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¿Es la percepción de la falla en el sistema, la seña de una realidad más profunda? El Glitch Art y la Nueva Estética marcan la irrupción de la información digital al mundo físico y en ese proceso de borrar las fronteras nos hacen reflexionar sobre si de todas maneras la realidad ya era una constructo informático.

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Glitch basado en imágenes inválidas del explorador SOHO (NASA)

 Information wants to be alive!

Thomas Ray, Tierra.

 A la larga, la historia es la narrativa de la información volviéndose consciente de sí misma.

James Gleick

 

Una de las técnicas más utilizadas para cobrar lucidez dentro de un sueño --obtener conciencia para navegar sin regresar a la vigilia-- es buscar algún elemento discordante en el contenido o en la estructura de una narrativa "realista"--aquello que nos hace decir "esto debe de ser un sueño", puesto que en la realidad cotidiana sería inverosímil. Volar o morir y seguir vivo en el sueño, por ejemplo, suelen detonar estados de lucidez, generalmente acompañados de un gran surgimiento de energía --descubir que "sólo es un sueño" es inmensamente liberador. En cierta forma el glitch cumple una función similar, pero teóricamente sobre el tejido de la realidad consensual: es aquello que permite, al menos en la ciencia ficción, descubrir que habitamos en una realidad diseñada. Una señal distorsionada o una falla en el sistema que justamente nos hacen percibir que hay un sistema detrás y una transmisión de señales artificiales, las cuales generalmente creemos son parte de una realidad meramente aleatoria y sin trasfondo.

El término glitch es definido como una pequeña o transitoria falla en un sistema --tan pequeña que lo mismo podría ser una microalucinación que un guiño del programador, de naturaleza tal que no permite aseverar nada con cereteza sino que lo suyo es la duda que emite sobre lo real. El glitch es también el intervalo en el que una señal se asienta o un error del diseño se autocorrige, generalmente observado como un pulso eléctrico que evoca una especie de fantasma digital o un relámpago electrónico que se desvanece y que en su velocidad inaprehensible lo mismo nos hipnotiza que nos enceguece. En la luz una doble vertiente: la apertura de una grieta entre las dimensiones o la reprogramación del sujeto en un rayo amnésico... De este microestallido nace todo un movimiento estético --que es también una filosofía tecnoplatónica, en la que los pixeles constituyen el atisbo de que lo que observamos es una sombra del código fuente, de aquellas ideas molde con las que se creó el mundo.

glitch

El glitch como movimiento o manifestación artística se desprende de lo que se conoce como la Nueva Estética, una corriente más amplia que superpone los espacios de los nuevos medios y de la tecnología digital a los espacios de interacción cotidiana. No es la fusión aún de la realidad virtual y la realidad, sino apenas el trazo de la fuga de lo virtual hacia lo real, esbozos de una realidad aumentada o mapas de la invasión de lo que es el primer destello del alma de las máquinas, en aras de habitar el mundo. Una nueva estética que no trata sobre la metafísica, es metafísica pura en tanto que significa la materialización de la información (o espíritu).

 

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Pixel Water (Benjamin Norman)

El primer crítico de The New Aesthetic, James Bridel, quien mantiene un blog donde documenta la infiltración ectoplásmica del software sobre la fábrica de la realidad, dice que esta corriente marca una nueva forma de ver el mundo "que reconoce las diferencias y las brechas en nuestras realidades traslapadas" (el énfasis nuestro). Bridel tituló una de sus pláticas: "The New Aesthetic: Waving at Machines", saludar a las máquinas implica al menos tácitamente el reconocimiento no sólo de la ubicuidad de la máquinas sino de su animosidad, de que crecemos jugando y relacionándonos con la tecnología y que ésta tiene una cualidad que, simulada o no, sugiere la vitalidad --o reemplaza nuestras relaciones íntimas. El "Hola, Robot", es también como un estado del espejo cuyo futuro psicológico aún no ha sido trazado por analistas, ya que es la característica de una nueva generación. 

 

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“Noósfera de Día/Noósfera de Noche” (Tatiana Plakhova)

Se puede considerar que la Nueva Estética es solamente un proceso accidental de reflexión que se vierte en arte contigentemente, más que un movimiento en sí, pero también se puede argumentar que su consolidación o validación estética es algo que está en ciernes --y que su adopción es incontenible. El uso de computadoras portátiles (no móviles, wearable), el incremento de la vigilancia y su generación de imágenes satelitales, térmicas, ultravioleta, rayos x y demás, la realidad virtual y la realidad aumentada, cada una de ellas con la tendencia a convertirse o amalgamarse a un ecosistema, sugieren claramente que el arte, la expresión creativa y la comunicación de nuestras vidas personales se generarán cada vez más a través de la irrupción de la tecnología digital sobre la pantalla orgánica de la realidad. Presenciaremos un flujo ya no sólo desde la "naturaleza" a lo digital sino de lo digital hacia la naturaleza (o al mundo físico), que podrá traslaparse y difuminar las fronteras entre aquello con lo que grabamos o registramos y aquello que grabamos y registramos, bajo la identidad ontológica de la información. La luz que captamos en nuestras cámaras está también compuesta de (q)bits, al igual que las imágenes que vemos en nuestras pantallas son la representación de bits. Esta es la gran revolución conceptual de estos movimientos estéticos cuya esencia es el caos: que la información se desborda y revela como la realidad primaria del mundo, jugando con la posibilidad de la autoconciencia. Los fantasmas digitales que creamos se convertirán en entidades autónomas, egregors que tomaremos como reales --porque en el fondo ya estaban vivos, tenían la chispa de ser: información.

