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Las 20 celebridades más odiadas del año según la revista Star

Por: pijamasurf - 04/23/2013

El star system no es sólo una máquina de afectos positivos --gran parte del escrutinio e interés por la vida de las celebridades consiste en tener razones para odiarlos.

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La semana pasada la revista Star publicó su lista anual de celebridades más odiadas, revelando por qué sus lectores aman odiar a Gwyneth Paltrow, Chris Brown o Anne Hathaway. El odio a las celebridades es casi un deporte y una religión en Internet tanto como en los programas de espectáculos, ¿pero en que se basa este odio? Según la revista Star depende de tres factores que sirven a su vez para agrupar a las celebridades en tres categorías:

Se esfuerzan demasiado

Aquí se refleja la aversión a la falta de autenticidad percibida en el desenvolvimiento público de las figuras de Hollywood. Conductas demasiado calculadas, poco espontáneas y "acartonadas" entran en este punto, como el acento falso de Madonna, o los consejos de Gwyneth Paltrow para comer, dormir y defecar. En esta categoría se incluyen también a Ashton Kutcher por fingir un conocimiento tecnológico que no tiene sólo por sus miles de seguidores en Twitter y a Justin Bieber, quien además trata de rapear.

No se esfuerzan lo suficiente

La categoría de las estrellas sobrevaloradas está encabezada por Kristen Stewart, quien posee el rango emocional de la mayonesa en todos sus papeles, además de Lindsay Lohan, quien pasó de ser una tierna chica Disney a meterse en problemas con la ley. Para sorpresa de pocos, Bieber aparece nuevamente debido a que se le percibe como alguien que se esfuerza demasiado por figurar en el ojo público, a la vez que su éxito mundial parece desproporcionado con respecto al producto musical que ofrece y a su calculada imagen, por lo que irónicamente parece que no se esfuerza lo suficiente.

Crímenes contra otras celebridades

Angelina Jolie robándole el esposo a Jennifer Aniston, Kirsten Stewart siéndole infiel a Robert Pattinson, Jay Leno apuñalando por la espalda a Conan O'Brien, Taylor Swift y sus desencuentros amorosos con John Mayer forman una categoría que los fanáticos del star system consideran la más odiosa de todas, pues revela una personalidad egoísta y desconsiderada para los demás. 

La celebridad que está en el centro de la tormenta y que aparece dentro de las tres categorías es el rapero Chris Brown, quien se hiciera notorio no tanto por sus talentos ("no se esfuerza suficiente"), sino por atacar a su ex pareja, la cantante Rihanna ("crímenes contra otras celebridades") y por tratar de arreglar su situación con ella via Twitter ("se esfuerza demasiado"). Brown sería, pues, la celebridad estructuralmente más odiable del momento.

La lista completa de celebridades más odiadas de la revista Star es:

1. Gwyneth Paltrow
2. Kristen Stewart
3. Jennifer Lopez
4. John Mayer
5. Katherine Heigl
6. Matt Lauer
7. Madonna
8. Justin Bieber
9. Anne Hathaway
10. Kris Jenner
11. Kim Kardashian
12. LeAnn Rimes
13. Ashton Kutcher
14. Jay Leno
15. Angelina Jolie
16. Lindsay Lohan
17. Shia LaBeouf
18. Taylor Swift
19. Jesse James
20. Chris Brown

[NY Mag]

La lectura es un medio, no un fin, uno que se conecta además con una de las necesidades más vitales del ser humano: el alimento que se encuentra al contar y escuchar una historia.

librosHasta ayer nuestra preocupación era que las nuevas generaciones no leían, que no les gustaba ni sabían leer. Y nos movíamos por acá y por allá para tratar (con pocos resultados) de persuadir, inducir e incitar a la lectura.

Hoy siento que el foco del problema ya es otro. Y me pregunto: ¿es leer el verbo sobre el que debe girar el debate ahora? ¿Se trata efectivamente de leer? ¿O la práctica social de la lectura estará en vías de extinción?

Tal vez sí. Creo que es bueno, valiente y honesto que pensemos que tal vez.

Hace un tiempo que el verbo leer me está sonando raro. Se me ha ido enrareciendo con el correr… de los minutos. Toca enfrentar esa sensación.

@reader que no es reader

Parecía que lo que se traía lo digital al campo de la lectura era el debate sobre los soportes (papel o pantalla) y sus consecuencias sobre los derechos, los modelos de negocio de los editores y autores, los brillos, texturas, precios, etc. Parecía –digo- porque creo que al cabo no es ese el debate.

El verdadero @reader que logró romper e imponerse hace ya un par de años es el iPad, que no es un “reader” esencialmente porque no se usa para leer. El resto de los @readers -que lo eran- no tuvieron ninguna escala como para considerarlos con incidencia social significativa. Más me lucen todavía hoy a los últimos estertores de la víctima.

