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¿Puede el universo ser inevitable y natural al mismo tiempo? Lo que el bosón de Higgs revela sobre el sinsentido de la realidad

Por: Javier Raya - 06/20/2013

El descubrimiento del bosón de Higgs hace casi un año ha metido en la física teórica una importante consecuencia: que la estabilidad de nuestro entendimiento del universo es inconsecuente con el universo mismo. En otras palabras, que según la teoría el universo no debería existir.

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El bosón de Higgs fue confirmado estadísticamente el año pasado para alegría de la comunidad científica y perplejidad del resto de los mortales. Una clara noche de julio del 2012 un grupo de físicos aplaudieron la noticia de que Higgs llevaba medio siglo teniendo la razón, de que había algo capaz de hacer que las partículas elementales adquirieran masa, lo que les permitía congregarse para formar galaxias o seres humanos. Pero este --el principio fundador del universo como lo conocemos-- no es el fin de la historia.

En una conferencia reciente en la Universidad de Columbia, el físico de Princeton Nima Arkani-Hamed, desarrolló algunas de las implicaciones contradictorias del descubrimiento producido por el gran colisionador de hadrones resumiéndolo en una fórmula sintética, no exenta del vértigo de la poesía: "El universo es inevitable. El universo es imposible."

El problema radica en que, para que el bosón de Higgs tuviera sentido con respecto a la masa o su equivalente energético, el colisionador debió encontrar otras partículas, pero no encontró ninguna. A pesar de la precisión de las ecuaciones modernas, explicó Arkani, que pueden compensar por variables no explícitas (como el bosón de Higgs antes de la confirmación de su existencia), algunas constantes como la masa misma del bosón de Higgs son distintas a las que se esperaría según las leyes bajo las cuáles las teorías fueron cimentadas.

Dicho de manera breve, si la teoría fuera acertada, la probabilidad misma de la vida en el universo sería una imposibilidad teórica, dando por descontado que existen aspectos del universo que no podemos conocer con nuestras herramientas actuales. Tal vez sea buen momento de contraponer la indeterminación de Heisenberg a nuestra idea de la naturaleza como una constante armónica y considerar seriamente la idea de que hay leyes que se comportan de manera arbitraria también. Que el universo es un maldito caos.

El físico Nathan Seiberg agregó: "Hace 10 o 20 años, yo era un firme creyente en la 'naturaleza' [naturalness]. Ahora no estoy tan seguro. Mi esperanza es que aún haya algo en lo que no hayamos pensado, algún otro mecanismo que pudiera explicar todas estas cosas. Pero no veo cuál pueda ser."

Una de las teorías en física que ávidamente levantan la mano para tratar de formular respuestas ahí donde otras fallan es la teoría de supercuerdas. Según esta, con la existencia de una cantidad indefinida de universos, podría explicarse que existan universos en los cuáles la vida es imposible --es decir, donde las leyes físicas, según las entendemos actualmente, serían consistentes-- y otros universos --como el nuestro-- donde la vida existe como una hermosa anomalía o aberración teórica.

Para conocer más sobre las complicaciones en que el bosón de Higgs ha metido a la física teórica (y a la estabilidad de nuestro entendimiento del universo) está disponible en línea el artículo Is Nature Unnatural? de Natalie Wolchover.

Memento mori: recuerda que morirás; acaso los fantasmas sean un recordatorio inesperado, pero preciso, de la fatalidad de la existencia, luciérnagas sombrías que surgen de una rasgadura en nuestro universo personal.

ignis fatuus

Sospecho que a todos nos ha pasado. Alguna vez un farol nos pareció la luna y cuando volvimos a mirar era sólo un farol -suertudo farol- que mutó un momento. O vimos luciérnagas donde no las hubo, o un resplandor al final de una avenida… La mayor parte de las veces, creo, ni siquiera las registramos; es como todas esas cosas que desechamos porque no las pudimos comprobar. Parte de esas cosas que se quedan sólo como un presentimiento. Lo cierto es que esas luces tienen un nombre, o muchos nombres, y una presencia en la narrativa general. 

Los will-o’-the-wisps, o ignis fatuus (referidas en español como “luces fatuas”) son luces atmosféricas fantasma, parecidas a velas parpadeantes, que se manifiestan en incontables lugares, textos y conversaciones como un augurio de que algo terrible está apunto de pasar. O al menos así se lee en la mayoría de las culturas. Lo que acaba de suceder en México, por ejemplo, es una versión de este fenómeno: segundos antes de que se desatara el terremoto del 16 de junio aparecieron unas “luces” en el horizonte de la ciudad, generando una expectativa de que algo más pasó. El fenómeno se le atribuyó, con todo sentido,  a la liberación de energía que generó el temblor, que se manifestó en forma de destellos o “luces en el cielo”. Sin importar su origen, las luces se manifestaron poco antes del evento y estaban allí para anunciar. 

