*

X
La biblioteca doméstica, en su presencia o en su ausencia, es un símbolo poderoso de la formación personal, un espacio que aguarda pacientemente a que lo descubramos o lo construyamos, a que lo volvamos parte indeleble de nuestro propio ser.

biblioDe las bibliotecas de los hogares, a ésas quiero referirme. Al mueble cargado de libros; al mueble previsto para cargar, de lomo, libros.

Conozco quizás demasiados estudios sobre hábitos de lectura, compra de libros, páginas o palabras leídas por persona en tal o cual período, etc., pero no conozco ni un estudio que me cuente en cuántos hogares de alguna población determinada hay al menos una mínima expresión estable de biblioteca. Introducir a mi lector por un par de minutos en esta cuestión es el objeto de esta breve nota.

Probablemente esté demasiado influido por el mito borgiano de la biblioteca paterna, que también fue la biblioteca de mi padre. Biblioteca en el sentido más material de la noción: libros acomodados (si algo desacomodados, mejor) de lomo, unos tras otros, con algún orden, que es el orden y el desorden de la lectura pero que no es el orden de los tamaños o de los colores, ni tan siquiera el de las colecciones, porque eso ya casi no es biblioteca.

Creo profundamente en el valor simbólico de las bibliotecas en esto de promover la lectura; creo en eso quizás más que en cualquier otra cosa. Creo en eso porque creo en las determinaciones simbólicas y porque creo en la eficacia de los mensajes elípticos, subliminales –si se quiere-. Creo que un padre (o una escuela) dice más por su biblioteca que por sus por lo general convencionales proclamas en favor de los favores de la lectura y los libros. Creo en eso así como creo más en el mensaje del aura de las catedrales que en cualquier sermón de turno, a la hora de pregonar el valor de fe.

Para empezar –digo-, que la biblioteca tenga físicamente su lugar perenne. Luego, si queremos seguir profundizando, convendría adjuntar algunos otros detalles. Que esté en lugar valorado; que no esté en el garaje al menos, quiero decir, o en el sótano. Que tenga algún movimiento, aunque más no sea cada tanto. Y que -¡por favor!- no sea utilizada para otra cosa como colocar portarretratos en lugar de libros, o flores, revistas, televisores; que sea una biblioteca que contenga fundamentalmente libros. Tampoco que tenga los libros al revés (ni con el lomo hacia el fondo ni con las letras patas arriba). Que no esté demasiado limpia… Eso sí, siempre sigilosa, le toleraremos -¡cómo no!- que guarde algún dinerito entre dos de sus miles de páginas, indiscernibles para el improvisado ladronzuelo de paso.

Kármica; tan kármica como paciente y confiada, la biblioteca nos espera como sabiendo que más tarde o más temprano comprenderemos su mensaje, advertiremos su presencia (o su ausencia) y entonces sí ingresaremos en ese “otro cielo” que nos ofrece. O aún menos: que tan solo nos presenta (porque las bibliotecas son pacientes como el mar). Insisto, las bibliotecas hacen lo mismo que hacen las catedrales con la fe: modelan por presencia, por carismática presencia. Y el padre (o la madre, claro), cual templado samurai, con solo habitar la biblioteca, es decir, usarla, pone a andar ese mensaje aúlico que tanto más transmite, porque tanto más dice. Tanto más dice porque solo insinúa, porque soporta bien la ambigüedad que genera. (Recuerdo que el primer libro que identifiqué en la biblioteca de mi casa paterna fue uno que se llamaba más o menos como “Técnicas sexuales modernas” o algo así. Libro que por supuesto no satisfizo mis afanes adolescentes, pero que como sin querer me colocó en esa escena mítica de estar recostado en el piso, cuando no hay nadie en la casa, con la cabeza ladeada, leyendo uno a uno los títulos de los libros albergados en la biblioteca.)

Mientras todas estas ideas me rondaban la cabeza, esta mañana cuando manejaba, pensé, en medio de una suerte de ensoñación diurna, que mucha más influencia hubiese ejercido sobre mi el hombre que conducía el carro que circulaba delante del mío si en lugar de pegar sobre su luneta trasera un cartel que obligaba “reza el rosario”, se hubiese dedicado a contarme, a mí y a todos, que él a diario reza su rosario.

