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Navegando en Google Earth arquéologo amateur descubre estas insólitas espirales en desierto de Sudáfrica (FOTOS)

Arte

Por: pijamasurf - 05/15/2013

¿Qué son estas espirales en el desierto de Sudáfrica? ¿Qué son estas líneas cuya probabilidad de que sean naturales es más bien ínfima?

Según algunos son comparables a las Líneas de Nazca, en Perú, pero hasta la fecha no se conoce con precisión el origen de los trazos que se encuentran en el desierto de Upington, al oeste de Sudáfrica, una región inhóspita de salinas.

El descubrimiento lo realizó Jaimy Visser, una suerte de arqueólogo amateur y digital que desde hace un año ha utilizado Google Earth para mapear los lugares más antiguos del planeta, recibiendo además la colaboración voluntaria de otras personas.  En las coordenadas -30.006010, 21.106024, que pueden observarse en este enlace, el joven dio con las insólitas formas.

Visser compartió su descubrimiento en la página de Facebook del proyecto, expresando además su desconcierto ante el área que ocupan las espirales. Gracias a esta difusión Michael Tellinger, un reputado investigador de las civilizaciones que habitaron el territorio sudafricano en el pasado, sugirió que las líneas podrían ser testimonio de la Ciudad Perdida de los Kalahari, y según el mismo Tellinger este podría ser el hallazgo más importante de su tipo desde las Líneas de Nazca.

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[Dr JPB Prinsloo]

El carácter profundamente subjetivo de la escritura hace de esta actividad un territorio autónomo, un espacio donde podemos comprometer aquello que somos y también lo que no somos y hacer de esto nuestra fortaleza.
[caption id="attachment_64816" align="aligncenter" width="420"]02 Andre Petterson: Eastern Novel (2010)[/caption]

Escribir está sobrevaluado. Se trata de un ejercicio valioso en sí mismo y por varias razonas, qué duda cabe, pero pienso que desde hace un tiempo, décadas quizá, son muchas las personas que creen que escribir es más un talento que una capacidad, una suerte de don o de habilidad reservada a un puñado de privilegiados, un gremio que, por otra parte, se ha encargado de reproducir y perpetuar este prejuicio, chapando la escritura con los oropeles del oficio y la profesión, dictaminando desde sus tribunales el supuesto valor que puede tener algo que se ha escrito.

Escribir, es cierto, no es una capacidad natural, al menos no en ese sentido de lo natural que, en contraste, posee el lenguaje oral. Aprendemos a hablar por imitación y al hilo de los días, pero el lenguaje escrito alguien más tiene que enseñárnoslo. O al menos esa es la consigna y también el pretexto por el cual se cuelan la marginación y la exclusión. Por siglos y aún en nuestra época, el analfabetismo ha funcionado también como un mecanismo de control social, una forma de mantener a raya, una regla de etiqueta no escrita que en la frivolidad de algunos sirve incluso para distinguir clases sociales y descubrir el origen de una persona.

¿Pero qué decir del analfabetismo de los letrados? ¿Qué decir de quienes saben leer y escribir y sin embargo no leen ni escriben? O leen pero no escriben. Así como hay campañas de promoción a la lectura y gobiernos y organizaciones civiles preocupados por los pocos libros que se leen en determinados países, quizá deberían emprenderse también cruzadas para que la gente escriba, masivamente. ¿O escribir no es tan importante como leer?

Sí, escribir es tan importante como leer, y probablemente más todavía, sobre todo si consideramos el carácter liberador de ambas actividades. Escribir es, potencialmente, más liberador que leer porque la lectura en nuestro tiempo también es territorio de la programación mental y la ideologización. ¿Sirve leer si lo que se lee son los libros de Paulo Coelho y Dan Brown? Serviría si algún día los libros de Paulo Coelho se terminaran y el lector se viera forzado a explorar lo desconocido y lo ignorado. Pero lo cierto es que ni los libros de Paulo Coelho se terminarán nunca (porque otros como él se multiplicarán ad infinitum) y el lector de este tipo de literatura se ha vuelto tan refractario a un nivel mínimo de dificultad que, aventuro, preferiría dejar de leer a, digamos, probar suerte con Kafka.

Por eso considero la escritura como un espacio, si no ajeno a la colonización del pensamiento, al menos más propicio para hacer evidente esta colonización ―y, si es el caso, subvertirla, rebelarnos contra ella. Escribir para hacer patentes las ideas que no son del todo nuestras y sin embargo son las mismas con las que pensamos y actuamos a diario. Un dominio en el sentido literal del término: la soberanía absoluta del yo, con sus heredades y sus bastardías, su autocontrol y sus vastas regiones inexploradas, un rincón o un universo autónomo, libre según la medida de nuestra propia libertad.

¿Y hay quienes piensan que pueden valorizar todo esto? En cierto sentido nadie tiene la capacidad para valorar lo que escribes porque nadie es capaz de escribir como escribes. En la escritura comprometemos lo que somos, y no exagero. Las palabras que usamos son las palabras que escuchamos en nuestra infancia, las que leímos en nuestros primeros libros, las que repetía el más querido de nuestros amigos. En las palabras que usamos está esa parte de nuestra vida que pasamos en las bibliotecas, en las salas de cine, en las calles y las cantinas y los mercados, en las correrías de madrugada. No las frases de la mujer que creíamos que nos amaba, sino las palabras que elegimos para contarnos la historia de una mujer que creíamos que nos amaba. La sintaxis desde la cual intentamos entender el mundo. Los regaños de nuestros padres y nuestros maestros. Las trasposiciones. Las metáforas. Los equívocos. Los errores. Eso, lo que somos y lo que creemos ser, lo que los otros creen que somos, lo que quisiéramos ser, lo que nunca fuimos, lo que nunca seremos, es parte de la red a veces compleja y casi siempre absurdamente simple que se vuelve real cuando escribimos.

Por eso la escritura libera.

Por eso nadie puede escribir como escribes.

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Twitter del autor: @saturnesco