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El Inversor: El valor simbólico de las bibliotecas

La biblioteca doméstica, en su presencia o en su ausencia, es un símbolo poderoso de la formación personal, un espacio que aguarda pacientemente a que lo descubramos o lo construyamos, a que lo volvamos parte indeleble de nuestro propio ser.

Por: Pablo Doberti - 07/05/2013 a las 11:05:03

biblioDe las bibliotecas de los hogares, a ésas quiero referirme. Al mueble cargado de libros; al mueble previsto para cargar, de lomo, libros.

Conozco quizás demasiados estudios sobre hábitos de lectura, compra de libros, páginas o palabras leídas por persona en tal o cual período, etc., pero no conozco ni un estudio que me cuente en cuántos hogares de alguna población determinada hay al menos una mínima expresión estable de biblioteca. Introducir a mi lector por un par de minutos en esta cuestión es el objeto de esta breve nota.

Probablemente esté demasiado influido por el mito borgiano de la biblioteca paterna, que también fue la biblioteca de mi padre. Biblioteca en el sentido más material de la noción: libros acomodados (si algo desacomodados, mejor) de lomo, unos tras otros, con algún orden, que es el orden y el desorden de la lectura pero que no es el orden de los tamaños o de los colores, ni tan siquiera el de las colecciones, porque eso ya casi no es biblioteca.

Creo profundamente en el valor simbólico de las bibliotecas en esto de promover la lectura; creo en eso quizás más que en cualquier otra cosa. Creo en eso porque creo en las determinaciones simbólicas y porque creo en la eficacia de los mensajes elípticos, subliminales –si se quiere-. Creo que un padre (o una escuela) dice más por su biblioteca que por sus por lo general convencionales proclamas en favor de los favores de la lectura y los libros. Creo en eso así como creo más en el mensaje del aura de las catedrales que en cualquier sermón de turno, a la hora de pregonar el valor de fe.

Para empezar –digo-, que la biblioteca tenga físicamente su lugar perenne. Luego, si queremos seguir profundizando, convendría adjuntar algunos otros detalles. Que esté en lugar valorado; que no esté en el garaje al menos, quiero decir, o en el sótano. Que tenga algún movimiento, aunque más no sea cada tanto. Y que -¡por favor!- no sea utilizada para otra cosa como colocar portarretratos en lugar de libros, o flores, revistas, televisores; que sea una biblioteca que contenga fundamentalmente libros. Tampoco que tenga los libros al revés (ni con el lomo hacia el fondo ni con las letras patas arriba). Que no esté demasiado limpia… Eso sí, siempre sigilosa, le toleraremos -¡cómo no!- que guarde algún dinerito entre dos de sus miles de páginas, indiscernibles para el improvisado ladronzuelo de paso.

Kármica; tan kármica como paciente y confiada, la biblioteca nos espera como sabiendo que más tarde o más temprano comprenderemos su mensaje, advertiremos su presencia (o su ausencia) y entonces sí ingresaremos en ese “otro cielo” que nos ofrece. O aún menos: que tan solo nos presenta (porque las bibliotecas son pacientes como el mar). Insisto, las bibliotecas hacen lo mismo que hacen las catedrales con la fe: modelan por presencia, por carismática presencia. Y el padre (o la madre, claro), cual templado samurai, con solo habitar la biblioteca, es decir, usarla, pone a andar ese mensaje aúlico que tanto más transmite, porque tanto más dice. Tanto más dice porque solo insinúa, porque soporta bien la ambigüedad que genera. (Recuerdo que el primer libro que identifiqué en la biblioteca de mi casa paterna fue uno que se llamaba más o menos como “Técnicas sexuales modernas” o algo así. Libro que por supuesto no satisfizo mis afanes adolescentes, pero que como sin querer me colocó en esa escena mítica de estar recostado en el piso, cuando no hay nadie en la casa, con la cabeza ladeada, leyendo uno a uno los títulos de los libros albergados en la biblioteca.)

Mientras todas estas ideas me rondaban la cabeza, esta mañana cuando manejaba, pensé, en medio de una suerte de ensoñación diurna, que mucha más influencia hubiese ejercido sobre mi el hombre que conducía el carro que circulaba delante del mío si en lugar de pegar sobre su luneta trasera un cartel que obligaba “reza el rosario”, se hubiese dedicado a contarme, a mí y a todos, que él a diario reza su rosario.

