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Facebook pagaría mil millones de dólares por la aplicación Waze que realiza mapas en tiempo real del tráfico según la locación del usuario; la adquisición le permitiría conocer la locación física de sus usuarios y obtener datos sumamente valiosos para sus anunciantes

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En repetidas ocasiones Facebook ha intentado poner de moda que sus usarios comprtan su locación --sin muchos resultados. Ahora la red social más grande del mundo se encuentra en conversaciones para adquirir, hasta por mil millones de dólares, la aplicación Waze, utilizada para construir mapas en tiempo real del tráfico de las ciudades. Lo que le interesa de Waze es poder integrarlo a su propia plataforma para que los usuarios hagan constantemente check-ins y les puedan enviar alertas, publicidad personalizada y hasta cupones según la locación. 

Waze funciona de tal forma que un uusario que obtiene datos de tráfico también contribuye con sus propios datos y así se construyen los mapas --los cuales incluso determinan la velocidad con  la que avanzan los automóviles. Esto, además de permitir alertas y publicidad, significa una enorme cantidad de datos valiosos para formar perfiles demográficos y patrones de consumo y conducta de los usuarios de Facebook, que son codiciados por sus anunciantes.

Esta aplicación permitiría a Facebook competir con Foursquare y quizás desplazarlo, siempre y cuando logre que Waze siga siendo percibida como una herramienta útil y cool y no como descarada vigilancia orwelliana. El reto será ofrecer información suficientemente útil que opaque los temores que genera la vigilancia digital y la minería de datos. La idea con Waze es ofrecer cupones y descuentos que puedan ser vistos y compartidos por los amigos del usuarios, sugiriendo grandes ventajas en su uso. Facebook podría hacer de esta aplicación una versión más invasiva de Siri, que te podría avisar que si no te terminas tu café en dos minutos no llegarás al aeropuerto a tiempo y perderás tu vuelo. A muchas personas esto les parecerá francamente molesto y perurbador pero a otras les parecerá como una prueba de la inteligencia de la tecnología que mejora la vida.

[Wired]

Cuando un hombre es solo amigo de una mujer, conoce "el lado suave y luminoso del universo": Enrique Serna

Sociedad

Por: pijamasurf - 05/10/2013

El escritor mexicano Enrique Serna elabora sobre un tema que, en las culturas patriarcales y viriles, siempre parecerá polémico: la posibilidad de la amistad sincera, desinteresada, entre un hombre y una mujer, sin otra pretensión (mucho menos sexual) más allá del mero regocijo mutuo.

We danced,
in our minds,
and read a book together.
You remember?

 William Carlos Williams, “Asphodel, That Greeny Flower” (fragmento)

¿Un hombre y una mujer pueden ser amigos? Según la ciencia, en un estudio publicado recientemente, no. Según la ciencia al hombre siempre terminan por dominarlo sus instintos de apareamiento y la mujer siempre piensa que es una relación asexuada es posible.

Sin embargo, la amistad, casi por definición, tendría que trascender las limitaciones evolutivas y naturales y adquirir otro significado, trascender ese nivel elemental para, a la manera civilizada y humanista, convertirse en un espacio fraterno de crecimiento mutuo. Como dice Francis Bacon en su ensayo sobre la amistad, “de la oscuridad y confusión de pensamientos [la amistad] hace la luz del día”.

En una editorial reciente el escritor mexicano Enrique Serna también se ha pronunciado sobre el tema, en particular sobre la aparentemente conflictiva relación amistosa entre un hombre y una mujer pero vista desde la perspectiva masculina. En efecto: en culturas como la mexicana, y posiblemente también en varias otras, el hombre se niega ante la posibilidad de amistarse con una mujer porque culturalmente está presionado a vivir este tipo de relaciones solo en función de la seducción. Escribe Serna:

Como ahora tengo más facilidad para congeniar con las mujeres que con los hombres, comienzo a ver a mi propio sexo con los ojos de mis amigas. Ya no soporto el talante competitivo, el machismo rampante, la resequedad obtusa de los varones convencionales, sobre todo cuando llegan a la madurez. En la mayoría, el temor a mostrar sentimientos alcanza grados patológicos. El grado de intimidad que pueden alcanzar con sus amigos no les sirve de mucho, pues casi nunca lo aprovechan para desnudar el alma, y si acaso hablan de sus amores o sus amoríos es para ufanarse fanfarronamente de una conquista. Cuando están sobrios no se permiten la menor flaqueza y en la borrachera el ego se les hincha hasta la hipertrofia. Sólo conocen la catarsis engreída, no la que purifica el alma. El miedo a incurrir en cualquier flaqueza que ponga en duda su hombría, los condena a una falta absoluta de espontaneidad. Según la dialéctica hegeliana, el amo se define por su antagonismo con el esclavo y por lo tanto, sólo existe en función del adversario al que debe someter. Con los varones hombrunos ocurre algo parecido: son una copia en negativo de la jotería que aborrecen.

Esta actitud, sin embargo, priva a los hombres de una de las mieles más deliciosas que pueden degustarse en este mundo: la amistad sincera de una mujer. Esa amistad que mucho se asemeja a leer una buena novela, acaso una página de Proust o de Balzac, de Virginia Woolf o Clarice Lispector, pues a decir de Serna las mujeres “siempre tienen claro cuáles son los avatares de la existencia que determinan la felicidad o la amargura”.

Las mujeres pueden tener vocaciones firmes o una voluntad de poder tan fuerte como la masculina, pero esas pasiones casi nunca las desvían de su objetivo primordial: derramar calidez, vivir a plenitud, entender cómo funcionan las bisagras del alma y el cuerpo. A ras de tierra encuentran las verdades esenciales que el hombre busca entre las nubes, engañado por la autoridad de los conceptos y las ideas.

Se trata, así, de una zona de la existencia que vale todos los esfuerzos empleados en mantenerla, todos los prejuicios vencidos, los sinsabores acarreados. ¿Qué no se daría a cambio de habitar, de vez en cuando, ese “lado suave y luminoso del universo”?

La columna completa de Enrique Serna, “La amistad femenina”, en este enlace.

Imagen: Demi-Brooke/flickr