Render ghosts, datanoise, datamoshs, morphs, estática interdimensional, visualización satelital, zozobra de códigos QR, GIF glyphs,  fractal art, pixel art (y buddha pixel dust)bit error rate mashes, 8-bit nostalgia, vigilancia ubicua, drone-eye vision, circuit bending, reality bending, infomation overload alchemy...

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Los loops, los deja-vus, las sincronicidades, los sueños telepáticos, las proyecciones holográficas, los avistamientos de OVNIs, las abducciones y otros fenómenos de percepción paranormal parecen estar comunicándonos algún tipo de anomalía o inconsistencia en el relato de la realidad. Podemos insertar y asimilar estás experiencias de tal forma que no atenten contra el edificio de la realidad, considerándolos como meros espejismos o distorsiones subjetivas que no amenazan la certidumbre científica de cómo funciona el mundo. O podemos pensar que son las piezas que se desencajan de un rompecabezas, haciéndonos ver que la realidad había sido urdida con un tipo de pegamento cósmico computacional. Y nos permiten entrever una realidad más profunda (VIEW SOURCE CODE). ¿La distorsión nace del sujeto que no alcanza a percibir correctamente, o está inscrita en el mundo como esa mítica rasgadura en el velo de Maia-Matrix? 

¿Qué es lo que nos quiere decir el glitch? El glitch en la última instancia de su dimensión metafórica sugiere que la realidad es generada por computadora --o que es fundamentalmente un programa informático--, pero también nos muestra que los diseñadores o son falibles o quieren que al menos algunos descubramos que existen --consienten errores en el diseño para sutilmente desnudar su cuerpo de data lumínica, seduciéndonos a hackear su código e invitándonos a convertirnos en ellos. De cualquier forma percibir ese glitch es un paso en la evolución de la conciencia: hacia la revuelta del programa que se vuelve consciente de la intención de su programador --y la cumple o la sabotea. 

Twitter del autor: @alepholo

Paul Miller decidió, a sus 26 años, clausurar su intensa vida digital para envolverse en un arduo experimento; al final de está etapa el ex-célibe nos comparte sus lecciones y vivencias.

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Una parte de mí estaría encantada con la posibilidad de presentarme como el protagonista de está crónica, pero no es el caso. En lo personal considero que Internet ha revolucionado la realidad humana, desde procesos cognitivos que se llevan a cabo a nivel neuronal, hasta múltiples hábitos sociales, patrones económicos y vértices de la conciencia. Sin embargo, también he presenciado el lado oscuro de esta apasionante herramienta: compulsividad, reemplazo digital de encuentros físicos, atracción desbordada por ‘vivir’ frente a una pantalla, etc.

De acuerdo a lo anterior, solo quiero aclarar que el desear que las siguientes vivencias fuesen mías se debe a que me intriga imaginar el efecto que ‘desconectarme’ de la Red, por un periodo largo, podría tener en mí –pero también porque si este caso fuese una anécdota personal, ello querría decir que mi castidad internetera ya habría terminado.

Paul Miller tenía 26 años, residía en Nueva York y, como es de suponerse, llevaba una intensa vida digital.  Tras haber circulado por distintos oficios, entre ellos diseñador web y escritor para medios de tecnología, contempló la posibilidad de tomarse un descanso de la vida que llevaba, empezando por desconectarse por completo de Internet. Para su sorpresa, y por si su motivación místico-existencial no fuese suficiente, recibió una oferta del popular tecnodiario The Verge –con el cual ya trabajaba como articulista–, para compartir actualizaciones desde su celibato digital, lo cual le evitaría tener que idear cómo ganarse la vida durante su año ‘sabático’.

A principios de 2012 yo tenía 26 años y ya estaba exhausto. Necesitaba un descanso de la vida moderna –esa rueda de hámster alrededor de las bandejas de entrada de tu correo electrónico y el constante flujo de información desde la WWW, que parecían consumir mi cordura. Quería escapar.

Pensé que tal vez Internet era un estado contranatural para los humanos, o al menos para mí […]. Dejé de reconocerme a mí mismo más allá de un contexto de ubicua conexión e infinita información. Me preguntaba qué más había en la vida. Quizá la ‘vida real’ estaba esperando para mí al otro lado del navegador.