Cuando más urgentes consideramos las cosas, más torpes solemos ponernos. Y la promoción de la lectura se ha vuelto una urgencia social en casi todas partes. Por eso –creo- debemos cuidarnos especialmente de nuestras propias torpezas. Anhelamos el descubrimiento de la endovenosa del placer de la lectura, casi desesperados ante la incontrastable “perdición adolescente”. ¡Comprensión ya –añoramos y exigimos- del valor del libro y sustitución casi inmediata, y además por goce, de la televisión o el dispositivo!… Pero tal vez no. Tal vez podamos aspirar a situaciones más factibles y –probablemente- más hondas, de mejor caladura diría, como que nuestros hijos escojan un lugar junto a la biblioteca para escribir sus cientos de mensajes telefónicos diarios, o se recuesten en ella, como sin darse cuenta, para pensar –y sufrir- su último desamor. O tal vez –ambiciosos por demás- nos ilusionemos conque será contra nuestra querida biblioteca que ellos volcarán (o ellas se dejarán volcar) por primera vez a su amante para evidenciarle su amor y no olvidarlo nunca más en la vida.

Colegios con bibliotecas semimuertas, sufrientes al menos, pero bien protegidas por vidrios con más valor que lo que resguardan. Hogares, cientos de miles de hogares, que no tienen ni tuvieron jamás dos libros juntos, uno al lado del otro. En tiempos saturados de modernidad como los que vivimos, cuesta entender por qué en todo esto de la lectura le apostamos tanto al mensaje explícito (soportado en una vetustísima teoría comunicacional de un conductismo naif) y desatendemos y parecemos descreer de los mensajes subliminales, de caladura simbólica.

No pienso en culpables, porque no habría exculpados, pero sí en responsables de marcar pauta de cambio. Y yo, en lo personal, pero sobre todo nosotros, en lo institucional, quedamos de primeros.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com


  1. Anónimo dice:

    Que gratos recuerdos el primer libro de la pequeña biblioteca de mi padre… Que aún sigue emocionando a mis hijos, que siempre encuentran algo que llame su atención …

    Con esa misma idea trató de tener también mi pequeña biblioteca, en casa, que disfruten mis hijos y algún día también mis nietos.

  2. Beatriz dice:

    Nada mas memorable que el recuerdo de la biblioteca de casa de mis abuelos, siempre viene a mi memoria la imagen de mi abuelo con un libro en su mano, al igual que la de mi padre, siempre era fácil saber qué regalarles, pues sabía que lo que más los llenaba de gozo era un libro, esa herencia es la que siempre llevo conmigo, nada que cause envidias ni recelos, vivan las bibliotecas familiares y los recuerdos de todo lo aprendido y vivido.

  3. Josefa dice:

    Me encanta saber que aun hay personas que valoran la importancia de los libros impresos, de una buena biblioteca abundante de libros en el hogar, particularmente yo no me crie con una en mi casa, pero a pesar de que aun soy estudiante y no trabajo he ido con esfuerzo formando la mia, con el sueño de que en un futuro en mi casa propia pueda contar con ella y compartirla con mis hijos.
    Excelente articulo, gracias por recordarme que aun el mundo puede mejorar.

  4. nocturnus dice:

    En lo referente a la nuevas generaciones , Lamentablemente ese sitio tan magico y lleno de conocimiento pasara a la historia de generaciones anteriores y ese espacio sera ocupado por cuadros sin sentidos y claro esta , un plasma de 50 pulgadas para jugar a la xbox y fingir ser alguien en una vida viertual que no genera conocimiento alguno sino una perdida de tiempo

  5. El Inversor dice:

    me alegra ver que he conseguido recuperar la memoria activa de valores algo dormidos en nuestro imaginario social de hoy día. Abrazos

  6. edgarmd dice:

    ¡Deberían conocer la mia!

  7. actual dice:

    estoy de acuerdo con el valor de la biblioteca del hogar o la de los seres a quienes admiramos como un gran estimulante a la lectura. añado una pequeña critica que quiere ir mas alla.

    en mi opinion el libro ha de desacralizarse, porque lo importante no es el libro en sí, sino la capacidad de usar de manera creativa su contenido, incluso de modificar su contenido, de crear otros contenidos con o sin formato de libro, sin perder de vista que el contenido de cualquier libro es siempre algo muerto en comparacion con el pensamiento multidimensional que fluye y se adapta.

    todo lo que pueda hacer a favor del libro “la aventura de descubrir los misterios escondidos en la resplandeciente biblioteca de papá” lo deshace sobradamente “la obligacion de memorizar por miedo inculcado por les adres a un futuro miserable unos contenidos en un pack normalizado, algo que conviene por salud mental olvidar cuanto antes despues del examen”.

    el libro de texto ha suspendido el examen, no es capaz de motivar el consumo de ensayos, sino todo lo contrario.

    en resumen, la biblioteca de papá (placer, aventura y devocion) contra el libro de texto (uniformizante trabajosa acreditacion).

  8. Paulette dice:

    Que bonito mensaje, articulo de ensueño…