Algo pasó en el camino. Un proceso que empezó apuntándose para allá y que está acabando de cara a acullá. No es la primera vez que pasa. Buscando Las Indias, Colón atracó en América; mofándose de la larga y potente tradición de las novelas de caballería, Cervantes fundó la novela moderna. No sé si Jobs buscaba el mejor @reader del mundo, lo que sí sé es que inventó otra cosa, mucho mejor.

Lo digital no cambia los modos de leer; lo digital pone en cuestión la lectura misma como práctica social.

Leer como verbo

Leer no es el fin, sino el medio. No es en sí mismo bueno leer; nadie es mejor porque lea. En todo caso, es mejor por lo que lee o por la manera en que lo lee. Y no es lo mismo.

Leer es un verbo coyuntural que nos da paso al terreno trascendente de la narración.

Lo que nos confundió sobre qué era qué, ¿nos seguirá confundiendo?

El puente a lo leído era la lectura. Y ahora, tal vez, deje de serlo. Pero en todo caso, lo que cambiará es el puente, o el modo de cruzar, no la otra orilla.

Como se ve, se trata de un duelo distinto, y menor. Estamos velando al perro, no a su amo.

No exageremos.

Elipsis retóricas: lectura digital

Qué complejos somos y qué tan difícil será gestionar los cambios de paradigma que hacemos elipsis sobre elipsis para no tener que caer en la evidencia. Como los ptolemaicos, que tantos epiciclos dibujaron para evitar que la Tierra perdiera “su” lugar. Tan difícil es todo esto que apelamos a eufemismos que nos calman, aunque nos confundan.

Hablamos de lectura digital, por ejemplo. Como si al libro –en su momento- nos hubiésemos empeñado en llamarlo oralidad en papel. El libro es libro y no otra cosa. Pues ahora, en el ámbito digital lo de leer ya no es leer.

Es que cuando PISA (menudo ejemplo) describe la “lectura digital” queda claro que es de todo… menos lectura.

Pero mantenemos los nombres para evitar las angustias… Códigos de convivencia. Como cuando en el contexto del desarrollo de contenidos digitales (educativos, por ejemplo) seguimos obstinados en hablar de catálogos, libros, páginas y demás.

Así somos.

¿Evolución o involución?

Qué más da. Aspectos nuevos, nostalgias evidentes. Algo que se pierde, algo que se genera e incluso, algo que se recupera. Así es el devenir.

El arte de narrar queda y no es poco. Ése viene de muy lejos y mantiene muy vivo su aliento. El contexto estético y expresivo cambia. Nuevos encuadres para unas nuevas estéticas y poéticas. Y luego velocidades, eficiencias y ese tipo de atributos de segundo orden que se adaptan al nuevo entorno y siguen jugando su papel.

La explosión de la escritura. La degradación del lenguaje, pero ¿de qué del lenguaje?

Ahora resulta que se escribe como nunca. La escritura, que había sido reemplazado por la voz cuando el teléfono sustituyó a las cartas, ahora regresa de la mano del mail, del SMS, de Twitter o el Messenger en todas sus variantes, el Skype, el Viber, WhatsApp… Se escribe como nunca; y se lee todo eso que se escribe.

En medio del fracaso de la promoción de la lectura nos explota una escritura de ímpetus renovados. Otro giro para acabar de confundirnos.

… Y su consiguiente degradación del lenguaje –decimos. No lo sé, realmente. Degrada la dimensión menos significativa de la lengua, que son sus normas formales. Pero muchas veces gana en el terreno de la expresividad. Y en todo caso, aunque no gane, se multiplica. Dejemos que se reproduzcan las millones de frases mal armadas, que valen mucho más que las pocas acaso bien armadas que nos estaban quedando.

Los libros que faltan y los libros que quedan

Habrá libros que ya no habrán sido. Libros necesarios, incluso. A cambio, expirarán millones de libros que sobran. Selección natural.

Y también habrá libros que queden. Estarán los que queden como reliquias, y está muy bien. Y estarán también los que regresen a su núcleo duro. Se seguirán contando las historias de Don Quijote y Sancho -quiero decir-, aunque queden apenas 5.000 ejemplares numerados y nadie, ¡pero nadie!, lea el Quijote en su iPad.

Y sobre ese telón seguirán produciéndose –con la efervescencia propia de la condición humana- miles de millones de historias por segundo, que se entramarán aquí y allá con los miles de millones de circuitos de transmisión social que nos atraviesan hoy.

Al cabo, entre tanto cambio hay cosas que no cambian.

Así lo mismo, cuando encuentres a cualquier humano, en la latitud que estés, de la edad que sea y medie el vínculo que medie con él, si le preguntas si tiene ganas de escuchar una historia, hoy, como ayer, como mañana y como siempre, te volverá a decir, infaliblemente, que sí.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com