpa, esa voluntad de autocastigo, comprendiendo que el sufrimiento, la tristeza, la soledad, están ya en el mundo, que es imposible vivir y no sufrir, no estar triste, no encontrarse verdaderamente solo.)

Realidades ineludibles, sí, pero no por ello constantes. Pese a todo, pese a nada, también es posible, momentáneamente (en un momento que puede durar más, mucho más, que el instante goethiano), no sufrir, no estar triste, no estar solo. No sé si entonces ser felices, pero al menos esto.

Mucho se habla en tiempos recientes de la posibilidad de hackear la realidad, de hacer de nuestra voluntad el factor de transformación de nuestra propia vida, una idea que por el fraseo puede parecer contemporánea pero lo cierto es que se remonta, por lo menos, a la época del marxismo ―solo que la importancia que Marx daba a lo colectivo, ahora ha virado hacia lo individual. Sin embargo, pienso que el hack, la transformación, solo son posibles cuando se parte, dicho materialistícamente, de un análisis objetivo de las condiciones de realidad, acaso con la aspiración de poder identificar aquellas que es posible modificar por cuenta propia y otras que definitiva, estructuralmente, están fuera de nuestro alcance (o no). Lo opuesto, me parece, solo conduce a la falacia y el delirio, al razonamiento autocomplaciente de quien elabora a partir de premisas falsas que no corresponden con su realidad.

Y así con el sufrimiento. Con cierta frecuencia sufrimos justo porque la realidad termina reventando nuestras ensoñaciones, destruyendo nuestros espejismos. Inevitablemente la fantasía se revela insostenible ante una realidad apabullante con la cual se encuentra en oposición permanente.

Por eso pienso que el sufrimiento, la tristeza y la soledad debieran aceptarse como lo que son, sobre lo que he insistido tanto en este texto: posibilidades de la existencia. Sufrir, estar tristes, reconocer la propia soledad. Y, por lo pronto, nada más.

Twitter del autor: @saturnesco