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La biblioteca doméstica, en su presencia o en su ausencia, es un símbolo poderoso de la formación personal, un espacio que aguarda pacientemente a que lo descubramos o lo construyamos, a que lo volvamos parte indeleble de nuestro propio ser.

biblioDe las bibliotecas de los hogares, a ésas quiero referirme. Al mueble cargado de libros; al mueble previsto para cargar, de lomo, libros.

Conozco quizás demasiados estudios sobre hábitos de lectura, compra de libros, páginas o palabras leídas por persona en tal o cual período, etc., pero no conozco ni un estudio que me cuente en cuántos hogares de alguna población determinada hay al menos una mínima expresión estable de biblioteca. Introducir a mi lector por un par de minutos en esta cuestión es el objeto de esta breve nota.

Probablemente esté demasiado influido por el mito borgiano de la biblioteca paterna, que también fue la biblioteca de mi padre. Biblioteca en el sentido más material de la noción: libros acomodados (si algo desacomodados, mejor) de lomo, unos tras otros, con algún orden, que es el orden y el desorden de la lectura pero que no es el orden de los tamaños o de los colores, ni tan siquiera el de las colecciones, porque eso ya casi no es biblioteca.

Creo profundamente en el valor simbólico de las bibliotecas en esto de promover la lectura; creo en eso quizás más que en cualquier otra cosa. Creo en eso porque creo en las determinaciones simbólicas y porque creo en la eficacia de los mensajes elípticos, subliminales –si se quiere-. Creo que un padre (o una escuela) dice más por su biblioteca que por sus por lo general convencionales proclamas en favor de los favores de la lectura y los libros. Creo en eso así como creo más en el mensaje del aura de las catedrales que en cualquier sermón de turno, a la hora de pregonar el valor de fe.

Para empezar –digo-, que la biblioteca tenga físicamente su lugar perenne. Luego, si queremos seguir profundizando, convendría adjuntar algunos otros detalles. Que esté en lugar valorado; que no esté en el garaje al menos, quiero decir, o en el sótano. Que tenga algún movimiento, aunque más no sea cada tanto. Y que -¡por favor!- no sea utilizada para otra cosa como colocar portarretratos en lugar de libros, o flores, revistas, televisores; que sea una biblioteca que contenga fundamentalmente libros. Tampoco que tenga los libros al revés (ni con el lomo hacia el fondo ni con las letras patas arriba). Que no esté demasiado limpia… Eso sí, siempre sigilosa, le toleraremos -¡cómo no!- que guarde algún dinerito entre dos de sus miles de páginas, indiscernibles para el improvisado ladronzuelo de paso.

Kármica; tan kármica como paciente y confiada, la biblioteca nos espera como sabiendo que más tarde o más temprano comprenderemos su mensaje, advertiremos su presencia (o su ausencia) y entonces sí ingresaremos en ese “otro cielo” que nos ofrece. O aún menos: que tan solo nos presenta (porque las bibliotecas son pacientes como el mar). Insisto, las bibliotecas hacen lo mismo que hacen las catedrales con la fe: modelan por presencia, por carismática presencia. Y el padre (o la madre, claro), cual templado samurai, con solo habitar la biblioteca, es decir, usarla, pone a andar ese mensaje aúlico que tanto más transmite, porque tanto más dice. Tanto más dice porque solo insinúa, porque soporta bien la ambigüedad que genera. (Recuerdo que el primer libro que identifiqué en la biblioteca de mi casa paterna fue uno que se llamaba más o menos como “Técnicas sexuales modernas” o algo así. Libro que por supuesto no satisfizo mis afanes adolescentes, pero que como sin querer me colocó en esa escena mítica de estar recostado en el piso, cuando no hay nadie en la casa, con la cabeza ladeada, leyendo uno a uno los títulos de los libros albergados en la biblioteca.)

Mientras todas estas ideas me rondaban la cabeza, esta mañana cuando manejaba, pensé, en medio de una suerte de ensoñación diurna, que mucha más influencia hubiese ejercido sobre mi el hombre que conducía el carro que circulaba delante del mío si en lugar de pegar sobre su luneta trasera un cartel que obligaba “reza el rosario”, se hubiese dedicado a contarme, a mí y a todos, que él a diario reza su rosario.

