*

X

Festejar al enemigo (sobre el triunfo del América)

Por: Rafael Toriz - 05/27/2013

Rafael Toriz opina sobre el dramático triunfo del América en la final del futbol mexicano.

moises-muñoz

 

Como toda persona de bien, y desde que alcanzo a recordar, tengo por cierto que el América, en todas sus posibles manifestaciones, es la viva encarnación del maleficio. El equipo de Televisa, la herida en carne viva más visible del “Tigre” Azcárraga Milmo, es  una entidad célebre en el firmamento de las infamias por tropelías que sólo los americanistas, esos seres extraños y siniestros, pueden pasar por alto.

Para buena parte del país, ser americanista es haber nacido maldito.

El evento de anoche –aún muy fresco para aquilatarlo en su justa circunstancia– ha sido a un evento único y apasionante, verdadero terremoto en el corazón de Santa Úrsula. Y es que, pese la vergüenza metafísica con que habrán de vivir los hijos, y los hijos de los hijos del Cruz Azul –oscuros vástagos de la intemperie– lo de ayer fue una prueba de una virtud que sólo sucede en la cancha: si están los huevos, hay que ir a fondo.

No corresponde a este observador desmenuzar las menucias técnicas del encuentro (el colombiano Teófilo Gutiérrez metió carbón a la máquina celeste con la firme intención aniquilar al local, sólo parta demostrar que el estado de la máquina, como el de los ferrocarriles nacionales, es un lamento estructural que no tiene compostura). Lo vivido ayer quedará en nuestra memoria y corazones –como alegría, tristeza o chingadera si es que uno tiene la desdicha de ser del Cruz Azul– porque tenía años que no se veía eso en una final del futbol mexicano: un juego jugado con la camiseta.

Sabemos de sobra que el futbol lo admite todo, menos la coherencia. Por eso la liga mexicana, una de las más ricas del orbe, prodiga mayormente espectáculos mediocres con figuras que tendrían todo para ser estrellas, de no ser porque no terminan de convertirse en portentosos fenómenos siderales. México, en tanto afición y como país, es presa de un destino manifiesto que lo obliga a vivir rehén de sus verdugos, confundiendo lo público con lo privado y lo íntimo en una maraña simbólica que hace que no pueda verse un partido sólo como un partido. Por eso tantos americanistas de hueso colorado, aquellos profesionales, con criterio y hasta algunos intelectuales, cargan una enorme culpa católica que los obliga a excusarse ante la sociedad al hinchar por un equipo que, para todos los efectos, son los malos. Los hinchas de otros equipos, de cualquier naturaleza y extracción social, no se sienten obligados a justificar su pertenencia. Es un dato.

Sin embargo, y lo digo como un espíritu que nació chiva, adoleció con los pumas y se ahogó en el tiburón, lo de ayer fue espectáculo épico que le prodigó al futbol mexicano una final de fantasía. 10 americanistas se rompieron el lomo para ocasionar lo que verdaderamente se celebra y justifica en los momentos esenciales: que el juego no termine nunca, que esa pelota esquiva ruede un poco todavía.

Luego del golazo poético de Moisés Muñoz yo, que los detesto, no pude sino asombrarme por el temple y circunstancia, que puso a todo el país al borde del delirio. Con ese gesto demostraron ser un equipo grande, con talante de campeones y hambre por el enemigo.

Luego, al llegar a la sección penales, no pude sino volver a sorprenderme por los desfiguros trastornados y esquizoides del Piojo Herrera, que representa como nadie la idea de caballero americanista: un sayayin desaforado que tira espuma por la boca.

Injusto como es el fucho, resulta infame que el hombre de la noche haya sido el mediocre y más que mediocre Miguel Layún, cuando José de Jesús Corona se comportó como el titán que siempre ha sido. Desde ya, esperamos verlo entronizado como guardameta tricolor.

Layún, que fue aquel que declaró ante el hashtag de sus correligionarios #TodoesculpadeLayun “algunas veces juego mal a propósito para que los rivales crean que soy malo y así tenga mayores espacios en la cancha” fue el mismo que ayer se coronó de gloria al tirar el penal que regresó a los cementeros al limbo del que nunca salieron y nunca podrán salir.  Layún, en mi opinión, pertenece a los ahijados a la estirpe del Kikín Fonseca. Al tiempo.

Como era de esperarse, la reacción ante el resultado fue exultante, caótica y desaforada, sobre todo en redes sociales. Ante el triunfo del América tanto Twitter como Facebook estallaron en invectivas contra Televisa, Peña Nieto y los oscuros intereses que mueven los hilos de negros de México, con argumentos tan disparatados, ardidos, clasistas o inconsecuentes que daba un gusto sobrenatural estar tan vivo.

azcarragaSin embargo, hubo un hecho que me llamó la atención (y no fue ver a Emilio Azcárraga ahogado como un albañil, sin camisa, rindiendo tributo al coraje de su equipo), fue que la mayor parte de la comunidad lo juzgara por ebrio, literalmente rebotando, cuando hizo lo que cualquier mexicano en su lugar haría: ponerse hasta la madre porque su equipo va perdiendo… sólo para terminar ganando (esa es una lección que debería aprender el PRI: cuando se gana en buena lid, no hay coraje ni aspaviento).

El gesto de celebrar babeante y descamisado –como una parte más de la gleba, de esa enormísima “plebe” que su imperio ha ayudado a construir -lo reconcilia por un momento en una romería cósmica, verdadero circo romano con que ayer nos agasajó el futbol mexicano.