Cuando más urgentes consideramos las cosas, más torpes solemos ponernos. Y la promoción de la lectura se ha vuelto una urgencia social en casi todas partes. Por eso –creo- debemos cuidarnos especialmente de nuestras propias torpezas. Anhelamos el descubrimiento de la endovenosa del placer de la lectura, casi desesperados ante la incontrastable “perdición adolescente”. ¡Comprensión ya –añoramos y exigimos- del valor del libro y sustitución casi inmediata, y además por goce, de la televisión o el dispositivo!… Pero tal vez no. Tal vez podamos aspirar a situaciones más factibles y –probablemente- más hondas, de mejor caladura diría, como que nuestros hijos escojan un lugar junto a la biblioteca para escribir sus cientos de mensajes telefónicos diarios, o se recuesten en ella, como sin darse cuenta, para pensar –y sufrir- su último desamor. O tal vez –ambiciosos por demás- nos ilusionemos conque será contra nuestra querida biblioteca que ellos volcarán (o ellas se dejarán volcar) por primera vez a su amante para evidenciarle su amor y no olvidarlo nunca más en la vida.

Colegios con bibliotecas semimuertas, sufrientes al menos, pero bien protegidas por vidrios con más valor que lo que resguardan. Hogares, cientos de miles de hogares, que no tienen ni tuvieron jamás dos libros juntos, uno al lado del otro. En tiempos saturados de modernidad como los que vivimos, cuesta entender por qué en todo esto de la lectura le apostamos tanto al mensaje explícito (soportado en una vetustísima teoría comunicacional de un conductismo naif) y desatendemos y parecemos descreer de los mensajes subliminales, de caladura simbólica.

No pienso en culpables, porque no habría exculpados, pero sí en responsables de marcar pauta de cambio. Y yo, en lo personal, pero sobre todo nosotros, en lo institucional, quedamos de primeros.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

Tesis doctoral presentada en Harvard asegura que hispanos tienen un coeficiente intelectual más bajo que blancos o asiáticos

Sociedad

Por: pijamasurf - 05/07/2013

En medio del debate sobre la posibilidad de un reforma migratoria por parte del gobierno de Barack Obama se da a conocer la tesis de doctorado presentada en Harvard "IQ and Immigration Policy", en la cual su autor Jason Richwine recomienda limitar el acceso a inmigrantes a Estados Unidos bajo el cuestionable criterio del coeficiente intelectual.

Passport immigration stamp

Incluso en nuestros días la academia todavía se considera un ámbito de vanguardia intelectual, una zona donde se discuten las ideas y los descubrimientos que buscan transformar al mundo y, desde una perspectiva humanista, cambiarlo para bien.

Sin embargo, es posible que esta sea ahora una idea falsa o solo parcialmente real. Desde hace varios años la academia se ha inclinado hacia cierta quietud, cierta mansedumbre que incluso la hace bordear el conservadurismo. Como ha señalado el filósofo Michel Onfray (entre otros), la universidad contemporánea es en esencia un semillero de normalidad, donde se forma a personas funcionales y útiles para el sistema, incluso para esos mecanismos de este que requieren de cierta regresión intelectual para mantener su existencia.

Recientemente se suscitó un escándalo académico estadounidense por la difusión de una tesis doctoral en la que su autor, Jason Richwine, relaciona el coeficiente intelectual con el origen étnico de una persona, sosteniendo que los hispanos son menos inteligentes que los asiáticos o los caucásicos.

Richwine presentó su tesis en 2009 en la prestigiosa Universidad de Harvard, con el título de IQ and Immigration Policy (CI y políticas de inmigración) pero solo hasta hace pocos días esta generó mayor impacto al ser citada en un estudio de la Fundación Heritage, institución de corte conservador con sede en Washington que elaboró un dictamente sobre el costo económico de una posible reforma migratoria por parte del gobierno de Obama. En la Fundación Heritage Richwine se desempeñaba como analista de políticas públicas, posición a la que tuvo que renunciar por esta polémica.

En términos generales el académico aseguró en su trabajo que “la selección de los inmigrantes de alto coeficiente intelectual [CI] podría mejorar los problemas de falta de asimilación socioeconómica de los inmigrantes de menor CI y beneficiaría a los potenciales inmigrantes más inteligentes”, una sugerencia segregacionista con respecto a las políticas de inmigración que toma el coeficiente intelectual como criterio de admisión a un país, un concepto que, además, en años reciente ha sido refutado por diversos estudios.

Desde que se dio a conocer periodísticamente el asunto de su tesis, Richwine ha evitado hacer declaraciones a la prensa, salvo por una entrevista al Washington Examiner en la que descartó que su estudio fuera racista y, en todo caso, solo se arrepintió de no haber previsto cómo recibiría sus conclusiones el público no especializado.

[BBC]