Las luces fantasma existen en un lugar extranjero que no es ni natural ni paranormal, pero son parte del mundo folclórico de los fenómenos –uno de los más improbables, es verdad, pero uno de los más encantadores-. En el folklor nórdico, algunos viajeros dicen haberlas visto sobre pantanos y ciénagas como diminutos faros que los guiaron, o que más a menudo los desviaron, de su camino. En Europa se cree que estas luces son las almas de los muertos, seres supernaturales o hadas que tratan de llevar a los viajeros por mal camino. En Europa del norte (Dinamarca, Finlandia, Suecia…) se cree que las luces fatuas marcan la locación de un tesoro que sólo se puede desenterrar cuando las luces están allí.  El “fuego hado”, en Inglaterra, es casi siempre un personaje maligno de las historias: lleva a los viajeros entre bosques sinuosos, y cuando están suficientemente adentrados en  lo desconocido, se apagan, dejándolos en la oscuridad. 

De manera similar, a los marineros se les presentan como faros fantasma: aparecen como una promesa de tierra, y luego se apagan… llevándolos a su muerte. Son, tomando en cuenta los momentos que escogen para resplandecer, una especie de memento mori; un recordatorio de que vamos a morir. 

Es curioso que el testimonio más vasto que tenemos de las ignes fatui lo hayan dejado los viajeros. Ellos, que tienen la envidiable suerte de conocer mucho más de los que a veces quisieran, relatan las historias de Will y las luciérnagas (Will siendo abreviación de William, que es todosloshombres, y a la vez el sustantivo “voluntad” “deseo”) y que son sin duda la única especie acreditada para hablar de fenomenología. Como es de esperarse, la ciencia también ha tratado de entender el fenómeno, y de hecho uno de los testimonios más poéticos que tenemos es del físico francés Pierre Bertholon de Saint-Lazare, quién apuntó:   

Este es un nombre que algunas veces se da al fenómeno que es más frecuentemente llamado Jack-o’-Lantern o Will-o’-the-Wisp. Parece ser una bola de fuego que varía de tamaño: desde el de la flama de una vela al de una cabeza humana. Generalmente se observan en lugares húmedos, pantanosos, moviéndose de aquí a allá; pero se sabe que pueden quedarse perfectamente quietas y emitir centelleos. Mientras te acercas se alejará, quedando siempre fuera de tu alcance. Si te retiras, te seguirá. Que estas bolas de fuego de hecho ocurren, y que repetirán tus movimientos, parece estar establecido, pero no he escuchado aun a alguien que ofrezca una explicación satisfactoria. Los que son menos supersticiosos dicen que es la combustión de los gases que ascienden de los pantanos. Pero cómo una luz producida por un gas puede ser descrita y moverse como la describí, avanzando mientras avanzas, retrocediendo mientras retrocedes, sin tener una conexión visible con la tierra, no está claro para mí. 

Haciendo justicia a su naturaleza, en la literatura también aparecen aquí y allá, en distintos periodos históricos y en distintos géneros narrativos. En Paradise Lost, en el canto XI, Milton compara a Satán con un “will-o’-the-wisp” cuanto éste tienta a Eva a probar la fruta del árbol de la sabiduría. En el Ulises, Joyce comienza su capítulo más siniestro –Circe- con will’-o’-the-wisps rojas y negras apareciendo a la entrada de “nighttown” junto con señales de peligro. Tolkien las nombra en El señor de los anillos y Bram Stoker en el primer capítulo de Drácula. También Schubert las capturó, en su nombre en alemán, Irrlicht, que significa exactamente lo mismo, en su ciclo Winterreise. 

Las luces fatuas son una manifestación, una especie de arquetipo que da señales cristalinas (de esas que entendemos sin saber cómo ni por qué). Creo que al contrario de ser fatales, como las ha guardado el folklor, son un recordatorio de la fatalidad. Uno que nos viene bien a todos en ciertos momentos de la vida. En forma de luz, intermitente como las luciérnagas, los will-o’-the-wisps son una pequeña ranura en la tela del universo. 

 

Twitter del autor: @luciaomr