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Los adolescentes de hoy tienen menos sexo que antes

Por: pijamasurf - 04/04/2013

La percepción de la sexualidad adolescente parece estar siendo exagerada: nuevos estudios afirman que las nuevas generaciones no sólo tienen menos sexo, sino que comienzan más tarde.

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Los adolescentes de esta generación estarían comenzando su vida sexual a una edad mucho mayor que en el pasado. Un estudio publicado en la revista Pediatrics afirma que a pesar de que la sociedad de consumo venda el sexo como algo deseable y que se debe conseguir a toda costa, los nuevos adultos son mucho más cautos de lo que otros fueron en el pasado, al menos en relación al inicio de su actividad sexual.

Lawrence Finer describe la situación: "Los encargados de hacer leyes además de los medios de comunicación con frecuencia sensacionalizan el comportamiento sexual adolescente, sugiriendo que adolescentes tan jóvenes como de 10 u 11 años son sexualmente activos con mayor frecuencia. Pero los datos no apoyan esa preocupación."

En lugar de ver una hipersexualidad adolescente como resultado de un condicionamiento de masas (promovido a través de los reality shows, la música, los videojuegos y toda esa pléyade de enemigos públicos de los orientadores vocacionales), los adolescentes actuales parecen ser más bien conservadores: "Los adolescentes están esperando más tiempo para tener sexo", afirma Finer, "usan anticonceptivos con mayor frecuencia cuando comienzan a tener sexo y tienen menores probabilidades de embarazarse que sus pares de las décadas pasadas."

El estudio está localizado en la población adolescente de los Estados Unidos, pero sería interesante contrastar estos datos con la realidad que vemos en otros países. En las comunidades rurales de México, por ejemplo, es común que una niña de 9 años quede embarazada por prácticas sexuales no consensuales, o que en la India una niña se case con un hombre que podría ser su abuelo.

El estudio de Pediatrics no parece considerar variables como la percepción del tabú de la virginidad y otras coyunturas culturales, pero no soslaya el hecho de que el inicio de la actividad sexual en la adolescencia no es necesariamente voluntaria: aunque el porcentaje de personas que tuvieron relaciones a los 10 años fue sólo de 0.6%, el 63% de las mujeres de dicho porcentaje afirma que fueron forzadas en su primera vez.

Las edades más frecuentes para comenzar la vida sexual son a los 16 años (33%), 17 años (48%) y 18 años (61%), según un reporte del Instituto Guttmacher. Su conclusión es muy parecida al de Pediatrics: "la probabilidad de actividad sexual en cualquier edad [en nuestros días] es menor a la de cualquier momento de los últimos 25 años." Esto quiere decir que no sólo la gente comienza su vida sexual a mayor edad, sino que están haciéndolo con menor frecuencia.

Más allá de pensar si está bien o mal que los jóvenes tengan sexo antes de la mayoría legal de edad o antes de cumplir con ritos culturales (como el matrimonio), sería mejor educarlos para que ejerzan sus deseos de manera responsable, pero sobre todo voluntariamente, sin contravenir los deseos de los otros.

[Alternet]

Admisión universitaria: por qué vale la pena cuestionar el elitismo en la educación y la necesidad de ser evaluados

Por: pijamasurf - 04/04/2013

Discutir sobre la importancia de la educación superior debe pasar conjuntamente por una reflexión individual sobre las condiciones de la universidad y el cómo somos condicionados para aceptar ser evaluados.

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La universidad se ha convertido en un ícono del aspiracionismo social de las clases medias, a la vez que la única salida de la marginación y la pobreza para un enorme espectro poblacional. ¿Pero qué implica acceder a un espacio de exclusividad educativa como la universidad? ¿Un deseo verdadero de conocimiento y aporte al progreso de la sociedad o un trámite de clase para acceder a mejores condiciones económicas?

