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Las manifestaciones recientes en Brasil podrían entenderse como la revelación súbita de que la economía de consumo es un espejismo de bienestar que se agota apenas sus bienes dejan de ser útiles y surge la necesidad de reemplazarlos; un juego de suma cero que no hace más que empobrecer a las mayorías.
(AP Photo/Felipe Dana)

(AP Photo/Felipe Dana)

Por estos días las manifestaciones multitudinarias en Brasil han llamado notablemente la atención de la opinión pública, incluso a nivel internacional, sin duda de inicio por un par de motivos evidentes ―el riesgo en que estuvo tanto la Copa Confederaciones de la FIFA y aun la Copa Mundial, y el importante simbolismo del fútbol en el país sudamericano―, pero también por otras quizá menos obvias.

Algo tiene que ver, sí, la fascinación por (casi) toda protesta, el hechizo de la masa que, como bien dilucidara Elias Canetti, disuelve nuestros miedos personales para fundirnos en el frenesí de las mayorías. Así sea a la distancia y por empatía con la subversión y el cuestionamiento a la autoridad, hay quienes experimentamos un placer secreto o franco al ver a miles o millones de personas enfrentándose a “su” gobierno (¿aunque por qué tendrían que hacerlo si fuera de veras suyo?), derruyendo las rancias glorias nacionales edificadas en mármol y oro, volviendo real la fuerza primigenia del caos que amenaza con arrastrar todo a su paso. Al final, una marcha, una manifestación, cuando convoca a cientos de miles, revela de súbito que las cosas no están tan bien como tantos propagandistas lo aseguran, que el statu quo no es el mejor de los estados posibles y que, por el contrario, la injusticia y la desigualdad social son la norma.

Por otro lado, en términos menos atávicos, lo sucedido en Brasil también representó una suerte de anomalía doble. Primero, porque en su historia reciente los brasileños no habían experimentado un momento parecido. Como antes con su independencia con respecto a la corona portuguesa, la cual se dio sin sobresaltos como los de las guerras civiles de otras naciones del continente, su transición de las dictaduras militares a la democracia, aunque no exenta de las medidas represivas propias de los regímenes autoritarios, fue más bien institucional o por acuerdo entre las cúpulas militares y civiles, pero no del todo como resultado de la presión social activa, combatiente.

En segundo lugar, sin duda resalta el hecho de que en los últimos años Brasil se consideró un país modelo, un ejemplo a seguir en razón de su desarrollo económico sorprendente, que lo colocó como la cabeza de las llamadas “economías emergentes” del mundo y también como una suerte de motor de Sudamérica. Tanto el origen y la inclinación políticas de Lula como su épica victoria electoral en 2002 (esta sí con el apoyo de emblemáticos sectores de la población, marcadamente los obreros articulados en el Partido del Trabajo), fueron circunstancias que vaticinaron una administración más apegada a los propósitos prácticos de un gobierno de izquierda, el “bien común” que en la historia de la teoría política ha conocido distintas definiciones pero que, grosso modo, está relacionado con la preferencia del bienestar de las mayorías por encima de intereses de clase o de grupo. Y al final, cuando terminó el mandato de 8 años de Lula, la elección de Dilma Rousseff, también proveniente del PT,  parecía confirmar que el proyecto lulista, pese a todo, seguía siendo deseable para la población. A pesar de sus dificultades y sus contradicciones sociales, Brasil gozaba de cierta bonanza que, al menos desde fuera, parecía que no compartía ningún otro país de la región. Y, como ha sucedido en otras ocasiones, el premio del sistema por hacer las cosas a su conformidad fue la concesión tanto de la mencionada Copa del Mundo de la FIFA, como de los Juegos Olímpicos de 2016.

Esto, por cierto, es elocuente a su manera, y da pie para hablar del conflicto que posiblemente quedó revelado con las protestas que saltaron a los medios internacionales el pasado 15 de junio.

La Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos pueden considerarse un premio, ¿pero específicamente para quién? La respuesta lógica parece ser para aquellos que lo disfrutarán realmente. ¿Y no comparten estos hipotéticos sibaritas del espectáculo la condición de pertenecer a la clase media?

Las acciones económicas emprendidas durante la administración de Lula tuvieron como efecto casi inmediato fortalecer y engrosar a las clases medias brasileñas. En el diario Folha de São Paulo Érica Fraga y Mariana Carneiro recuperan estadísticas según las cuales entre 2001 y 2011 la clase media en Brasil pasó del 57.3% de la población al 63.6%, en buena medida gracias “al control de la inflación, el crecimiento económico más fuerte, la expansión del crédito y la distribución de la renta”. Sin embargo, de acuerdo con Fraga y Carneiro, de 2011 a la fecha la economía brasileña dejó de crecer como lo venía haciendo, los préstamos bancarios cayeron significativamente y la inflación rebasó los topes proyectados. Como resultado, este año ha estado caracterizado por el alza de precios en el país, especialmente en alimentos y servicios, afectando tanto a los sectores más pobres de la población como al poder adquisitivo de la clase media, además de la impresión generalizada de corrupción al interior del gobierno de Dilma.

En efecto, si algo caracteriza a “esa camada que separa a los ricos de los excluidos” (Fraga y Carneiro dixit) es su capacidad de compra, la posibilidad que tienen sus integrantes de acceder a bienes de consumo. Con las salvedades que requiere un texto de este tipo, parece consistente pensar el gobierno de Lula como una administración que, entre sus varios propósitos, privilegió dicho acceso, fortaleció el poder adquisitivo de las clases medias (generando además las condiciones para que una mayor parte de la población perteneciera a estas) partiendo de la premisa tan en boga en las últimas décadas de que el consumo es el motor más importante de la economía, globalmente (una globalidad que se intenta llevar a toda escala, aun la más local).

Sin embargo, sabemos bien que la única manera de mantener una economía sustentada en el consumo es, para decirlo tautológicamente, consumiendo, lo cual se traduce también en impedir artificial y a veces burdamente que este ciclo caiga en el absurdo que posee de origen y colapse. ¿De qué manera? Generando necesidades creadas, o produciendo bajo la guía del desecho y el reemplazo. Se compran cosas que realmente no se necesitan o que no duran, y no parece fácil decir cuál de las dos es más deleznable. Parafraseando el título de un documental ya clásico, los bienes de consumo contemporáneos están “fabricados para no durar”, son obscenamente efímeros, porque ese fraude mansa y colectivamente aceptado es una de las bases fundamentales del sistema de reproducción social hegemónico de nuestros días.

Quizá los brasileños que salieron estos días a la calle se dieron cuenta de esto. Advirtieron de pronto que cuando el gadget se descompone, cuando los tenis se gastan, cuando el auto se avería, no queda nada. El conocido juego de suma cero en el que la pérdida de unos representa la ganancia de otros: los pobres se hacen más pobres y las clases medias descubren que la pobreza es siempre un destino latente. Aunque igualmente es importante mencionar el provecho que otros sectores han sacado de estas protestas, utilizándolas como supuesta evidencia del agotamiento de un proyecto político (el de Lula y el PT) y, por ende, la necesidad de virar diametralmente hacia el otro punto del espectro político, el de la derecha brasileña.

¿Qué quedará cuando la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos terminen? ¿No es el tan cacareado pretexto de la “derrama económica” sino otra forma de fomentar la adquisición de esos bienes de consumo que al final no dejan más que el vacío de su utilidad agotada? ¿No es por esto profundamente justa su demanda de inversión por parte del gobierno en educación, salud y otras necesidades verdaderamente valiosas? 

Escrito en colaboración con Margarita Pacheco.

Twitter del autor: @saturnesco

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