Cuando más urgentes consideramos las cosas, más torpes solemos ponernos. Y la promoción de la lectura se ha vuelto una urgencia social en casi todas partes. Por eso –creo- debemos cuidarnos especialmente de nuestras propias torpezas. Anhelamos el descubrimiento de la endovenosa del placer de la lectura, casi desesperados ante la incontrastable “perdición adolescente”. ¡Comprensión ya –añoramos y exigimos- del valor del libro y sustitución casi inmediata, y además por goce, de la televisión o el dispositivo!… Pero tal vez no. Tal vez podamos aspirar a situaciones más factibles y –probablemente- más hondas, de mejor caladura diría, como que nuestros hijos escojan un lugar junto a la biblioteca para escribir sus cientos de mensajes telefónicos diarios, o se recuesten en ella, como sin darse cuenta, para pensar –y sufrir- su último desamor. O tal vez –ambiciosos por demás- nos ilusionemos conque será contra nuestra querida biblioteca que ellos volcarán (o ellas se dejarán volcar) por primera vez a su amante para evidenciarle su amor y no olvidarlo nunca más en la vida.

Colegios con bibliotecas semimuertas, sufrientes al menos, pero bien protegidas por vidrios con más valor que lo que resguardan. Hogares, cientos de miles de hogares, que no tienen ni tuvieron jamás dos libros juntos, uno al lado del otro. En tiempos saturados de modernidad como los que vivimos, cuesta entender por qué en todo esto de la lectura le apostamos tanto al mensaje explícito (soportado en una vetustísima teoría comunicacional de un conductismo naif) y desatendemos y parecemos descreer de los mensajes subliminales, de caladura simbólica.

No pienso en culpables, porque no habría exculpados, pero sí en responsables de marcar pauta de cambio. Y yo, en lo personal, pero sobre todo nosotros, en lo institucional, quedamos de primeros.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

10 palabras sobre el amor que no existen fuera de su propio idioma y nombran experiencias únicas

Sociedad

Por: pijamasurf - 05/07/2013

El amor es, en esencia, una emoción inefable, una pasión que nos arrebata y nos conduce a esas regiones donde el lenguaje solo balbucea, incapaz de expresar la realidad que estamos viviendo; aquí 10 palabras y expresiones que solo existen en su propio idioma en torno a esta manía.

loveEl amor se considera, desde tiempos remotos, la emoción humana inefable por antonomasia. Entre los griegos, por ejemplo, se le consideraba un tipo de locura, la manía erótica que Platón calificó en el Fedro como la posesión suprema.

Quizá por esto, porque los efectos que suscita la pasión amorosa rozan lo indescriptible, lo innombrable, esos límites donde el lenguaje se revela insuficiente, existen expresiones que intentan dar cuenta de dicha realidad: casi como en un proceso alquímico, reducir el amor tanto como sea posible a una serie arbitraria de signos inteligibles.

 

1. Mamihlapinatapei: en yagan, un idioma del pueblo aborigen homónimo que habita en las latitudes más australes de Sudamérica (especialmente en Isla Grande de Tierra del Fuego y Cabo de Hornos), la situación existente entre dos personas que al mismo tiempo que desean iniciar una relación amorosa entre sí, ambos se sienten reluctantes, renuentes, a dar el primer paso.

 

2. Yuanfen: en chino, una relación signada por el destino. Un concepto que encuentra su propia lógica desde el principio de la predeterminación que rige la existencia de una persona. Un poco como lo expuesto por el narrador de Deustches requiem, el cuento de Borges:

En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad.

 

3. Cafuné: en el portugués de Brasil, el acto de pasar los dedos tiernamente por el cabello del ser amado.

 

4. Retrouvailles: en francés, la alegría de reencontrarse con alguien después de mucho tiempo sin verlo.

 

5. Ilunga: en bantú, una familia de lenguas africanas no afroasiáticas (como el zulú y el suajili, entre otras), una persona que perdona una ofensa la primera vez, la tolera en una segunda ocasión pero nunca una tercera.

 

6. La douleur exquise: también en francés, el dolor que se siente cuando se desea a alguien que no se puede tener. “Buscan luego mis ojos tu presencia” (Sor Juana): la frustración de tenerte frente a mí y, sin embargo, no tenerte de ningún modo.

 

7. Koi No Yokan: japonés para la sensación de conocer por vez primera a alguien y, en ese mismo instante, saber que ambos están destinados a enamorarse.

 

8. Ya’aburnee: “Entiérrame”, una declaración en árabe que expresa la esperanza de que uno de los amantes muera primero, porque quien la dice supone que no podría vivir si el otro faltara.

 

9. Forelsket: en noruego, la euforia propia de la primera vez que uno se enamora.

 

10. Saudade: una de las palabras más características del portugués, polisémica; en el caso del amor, se refiere al sentimiento de amar aún a alguien que se ha perdido; también “un deseo vago pero constante por alguien que no existe y probablemente no pueda existir”.

 

También en Pijama Surf: Diccionario de lo intraducible: 24 palabras que no tienen equivalente fuera de su idioma

[Urbandud]