Centros de estudios como Harvard, Yale, Princeton u Oxford reciben anualmente miles de solicitudes de los mejores estudiantes del mundo --personas que en muchas ocasiones han transformado su vida en un curriculum atractivo para los comités de selección académica. Estos procesos de selección varían en cada caso: mientras en Latinoamérica existen esquemas de acceso a la universidad dedicados a dar una cuota de aceptación a alumnos de poblaciones marginadas o simplemente a mantener una cuota similar para los alumnos de nivel medio superior de las escuelas del Estado, en otros países e incluso en los cursos posgraduados es necesario manifestar la voluntad del solicitante a través de una carta para ser admitido. La propia visión del yo se manifiesta ahí en toda su paradójica complexión.

Una carta abierta "a todas las universidades que me rechazaron" fue escrita por la alumna Suzy Lee Weiss y publicada por The Wall Street Journal. En dicha carta, Suzy se queja amargamente de que el sistema educativo de Estados Unidos le haya mentido toda la vida, instándola a "ser ella misma", en lugar de involucrarse en actividades extracurriculares o reflexionar sobre sus antecedentes genéticos como parte de una maniobra curricular para ser admitida en la "universidad de sus sueños".

Hay mucho qué cuestionar aquí: por un lado, si el sistema de selección prima a ciertas minorías excluidas como parte de una integración multicultural en el espacio universitario (asiáticos, hispanos, pueblos originarios, e incluso minorías no discriminadas étnicamente, como los homosexuales, etc.), Suzy tiene un punto al denunciar que estos antecedentes pueden fingirse o exagerarse para utilizar una grieta del sistema y ser elegidos; por otro lado, llama la atención que Suzy y miles de estudiantes no se cuestionen por principio las razones para entrar a la universidad, y simplemente se quejen porque el sistema no les permite integrarse a él de la manera más sencilla posible.

El acceso a la educación universitaria no es una panacea: las protestas en Chile por una educación que no endeudara a los estudiantes durante el 2011, así como las disyuntivas por quién debe financiar la educación (en argumento de Noam Chomsky) son parte de una discusión internacional sobre el futuro de la educación superior. ¿La universidad actual es un lugar de producción de conocimiento o, por el contrario, es una fábrica de expertos capacitados expresamente para perpetuar los paradigmas del statu quo?

Otro cuestionamiento surgido a partir de la carta de Suzy Lee Weiss podría ser el de la necesidad de ser evaluados. El Internet subvierte poco a poco esa necesidad creada por la escuela de sentir que nuestro valor relativo puede ser medido a través de calificaciones, premios o reconocimientos: se trata de juegos en los que, como parte de la sociedad, decidimos integrarnos. Como niveles en un videojuego, nos posicionamos respecto a los otros en la medida que logramos tener una mayor injerencia en el sistema, sin percibir que no importando nuestra posición, seguimos siendo peones en el juego.

Sin embargo, las alternativas no suelen ser muy promisorias: después de graduarse con honores en 1990 de la Universidad de Emory, Christopher McCandless (adoptando el pseudónimo de "Alexander Supertramp") emprendió un viaje a través de Estados Unidos tratando de vivir con los menores recursos posibles. El grado al que llevó su obsesión por desapegarse del esquema materialista de la sociedad de consumo lo llevó eventualmente a morir de inanición o intoxicación en el parque nacional de Denali, Alaska, donde vivió cuatro meses en absoluto aislamiento y con mínima preparación y recursos.

Sería una falsa dicotomía pensar que o bien nos integramos al sistema o lo rechazamos en su conjunto. La universidad puede ser una dictadura para ciertas personas y una oportunidad de aprendizaje y conocimiento para otras: al final el sistema es una herramienta que cada uno debe saber utilizar y aprovechar según sus propios intereses, teniendo en cuenta el tipo de vida que nos parezca más deseable. Ningún comité de evaluación puede decidir si nos acepta o rechaza sin que nosotros no admitamos primero la existencia del juego, además de nuestro rol en él. Quedaría abierta la pregunta sobre si es posible, como McCandless, decidir --heroica o ingenuamente-- no jugar del todo.