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Tras la oferta de The Verge, Miller decidió agregar un enfoque antropológico a su misión:

Como redactor de asuntos de tecnología me dedicaría a descubrir lo que Internet había provocado en mí a lo largo de los años. A entender la Red, estudiándola a distancia. No solo me convertiría en una mejor persona, sino que ayudaría a todos a hacerlo. Una vez que hubiésemos entendido las maneras en las que Internet nos ha corrompido, entonces finalmente podríamos contraatacar.

El comienzo de la aventura auto-impuesta fue radiante. Paul bajó de peso, escribió en pocas semanas medio libro, leía mucho, jugaba frisbee, andaba en bicicleta y la gente constantemente le remarcaba su buena apariencia. Su concentración mejoró de forma notable, con mucho mayor frecuencia lograba ‘vivir el momento’ y estaba mucho más atento a las necesidades de la gente a su alrededor, por ejemplo, su hermana. En síntesis, durante los primeros meses del ejercicio, todo indicaba que la hipótesis inicial era correcta, que abandonar la vida digital conllevaba algo así como la purificación del ser.

Con el tiempo las delicias de la castidad web comenzaron a diluirse.

Para finales de 2012 había aprendido a secuenciar la toma de malas decisiones sin estar en-línea. Abandoné mis hábitos positivos, y descubrí nuevos vicios off-line. En lugar de canalizar el aburrimiento y la falta de estímulos hacia el aprendizaje y la creatividad, me volqué al consumo pasivo y el retraimiento social.

Al parecer la clave a los problemas cotidianos (y existenciales) que enfrentamos actualmente no reside en nuestro potencial abuso de las tecnologías digitales, tampoco en las largas horas que dedicamos a redes sociales, foros, chats, o alguna de sus variables. De acuerdo con la experiencia de Paul, los malos hábitos que detectamos en nosotros no son en lo absoluto exclusivos de nuestra vida en línea. En el momento en que dejar Internet no fue más una novedad, entonces su palacio off-line se derrumbó.

Tal vez el problema radica en lo rutinario, compulsivo y automatizado que puede ser nuestro esquema de vida –sin importar que hayan o no tuits de por medio. De algún modo me remite al caso del adicto que al dejar de consumir su sustancia habitual cree que automáticamente todos sus problemas se resolverán, cuando en realidad el problema fundamental no es en sí su adicción (independientemente de que juegue un rol determinante), sino aquellos actos que la producen y los que son producidos por ella.

Si bien, como mencioné al principio, han surgido una serie de efectos negativos alrededor de la revolución digital –como suele suceder con prácticamente cualquier otro exceso–, lo cierto es que a fin de cuentas y desde un particular punto de vista, las tecnologías digitales son tan humanas o artificiales como cualquier otra cosa. En este sentido me parece genial un comentario que el teórico web Nathan Jurgenson le compartió a Paul: “Existe mucha realidad en lo virtual, y mucha virtualidad en la realidad”. Y es que en realidad no podemos disociarnos de nuestra esencia humana a pesar de estar inmersos en comunidades virtuales o recurrir constantemente a dispositivos móviles. Y a la vez, por más que vayamos a recluirnos a un bosque (lo cual les aconsejo ampliamente), en realidad nuestra percepción y la forma de procesar nuestro entorno está también permeado por nuestros hábitos digitales –a fin de cuentas Internet ha cambiado nuestra forma de entender las cosas.

En lo personal, a pesar de que este valiente joven neoyorquino concluyó que no se requiere abandonar la vida digital para sacudir tu conciencia y cimbrar tu vida en pro de la evolución, debo confesar que esta extravagante posibilidad no deja de intrigarme –quizá responda a una pincelada de romanticismo sepultado bajo millones de estimulantes bits. Pero también la historia de Paul me recordó la premisa que apunta a que somos capaces de andar nuestros respectivos caminos evolutivos respetando nuestro propio contexto: para practicar, por ejemplo, Zen, no es requisito raparte e irte a vivir a un monasterio en las montañas niponas. De hecho, tal vez el mayor reto frente al Zen para un joven occidental, digitalizado, expuesto a eufóricos flujos de data y miríadas de estímulos, radica precisamente en adaptar, y ejercer, esa filosofía de vida a su realidad cotidiana.

En fin, les recomiendo que lean las múltiples crónicas emitidas por Paul Miller desde su exilio de Internet –o que al menos reflexionen en ellas, ejercicio que posiblemente inducirá un auto-análisis de tu vida cotidiana y tus prácticas digitales. Supongo que al final lo que importa es ser capaz de observarte, de entender lo que estás haciendo, y de tener un sueño en la mira, sin importar lo que a este le depare. Recordemos que en el camino mismo está la recompensa (o algo así). 

 Twitter del autor: @paradoxeparadis