Nadie podrá negarle a Televisa la calidad de un estupendo espectáculo.

Este día, desde luego, la mayor parte de México abominamos al inefable Cruz Azul, pero no por odio ni por inquina, puesto que es imposible sentir pasión por un equipo que se ha cansado de incumplir su cita con la historia.

Para mi, la final de ayer fue un gran descubrimiento, digno de una verdadera celebración: los americanistas, esos que están enfrente, también son mexicanos.

Twitter del autor: @Ninyagaiden

Te podría interesar:

El ser cuantificado y el futuro de la información

Por: pijamasurf - 05/27/2013

Nuestra información es importante porque es nuestra, ¿pero qué hacemos realmente para protegerla y cómo cambiará el mundo cuando dicha información sea el principal producto de intercambio entre compañías y gobiernos?

info

Cuando tu despertador suena por la mañana, numerosas compañías ya han estado recabando tus hábitos y calidad de sueño a través de apps en tu teléfono móvil; sales a correr y tus tenis hacen check-in automáticamente cuando alcanzas tu meta calórica del día, actualizando también tu status en Facebook con el contador de calorías y kilómetros recorridos. Gracias a que fuiste al trabajo en bicicleta y no en auto, tu compañía de seguros te abona anualmente un mes de cuotas, y el gobierno te condona 5% de impuestos para mantenimiento del transporte público.

De la mañana a la noche y aún durante el sueño, numerosos observadores están interesados en conocer tus hábitos, gustos y prácticas; algunos "bien intencionados" te ofrecen así productos y servicios cercanos a tus intereses, pero "bien intencionado" es un concepto difícil de definir, pero que asumimos implícitamente cada que nos registramos en una nueva aplicación, es decir, cada vez que abrimos una ventana de nuestro mundo personal para un observador que en realidad no conocemos.

Si esta visión del futuro suena paranoica o exagerada, piensen solamente que las compañías aseguradoras, las instituciones gubernamentales encargadas de recolectar los impuestos e incluso muchos de los empleadores que buscan referencias de sus candidatos consultan los estados de cuenta bancarios para saber de nuestros hábitos de consumo e ingresos; esta información se ve enriquecida por todo lo que voluntariamente compartimos a diario a través de las redes sociales y apps para móviles, la cual es utilizada por las mismas instituciones para saber si somos cuentahabientes responsables, nuestros hábitos sociales y nuestra conducta. 

En el futuro no-tan-distante, los individuos serán solamente su información. No se trata ya de un asunto de la incumbencia de quienes son usuarios de Facebook, ni siquiera solamente de quienes utilizan computadoras o Internet: la burocracia gubernamental está tornándose cada vez más hacia lo digital, con lo que en alguna parte en algún olvidado fichero hay una carpeta con el nombre de cada uno de nosotros.

Y se está alimentando insaciablemente de información.

Con recientes incidentes como la propuesta de ley SOPA, el gran público se enfrentó por primera vez con la reflexión sobre lo que los gobiernos y las empresas privadas pueden hacer con su información personal, así como con los límites de la privacidad y el intercambio de información.

La piratería, la neutralidad web, las patentes de software y las leyes de protección a la información personal son aspectos que están rebasando poco a poco la capacidad de los legisladores para hacer leyes. El derecho avanza con más lentitud que la tecnología, por lo que es imposible que los complicados procesos burocráticos (entorpecidos por administraciones corruptas o coludidas con los voceros de la industria tecnológica, como ocurre en las industrias farmacéuticas y alimentarias) de los países estén al nivel de las necesidades de las personas --o al menos que lleguen a tiempo.

Imaginen una televisión que transmita solamente la programación que nos interesa, y cuya publicidad esté dirigida específicamente a nosotros. Un mundo donde nuestra información personal sea recolectada sin nuestra autorización y utilizada para ofrecernos soluciones a la medida podría ser interesante y hasta práctico para muchos, pero levanta al menos la sospecha de que la información personal ha pasado a ser una variable estadística y no la historia individual de una persona concreta.

Nuestros gustos, intereses y hábitos se convierten poco a poco en números e indicadores, pero todo ha ocurrido a costa nuestra. Siempre nos han preguntado si estamos de acuerdo con las políticas de privacidad, los términos de uso o servicio y el contrato de usuario final, todas esas palabras que no leemos cuando damos "Aceptar" y comenzamos a usar una nueva app.

Como Facebook e Instagram han demostrado, las políticas de privacidad pueden cambiar discrecionalmente, y si no manifestamos ninguna inconformidad, nuestra primera firma sigue siendo válida aunque el contrato se modifique. Es raro que compañías que se hacen grandes gracias a sus usuarios no sean absorbidas o reestructuradas según estrategias de monetización de información en el largo plazo. Como si se tratara de magia, nuestra información entra y el dinero sale, pero nosotros no vemos ese proceso.

No se trata de una teoría de conspiración: nuestra información es importante porque es nuestra y en realidad si nadie tiene nada que esconder no debería haber mayor problema en que estuviera disponible, ¿cierto? Como demostró Federico Zannier, la mayoría de nuestros hábitos en línea son irrelevantes y repetitivos; pero como demostró él mismo, todos y cada uno de nuestros movimientos pueden ser recabados, almacenados y vendidos. Y si algo hemos aprendido de eBay y servicios similares es que si hay alguien interesado en un producto habrá alguien dispuesto a venderlo. Ese producto es nuestra información.

Con información de PandoDaily.